Desde que comenzó el estado de alarma por el Covid 19, muchos de nosotros hemos podido experimentar cotidianamente “el arte de cocinar”, cambiar nuestros hábitos alimenticios por otros, algo, como mínimo, más saludables. En este artículo voy a hablar de la doble función de la alimentación; por un lado, tenemos la función biológica, la cual podría describirse como aquella que nos nutre el cuerpo, para sobrevivir; por otro lado, está la función social, que podría decirse que sirve para “alimentar el alma”, la mente colectiva. No hay acto alimenticio que no mezcle estas dos funciones. Me centraré en la función social, puesto que la biológica podría decirse que es bastante clara. Queremos saber cómo la comida satisface las necesidades sociales además de las biológicas.

¿Cuál es entonces el papel que juega la alimentación en nuestra vida social? ¿Por qué a raíz de la pandemia cabe mencionar este hecho?

Deberíamos aquí repensar cómo nos alimentábamos cotidianamente antes de la pandemia. Nunca antes ha tenido más sentido la frase “somos lo que comemos” o como diría Brillant de Savarin “Dime lo que comes y te diré quién eres”.

Debido a la acumulación de responsabilidades, la rapidez del movimiento “del globo”, la imposibilidad de parar, pensar y alimentarnos con sentido, el estrés y un sinfín de etcéteras, nos resulta imposible realizar comidas adecuadas, fijándonos en lo que comemos, compartir, reunirnos, parar y disfrutar. Desde el comienzo del día nos alimentamos rápido, careciendo de importancia, utilizando comida rápida, refinada, en muchos casos insana, platos ya fabricados que simplemente hay que abrir y comer, sin darnos cuenta de lo que comemos. Aquí no me refiero solo a la insalubridad del producto, sino a los otros muchos factores que están relacionados con la función; siendo la alimentación una de las funciones (tanto sociales como fisiológicas) más importantes de nuestras vidas. Si no sabemos qué comemos, no sabemos quién somos.

Como ya he dicho, debemos considerar que el hecho de alimentarse no solo consiste en un hecho fisiológico, sino que, por su función social, también está condicionado culturalmente. Como dijo Margaret Mead: “Los hábitos alimenticios son elecciones efectuadas por los individuos o grupos de individuos como respuesta a las presiones sociales y culturales para seleccionar, consumir y utilizar una fracción de los recursos alimenticios”.

Durante el confinamiento he podido observar como a muchos nos ha salido la vena creativa en cuanto a alimentación se refiere. Muchos hemos querido aprender a cocinar diferentes platos, observar redes sociales relacionadas con la alimentación, utilizar comida más sana, que nutra y, a la vez, satisfaga todas nuestras necesidades, es decir, que esté buena, que sea sana, apetecible, contundente, que “entre por los ojos”, etc. Claramente, apareciendo en escena, de nuevo, la función cultural de la alimentación. En otros muchos casos he podido observar también la obsesión de “no engordar”.  En este artículo hablaré de una parte de la sociedad “privilegiada” la cual ha podido comprar todo tipo de alimentos, experimentar y disfrutar sin escatimar en precio y calidad.

He observado la gran cantidad de creación de platos nuevos que se han creado y el auge de las redes sociales en cuanto a alimentación se refiere. Comida sana, saludable y buena, escribían algunos; platos exóticos, escribían otros; los mejores pucheros, las mejores ensaladas, etc. Incremento de la creatividad, de la productividad al cocinar, de actividad en las redes sociales que se nos llenan de platos y que nos atraen tanto  la vista que es imposible resistirse. A la vez que se ha producido un aumento de tiempo libre para poder dedicarlo a esa creación de platos. En muchos casos hemos sabido qué comíamos, por qué lo comíamos, qué queríamos… y si el confinamiento lo hemos pasado acompañados ya tenemos la mezcla perfecta: crear, compartir y saber qué nos metemos a la boca. De nuevo quiero dejar claro que no es una generalización de la sociedad entera. Lo que sí podemos generalizar es que el hecho de alimentarse tiene esa función socio-cultural y biológica.

He realizado determinadas preguntas a diferentes personas, círculos que me rodean, sean estos amigos, familiares, compañeros, etc., normalmente gente joven, en edades comprendidas entre los 20 a 40 años (con excepciones). Cabe decir que este artículo no es científico sino mera observación que se basa en la creencia de que la base alimenticia está en la socialización, nutrición y capacidad de tiempo libre que podemos invertir en la preparación de platos y en el acto de comer.

Algo destacable en las respuestas ha sido que la gran mayoría de personas cree que el hecho de que se haya producido “una explosión” en la actividad culinaria durante la cuarentena se debe en gran parte al “aburrimiento”. Yo considero que no es aburrimiento sino necesidad, no necesidad de crear en sí, sino que hemos tenido esa capacidad de saber qué podíamos y queríamos comer, cómo hacerlo, cuándo hacerlo y sobre todo tomarnos ese tiempo necesario. Como bien me han comentado algunos, la gente ha comenzado a realizar sus comidas diarias en casa, se ha reducido la oferta y demanda de comida a domicilio y se ha podido dedicar más tiempo a cocinar, hemos podido elegir qué es bueno para comer.

Por otro lado, podemos observar como en los últimos años ha habido una explosión en cuanto a los restaurantes étnicos se refiere, lo exótico, lo colorido, lo vistoso y sabroso entra por nuestros ojos para llenar nuestro estómago. Como sabemos, la alimentación tiene su función cultural; pues bien, esa función cultural cambia, pues la cultura está en constante movimiento.

