Como viéramos anteriormente, en cuestión de apenas tres milenios, el poder refina sus mecanismos de captación y naturalización retorciendo infinidad de campos humanos. En la Grecia Clásica, esta maquinaria alcanzará un grado de astucia y complejidad que no se diferencia de muchos recursos políticos actuales, donde la ambigüedad léxica comenzará a contorsionar los procesos lingüísticos y conformará la retórica del poder más allá del símbolo visual. Nos adentraremos en los dos complejos conflictuales más graves entre los griegos antiguos, donde analizaremos aquella mentalidad donde el poder encuentra un nicho donde afianzarse y legitimarse: si vis pacem, para bellum.

«¿Existió alguna vez la lengua de los vencidos? Es una primera pregunta. Pero querría hacer esta otra: ¿se puede describir la historia como un proceso de guerra? ¿Cómo una sucesión de victorias y derrotas?»

Michael Foucault, El poder, una bestia magnífica

«Filopémenes, príncipe de los aqueos, tenía, entre otros méritos que los historiadores le concedieron, el de que en los tiempos de paz no pensaba sino en las cosas que incumben a la guerra. […] Ésta es la conducta que debe observar un príncipe prudente: no permanecer inactivo nunca en los tiempos de paz.»

Maquiavelo, El Príncipe

Preludio: el poder de las palabras

En el presente artículo analizaremos las relaciones internacionales en el mundo griego antiguo a través de sus tratados como ya hiciéramos en el primer artículo sobre el juego del poder en Oriente Próximo y Egipto (https://www.anthropologies.es/el-juego-del-poder-en-el-mundo-antiguo-i-oriente-proximo-y-egipto/). Si bien ambos tratados son específicos de dos momentos diferentes de los complejos conflictuales ya beligerantes en la Grecia Clásica entre los mismos griegos, se elaborará una síntesis común en una primera toma de contacto a modo de introducción general de sendas negociaciones y en base al artículo Minerva Alganza (1998) y un análisis sucinto sobre la concepción del tratado de paz en la koiné griega para luego diseccionar e interpretar de manera individualizada la sociología del poder del contexto histórico en cada una de nuestras resoluciones de paz.

Así pues, estamos ante dos textos que podríamos definir a través del significado aproximativo de lo que comúnmente entendemos como «paz» en la traducción del vocablo griego ειρήνη (“eiréne”) y donde se percibe un vínculo a modo de sinónimo con la palabra συνθήκαι (“synzékai”), esto es, «tratados». A propósito de esta similitud semántica, como desarrolla Alganza (1998), se manifiesta, más bien, desde la dicción de un vocabulario especializado que representa una paz en términos de léxico político-jurídico (1998: 125). Se presenta formalmente como acuerdo para finalizar las hostilidades en épocas de guerra en los que van implícitos unos mecanismos de poder generados a través de, como veremos, la legitimación del statu quo, de las instituciones y los juramentos de carácter hierático donde hay una presencia etimológica que vincula lo cultual y divino con lo político, representado, por ejemplo, por el acto de la libación o por liberar lugares de culto[1] conquistados por rivales en tiempos de guerra en virtud de  muestra piadosa ante los reconocidos como lugares comunes a ojos de todos los griegos. De ahí que existan fórmulas escritas y tecnicismos que definan, mediante la propia visión cultural griega –desde ese helenocentrismo tan suyo–,  la κοινή ειρήνη (koiné eirené, “paz común”) que hace referencia al nivel de igualdad entre homólogos griegos, excluyentes de lo bárbaro[2].  Quizá la única excepción que podríamos incluir en esta última máxima es el papel como actor principal de Artajerjes y del Imperio Persa en las dinámicas de poder ejercidas durante y después de la Guerra de Corinto a favor de sus propios intereses y que recoge Jenofonte en nuestro segundo tratado.

Lecturas contextuales a través del pensamiento: la Paz de Nicias en la primera parte de la Guerra del Peloponeso (421 ane.)

