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“…el conocimiento que ha aportado la hipercrítica de la posmodernidad en Ciencias Sociales, tan polémico como fructífero, se presenta más como una moda ideológica (para la alt right, hegemónica; para la reacción razonable, ya obsoleta) que como lo que realmente ha sido: el mejor instrumento para entender los desequilibrios de poder en toda relación, ser conscientes de los límites de nuestra racionalidad para acceder a algún tipo de certeza, y el reconocimiento de que siempre ha habido, hay y habrá otros tipos de (ir)racionalidades igual de eficaces para ese mismo propósito”.

“Algunos optamos por interesarnos por la diversidad interior, tan reclamada por la lucha contra la homogeneización artificial que se había practicado en estudios de comunidad de la primera mitad de siglo, en la antropología, y por el derecho a la diferencia de los pueblos en minoría, en el antirracismo. Pero fracasamos. Cuando menos podía esperarse se nos acusó de no preocuparnos por los problemas centrales, de buscar lo exótico, de, por tanto, no abandonar la idea de los primitivos…” “…Pienso que una cosa es negar la existencia de primitivos, inferiores, aislados, incontaminados, encapsulados atemporales, estáticos y homogéneos y otra cosa es negar la diversidad, la similitud, la variabilidad entre culturas y en las culturas” (Los muros de la separación. Un ensayo sobre alterofobia y filantropía. Teresa San Román, 1996).

Esta crítica por buscar lo exótico, a los salvajes entre nosotros, reaparece de nuevo como reproche a quienes consideran una prioridad conocer, ceder visibilidad pública y agencia política a minorías, comunidades y colectivos social, cultural y económicamente marginados. Se les retrata como una izquierda snob y cursi que tan sólo busca adornarse exotizando al colectivo LGTB, al pueblo Gitano, a migrantes y refugiados, a temporeros, discapacitados, etc. Se les reprocha, como dice San Román, de no preocuparse por los problemas centrales. Pero no son quienes se esfuerzan en comprender la vida social en los márgenes y revertir la exclusión las que exotizan. Lo son quienes perpetúan la marginación excusándose tras una presunta preocupación por los problemas centrales. Poniendo en marcha o reforzando procesos de alterización para, estrechando nuestra idea de normalidad, justificar la segregación. Convenciéndonos de que son esos otros los que ensucian, los que pervierten, los que crean inseguridad, los que entorpecen nuestro progreso hacia el bienestar. Por eso molesta tanto que hayan politizado su identidad como excluidos. Porque, además, no es que sean responsables de todos los problemas, son el problema, que, con su activismo, obstaculiza la resolución de los problemas centrales. La estrategia política que busca curar los márgenes, conocer mejor la “diversidad interna” tratando de borrar esas alterizaciones supremacistas es ridiculizada por una reacción grosera, que apenas entiende su sustento teórico y que reinventa categorías vagas como lo queer o lo posmoderno, despojándolas de su complejidad original y reduciéndolas al absurdo para poder manejarlas con su limitada capacidad crítica.

A mi modo de ver, el crecimiento de este torpe, pero eficaz pensamiento reaccionario, se ve favorecido por lo exigente del pensamiento posmoderno y por otra forma de reacción académica, razonable y razonada que, admitiendo aciertos en el pensamiento de la posmodernidad, prefieren sin demasiada justificación tratarlo como un paréntesis incómodo. Como si fuera un juguete de pensadores excéntricos con el que ya se ha jugado demasiado; y que va siendo hora de abandonar sus bizantinas ocurrencias para volver a pensar en serio. Así, el conocimiento que ha aportado la hipercrítica de la posmodernidad en Ciencias Sociales, tan polémico como fructífero, se presenta más como una moda ideológica (para la alt right, hegemónica; para la reacción razonable, ya obsoleta) que como lo que realmente ha sido: el mejor instrumento para entender los desequilibrios de poder en toda relación, ser conscientes de los límites de nuestra racionalidad para acceder a algún tipo de certeza, y el reconocimiento de que siempre ha habido, hay y habrá otros tipos de (ir)racionalidades igual de eficaces para ese mismo propósito.

