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Cuando una persona está familiarizada con la manera en que los científicos sociales, no sin discusión, usan conceptos como el de etnicidad, género, cultura, identidad, religiosidad o alteridad; y después los escucha o lee en el sentido que lo hacen aquellos a quienes se les da espacio en los medios de comunicación, no puede dejar de sentir un poquito de vergüenza y pensar que no hay nada que hacer, que es imposible. Lo mismo dan las valiosas aportaciones que se han hecho durante décadas, se puede sentir como una obstetra alucinando al escuchar como los tertulianos de turno polemizan sobre si la cigüeña trae a los niños de París siguiendo la ruta que pasa por Burdeos o la que sobrevuela Tolouse. Este artículo divulgativo, aunque centrado en la discusión género-sexo, aspira a perfilar el modo en que los seres humanos son identificados por la comunidad en al que desarrollan sus vidas y tiene la sana intención de complicarle las cosas a esa gente que lo tiene todo tan claro.

¿Qué es una mesa? Nunca está de más empezar con una pregunta estúpida. Imaginemos diferentes escenas con mesa: sentados junto a nuestro abogado en el despacho de una jueza, un celador nos lleva hasta la sala de un quirófano o la persona que nos gusta, sonriente e iluminada por las velas, nos sirve una copa de vino. Pónganse en situación, imaginen como actuarían, qué sentirían al relacionarse en esos espacios, con esos objetos, incluida la mesa y con esas personas.  Estas tres situaciones ponen en marcha una serie de reglas sociales, distintas en cada escena. Las cosas solo tienen sentido en su contexto de acción y, por tanto, el sentido de la mesa nos daría distintas significaciones de la misma.

Intenten hacer el ejercicio insano de intercambiar las normas aplicadas a cada caso entre los tres supuestos; sórdido ¿verdad? El desarrollo del lenguaje se resiste a la planificación, por lo que cualquier definición no puede ser otra cosa que una aproximación abstracta, tan deficiente como útil, a las realidades que vivimos. Cada objeto bien podría haber tenido una denominación propia dependiendo de su uso, haciendo innecesaria la abstracción “mesa”. Una cocinera valenciana no aceptará fácilmente llamar paella a cualquier arroz, aunque no podrá evitar que otros lo hagan continuamente. En un diccionario, más allá de la multiplicidad de las experiencias de uso, prevalecerá el criterio del experto. En nuestro caso tenemos una definición, la de mesa, que puede abarcar las tres situaciones. Acepción que, con inevitable deficiencia, propone la RAE: mueble compuesto de un tablero horizontal liso y sostenido a la altura conveniente, generalmente por una o varias patas, para diferentes usos. Aun aceptando que puede aplicarse a todos los contextos de acción descritos, en cuanto nos situemos en una acción real esa mesa será para comer, para mantenernos a una distancia intimidante con la autoridad o para realizar operaciones quirúrgicas.

Como decimos, es el hábito de poner en juego determinadas reglas sociales las que crean el sentido de la mesa. Porque todo comportamiento humano se origina en el uso de símbolos…todas las civilizaciones se han generado y perpetuado sólo por el uso del símbolo (The science of culture, Leslie A. White). El ser humano comprende su mundo a través del aparataje simbólico en el que se ve inmerso, todos los objetos, palabras, espacios, personas, actitudes que se dan cita en un contexto social se inter-significan a través de nuestra continua interpretación de los mismos y nos fuerzan a comportarnos de determinada manera. No hay escapatoria, una mesa puede ser tan sólo una mesa en el diccionario.

Todos somos muchas cosas en un continuo juego expuesto a la confusión. No elegimos nuestras identidades, se nos dan desde fuera, se nos pegan en la constante relación con los demás; no se sienten, se reconocen en y con los otros. Nuestra identidad individual se manifiesta como un fantasma en la intersección de las identidades colectivas de las que participamos, y la imagen que tenemos de nosotros mismos es una interpretación más entre las muchas que se alían y(o) confrontan para situarnos en un instante social que necesita reconocernos. Este “yo” fantasmático en constante formación y cambio no es fragmentable, cada una de esas identidades manifestadas en un momento dado llevan y son a la vez todas las demás. De ahí la dificultad para articular políticas y teorías en torno a la identidad. El hecho social concretado es el que nos invoca y nos hace aparecer con las caras que a él le conviene. Esta complejidad es la que hace fácil criticar e incluso ridiculizar intervenciones que pretenden desarrollarse teniendo en cuenta las identidades, pero es difícil imaginar otra forma de acercarnos a nuestras aspiraciones de igualdad y libertad sin caer en lo de siempre: arrinconar en los márgenes a los más vulnerables, a la espera de una supuesta conquista social, ansiada por la mayoría y eternamente pospuesta, que arreglará como por arte de magia las miserias de las minorías sin contar con ellas.

