Introducción

La situación de crisis actual motivada por el COVID-19 ha propiciado la aparición de diversos neologismos, entre ellos el término que aparece en el título de nuestro artículo: balconazi. Este término hace referencia a los individuos que se dedican a vigilar, denunciar, increpar y/o agredir a las personas que salen a la calle violando –desde su punto de vista- el confinamiento decretado por el gobierno. En el presente artículo, vamos a intentar analizar este fenómeno.

De héroes, villanos y chivatos

A algunos, la situación actual les invita a dejar salir “a pasear” (nunca peor dicho –permítanme este juego de palabras) al totalitario que llevan dentro. Podría parecer que este fenómeno no va más allá de eso, pero nada más lejos de la realidad. El totalitario interior del individuo que sale a pasear en el fenómeno del balconazi no lo hace aleatoriamente ni por casualidad. La situación es propicia a dicha aparición, y está relacionada con el germen de cualquier tipo de fascismo: el sentimiento de pertenencia al grupo. Al grupo de “los elegidos” me refiero, al grupo de “los héroes”.

La retórica aparecida tanto en los medios de comunicación, como en los discursos de nuestros líderes políticos es la peligrosa retórica del heroísmo. Desde todas partes nos llega la idea, estúpida y sin fundamento, de que quedarte en casa y cumplir con las recomendaciones del gobierno es una actitud heroica. Puede parecer que este tipo de discurso es motivador para esa población que se encuentra en situación de confinamiento, que teme al virus, que teme a la crisis que va a provocar todo esto, que teme a cómo va a cambiar su vida, a perder el trabajo, etc., y puede que así sea, pero es un discurso innecesario y falso, que puede llevar a la aparición de este tipo de actitudes totalitarias.

El hecho de quedarnos en casa, cumplir con el confinamiento y con el resto de recomendaciones y mandatos del gobierno, no nos convierte en héroes, tan sólo nos convierte en ciudadanos responsables. Ni más, ni menos. El heroísmo es algo que nos queda un poco grande, y debemos ser conscientes de ello, para controlar nuestro ego. Este sentimiento de pertenencia al grupo de los héroes, al grupo de los justos, en definitiva, al grupo de los buenos, nos hace ver a los otros, a los que incumplen esas recomendaciones y obligaciones –que incumplen desde nuestro punto de vista, claro- en los malos, en los injustos, en los villanos.

Una vez que convertimos al otro en el malo, en el villano, se impone la necesidad de vigilarlo y denunciarlo, y se justifica el increparlo, e incluso agredirlo. El individuo totalitario se siente respaldado por el grupo al que siente pertenecer, el grupo de los buenos, de los héroes, para realizar estas acciones en nombre del bien común (cuántos crímenes se han cometido en nombre del bien común a lo largo de la historia de la humanidad). No sólo eso, se siente con la autoridad moral, puesto que pertenece al grupo de los buenos y, por tanto, es un representante del Bien, de hacerlo. Y esto es lo más peligroso.

Quizás, los medios de comunicación y los representantes políticos deberían haber acudido al discurso kantiano del actuar por deber, actuar por respeto a la ley; y no al discurso del heroísmo. Debemos quedarnos en casa y respetar lo mandado por el gobierno, pero no porque eso sea una actitud heroica, sino porque es una actitud responsable para con el resto de la ciudadanía de nuestro país, porque es nuestro deber. Pero esto no nos da derecho a convertirnos en balconazis, entre otras cosas porque no es nuestro deber vigilar al otro, sino a nosotros mismos. Y si alguien se salta las normas, para eso están las autoridades, que son los que conocen perfectamente la ley y cómo debe aplicarse. Y esto es muy importante porque se están dando situaciones en las que se vigila, denuncia, increpa y/o agrede a personas que están en la vía pública, a pesar de que están autorizados para estarlo, porque el balconazi (que se cree en posesión de la Verdad, del Bien) interpreta que no lo están.

Conclusión

En conclusión, me gustaría resaltar la necesidad de reflexionar sobre el imperativo categórico kantiano, el cual establece lo siguiente: “Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza”. Es decir, actúa de un modo tal que puedas desear que el modo en que actúes se convierta en el modo de actuar de todos. Para simplificar, antes de gritar a la señora que pasea por la calle con su hijo autista (cosa que tú no sabes, pero que tampoco necesitas saber ni te importa), piensa en si desearías que todos actuaran de ese modo, teniendo en cuenta que podrías ser tú el que tuviera un hijo autista que necesitara salir a pasear a la calle.

Pero no vais a cambiar, sois los mismos de siempre: los que denunciaban a sus vecinos por infieles o brujas a la Inquisición, los que denunciaban a sus vecinos por rojos en la Guerra Civil española o en la posguerra, los alemanes que denunciaban a sus vecinos por judíos durante el régimen nazi. Y esto es así porque, aunque las épocas cambian, las miserias del ser humano siguen siendo las mismas.

José A. Herrera

 

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