En el año 1975 España contaba con una tasa de analfabetismo altísima, este fue uno de los déficits que nos dejó cuarenta años de dictadura franquista, donde la formación de las clases populares no era una necesidad, ya que se trataba de mano de obra barata para el tejido empresarial y caciquil de la época. No interesaba una población formada que pudiera empezar a hacerse preguntas y encontrar respuestas contrarias al orden establecido. Solo unos pocos pudieron realizar estudios reglados y aún menos los que, perteneciendo a las clases populares pudieron realizar estudios superiores.

Hoy, cuarenta y cinco años después, casi la totalidad de la población de más de cuatro años está matriculada en el sistema educativo y las nuevas generaciones conocen mayoritariamente, al menos las reglas básicas matemáticas (sumar, restar, multiplicar y dividir) así como leer y escribir, entendiendo esto como el conocimiento del código utilizado para llevarlo a cabo.

Pero saber leer no es conocer el código, es decir que la /m/ con la /a/ se pronuncia /ma/, saber leer es algo más. Es saber interpretar lo que se lee, entender el mensaje, no sólo lo que se dice, sino lo que se quiere decir, y esta habilidad, como casi todas las habilidades se consigue entrenándolas.

El analfabetismo siempre ha sido un hecho que ha avergonzado a toda aquella persona que lo ha padecido, pero en la actualidad son muchas las personas que se vanaglorian y presumen de no leer un solo libro en todo un año. A pesar del esfuerzo del Estado para facilitar la escolarización masiva de toda la población, dotar a las personas de los conocimientos suficientes para poder leer y escribir (con todas las carencias existentes), haber puesto a disposición de la mayoría de la población de infinidad de bibliotecas públicas a lo largo y ancho del país, disposición de puntos de internet gratuito donde poder descargar multitud de libros online, millones de artículos especializados en cualquier tema en internet, etc. a pesar de todo eso, son muchos los que podríamos calificar de “analfabetos funcionales”.

Los “analfabetos funcionales” son aquellos que, a pesar de tener los conocimientos para poder decodificar los códigos de los que se compone la lectoescritura no hacen uso de esos conocimientos. Podríamos decir que estas personas son el culmen de la mediocridad social ya que al no “entrenar” la habilidad de la lectura son víctimas dóciles de los elementos encargados de la manipulación social.

Los “analfabetos funcionales” no solo presumen de no leer, sino que además consideran y exigen que su opinión sea tenida en cuenta. De ahí surgen los movimientos antivacunas, terraplanistas, o una infinidad de “epidemiólogos”, “médicos”, “geoestrategas”, “economistas”… que lo único que hacen es repetir los mantras lanzados por los medios de comunicación, y claro, cuando se carece de capacidad de análisis, el conocimiento fundamentado en distintos puntos de vista y capacidad crítica, estás obligado a creer lo que te digan.

La aparición de las Redes Sociales (informáticas) ayudan a la proliferación de mensajes no contrastados, peligrosos para la salud, gurús de medio pelo, bulos malintencionados, etc.

Dejadme deciros a todos aquellos que pueden entrar en la categoría que acabo de describir: Vuestra opinión no importa, no todas las opiniones son igual de válidas.

“Las redes sociales le dan derecho a hablar a legiones de idiotas que antes sólo hablaban en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad. Ellos eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel. Es la invasión de los idiotas”

Umberto Eco

 Manuel Carmona

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