Nos encontramos en el s. V a.C. Son momentos agitados en la antigua Grecia. Las dos ciudades-estado por excelencia –la “tiránica” Esparta y “democrática” Atenas– forman dos bloques de aliados: la Liga del Peloponeso y la Liga ático-délica respectivamente. Las tensiones políticas y económicas se acrecientan después de 30 años de “paz”; sin embargo, ¿quién decidió marchar a la guerra y por qué? A través de Tucídides analizaremos el casus belli de la 2ª Guerra del Peloponeso, conflicto que hizo resonar toda la cuenca del mediterráneo hasta nuestros días.

 

Tucídides y su Historia

Tucídides (fig. 1), según la tradición escrita, sería natural de Atenas, aunque es más que probable su origen tracio gracias a la prueba etimológica de su progenitor, Óloro, del cual sólo sabemos el nombre y que nos transmite el propio autor. Sin embargo, en la Antigüedad, no se ponía en duda su origen ático, y siendo más concretos, de la polis ateniense, de parte de la familia de los Filaidas[1].

Figura 1. – Busto de Tucídides

No se pone en duda, por tanto, la ciudadanía ateniense que poseía y su pertenencia a la alta clase y, por ende, económica. Esto es, fue estratego en el 424 a.C. algo que el propio Tucídides manifiesta (IV, 104), siendo uno de los dos destinados a Tracia cuando el espartano Brásidas estaba a punto de apoderarse de Anfípolis, Calcis. También nos narra, seguidamente, su descendencia de Óloro y la propiedad familiar de unas minas de plata en la zona tracia, frente a la isla de Tasos, lo que le dio mayor influencia con personajes poderosos del momento, tanto áticos como foráneos. Así pues, tras lo acontecido en Anfípolis –una tremenda y deshonrosa derrota en la batalla– fue exiliado durante 20 años, pues fue capaz de narrar todo el conflicto hasta el final y dejar constancia de ello. Por tanto, es así como se han dado varias hipótesis de que Tucídides pudo morir en torno al 398 a.C., ya acabada la Guerra del Peloponeso (401 a.C.). Durante este exilio, pudo informarse sobre las causas el prisma espartano y de sus aliados, como veremos en el texto insignia de este artículo sobre la decisión de guerra por parte de la Liga del Peloponeso más abajo. Con estos datos autobibliográficos contrastados con otras informaciones y fuentes biográficas como, por ejemplo, la Vita de Marcelino, se ha podido asegurar información sobre el historiador (Julio Calonge Ruiz, introducción general[2]).

No obstante, en la obra de Tucídides, el relato histórico de la Guerra del Peloponeso se interrumpe en el año 411, poco después del golpe oligárquico en Atenas, momento en el que Jenofonte inicia sus Helénicas y en el cual se nos cuenta el período final del conflicto peloponesio.

Otra de las características fundamentales de Tucídides como autor es su contraposición con los logógrafos, los cuales, asegura, «prefieren satisfacer al auditorio a relatar la verdad» (I, 21, 1). De esta manera se aleja del mito y de la figura de Heródoto, como bien explica en el capítulo de la Arqueología, a costa de que esto le suponga «restar interés a la obra» (I, 22, 4) para el lector que en un futuro compruebe y estudie la susodicha. Sin embargo, hay algo que muestra la gran lucidez de nuestro autor en este capítulo y que no puede dejar indiferente a nadie: «pero si cuantos quieren tener un conocimiento exacto de los hechos del pasado y de los que en el futuro serán iguales o semejantes, de acuerdo con las leyes humanas, si éstos la consideran útil, será suficiente». Con esta sentencia, Tucídides refleja el interés por la inmortalidad escrita y la intencionalidad de forjar una memoria histórica que ayude a no volver a tropezar una y otra vez con la misma piedra; nos empuja a comprender el porqué de las causas de estos conflictos abiertos que, en una especie de eterno retorno nietzscheniano, se repiten recurrentemente en la historia humana.

