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Desde el primer confinamiento, en marzo de 2020, he escuchado muchísimas veces aquello de “esto nos va a hacer ser mejores personas”, “vamos a aprender de esto”, “es una lección”, y un sinfín de etcéteras sobre cómo vamos a ser en un futuro con la sociedad que nos rodea, con nosotros mismos y nuestros vecinos. Del mismo modo he escuchado infinidad de veces el cambio social tan desmesurado que esta crisis acarrea, la transformación social y total del globo.

Mi intención con este artículo es plasmar un pequeño estudio de observación realizado durante estos meses, sobre la solidaridad y responsabilidad ciudadana en la sociedad ante las grandes crisis como esta pandemia que nos ha tocado vivir. Así mismo me permito reflexionar sobre los efectos de la pandemia en cuanto a nuestro comportamiento social, pensando en todo momento si estos van a ser permanentes o, por el contrario, con el paso del tiempo, volveremos a lo conocido, establecido y aprendido anteriormente; si volveremos al comportamiento anterior a la pandemia, como si ésta hubiera sido un pequeño lapsus en nuestras vidas.

Con anterioridad a la pandemia, la situación social y cultural era muy distinta a la actual; en un periodo de tiempo de un año escaso nuestra forma de vida ha cambiado por completo.

El sistema social y económico, con sus idas y venidas, estaba más o menos equilibrado, o eso queríamos pensar o nos hacían entender; “las cosas iban medianamente bien”, estábamos cómodos con nuestras vidas, con nuestras formas de vida. (En todo momento hablo de un general de la sociedad, estoy obviando las desigualdades anteriores a la pandemia).

En el momento que surge la pandemia se produce un caos absoluto en nuestro país. El caos deriva del colapso de la sanidad, es tanto el aumento de contagios en pocas semanas que la sanidad no da abasto, produciéndose una saturación tal que las UCIS se llenan y se produce un ascenso enorme en el número de muertes. Ante esta situación los gobiernos, el Gobierno de España en este caso, tienen que tomar medidas y considera que la única o mejor solución para frenar el virus es un confinamiento total de la población.

El día 15 de marzo de 2020 se produce ese confinamiento total, todas las personas deben permanecer en sus casas para que el virus no se propague. Salir lo menos posible, solo bajo excepciones, trabajos esenciales, compras esenciales, y acceso a ambulatorios y hospitales de manera urgente. Se paraliza el país. Las personas que pueden teletrabajar lo hacen desde sus casas; los colegios, institutos, centros de formación y universidades permanecen cerradas, afrontando una nueva técnica de estudio para todos, alumnos y profesores, la educación online, en muchos casos tarea más que difícil. La hostelería cierra por completo, el turismo se paraliza, los eventos se cancelan, en definitiva, el mundo se detiene.

Esto lleva consigo un descontento social, muchas personas pierden sus trabajos, a otras les aplican ERTE, muchas de ellas no tienen ahorros. Con las clases online y el teletrabajo, la conciliación familiar y laboral se hace una tarea casi imposible de compaginar. Muchas personas no tienen ni si quiera acceso a internet y otras tienen un aparato electrónico para compartir entre todos los miembros de la familia.

Con el hecho de quedarse en sus casas, el lema que ha aparecido en todos los medios de comunicación “yo me quedo en casa” o “este virus lo paramos entre todos”, dejamos a un porcentaje bastante alto de la población de lado. Como si no perteneciera a nuestra sociedad. Hay muchas personas que están en “situación de calle”, otras muchas que comparten pisos milimétricos con un grupo grande de personas. Un porcentaje alto de la sociedad se ha quedado sin ingresos, con imposibilidad de pagar los gastos como el alquiler, el agua o la luz. Por no decir las herramientas básicas para la educación de sus hijos o los cuidados mínimos que las personas más vulnerables necesitan.

De alguna manera hay que frenar este contagio masivo, y la mejor forma que han encontrado los gobiernos ha sido la del confinamiento total y absoluto de la población, pasando más adelante a confinamientos menores. Hay que primar la salud por encima de todo, pero ¿Qué pasa cuando se satura la sociedad? ¿Cuándo hay un desencanto social latente? ¿Qué pasa si las personas no llegan a fin de mes? ¿O si no se tienen recursos para salir adelante durante el tiempo que dure la pandemia? Podemos pensar que en el mundo en el que vivimos la economía también es un apartado de la sanidad; es decir, si no tenemos recursos económicos, muy probablemente, en un periodo de tiempo más largo, no tengamos salud. La diferencia deriva en el colapso de los hospitales y eso, es lo que hay que frenar.