Mucho antes de que el homo sapiens apareciera, ya existían madres, maridos, jefes, hermanos, criados, vecinos, familias,… Estas relaciones se han configurado en cada cultura de múltiples maneras, con sus propios términos y significados. El homo sapiens surge en un momento (1758) y en un lugar concreto. Es un concepto propuesto por alguien (Linneo) que se acepta por su pertinencia para comprender o explicar la sociedad en la que aparece. No explica el mundo tal y como es, justifica la manera en que se ve. Siempre ha habido un “nosotros” pero sólo hace relativamente poco tiempo hemos tenido la necesidad de rellenar ese “nosotros” con la abstracción “homo sapiens”, es por tanto otra creación cultural. Colocar al homo sapiens como causa necesaria para el surgimiento de la cultura, es un artificio tan poco riguroso como la necesidad de constatar el sexo como condición previa a la construcción del género. El género se construye en la continua reelaboración de ese género y no es posible remontarse a otros principios que no sean más formas de género.

Nadie en ningún tiempo ni lugar del mundo ha necesitado una analítica del cariotipo, ni ver los genitales, ni comprobar su capacidad reproductiva a la persona que tienes delante para saber si es un hombre o una mujer. Para bien o para mal sólo es necesario ser reconocido como tal. Aprendemos la simbología que nos transmiten los cuerpos, las actitudes y maneras, la forma de vestir, etc. Eso que llamamos género es lo que se vive en el día a día cuando el hecho social nos invoca para que mostremos nuestra cualidad como hombre o mujer en el sentido en que nuestra cultura lo entiende. Y si quisiéramos una definición, a buen seguro tan deficiente o más que la de mesa, para poder aplicar a la mayoría de las personas que viven su identificación como mujer u hombre en cualquier lugar del mundo, la que más podría aproximarse sería la de sexo.

Pero volvemos a lo mismo, sería innecesario, ya que, si en la acción social distinguimos entre hombre, mujer u otra asignación aceptada por nuestra cultura, automáticamente esa distinción viene dotada de contenido simbólico. Que ese contenido coloque a la mujer en un  lugar subalterno es lo que tenemos que revisar, pero creer posible acabar con el género es como creer posible que no existan reglas de convivencia, las consideraremos buenas o malas pero siempre las hay y las ha habido. No existía un mundo en el que de repente alguien se levantó y dijo “¡Uy! No tenemos reglas sociales igual nos convendría pensar en unas”. Quien intentara hacer desaparecer el género lo único que conseguiría es, por ejemplo, ajustar los contornos de la construcción social “mujer” a una definición biologicista, la de sexo.

Pero, aparte de quienes defienden concepciones mercantilistas del cuerpo, dudo que queramos aceptar que una mujer sea esencialmente sus genitales, su manifestación fenotípica y una presupuesta capacidad reproductiva. Significar a la mujer como hembra humana es una suerte de idealismo materialista para el que una simple definición es más real que la complejidad de lo definido, ignora la evidencia etnográfica y venera la idea de materia sin reconocer la materia misma y el modo en que el ser humano se relaciona con ella. Para toda persona, en el hecho social puede haber o no metafísica pero más allá no hay otra cosa.

Antes de nacer una niña ya existe su ser social, ya respeta normas de comportamiento y ha asumido los roles asignados. Ella, aun no estando más que en el útero de su madre, se socializa en la acción de unos progenitores que siempre la tienen en cuenta dándole un sitio. Tiene un nombre, su ropa, la habitación preparada, habrán esbozado planes sobre su educación y sus abuelos urdirán mil maneras de complacer sus futuros caprichos. Al nacer, lo único que sucede es que su cuerpo autónomo se incorpora al lugar ya preparado dentro de la corriente cultural que crean y en la que se mueven sus familiares y su grupo social.