En cuanto a la composición de la Historia de Tucídides, encontramos dos pilares fundamentales: los discursos (lógoi) y los hechos (érga). Por un lado tenemos los discursos como el relato exacto de los acontecimientos, ordenados cronológicamente de manera que el comienzo se da en la estación del buen tiempo o propicia para la guerra en la antigüedad (primavera-verano) y concluye en la del mal tiempo de cada año (otoño e invierno). Por el otro lado tenemos los hechos presentados de forma objetiva con escasos comentarios por parte del historiador, los cuales siempre tenemos que manejar con cuidado y muchas veces corroborar con análisis comparativos en otros campos de investigación de las humanidades. A saber, arqueología, filología o epigrafía.

En efecto, Tucídides es considerado como padre de la “historia científica” por su riguroso plan de plasmar la verdad a través de todas las fuentes posibles y la menor crítica posible entre sus pensamientos, sin posar su balanza hacia un bando u otro, desde la neutralidad en cuanto al conjunto de fuentes y la investigación se refiere.

Se decide la guerra en la Liga del Peloponeso

Los lacedemonios, después de escuchar la opinión de todos, hicieron votar a todos los aliados que estaban presentes, uno tras otro, ciudades grandes y pequeñas; y la mayoría votó la guerra. Pero, una vez decidida, emprenderla inmediatamente les resultaba imposible, al no estar preparados; determinaron, pues, que cada ciudad se procurara lo necesario, y que lo hiciera sin retrasos. A pesar de esto, mientras se abastecían de lo que les hacía falta, no pasó un año, pero poco menos, hasta que invadieron el Ática e iniciaron abiertamente la guerra. (Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso, I, 125. Traducción por J. J. Torres Esbarranch)

Como bien nos ha dejado en la inmortalidad Tucídides, el texto que vamos a diseccionar para explicar el casus belli trata sobre la resolución de los votos a favor de la guerra contra Atenas y sus aliados tras la asamblea (fig. 2) organizada con dicha finalidad. Nos hallamos, entonces, en el 432 a.C., poco antes de la primavera del 431 a.C., fecha en la que dio lugar el comienzo del conflicto bélico de la 2ª Guerra del Peloponeso[3].

La referencia que hace Tucídides al término “votar” nos lleva directamente a pensar al típico escrutinio de votos en urnas o de manos alzadas de asambleas, lo que no va mal encaminado, si no fuese porque el método espartano era algo más ruidoso: estos votos, según la tradición, se medían por el nivel de griterío, es decir, ganaba la votación la opción que más se oyera; en el caso que nos atañe, si se oía más el “sí” a favor de la guerra o el “no” a favor de la paz. En estos términos ganó el sí con un gran clamor.

Figura 2.-  Asamblea espartana

Previa a esta votación, hubo una primera[4] asamblea de guerra a la que acudieron los embajadores atenienses (no confundir con heraldos[5]) y algunos de los aliados de la Liga del Peloponeso como los corintios. No habían asistido tampoco todas las ciudades integrantes de la Liga peloponesia, por lo que el proceso asambleario no tenía un carácter “global”. En definitiva, en esta primera asamblea hablaron corintios, aliados peloponesios; los embajadores atenienses, los cuales se defendieron de las acusaciones de estos últimos que servirían como casus belli y que se explicarán más tarde; Arquidamo II, uno de los diarcas[6] espartanos, y el éforo[7] Estenelaidas. El último en hablar fue el propio éforo, finalizándola con un discurso que no fue decisivo, pero que abrió la veda para votar si se marchaba por fin a la guerra. En esta ocasión la votación quedó en duda entre los “síes” y “noes” de los espartanos que se hallaban allí, ya que no distinguía la aclamación más fuerte. Se ordenó entonces que se separasen en dos grupos para una mejor contabilidad del voto: los que estaban a favor y los que estaban en contra, lo que dio lugar a una mayoría en favor de la guerra. Se clausuró la asamblea con la organización de una segunda en la que todos los aliados de la Liga del Peloponeso estuvieran presentes, de la cual el texto que analizamos es su resolución.