Ya en esta época podemos empezar a comprender la complejidad del entramado conflictual de poder que se manifiesta entrelíneas, principalmente por partes implicadas, y, sobre todo, por la constelación de ciudades-estado con sus propias particularidades políticas e ideológicas, motivaciones y proyección de sus relaciones dentro del mismo conflicto. Obviamente, existen unos parámetros que, desde las relaciones de poder, pueden condensar las dinámicas circulares del mismo y, en cierto modo, darnos un enfoque, incluso más profundo, desde un análisis comparativo con la sociedad actual y las relaciones internacionales en diversas analogías sin caer en vacías anacronías.

Asimismo, y desde una suerte de analogías, el conflicto de la 2ª Guerra del Peloponeso viene ya dado desde la Pentecontecia (a la que, por cierto, pretende simular la misma Paz de Nicias como nos muestra el intento de mantener vigencia del tratado durante 50 años (Th. V, 18, 3)) y las dinámicas de políticas de bloques tan manidas en el escenario geopolítico internacional en los dos últimos siglos de nuestra presente era.

El complejo conflictual se desarrolla dentro de un marco de tensiones y casua belli que es retroalimentada con las aliadas de ambas Ligas y que definen una gran cantidad de actores principales y secundarios en la Guerra del Peloponeso. Estos casua belli, a saber, el asunto de Corcira, Potidea y el controvertido decreto megárico (donde es precisamente Aristófanes su fuente principal), conforman tres puntos clave para el dominio diferencial de poder entre los dos grandes bloques formados por Esparta (Liga del Peloponeso) y Atenas (Liga ático-délica). Esto es motivado por la presión política y económica ejercida por el incipiente imperialismo ateniense para acceder al control de recursos, líneas de suministro y abastecimiento de trigo, además del dominio de materias primas y su respectiva amplitud de mercado, se suman las disputas entre facciones ideológicas divididas entre diferentes actores secundarios de la polis hijas (y nietas) de Corinto, alineadas del mismo modo con la Liga ático-délica que sirvieron como pretexto para que Esparta y sus aliados votaran el “sí” a la guerra en una segunda asamblea en el 431 ane.

Llegados a este punto, hay que detenerse y hacer hincapié el contexto de los autores historiográficos, en este caso Tucídides, para poder conocer aún mejor la complejidad de las relaciones de poder y tener siempre presente el factor humano de los mismos, pudiéndoles convertir, incluso, al igual que los medios y otros poderes fácticos actuales, en auténticos actores que generan sus propios recursos y relaciones por lo que no podemos asumir como verdad absoluta sin cuestionar, realmente, el estamento de estos autores y su posible orientación ideológica, a pesar de ser considerado el padre de la historiografía científica. No se pone en duda la ciudadanía ateniense de la cual, nuestro autor, hacía gala y su pertenencia a uno de los más altos estamentos de la escala piramidal de las polis y, por ende, económica: fue uno de los dos estrategos en el 424 ane., algo que el propio Tucídides manifiesta (IV, 104), siendo destinado a Tracia cuando el espartano Brásidas estaba a punto de apoderarse de Anfípolis, Calcis. También nos narra, seguidamente, su descendencia de Óloro y la propiedad familiar de unas minas de plata en la zona tracia, frente a la isla de Tasos, lo que le infirió mayor influencia en comparación con los que serían sus homólogos del momento, tanto áticos como foráneos. Tras el episodio fatídico vivido en Anfípolis, fue exiliado durante 20 años, donde fue capaz de narrar todo el conflicto hasta el 411, momento que tomará el testigo Jenofonte en sus Helénicas, desde su claro posicionamiento en el espectro filoespartano.

Y es que, a la luz de este autor, ha surgido una hipótesis denominada «la trampa de Tucídides». Esta reflexión se hace partiendo desde un elemento metáforico más que como un axioma o teorema irrefutable acerca de la proposición teórica que arguye el politólogo Graham Allison (2017) en su análisis de diversos complejos conflictuales para explicar el devenir entre las grandes potencias chinas y estadounidenses en una escalada bélica para reafirmar su poder. El razonamiento es el siguiente: una potencia establecida ve peligrar su hegemonía frente a otra emergente, lo que podría entroncarse con nuestras dos ciudades-estado. Mientras que Atenas se identificaría con China, Estados Unidos haría lo propio con Esparta; todo esto, si bien no se pretende un símil sobre la identificación ideológica o estrategias geopolíticas, se plantea desde una analogía de fuerzas e intereses del poder y sus relaciones circulares adscritos a sentimientos de pertenencia a unos u otros estados.

