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Cuando Antonio Machín cantaba aquello de: “Yo no puedo comprender cómo se pueden querer dos mujeres a la vez y no estar loco” puede que no estuviera sentando las bases del poliamor, que es más antiguo que Antonio, pero nos viene muy bien para hablar de esas formas de amar que transitan fuera de la linde normalizada.

Decía Machín: “Merezco una explicación, porque es imposible seguir con las dos. Aquí va mi explicación, pues me llaman sin razón corazón loco. Una es el amor sagrado, compañera de mi vida, esposa y madre a la vez. La otra es el amor prohibido, complemento de mis ansias y a quien no renunciaré”. Más que poliamor, aquí lo que parece que hay es un adulterio de los que tan habitualmente perpetraban los señores allá por la época cantada. Por la letra de la canción no llegamos a saber si las dos señoritas amadas eran conocedoras y, por tanto, consentidoras del triángulo amoroso. Demasiado moderno me parecería que lo supieran, lo consintieran y Machín lo cantara tan alegremente sin censor por medio.

Buscando triángulo amoroso en internet, me topo con la solución que nos da la doctora Emma Ribas si nos encontramos dentro de esa fatídica situación: salir de ella enseguida (entiendo que se refiere a que nos alejemos si no se ha consensuado de antemano) porque, a la larga, es un hecho que genera sufrimiento. A la pregunta de Machín de si es posible amar a dos mujeres a la vez, podemos contestar que sí, se puede amar a dos personas a la vez, y a tres. También es posible y normal no sentirse atraída por nadie más que por tu pareja. Y es normal no querer tener pareja estable. Normal es también que te gusten las personas de tu mismo sexo, así como que te gusten solo las personas del sexo opuesto y normal, por supuesto, es que te gusten todos los sexos. Normal es que te sientas mujer y tengas genitales masculinos o que no te sientas ni hombre ni mujer, independientemente de tus genitales biológicos.

El camino natural de la humanidad debería ser dejar de meter las narices en lo que el otro desea y elige para su intimidad y considerarlo tan normal como lo que nosotras hemos elegido. Poliamor, relación abierta, parejas swingers, monogamia, ¡parejas asexuales! Aquí me detengo, porque me parece interesante abordar el tema de la asexualidad en una época en la que triunfa la hípersexualización, las fotopollas y el postureo.

Numerosos estudios han determinado que la insatisfacción sexual es uno de los problemas más comunes por el que las parejas acuden a terapia. Y, en efecto, no hace falta acudir a ningún estudio, porque al analizar nuestras propias relaciones nos damos cuenta de que, en muchas ocasiones, el sexo ha sido un escollo para la continuidad de la pareja (aunque no se hablara de ello y, a veces, sin ser conscientes). La pregunta es ¿le damos demasiada importancia al sexo? Repetid conmigo: SÍ. Aunque aquí se me antoja un matiz necesario: le damos demasiada importancia a un tipo de satisfacción sexual y a un tipo de sexo basado en lo que han mostrado las películas: el frenesí desbocado y la obsesión por mantener ‘la llama’ siempre encendida. Ciertamente, es lo que se nos ha enseñado y, dejando a un lado que cada persona tiene su pulso sexual y sus necesidades, en general hemos sido un poquito manipulados (también) en esto.

Es indudable que nuestros deseos están mediados como lo están nuestros gustos y nuestras costumbres, porque desde la infancia se nos educa en lo que debemos o no desear y en cómo tenemos que ser para que nos deseen. El deseo se convierte en un arma de doble filo y en fuente de insatisfacción permanente. La socióloga Eva Illouz en ‘El fin del amor’ habla de cómo nuestras experiencias emocionales son conducidas por las instituciones. Asegura que “el mercado está impulsado principalmente por aquellos que están en pareja o por aquellos que tienen sexo en todo tipo de formas” y que esta es la razón por la que no hay cabida para relatos alternativos que no tienen un rol fuerte en el mercado de consumo. “El sexo, el romance y el matrimonio forman parte del mercado de consumo. A través del sexo, el romance y el matrimonio la gente consume infinitamente y sin cesar. Se consume ropa linda para sentirse atractivo, se consumen películas o viajes para tener una salida romántica con la pareja, se consume una heladera gigante para llenarla de comida para los hijos”.

Imagino la angustia de las personas asexuales que han tenido que tener sexo en contra de su voluntad solo por creer que es lo que debían hacer, por encajar, por no ser considerados portadores de un trastorno. Nos cuenta Pablo, un joven activista asexual, que hasta 2013 se consideraba la asexualidad como una enfermedad mental tal y como ocurrió con la homosexualidad hasta 1990 (año en que la OMS la sacó de su lista de enfermedades mentales).

Delirio del Río, uno de los personajes de la ópera prima de Miguel Ferrari ‘Azul y no tan rosa’, hace un alegato final a la diversidad al que siempre merece la pena volver para no perder de vista ese camino natural de la humanidad. Dice así: “Cuantas veces señalamos a otras personas porque son diferentes, diferentes en su forma de pensar, en su forma de caminar, en su forma de vestir, de hablar o de amar. Maltratamos a otras personas porque las consideramos inferiores, o menos inteligentes, o porque tienen un color de piel diferente. Hacemos chistes pesados de algunos, porque pertenecen a otras culturas y tienen otras costumbres y creencias. Nos sentimos con derecho a juzgar a otros solo porque tienen una opción diferente a la nuestra y nos olvidamos en una sociedad plural donde todos tenemos cabida y donde todos debemos ser escuchados y más aún las minorías que han sido marginadas y que hoy sufren una silenciosa discriminación”.

Susana R. Sousa

Susana R. Sousa

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