Antes de explicar y detallar «todos los aliados que estaban presentes, […] ciudades grandes y pequeñas» hay que exponer el casus belli de la Liga Peloponesia contra la el imperialismo ateniense, tanto las causas que los espartanos et alii afirmaban, como las que se dejan leer entre líneas. Esto es, los verdaderos motivos para la búsqueda del conflicto por parte de los lacedemonios. Por esta razón entonces, en la segunda Asamblea[8], antes del final del texto que nos atañe, toman la palabra de nuevo los corintios, parte implicada y fundamental para entender la Guerra del Peloponeso. Tras el abandono de la primera asamblea por no entrar en guerra directamente contra los atenienses y por darles turno de réplica, en esta última toma de decisiones, los corintios se retractan y exponen su convicción para tomar la iniciativa de guerra contra el dominio de Atenas sobre el Hélade como aliadas de Esparta. Este afán por parte de los corintios de iniciar una respuesta bélica contra Atenas es a raíz de una serie de ruptura de pactos y faltas durante la Pentecontecia.

Figura 3.- Mapa de la Grecia Antigua

Uno de los conflictos  que servirá como casus belli es el «asunto de Corcira[9]» que tuvo lugar en Epidamno –colonia de Corcira en la costa adriática del sur de Iliria (fig. 3)– donde dos facciones, la democrática y la oligárquica, se disputaban el poder de la polis. En consecuencia, el bando democrático pidió auxilio a su “madre”, Corcira, la cual denegó su petición y por lo que acabó acudiendo entonces a la “abuela”[10], es decir, Corinto. La intromisión corintia en Epidamno para tratar de hacerse con el control de esta ciudad conducirá al enfrentamiento y a la derrota frente a los corcirenses en la batalla de Leucimme, en el 435 a.C. Dos años después, y tras llevar a cabo un programa de construcción naval, pudieron enfrentarse en la batalla de Sibota con naves de sus aliados y de sus colonias con lo que lograron hacer retroceder a Corcira. Por este hecho abandonaron su neutralidad y buscaron alianza con Atenas esgrimiendo su mejor argumento: la guerra con la Liga del Peloponeso era ineludible; acogerles en el seno de su alianza como segunda mayor flota helena y, a la par, sacar rédito a la situación geográfica de la isla en la ruta hacia Occidente. Si esto no ocurría, el vaticinio sería la caída de Corcira bajo el yugo peloponesio y pondría en jaque a la principal potencia naval, Atenas. Tras enterarse de la estrategia corcirense, los corintios buscan a través de asambleas establecer una diplomacia favorable con los atenienses y convencerles para que no aceptasen dicha alianza. Si bien escucharon a los corintios, Atenas acabó formando con Corcira una epimachía, es decir, una alianza estrictamente defensiva que entraría en vigor sólo si el territorio de alguno de los contrayentes era atacado (Hammond, 1945). Tras ser vencidos los corcirenses, los corintios acabaron por tomar el puerto de la ciudad de Sibota, por lo que una flotilla de 10 trirremes atenienses inició el combate para evitar el desembarco de los corintios. Este encuentro entre atenienses y corintios no implicaba un conflicto hostil directo entre ambas polis dado que, de acuerdo con el derecho hospitalario helénico, esto sólo sucedía cuando había invasión del territorio propio de alguno de ellos (Fornis, 2002). Esto no quita que la cuerda de las relaciones políticas estuviera cada vez más tensa.