En consecuencia, es inevitable caer en la reflexión crítica, ya no sólo de los actores como capacidad transformadora de su presente, en los que casi siempre nos centramos, sino en la propia aceptación y legitimación de esos aparatos de poder a través de la semiótica del mismo, sustentado en corrientes de pensamiento multidisciplinares y transversales de las escuelas de pensamiento griegos. Esto no quiere decir que, por ejemplo, desde la perspectiva heraclitiana de los opuestos metafóricos, no podamos rastrear en los términos antagónicos aquellos que, históricamente, y que podríamos incluso sobrerrepresentar en la actualidad, han sido asumidos como peyorativos y que no son otra cosa que la naturaleza en sí misma y la ausencia de privilegios y dominación. Se puede percibir aquella dicción que nos lleva a hilvanar elementos ideológicos en binomios tales como guerra/paz, orden/caos, bien/mal, hombre/mujer que son simbolizados a menudo en la propia mitología griega y que reseña, de manera muy esclarecedora, Minerva Alganza.

Tenemos una multitud de ejemplos en la cosmogonía hesiódica donde la genealogía del orden, los dioses olímpicos, obviamente representados por Zeus, nace todo aquel corpus léxico de la ley, donde la guerra como la paz son supeditadas, asimismo, al poder judicial, legislativo y político de la polis; la figura del padre y la auctoritas que no es sino el reflejo de la naturalización del orden y el poder en sí mismo, se personifica simbológicamente a su vez por la signatura de los actores principales que toman juramentos, entre ellos, en el caso que nos atañe, por importantes estrategos como el caso de Nicias, además de otros jerarcas tales como éforos, diarcas, etc. También podemos percibir una concepción que premia esta alteridad en la escuela cínica del pensamiento griego; sin embargo, como es obvio, la capacidad de influencia del think tank sofista y peripatético eclipsa cualquier forma de pensamiento que actúe como contrapoder o rebelión, que puede verse ejemplarizada con la escuela de pensamiento cínica o el epicureísmo. En lo referente a esto, se puede deducir una explicación sobre los aspectos que nutren el poder en el seno de la koiné griega, como el profundo machismo, la economía/mercado[3], la exclusión de lo diverso y periférico o las desigualdades de clase dinamizadas y sostenidas en la idiosincrasia del poder legislativo, judicial, intelectual y religioso.

Como colofón, aunque esto ayudara a mantener ciertos principios de autonomía entre la constelación de ciudades-estado sin llegar nunca a existir un panhelenismo como tal, e independientemente del recurso retórico de la democracia para el ciudadano ateniense o la pragmática política aliada y “liberadora” de los espartiatas, las dinámicas y relaciones de poder siguen manifestándose de igual manera: circulares y opresoras. La paz en el contexto griego no existe sin la guerra, por lo que apenas dos años después y bajo el descontento de los aliados de la Liga peloponesia, se reanudarían las hostilidades.

El fin de la Guerra de Corinto: la Paz de Antálcidas o del Rey (386 ane.) y el intervencionismo persa

 

Tras la derrota ateniense, Atenas renuncia a su imperio: tiene que derribar parte de sus murallas y entregar toda su flota excepto doce trirremes, siendo obligada a entrar en una alianza bilateral asimétrica con Esparta. En realidad, el final de la Guerra del Peloponeso no da lugar a la libertad de Grecia bajo el Imperio Ateniense, sino que Esparta sustituye a Atenas como imperio, lo que origina el control hegemónico y toma la delantera como primera potencia entre los helenos. Comienza así un período en el que el intervencionismo y énfasis expansionista de Esparta choca con los intereses de otras poleis importantes como Corinto y Beocia que nos llevará al siguiente complejo conflictual: la Guerra de Corinto (395-386 ane.). Esparta no incluye a la Liga de Delos en la Liga del Peloponeso, pero crea con ellos alianzas bilaterales asimétricas como en el caso de Atenas, reintroduciendo el tributo ateniense a los miembros de la antigua Liga ático-délica. También establece por todo el Egeo y toda Grecia un sistema de guarniciones al mando de comandantes militares espartiatas llamados harmostas y favorece los regímenes filo-laconios. Esparta acaba por practicar –en su coincidente analogía con el presente– una política intervencionista en determinadas zonas de Asia Menor para castigar a los estados que se oponen a sus políticas y participa de manera indirecta en la expedición que demanda su aliado Ciro y de la que Jenofonte fue protagonista junto a otros diez mil mercenarios en la Anábasis. Una vez truncado este episodio con la muerte del hermano menor sublevado de Artajerjes II, este último ostentará un rol principal en la política de alianzas e intervencionismo que avivará el complejo conflictual entre los estados griegos al participar velado por las relaciones internacionales y moviéndose a su antojo en endebles alianzas que primaban los intereses de Persia frente a las proyecciones imperialistas de uno u otro bando (primero Esparta y luego Atenas) que amenazaban el Imperio, lo que le llevó a subvencionar con capital las diversas facciones según iba avanzando el conflicto.