Desde mi punto de vista, todos los gobiernos de los países “desarrollados” y “democráticos” no han tenido la fuerza suficiente o no han sabido cómo gestionar esta crisis, les ha venido grande, de hecho, nos ha venido grande a toda la población. No se ha sabido detectar a tiempo quién estaba y quién no estaba contagiado, pudiendo así poner controles estrictos de movilidad. Por lo que la vía más efectiva para parar el contagio ha sido el confinamiento total, pero una parte de la sociedad no ha sabido asumir los nuevos hábitos sociales impuestos para el bien común, la responsabilidad propia y el autocontrol.

La Tierra avisa, el ser humano está en constante experimentación y movimiento, utilizando los recursos del globo a velocidades excesivas, en muchos casos sin pensar en las consecuencias que esto acarrea. Como digo, nuestro planeta nos iba avisando de lo que venía, los científicos, estudiosos, y la sociedad en general llevábamos tiempo esperando una pandemia, hemos vivido los diferentes “simulacros” como el Ébola o el Sars, que en nuestra sociedad, en el mundo occidental, quedó en eso, un simple simulacro o un aviso a gritos de lo que podía venir; pero finalmente la Covid-19 ha venido para quedarse, en nuestro mundo y en el de muchos otros. Una pandemia a nivel mundial.

Esta pandemia ha hecho que nuestra forma de vida cambie por completo. Nuestras rutinas, hábitos, forma de socializar, trabajar y en definitiva “ser”, han cambiado. La sociedad tal y como la conocíamos se “está derrumbando”, pero esta nueva forma de vida en nuestra sociedad, ¿viene para quedarse? O, ¿es un pequeño paréntesis en nuestras formas de vida y de relacionarnos tras el cual volveremos a lo conocido?

A lo largo de la historia nos hemos “topado” con enfermedades y pandemias que, desgraciadamente, debido al poco nivel científico fueron más difíciles de erradicar y, sobre todo, se llevaron por delante a millones y millones de personas. Cabe decir que en todo momento estoy hablando de nuestro mundo, aquel que mal llamado lo nombramos como “primer mundo”. Podemos sentirnos “privilegiados” de vivir en un mundo que a nivel económico y sanitario tiene variados recursos.

Siguiendo con lo anterior, todas estas crisis se han ido erradicando a lo largo y ancho del mundo, y siempre “hemos vuelto a la normalidad”. Pero, ¿qué es la normalidad? Posiblemente muchos de los hábitos adquiridos durante esta pandemia han venido para quedarse y, o eres un gran observador o simplemente los adquieres sin darte cuenta y lo normalizas hasta llegar al punto de pensar que eso es lo común, lo habitual.

Durante este largo año nuestras vidas han cambiado por completo, nuestra forma de consumir, socializar, trabajar en incluso nuestros hábitos de reunión con familiares y amigos. Jamás hubiéramos pensado que tendríamos que salir a la calle con una mascarilla y esto, a mi parecer, es más parecido a un capítulo de “Black Mirror” que a la realidad. Pero desgraciadamente esto no es ciencia ficción, es la vida. No podríamos imaginar cuál iba a ser el alcance de esta pandemia ni cuáles iban a ser sus consecuencias.

Desde el día uno del confinamiento nuestras vidas dieron un giro de 180 grados, olvidando lo conocido para dar paso a otra forma de vida. El teletrabajo, por ejemplo, era prácticamente para un porcentaje altísimo de la sociedad, impensable o por lo menos un hábito muy lejano. Posiblemente ha llegado para quedarse en nuestras vidas, aunque por el momento, considero que no estamos del todo preparados.

Por otro lado, las compras online se han disparado hasta llegar a límites desorbitados, dejando de lado (más aún si cabe) los pequeños comercios, esto no solo implica una crisis sanitaria sino también económica y social.

Nuestras reuniones familiares y sociales han disminuido cayendo en picado, solo hay que ver las reuniones navideñas. Somos seres sociales, necesitamos el contacto físico y psicológico con nuestros iguales, somos lo que somos gracias a la socialización. El impacto psicológico de la pandemia en nuestras vidas todavía está por estudiarse, pero muy probablemente tendrá unas consecuencias graves.

La hostelería y el pequeño comercio, así como los eventos culturales han salido muy mal parados de esta situación.

Se ha producido un incremento masivo en las ayudas sociales, las familias han salido en masa a buscar recursos para sobrevivir, las ONGs, asociaciones e instituciones no estaban preparadas para esta ola masiva de la sociedad, con un incremento de las personas en riesgo de exclusión social, en “situación de calle”, sin herramientas para salir adelante.