El otro conflicto es el conocido como «asunto de Potidea», colonia fundada originariamente por Corinto en la península tracia de la Calcídica (fig. 3), pero, sin embargo, miembro tributario de la Liga Ático-Délica. Por su proximidad a Macedonia tenía gran importancia estratégica. Por aquél entonces, el rey de Macedonia era Perdicas II, un antiguo aliado de Atenas que ahora alentaba a las ciudades calcídicas a la rebelión, con lo que podían llegar a constituir una liga en su contra. Atenas exigió entonces a los potideos que no volvieran a recibir a los epidemiurgos[11] corintios y que desmontaran sus fortificaciones. Como respuesta, los potideos mandaron una embajada al Peloponeso en busca de la ayuda espartana y de la liga peloponesia por si la polis ateniense decidía atacar Potidea. Los atenienses temían perder el control de una zona óptima, geopolíticamente hablando, por lo que enviaron un contingente y sitiaron la ciudad. En ella se encontraron con unos 400 mercenarios peltastas[12] peloponesios y 1600 hoplitas corintios. En la segunda asamblea, los corintios piden la actuación de Esparta ya que los atenienses habían roto toda forma de paz con sus afrentas a las “hijas” de Corinto.

Hay una tercera causa, pero que Tucídides no nombra, por lo que se comentará superficialmente, y es el controvertido decreto megárico, o decretos, siendo la fuente principal Aristófanes. Es un decreto ateniense que contemplaba la exclusión de los megarenses de los mercados de carácter portuario dentro del imperio ateniense, una medida que afectaba al comercio y aprovisionamiento de Mégara, pero también de todo el Peloponeso, ya que el istmo de Corinto era la entrada de las importaciones a dicha península. La excusa que dio pie a la promulgación del decreto fueron las acusaciones de que los megarenses habían cultivado tierra sagrada en la frontera con el Ática, habían acogido a esclavos fugados de Atenas y habían asesinado al embajador ateniense Antemócrito (Tucídides, I, 139, 1 – 2).

Hasta aquí las causas alegadas, capitaneadas por las quejas de corintios, megarenses y eginetas ante la traición ateniense y su decisión unánime de iniciar la guerra.

Por último, faltan los pretextos lacedemonios que, aparte de la presión aliada por la afrenta ateniense, toman como suya la acción “libertadora” de los pueblos griegos bajo el yugo de una Atenas tiránica, de un imperialismo ateniense en toda regla, movidos en realidad y como motivación principal al temor de un dominio total de Atenas sobre todos los pueblos griegos, debido a su irrefrenable y acuciante expansión. Es decir, Esparta junto a la liga peloponesia tomaron un rol de héroes libertadores que, según Tucídides, adquirió entre los ciudadanos y gentes helenos un gran porcentaje de simpatizantes hacia la política de esta facción contra los atenienses que desde hacía tiempo habían degradado a sus aliados a simples miembros tributarios dependientes bajo la cabeza hegemónica ateniense que imponía su sistema de medidas, gobierno e incluso no contar con el voto del resto de integrantes en cuanto a sus actuaciones. Aparte de guardar el tesoro de la liga en la propia Atenas con el gobierno de Pericles, el cual, en un principio, se encontraba en Delos (de ahí el nombre de la liga ático-délica) y que sirvió, con el dinero del todos los integrantes, para proyectar a Atenas a su edad de máximo esplendor cultural por la inversión de este dinero en la polis.

En conclusión, la causa inmediata de la guerra del Peloponeso fue la convicción de los espartanos, apoyada por sus aliados, de que Atenas había roto la Paz de los Treinta Años[13], pero, en realidad el motivo principal para llegar al conflicto es el temor de la rápida expansión imperialista que estaba llevando a cabo Atenas.

En cuanto a los integrantes de la Liga del Peloponeso, aquellas «ciudades grandes y pequeñas»  nos remontaremos al texto de Tucídides del libro II, 9, en el cual hace una descripción de los aliados espartanos desde el 431 a.C. En principio son todos los que se sitúan en ámbito geográfico de la península del Peloponeso (fig. 4), lo que incluyen las regiones del interior del Istmo de Corinto: Laconia, Mesenia y Arcadia, a excepción de los aqueos[14] y los argivos, los cuales se mantenían neutros; de entre los aqueos, los únicos que combatieron a favor de Esparta fueron los de Pelene de acuerdo con Corinto y Sición, sus vecinas, a los que más tarde se les unieron las once ciudades aqueas restantes. Fuera del Peloponeso, los megareos, los beocios, a excepción de Platea[15]; los locros[16], los focenses[17], los ampraciotas[18], los leucadios[19] y los anactorios[20]. Estas fueron las principales regiones y ciudades aliadas de los peloponesios.