Independientemente, y como señala Pascual en su artículo, «el imperialismo espartano no puede ser considerado, sin más, una explicación suficiente, sino que es necesario definir dónde, cuándo, cómo y con qué consecuencias el imperialismo espartano afectó tan directamente a los corintios […] y llevarles a la guerra» (1995: 191). Asimismo, Corinto se puede sentir amenazada una vez se rompan los pilares básicos de su sustento, a saber, «la seguridad de la propia Corintia, el control de la ruta naval hasta Sicilia y la amistad o, al menos, la tolerancia de los estados griegos de Sicilia y la Magna Grecia, especialmente Siracusa» (Pascual, 1995: 196). Hay que destacar en particular lo abrupto de su geografía, lo que sólo le permitía abastecer de grano a la mitad de la población total por lo que eran necesarias las importaciones, de ahí que también Corinto se hubiese centrado en una política más comercial, aprovechando su estratégica situación, innovaciones técnicas para el transporte de naves a través del Istmo (el diolkos) y políticas plutócratas.

Son, pues, las dinámicas espartanas de control de la Élide, de la que tuvieran buena relación con los corintios, las cuales suponen una herramienta a modo de advertencia para las poleis disidentes; al igual que afrentas pasadas, posiblemente incipientes ya durante el conflicto de Guerra del Peloponeso para con los del Istmo y que se pueden intuir a razón, entre ellas, la frustración que suponía la alianza desigual con Atenas y su perdurabilidad, al impedir el desarrollo, la consolidación territorial y su recuperación en tiempos de postguerra. Estas políticas espartanas que se pueden entrever indiferentes frente a sus aliados, incluso hostiles (caso de Elis) al no proporcionar tampoco una repartición del botín guerra tras el fin de la Guerra del Peloponeso, supuso el enfriamiento de las relaciones y el acercamiento entre argivos, corintios y, posteriormente, eleos. Por último, la confederación beocia con la ayuda de Atenas también declararía la guerra a Esparta, por lo que hay una expansión en términos aliados con la unión también de argivos y corintios que daría paso a formar el Consejo en esta última polis.

En la primavera de 386 a.C., todos los contendientes están deseosos de firmar la paz. La guerra ha probado que hay un estado que, sin combatir, puede inclinar la balanza de uno u otro lado. Como el rey persa incluyó sus condiciones, esta paz de denomina la Paz del Rey o de Antálcidas (el general espartano que la negocia). Con esto se establece un estado de paz general en Grecia y donde Jonia, Chipre y las islas conquistadas por los atenienses en el Egeo oriental son traspasadas al dominio persa. Es establecido también lo que llamamos el principio de autonomía, es decir, que todas las ciudades –grandes o pequeñas– serían libres; no obstante, esta paz otorga a Esparta una posición privilegiada frente al resto de sus homólogas, ya que la propia interpretación de “paz” es lo que hemos reiterado a lo largo del presente artículo. Para alcanzar la paz, podemos resumirlo de forma atrevida como una representación –muy edulcorada por el sentimiento filoespartano de Jenofonte– del si vis pacem, para bellum. Esto puso fin a las confederaciones griegas que se mostraban disonantes con los peloponesios, disolviéndolas, como en el caso de la Confederación Beocia y el gobierno conjunto entre Corinto y Argos. Corinto se vio nuevamente reincorporada a la Liga del Peloponeso con el retorno de los oligarcas filolacedemonios, y Atenas se ve obligada a firmar todas las alianzas desiguales previas al conflicto.