La segunda cuestión que el filósofo Ernesto Castro lanza en una charla entre José Luis Villacañas y Markus Gabriel sobre la filosofía hoy tiene que ver con la posmodernidad. No sin antes apostillar que se trata de un pensamiento que lleva veinte años “obsoleto o superado”. Gabriel reconoce en el pluralismo una virtud del pensamiento posmoderno, pero le reprocha la negación de lo universal: “Todo en el posmodernismo es contingente y por tanto nos lleva al relativismo” a “la ilusión de que todo es ilusión”. “Los defensores de la posmodernidad”, continúa Villacañas, “en el caso de que existan” y “pese a que fue eficaz señalando las posiciones frágiles del pensamiento ilustrado, no pueden desmontar estas posiciones negando la historia”, sosteniendo “que cualquier historia es reversible”.

Cuando Lévi-Strauss en su Antropología Estructural habla de la reversibilidad del tiempo parte de una evidencia etnográfica que nos dice que, para muchos pueblos, ordenar los acontecimientos en una temporalidad lineal no tiene ningún sentido. No niega la Historia, muestra que no es un hecho universal. Por tanto existe un tiempo acumulativo, ordenado e irreversible (estratificado según Villacañas) y otro mecánico y reversible. Son para Lévi-Strauss perspectivas diferentes y, cuando es posible, perfectamente complementarias.

El tiempo reversible es el de los mitos, trasunto de la vida cotidiana. Un sistema inconsciente y construido colectivamente que aparece como una representación total del conocimiento del mundo. Nadie puede ser tan ingenuo para creer que pensadores estructuralistas, post-estructuralistas o posmodernos niegan que los acontecimientos se sucedan continuamente y que defiendan que es posible volver en el tiempo. El tiempo reversible es una categoría analítica que nos permite entender las interrelaciones humanas y la cultura que surge de ellas de una manera que el tiempo histórico, estadístico en Lévi-Strauss, no es capaz. Una obra de teatro puede ser un buen ejemplo para entender el tiempo reversible. Macbeth se representa cada año en teatros de todo el mundo. Pasarán cientos de actores interpretando a Duncan y a Banquo; pero Duncan y Banquo deben seguir siendo Duncan y Banquo; sea quien sea el actor que, cada uno a su manera, lo interprete. El texto ha ido adaptándose a nuevos tiempos, a los distintos idiomas y culturas para seguir teniendo sentido sin dejar de ser Macbeth. Así funcionan también las sociabilidades humanas, el texto de las culturas.

La posmodernidad, con su radical relativismo metodológico, ha aportado categorías analíticas eficaces para desenmarañar, traducir e interpretar otras culturas y la propia, la occidental, de donde surge. La etnografía es imposible sin una concepción del tiempo reversible. La historia necesita cierta idea de progreso mientras que en la vida cotidiana casi nunca necesitamos ordenar los acontecimientos en una línea temporal. Casi nunca nuestras acciones están dirigidas por lo que ha sucedido inmediatamente antes. Porque en la vida cotidiana nos guía la ejemplaridad y esta siempre toma, en cierta manera, una forma mítica.

Como decimos, al contrario que el método científico, que busca certezas de manera fragmentaria y especializada, el mito da una explicación total y acabada del mundo. Cuando la filosofía trata de relacionar esos conocimientos fragmentarios y especializados de la ciencia para construir una verdad universal aplicable a todo ser humano, lo que hace realmente es recrear inconsciente y colectivamente el mito de la búsqueda de ese Dorado, propio de nuestra cultura. Después de convertir al Dios cristiano en el de la razón práctica, y a este en el Dios de la Historia y sus contradicciones, hoy habrá que buscar la manera de hacer que la Ciencia diga lo que sea necesario para mantener vivo este mito. Si para salvar lo Universal hay que matar a Dios, se le mata.  Es esta filosofía, siguiendo de nuevo a Lévi-Strauss, un pensamiento salvaje más entre muchos otros. Que lleva con nosotros más de dos mil años y que la posmodernidad amenazó. Los profesores y catedráticos que se aferran a él, al igual que los lamas del mahayana tibetano, ritualizan la deliberación, el debate y la crítica curso tras curso. La reversibilidad del tiempo en la academia. Donde el mito de la búsqueda del Universal se defiende recreado en su cotidianeidad. Y no es malo por ser un mito, lo es porque ser un mal mito, un mal ejemplo.