Aquí es donde comienza el movimiento solidario de la población. En el momento que aparecen las necesidades sociales, muchas personas se movilizan para frenar esta situación, la población se organiza y surgen diversos movimientos de ayuda y responsabilidad.

Diferentes empresas se unen para mejorar la calidad de las personas, del ámbito sanitario; todos hemos visto como los taxistas se movilizaron para ayudar a aquellas personas que lo necesitaban, los psicólogos, por ejemplo, establecieron diferentes líneas de teléfono para aquellas personas que requerían su ayuda, los barrios vecinales se unieron para demostrar el apoyo mutuo, carteles en los portales ofreciendo ayuda a las personas mayores para ir a la compra o a aquellas personas que no tenían recursos económicos para hacerla, el mítico aplauso de las ocho a los sanitarios, los ánimos a los niños y niñas que no entendían por qué se tenían que quedar en sus casas, y un sinfín de etcéteras traducidos en ayuda al prójimo para mejorar la situación que se estaba viviendo.

Esto lo podríamos llamar solidaridad social, pero del mismo modo que aparecen estos movimientos también desaparecen efímeramente. Algunos comportamientos se quedan en nuestras vidas para siempre, otros se olvidan. El aplauso a los sanitarios, por ejemplo ha desaparecido. En otros casos, más avanzado ya el confinamiento hemos visto a aquellos vecinos policías” que grataban en los balcones a aquellas personas que estaban fuera de sus casas, sin ni siquiera plantearse cuál es el porqué de esa salida; he podido ver también que se debía “marcar” con un lazo azul a los niños y niñas autistas para que pudieran salir a la calle sin ser acosados por aquellos “vecinos policías” y como las personas han mirado constantemente por su propio interés, llegando a gritar a los diferentes trabajadores que velaban por su salud. Esta es la otra cara de la moneda, por un lado, la solidaridad, la responsabilidad ciudadana, el apoyo mutuo y por otro, muy distinto, muy lejano y muy triste, el egoísmo.

La contradicción, por un lado, el arcoíris, el lema “todo va a salir bien”, o “este virus lo paramos todos”; por otro, el egoísmo y egocentrismo. Por un lado, la responsabilidad, el “yo me quedo en casa”, me quedo en casa por el bien común, pero a la vez el deseo desenfrenado de socializar, de tener contacto físico. En el momento que se “abren un poco las puertas” salimos todos en masa, con la necesidad incesante de generar grupo.

La gran mayoría de nosotros hemos tenido muchos recursos para contactar con nuestros seres queridos, desde aplicaciones como whatsapp hasta diferentes redes sociales, incluso videollamadas grupales con zoom, google meet o Facebook. Pero no es suficiente, necesitamos el contacto, ver la expresión real, no somos máquinas. Incluso tenemos una dificultad absoluta de descifrar una cara sin verle la boca a la otra persona.

Como he dicho al principio del artículo, mi intención ha sido plasmar un pequeño estudio de observación sobre los efectos sociales de la pandemia. Por lo tanto, una vez descritos algunos de los comportamientos y cambios de hábitos sociales que nos ha traído la pandemia, volvemos a la pregunta inicial ¿Volveremos a nuestro “comportamiento” inicial?

Contestar a esta pregunta con un sí o no rotundo sería arriesgar demasiado; no hay nadie que pueda hacer una predicción cien por cien acertada sobre ello.

Eso sí, hay cosas evidentemente claras. Cada sociedad va a tener una adaptación diferente a la normalidad; por ejemplo, el tema de las mascarillas; desde hace mucho tiempo éstas se han usado en muchos países asiáticos; del mismo modo cabe resaltar la idea del contacto físico. En todo momento he hablado de nuestra sociedad, pero en muchos países, el contacto físico es mucho menos común que en nuestro país. La forma de socializar en cada país es diferente, por lo tanto, la forma de adaptación a la nueva normalidad, contando con ella el nulo contacto físico entre nosotros, será distinta en otras sociedades que no tiendan tanto al contacto físico como la nuestra.

Por otro lado, debemos partir de la premisa de que la inmunidad de grupo se consigue a través de la vacunación masiva, si no, todo planteamiento resulta pueril.