El hecho de que haya habido un auge con los restaurantes étnicos también se ve reflejado en nuestras cocinas, y por supuesto, en nuestras redes sociales. Tenemos al alcance cualquier ingrediente que queramos poseer, simplemente yendo al supermercado. Podemos realizar desde “el puchero de la abuela”, hasta un ceviche peruano, como un pad thai tailandés. Pues bien, otro dato curioso observado durante la cuarentena ha sido esa explosión de creación de platos exóticos en casa, la capacidad de crear, las ganas de probar y realizar platos nuevos, extraños o lejanos. Muchas de las personas a las que he preguntado me han comentado que han realizado este tipo de platos étnicos; comida griega, mexicana, turca, peruana, etc. Puedo decir también, que esta explosión no solo ha sido de platos exóticos, también creación elaboración de gachas por ejemplo (comidas solo en ocasiones especiales, en los pueblos, casa de la abuela, etc), pucheros o amasar y hacer pan han sido de los platos más realizados por las personas a las que he preguntado. De la misma manera que ha habido una gran cantidad de personas que han entrado en el mundo de la cocina, también he de decir que otras muchas han seguido con las mismas costumbres y no han experimentado en cuanto a alimentación se refiere.

Así mismo, todos los días, cada vez que abría una red social, sea esta Facebook, Instagram o WhatsApp veía como se subían a las redes gran cantidad de platos cocinados en casa, cocinados con paciencia, tiempo y dedicación. Cocinábamos sabiendo lo que íbamos a comer, dando sentido al acto alimenticio y a “nuestra” cultura culinaria. Observaba platos realizados con absoluto cuidado y pasión; tanta que por un momento llegué a pensar que se estaba creando una auténtica generación nueva de cocineros. Amigos, gente famosa, redes sociales de alimentación. Todos ellos llenaban las redes con fotografías de platos preciosos que entraban por nuestros ojos absolutamente. Platos de comida hecha pero también los procesos para realizarlos, los ingredientes a utilizar, cómo de sana sería esta comida al realizarla con ingredientes “reales” y en casa.  En muchos casos podría parecer una auténtica competición culinaria. Como describe Julián López: “La comida, como realidad cultural, siempre se ha prestado al exhibicionismo y siempre ha sido objeto de atención voyeur”. Sabemos que este proceso no es nuevo, lo que sí se puede considerar novedad es el aumento de personas que han realizado esta actividad durante el confinamiento.

Toda esta amalgama de circunstancias ha dado lugar a unan actividad culinaria febril, fundamentada en la necesidad de socializarse de alguna manera en un entorno de aislamiento. Como efecto colateral deberemos estar atentos a si ha cuajado alguno de estos hábitos más deseables o son meramente coyunturales y desaparecen una vez pasada la pandemia. Sería deseable que algo de esto cuaje en nuestras vidas y en nuestra forma de pensar y actuar. Que nos tomáramos nuestro tiempo para preparar platos, que nos reuniéramos para compartir y crear, que sepamos qué comemos, pues de nuevo repetiré la frase “dime qué comes y te diré quién eres”. En una vuelta a la normalidad sabemos que es realmente difícil tomarnos nuestro tiempo para realizar nuestros propios platos sabiendo qué estamos utilizando para su preparación, puesto que carecemos de este, pero, deberíamos plantearnos nuestras formas alimenticias e intentar volver a los “rituales culinarios”

Pero no hay que olvidar el otro lado de la moneda; los que sufren la escasez de recursos.

¿Podemos hablar de “función social de la alimentación” en los entornos más desfavorecidos?

Antropológicamente, la función social de la alimentación no es independiente de lo que se cocine o coma, es obvio, pero nada puede evitar que se “comparta o se quiera compartir”.

Tampoco se puede evitar que muchos de nuestros conciudadanos, a través del hecho alimenticio, hayan adquirido mayor consciencia de su impotencia y su debilidad en la cadena social.

Así, mientras por el primero de estos puntos, aunque no haya capacidad de adquirir productos variados o especiales, se puede buscar una práctica creativa encaminada a “agradar al compartir” por el mero hecho de que es más fácil o es algo obligado, el hecho de comer juntos, en familia, por el segundo hecho, la función social de la alimentación puede devenir en depresión o rechazo a un sistema poco ineficiente y nada igualitario. Seguir por este camino, sería entrar en cuestiones ajenas a mi objetivo en este artículo, pues se crearía una mezcla bastante liosa tanto para el lector como para quién lo escribe, puesto que este fenómeno social merece una mayor atención.

En definitiva, “somos lo que comemos”, la antropología de la alimentación busca conocer esas funciones socio-culturales del mundo culinario; debemos observar y observarnos, qué comemos, cómo lo hacemos, cuánto tiempo tenemos, qué nos gusta, qué es bueno para comer. Y, debido en parte al estado de alarma hemos podido conocer como las personas quieren comprender todas estas cuestiones que, por falta de tiempo e incremento de actividad han sido prácticamente imposibles.

Julia Sanz González

Referencias

Trabajo de observación y realización de encuestas a diferentes personas dentro de “mi círculo”

Información sacada de: Etnografías y teorías de alimentación cultural. Julián López García

Imágenes

https://www.google.com/search?q=dime+qu%C3%A9+comes+y+te+dire+quien+eres&sxsrf=ALeKk01Rvwj0IwOhaMwLWJz-UpGqn0qzvQ:1591806179685&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwiQr5CP1PfpAhUMExQKHRYtAqwQ_AUoAXoECAwQAw&biw=1366&bih=608#imgrc=7-ql7ZoNdjmnMM

Cuenta de Instagram Realfooding 

Fotos entregadas por amigos “cocineros” durante la cuarentena

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