No hay página en blanco sobre la que escribir nada, somos copias reconfiguradas que tratarán con sus propias capacidades reproducir mejor (¿?) el mismo mundo de sus predecesores (a esto hay quien lo llama progreso), porque en la socialización, el pasado se hace presente para el futuro (Etnicidad, identidad, interculturalidad, Eugenia Ramírez Goicoechea). La niña va creciendo y aprendiendo sin orden cómo debe comportarse alguien como ella: como pobre o rica, negra o blanca, como niña. Todas las características identitarias que el grupo invoca y espera de su cuerpo, las manifiesta construyéndolas como puede con los múltiples ejemplos que tiene a mano: imita la elegante manera de moverse de una prima mayor, hace suyas las quejas de su madre acerca de lo descuidados que son su padre y sus hermanos o intenta usar las mismas expresiones que esa amiga del cole a la que admira por su desparpajo natural. No hay un plan, simplemente ocurre.

Todas esas identidades actúan como llaves que discriminadamente filtran aquello que las refuerza. Pero hay ocasiones en que esto no funciona como se esperaba, no sabemos por qué, pero sucede. La niña, ante el asombro de su familia y grupo social, parece impermeable a los ejemplos previstos y va madurando, adquiriendo las maneras y gustos de las personas con quienes se identifica. No hablamos de manifestaciones puntuales como que una niña nos diga que quiere ser de mayor camionera o que  a un niño le guste vestir de rosa, nos referimos a una identificación fuerte con su posición en las estructuras sociales formadas por la puesta en acción de las convenciones culturales relativas al género; intercambiadas en este caso. Ante esto muchas sociedades como la nuestra no han tenido hasta ahora herramientas culturales para darles un sitio. Son tan inflexibles ante esta inesperada realidad que su sola presencia puede provocar el colapso de las dinámicas sociales del grupo y la necesidad de restaurar el orden mediante el rechazo, la marginación, la expulsión e incluso la destrucción.

Se suele reprochar a la mujer trans que “ser mujer” no es llevar falda y tacones, que eso es reforzar estereotipos de género cuando nuestro cometido debería ser precisamente acabar con él, cosa que como ya hemos explicado es una pretensión inútil. Y si unas refuerzan estereotipos es imposible ver porqué las otras no lo hacen o porqué a ellas sí se les permite; y si unas a lo largo de su vida, por ideología o por la razón que sea, rechazan asimilarse en ellos, tampoco es fácil justificar porqué es distinto en las otras. La mujer trans que viste con tacones y falda lo hace por las mismas razones que todas las demás mujeres: porque en el proceso de endoculturación en el que se ve inmerso cualquier ser humano, todos tendemos a asumir como propias las maneras y actitudes de las personas con las que nos sentimos identificados y que nos sirven de ejemplo. Lo que tiene que quedar claro es que no es una cuestión de deseo si como deseo entendemos algo que podemos elegir; no se elige, en principio ni siquiera se sabe, simplemente sucede. Es precisamente un prejuicio ideológico basado en la rígida construcción de género propia de sociedades como la nuestra, la que niega que el proceso de identificación en las personas trans se pueda dar con la misma naturalidad que en los demás. Nadie que yo conozca se relaciona con otros basándose en una abstracción teórica como la de mujer: hembra de homo sapiens. En un restaurante nos reunimos en torno a relaciones con objetos y personas que pueden ser muchas cosas pero que se concretan para algo que reconocemos, no en torno a tableros sostenidos a una altura conveniente. No podemos desbastar nuestras vidas, y menos las de los demás, para ajustarlas a la mejor definición que se nos ocurra, siempre deficitaria y provisional, ahí solo nos espera sufrimiento.

Es difícil transmitir la complejidad de estos procesos donde se dan a la vez aceptación e inconformismo en múltiples grados y formas. Todos empujamos los límites incluso sin saberlo. Intencionalmente o no, en algún momento rechazamos las convenciones o las asumimos según el propio genio. Es a su vez un juego de tolerancias hacia actitudes más o menos desafiantes que, al contrario de lo que pueda parecer, surgen de una necesidad inherente a la propia cultura, que le permite respirar ensanchando su espacio y evita que el sistema estalle en pedazos dándole holgura. Siempre va haber una forma de hacer las cosas, aunque sea entre ruinas. La mayor de las revoluciones cambia muy poco el mundo y lo extraordinario se acaba pronto dejando tan solo una buena historia. Lo vulgar, en cambio, perdura; así debe ser. Pero que nos quede una vulgaridad digna para todas.

Pablo Martínez Tobía

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