Debemos así mismo tener en cuenta en cualquier caso las diferencias generacionales. La adaptación será (está siendo) totalmente diferente si nos dividimos en rangos de edad. El en segmento de mayor edad, o al menos parte de él, muy probablemente quedarán restos de miedo que reducirán el contacto social, con la salvedad del entorno familiar, de absoluta necesidad irrenunciable para las personas mayores. Es también incuestionable que las residencias y centros de mayores mantendrán unas normas mucho más estrictas que las que venían funcionando antes de la pandemia, en cuanto al contacto social, familiar e interno. Cabe decir de nuevo que esto es una generalización puesto que también me he encontrado con personas mayores que consideran que un año para ellos es demasiado como para quedarse en casa, además del desgaste mental que lleva consigo.

Respecto al sector de edad adulto, hay múltiples posibilidades que dependerán del carácter de cada persona en sus relaciones sociales. Lo normal es que se alcance una relativa vuelta a las condiciones anteriores, manteniendo algunas barreras de contacto, digamos menos abrazos, algo más de distancia y elección de círculos de amistad más reducidos.

En jóvenes (volviendo a generalizar), el caso es claro: olvidarán la pandemia y las restricciones en un “santiamén”. Las ganas pueden a la prudencia, el deseo de contacto, independencia, conexión y diversión.

De los niños, poco que decir; independientemente de las reglas que les impongan en los colegios, un niño es un niño.

En definitiva y desde mi punto de vista, en el entorno social más privado, las formas de socializar volverán a ser como antes en un medio plazo asociado al cambio generacional.

Otro tema resultan ser los efectos en el trabajo, el comercio o la enseñanza; es decir, en el mundo empresarial y de mercado.

En lo que afecta al mundo del comercio, no creo que este episodio sea más que un acelerón de lo que ya venía impuesto por el uso masivo de la tecnología, al igual en el mundo de la banca. Estamos viendo como cada vez más lo habitual es el comercio por internet y la banca online con la consiguiente desaparición de trabajos tradicionales, pero esto no se debe a la pandemia, es efecto de un cambio tecnológico y de una forma de vida vinculada a ese modelo. El teletrabajo acabará imponiéndose. Una vez las empresas sean capaces de garantizar los mismos niveles de productividad desde casa que desde la oficina, es obvio que se tenderá a un ahorro de costes en alquileres, suministros y servicios. En estos casos, la pandemia ha resultado ser un “perfecto campo de pruebas”.

Sin entrar en los efectos económicos indirectos de este cambio (puesto que esto supone otro artículo), sí que conviene pensar en los cambios sociales ¿Cómo nos afectará a las relaciones de amistad? ¿Y familiares? Muchas personas recogen su grupo de amigos habitual de las relaciones en el puesto de trabajo ¿Tenderemos a una sociedad mucho más personalista? Posiblemente sí, y, además este cambio podría ser causa de un incremento de comportamientos egoístas.

Podría entrar a proyectar los efectos de la pandemia sobre cada uno de los sectores de actividad, desde el transporte público, hasta el turismo, pasando por la administración o las cadenas de montaje. Creo que en todos es previsible un efecto restrictivo. De hecho, es posible que veamos comportamientos nacionales mucho más proteccionistas.

En definitiva, creo que los cambios no solo han venido para quedarse, han venido para avanzar y cambiar nuestra sociedad. El problema es que el comportamiento impuesto puede cambiar el corazón del ser humano. En este caso, habrá que trabajar duramente para que el cambio vaya hacia lo bueno.

Julia Sanz González

Julia Sanz González

Referencias

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https://www.google.com/search?q=fotos+gente+mascarilla&rlz=1C1CHBF_esES918ES919&sxsrf=ALeKk029Z7reqjAEgXOvNc5SVgUqGuTxUw:1610571410177&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwjLzKeG5pnuAhVOTsAKHUiXA3kQ_AUoAXoECBEQAw&biw=1366&bih=625#imgrc=WiiyunTX2v1HuM

https://www.google.com/search?q=CAMBIO+SOCIEDAD+COVID&tbm=isch&ved=2ahUKEwjasZHh5pnuAhUtgM4BHfwPByYQ2-cCegQIABAA&oq=CAMBIO+SOCIEDAD+COVID&gs_lcp=CgNpbWcQAzoECCMQJzoHCCMQ6gIQJzoICAAQsQMQgwE6BQgAELEDOgIIADoECAAQQzoHCAAQsQMQQzoGCAAQCBAeOgQIABAYOgQIABAeUJG3AVjX3gFg5-EBaAFwAHgEgAGJAogBxB-SAQYzLjIyLjSYAQCgAQGqAQtnd3Mtd2l6LWltZ7ABCsABAQ&sclient=img&ei=UF__X9rJJ62Aur4P_J-csAI&bih=568&biw=1366&rlz=1C1CHBF_esES918ES919#imgrc=T9Kjo5bGMDdLgM

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