Figura 4.- Evolución de la Guerra del Pelponeso y los bloques aliados

Seguidamente, Tucídides hace una descripción de  «lo necesario» en el mismo libro II, 9: De los nombrados anteriormente, «los que aportaban una flota eran los corintios, los megareos, los sicionios, los peleneos, los eleos, los ampraciotas y los leucadios; caballería los beocios, los focenses y los locros; y las otras ciudades procuraban infantería». Hay que destacar que en la Liga del Peloponeso, a diferencia de sus rivales, la cabeza hegemónica de la confederación, Esparta, no imponía ningún tributo monetario a sus miembros ni ejercía un gobierno tan “tiránico” con sus aliados como hacían los atenienses. Los lacedemonios estaban sujetos a la opinión de sus aliados, de ahí las Asambleas y el peso de la presión de estos a la hora de comenzar la guerra. «Mientras se abastecían de lo que les hacía falta, no pasó un año (desde el verano del 432 a.C. cuando se dio la reunión de la liga peloponesia), pero poco menos, hasta que invadieron el Ática e iniciaron abiertamente la guerra» en mayo del 431 a.C., en el año “Enesias”, éforo epónimo de Esparta, o en el año Pitodoro, arconte epónimo de los Nueve Arcontes de Atenas.

Es importante destacar también uno de los episodios previos –unos meses antes del inicio de la guerra– a estas invasiones al Ática por parte de los espartanos, los cuales buscaban la confrontación con los atenienses frente a los muros largos y con tácticas de devastación de los campos de cultivo áticos: Tebas, aliada de Esparta, intentó conquistar en marzo del 431 a.C. con 300 hombres (400 según otras fuentes) la ciudad de Platea, la cual disentía con su hermana beocia y permanecía neutral. Tras lo acaecido y el total fracaso tebano sobre Platea, esta polis se unió a la Liga de Delos y dio lugar, meses después, a lo que sería el mayor conflicto de la historia helena: la Guerra del Peloponeso.

No hay, pues, mejor manera para resumir todo lo expuesto en el artículo que con la siguiente cita: «quizá la causa subyacente fue realmente el crecimiento del poderío ateniense, pero fueron los espartanos quienes empezaron la guerra.» –Paul Cartledge, Los espartanos: una historia épica, 2009.

Álex Negro

Referencias

Tucídides: Historia de la Guerra del Peloponeso, I – II, traducción por Juan José Torres Esbarranch, Ed. Gredos, Madrid, 1990.

Zagorin, P.: Thucydides. An introduction for the common reader, Princeton University Press, New Jersey, 2005:

De Souza, P.: Atenas contra Esparta, series Guerra del Peloponeso I, ed. Osprey Publishing, Madrid, 2009

Hornblower, S.: El mundo griego 479 – 323 a.C., ed. Crítica, Barcelona, 1985.

Plácido, D.; Fornis, C. y Casillas, J. M.: La guerra del Peloponeso, Anejos de TEMPVS, ed. Clásicas, Madrid, 1998.

Fornis, C.: Esparta. Historia, sociedad y cultura de un mito historiográfico, ed. Crítica Arqueología, Barcelona, 2002.

Cartledge, P.: Los espartanos, una historia épica, ed. Ariel, Barcelona, 2009.

Quesada Sanz, F. e ilustraciones de Fernández del Castillo, C.: Armas de Grecia y Roma. Forjaron la historia de la Antigüedad clásica, La Esfera de los Libros, S.L., Madrid, 2008.

Imágenes

davidgomezlucas.blogspot.com.es, cabecera.

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UC3M

[1] Los Filaidas tienen su origen genealógico en el mítico Ayante Telamonio, de la realeza tracia, en el que se encuentra como descendencia Cimón, tío abuelo de Tucídides, y Milcíades, el padre de Cimón, ambos personajes que no se consideraron extranjeros de la polis ya que contribuyeron al engrandecimiento de Atenas.