El racionalismo ecuménico occidental da soporte sin pretenderlo a otras formas más rancias y peligrosas de reacción. Se fabrica una fantasmal idea de relativismo que nunca ha defendido nadie. Esa que dice que todos los puntos de vista son igualmente válidos y que por tanto “todo vale”. Cuando en realidad lo que nos señala el relativismo es que hay infinitas maneras posibles de entender al ser humano y que por eso mismo no “todo vale”, vale lo que decidamos que valga. El cómo lo decidamos es otra cosa. Pero por más que los antropólogos lo han buscado, sólo han encontrado el Universal en unas pocas culturas. En la cultura occidental es un hecho social total de la misma manera que la brujería lo es para los zande. Es una categoría emic de este desarrollo cultural concreto. Si un pueblo en su ideología contiene una idea ecuménica de la verdad, o cree poder alcanzarla, sólo podrá construirla con sus propias herramientas culturales. Por tanto, la verdad universal se parecerá mucho a los valores y creencias de esa cultura. Cosa que, como es normal, nunca han aceptado de buena gana las demás. El problema no es tanto el espejismo del “todo vale” como el del “sólo vale lo mío porque he averiguado, mediante la razón, que lo mío es lo universal”. Los que estrellan aviones contra edificios o quienes ordenan la invasión de otros países provocando muerte, miseria y caos por el bien del Pueblo, no tienen precisamente un pensamiento relativista. Tienen una idea muy clara de cómo debe ser el mundo y tratan de imponerlo donde puedan. Aquí cabría aclarar que el relativismo tampoco es defender una forma esencialista de diversidad. Sería un cinismo propio de quien pretende imponer su universal tan sólo al ámbito que es capaz de dominar. Un universal cateto disfrazado en el discurso de lo multicultural propio de las nuevas formas de racismo. La diversidad no se agota en ninguna frontera y crece irremediablemente en toda acción e interrelación humana.

Muchas veces abusamos del recurso retórico de la etimología pensando que, al limpiar las palabras de la corrupción a la que les somete el tiempo y el uso, encontraremos en sus primeros significados conocidos, o en los de su composición, algún tipo de verdad primigenia y pura que desenmarañe nuestra realidad. Aunque no tenga tal poder, este recurso sí posee el de provocarnos una tensión poética que surge del propio devenir de esa corrupción. Sugiriendo e inspirando nuevas perspectivas desde donde pensar esa realidad. “Abrigo” del latín apricum, “lugar soleado”, a su vez de aperire “abrir”. Abrigar sería asolear; sacar y poner algo al sol. Actualmente lo primero que nos viene a la cabeza es una prenda de vestir que nos protege del frío o un lugar que nos procura refugio ante el clima adverso. Es por tanto algo que nos cubre y no, al contrario de lo que nos indica su etimología, una exposición (al sol). Más allá de la fuerza simbólica que todas las culturas atribuyen al sol, aquí parece referirse más bien a lo sensual, lo corpóreo, que también es siempre símbolo. Cuando en invierno el sol aviva nuestro rostro con su calor, nos abriga. Lo que a la inversa nos sugiere pensar  en la prenda de vestir o en el alivio que sentimos al entrar en un hogar caldeado como una exposición a otro tipo de soles. Porque el abrigo es siempre un sol que nos alivia el cuerpo, y como él, unas veces es insuficiente y otras ha de tomarse con mesura.

Si nos hemos metido en un callejón sin salida no ha sido por lo efímero, lo contingente o por la perversa ideología relativista que trajo la posmodernidad. Lo que pone en peligro la convivencia es la reacción contra ella. El miedo a aceptar y profundizar en la infinita generación de diversidad que es la cultura humana y la continua negociación que nos exige. En cambio, el Universal no es negociable, obliga a obedecer. Si reconocemos la relatividad radical del comportamiento humano, de su organización social y política, de las diferentes interpretaciones de las mismas, nos veremos en la obligación de reflexionar sobre lo propio y ajeno; valorarlo, negociar y, si fuera necesario, defender lo que creemos bueno y justo. Porque para esto sí sirve la razón. Y es por eso que necesitamos volver a reconocer a los marginados y excluidos como parte de nosotros mismos, de nuestro ser diverso en continua expansión. Son los que habitan las fronteras de lo que somos, son nuestra piel. Que debemos cuidar y conocer. No hacerlo es una forma de autolesión, una mortificación ascética buscando una redención imposible que sólo nos procura dolor. Porque si existe un verdadero problema central en nuestras sociedades, este está en los márgenes. Debemos buscar las infinitas maneras de abrigar nuestra infinita diversidad. Lo hacemos continuamente con quienes consideramos los nuestros, exponiéndolos con cautela a nuestra luz y calor.

Pablo Martínez Tobía

Pablo Martínez Tobía

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