Las dinámicas de las relaciones internacionales entre las diferentes ciudades-estado griegas y, en el caso de la Paz del Rey, con el intervencionismo persa y el peso de Artajerjes II como actor principal y elemento transformador de la realidad helena según sus intereses a “golpe de talonario”. Comienza a vislumbrarse unos complejos mecanismos dentro de la comunicación jurídico-legislativa que juegan con la ambigüedad terminológica a la hora de formalizar una aparente igualdad, cuando realmente estos tratados permiten, tras el desgaste de la acción armada, parar estacionalmente y reorganizar estrategias en pro de una mayor maniobrabilidad táctica para el próximo movimiento. El poder empieza a camuflarse a través tecnicismos ambiguos como “libertad”, “autonomía”, “alianza” o “paz” y la guerra acaba dando una solución al intervencionismo descarado en la carrera constante de la ostentación del poder.

Álex García

 

Referencias

Alganza, M. (1998): «Eirene y otras palabras griegas sobre la paz», Instituto de la Paz y los Conflictos, Universidad de Granada, Granada, pp. 123-153

Cartledge, P. (2009): Los espartanos, una historia épica, ed. Ariel, Barcelona.

De Souza, P. (2009): Atenas contra Esparta, series Guerra del Peloponeso I, ed. Osprey Publishing, Madrid.

García, A. (2018): «Casus belli: ¿quién comenzó la Guerra del Peloponeso», Anthropologies.

Fornis, C. (2002): Esparta. Historia, sociedad y cultura de un mito historiográfico, ed. Crítica Arqueología, Barcelon.

Hornblower, S. (1985): El mundo griego 479 – 323 a.C., ed. Crítica, Barcelona.

Plácido, D.; Fornis, C. y Casillas, J. M. (1998): La guerra del Peloponeso, Anejos de TEMPVS, ed. Clásicas, Madrid.

Jenofonte (1994): Helénicas, traducción de Orlando Guntiñas Tuñon, ed. Gredos, Madrid, pp. 194-198.

Pascual, J. (1995): «Corinto y las causas de la Guerra de Corinto», Polis, Revista de ideas y formas políticas de la Antigüedad Clásica 7, pp. 187-218.

Tucídides (1990): Historia de la Guerra del Peloponeso, traducción por Juan José Torres Esbarranch, Ed. Gredos, Madrid.

Imágenes

Wikipedia

Serturista

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[1] Permitir la autonomía de Delfos y el santuario de culto para todos los griegos durante la Guerra del Peloponeso. En él vemos la definición de ese sentimiento de pertenencia cultural, la koiné, que se manifiesta en el texto de Tucídides (V, 18, 2) con la permisividad religiosa en la tregua del conflicto.

[2] Podemos intuir, por tanto, que el término “bárbaro” se revela íntimamente ligado a la periferia, esto es, al fundamento de lo “no-griego” que responde a esa otredad contrapuesta al mundo griego y que es el resultado, a fin de cuentas, de una diferenciación etnográfica, lingüística y geográfica, ora peyorativa, ora neutral. Como recursos para la concepción de lo “bárbaro” en el mundo griego, Santiago, R. A. (1988): «Griegos y bárbaros: arqueología de una alteridad», Faventia, 20/2, Universidad Autónoma de Barcelona, pp. 33-44; y Balasch, M. (2011): «Sobre el concepto de bárbaro en Heródoto», Historia de Heródoto, Ed. Cátedra, pp. 46-62.

[3] Este punto daría que hablar, ya que siempre asumimos  una concepción postindustrializada donde el capitalismo es la norma, muy en consonancia con lo escrito en el párrafo de la nota. No obstante, si bien es cierto que nos encontramos con una incipiente sociedad monetizada y propiamente esclavista (incluso más allá del esclavo cautivo en “guerra justa” con la esclavitud por deuda), la norma común en el paraje predominante de la Grecia Clásica (y del resto hasta la Revolución Industrial) es el ámbito agrícola basado en economías de subsistencia y domésticas colaborativas fuera de las poleis. Es entonces intuitivo que este marco de control y dominación, aunque extendido al propio hinterland de las ciudades-estado, sería más propio del ámbito urbanita frente al rural.

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