[2] Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, ed. Gredos, Madrid, 1990.

[3] La 2ª Guerra del Peloponeso es la Guerra del Peloponeso que narra Tucídides, después del período de “paz” y la política de bloques de la Pentecontecia (período de 50 años que abarca desde el final de las Guerras Médicas, hasta el inicio de la guerra del Peloponeso: 480 – 431 a.C.).

[4] Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, libro I, 67 – 87.

[5] Los heraldos eran mensajeros en época de guerra, por lo tanto, ligados al conflicto bélico. Estos portaban un caduceo (vara de olivo con dos serpientes enroscadas), símbolo de Hermes y los mensajeros, a la vez que de la paz y la información.

[6] Integrante de la diarquía, es decir, uno de los dos monarcas vigentes.

[7] Cinco eran los éforos que gobernaban Esparta elegidos anualmente. Sus dos poderes eran presidir la Asamblea o Apella, en este caso Estenelaidas, y mantener el orden en el Estado Lacedemonio. Su creación se remonta a principios del período arcaico y eran ciudadanos de pleno derecho con gran impunidad y liderazgo, de ahí su carácter anual, pero que, ya desde el s. V a.C., fueron perdiendo dichos poderes.

[8] Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides, libro I, 119 – 125.

[9] Actual isla de Corfú.

[10] Corcira había sido fundada por Corinto en el 734 a.C., aunque según Heródoto, III, 49, 1, desde la fundación misma las relaciones entre ambas dominó el sentimiento hostil. Hay que destacar que las colonias griegas que se fundaban, aunque perteneciesen a una polis “madre”, tenían total autonomía, aunque seguían ligados de una manera espiritual a dicha ciudad, inmiscuyéndose muchas veces en los conflictos entre “hijas”. (Fornis, C., Esparta: historia, sociedad y cultura de un mito historiográfico, 2002)

[11]  “Inspectores de colonias”, aunque se desconoce sus funciones, en este caso de la colonia “madre”: Corinto.

[12]  Los ejércitos hoplitas empezaron a ser sustituidos por mercenarios foráneos y por una armadura más ligera que les permitiera mayor movilidad. Estos peltastas son denominados así por su escudo ligero de mimbre trenzado cubierto con piel de cabra u oveja conocido como pelta. Luchaban con jabalinas y con un equipamiento y protección, pudiendo hacer guerrillas y formar otras estrategias que salían ya de la mentalidad hoplita ciudadana y de las melés campales entre falanges y que les daban ventaja sobre otras infanterías ligeras (Fernando Quesada 2008). Esta era la realidad general de los ejércitos helenos, pero, en Esparta, se prosiguió con la supremacía de la infantería pesada hoplita e ideológica de la batalla campal, el honor y el patriotismo de la agogé o educación espartiata aunque el s. V a.C. consistió en el inicio del declive de esta idea guerrera.

[13]  Tratado firmado entre Esparta y Atenas que ponía fin al conflicto de la 1ª Guerra del Peloponeso (460 – 445 a.C.) y que se rompería con la 2ª Guerra del Peloponeso, durando 15 años.

[14]  No confundir con los aqueos homéricos, los cuales son una referencia al conjunto de pueblos griegos. En Época Clásica se refiere a los aqueos que se sitúan en la región de Acaya, en la zona céntrica-septentrional del Peloponeso.

[15]  Cf. infra.

[16]  Tucídides se refiere a los locros llamados orientales o septentrionales, que habitaban al norte y noreste de Beocia, junto al mar de Eubea.

[17] Habían sido aliados de Atenas, pero ésta, después de abandonar Beocia, perdió influencia en Delfos y en la Fócide.

[18]  Epiro meridional, colonia de Corinto.

[19]  Isla de Léucade situada  cerca de la costa de Acarnania y al suroeste de Ampracia. Fue la única de las islas occidentales que se alineó al lado de los peloponesios.

[20]  En la boca del Golfo de Ampracia, en la costa meridional.

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