A lo largo de nuestra vida no son pocas veces las que hemos oído aforismos tales como «la naturaleza del ser humano es competitiva y violenta», hemos sido espectadores de reproducciones sobre la prehistoria en museos o de imágenes en libros de texto donde la mujer queda relegada a las tareas del hogar e, incluso, hemos creído en la sobredimensión e importancia de la caza frente a la recolección o la crianza. Si bien este paradigma ha calado hondo en nuestro imaginario, dista mucho de la realidad, habiendo sido fomentado por una ciencia elitista y la ficción que desmontaremos.

«La descripción arqueológica es precisamente abandono de la historia de las ideas, rechazo sistemático de sus postulados y de sus procedimientos, tentativa para hacer una historia distinta de lo que los hombres han dicho.»

Michel Foucault

«Se comprende fácilmente que, sin respeto, simpatía ni apoyo mutuo, la especie degenera. Pero eso no importa a la clase directiva e inventa toda una ciencia falsa para probar lo contrario.»

Piotr Kropotkin

 ¡Ay, la humanidad! Qué quebraderos de cabeza nos da, ¿verdad? Siempre buscamos un postulado científico para explicar todas aquellas preguntas que nos suscita nuestra propia existencia como especie –a no ser que seas creacionista o un nazi y ya no necesites saber nada más de ti ni del cosmos; si es así, huye ahora que estás a tiempo–. Preguntas que generan más preguntas y respuestas a cuentagotas que generan, a su vez, más preguntas. Una de esas primeras preguntas es de notoria obligación formularla: ¿qué es la prehistoria? Sé que todos lo sabemos –ese período que ocupa desde el nacimiento de la humanidad hasta la escritura–; sin embargo, pretendo con esta pregunta obligarnos a bucear en ella y hacer un acto de reflexión, principalmente, temporal (o atemporal, según el nivel de metafísica en el que nos encontremos hoy). El primer hominino, más o menos, se encuadra en 6 millones de antigüedad, mientras quela primera industria lítica data de más de 3 millones de años –lo que dará lugar a la etapa que conocemos como paleolítico y que ocupa el 99% de toda nuestra existencia–; asimismo, nuestro primer familiar del género Homo, el Homo habilis, nacerá “poco” después; el primer Homo sapiens, 300 mil años, de los cuales hace sólo 12 mil acaeció la revolución neolítica y, en su defecto, la sedentarización, el nacimiento de la agricultura y el avance tecnológico, lo que poco a poco generaría la división de la tierra, el excedente, la propiedad privada y las formas estatales; por último, apenas 6 mil años atrás, el ser humano comenzaría a escribir su historia sin estar prácticamente generalizada hasta nuestros días.

En términos geológicos, no llegamos al estatus de un suspiro, pero en términos de nuestra especie, tampoco vamos mucho más allá de un ejercicio de respiración profunda. Entonces, ¿cómo nos han llegado a hacer creer que, desde sus inicios, el ser humano ha sido violento, patriarcal, competitivo y jerárquico? ¿Es una simple proyección del contexto histórico, socioeconómico y político coetáneo occidental para justificar un sistema de poderes, desigualdades y belicismo? A partir de aquí, asaltan más y más preguntas: ¿es la caza más importante que la crianza? ¿El principal sustento alimenticio provenía de la carne y no de la recolección? ¿Un registro de muerte violenta episódica convierte a toda una especie en verdugos desalmados? Y, sobre todo, ¿habría señoras del neolítico que aseguraran que ese antepasado nuestro asesinado «siempre saludaba»?

Bromas aparte, la prehistoria es un lugar de confluencia multidisciplinar, donde la holística científica se une en proporción directa con la complejidad propia de nuestra especie. Como arqueólogo, el registro material tendrá vital importancia en este artículo; no obstante, no se puede entender el grueso del devenir humano sin otras disciplinas tales como la etnografía, antropología, paleontología, paleopatología, lingüística, genética de poblaciones, etc. Es preciso, por el contrario, comenzar con esa desmitificación a través de postulados filosóficos y, más específicamente, con una pregunta que, a día de hoy, todavía genera un gran debate: ¿cuál es la naturaleza del ser humano?

 

La naturaleza del ser humano: ¿violentos y competitivos o cooperativos e igualitarios?

Hace unos años se viralizaron unas viñetas de Milo Manara, el dibujante de cómics eróticos, en las cuales resumía la historia de la humanidad, ya desde la prehistoria, como una serie de sucesos estereotipados de sexo y violencia muy reproducidos en el ideario colectivo –y quizá muy acertados según el segmento cronológico del que hablemos–.

Existe desde hace siglos esa concepción desde un sector del paradigma científico, filosófico y, a través de estos, desde la ficción, que enclava la naturaleza humana en una naturaleza violenta y patriarcal a modo de legitimación sistémica que ha sido acogida de manera bastante popular en el ideario. ¿Quién no se ha imaginado alguna vez aquel señor robusto de porte bárbara, animalado, con el pelo enmarañado, garrote en mano y vestido con un taparrabos del color de la piel de una fiera, mientras emitía sonidos guturales o ugabugas a la vez que arrastraba una mujer canónica de lacio pelo rubio hacia su caverna? Quizá también recuerden aquella escena del film de 2001: Odisea en el espacio de Stanley Kubrick, basado en los cuentos y posterior novela de Arthur C. Clarke, en la que la conquista del espacio es precedida por un amanecer de la humanidad de origen violento en el que un grupo de primates usan como arma un hueso –como si de una herramienta vehicular para el desarrollo cognitivo se tratase, sin nombrar el monolito alienígena– con el fin de matar a golpes a su congénere rival, muy en la línea de la teoría del «simio asesino» de Raymond Dart (1950), la cual, a día de hoy, está totalmente desechada por la comunidad científica.

Obviamente, este tipo de visiones y lugares comunes son producto de un pensamiento mayoritario interdisciplinar que abarcaba desde la filosofía hasta la etnografía, pasando por la primatología, donde entra en juego el mito del progreso, la asociación violenta del hombre con el chimpancé o el gorila (es curiosa la exclusión que se hace, en este caso, del bonobo, salvo excepciones como la profesora Almudena Hernando y que predomina en la proposición feminista) y el contexto histórico, social y económico dominante.

Ya nos encontramos en Hobbes, por ejemplo, aquel supuesto hipotético en el Leviatán (1651) donde la vida sin Estado o gobierno –básicamente lo que reconoce como estado natural del ser– llevaría, inexorablemente, a lo que él define como bellum omnium contra omnes (una guerra de todos contra todos). Estos tópicos vendrían cristalizándose de manera secular hasta finales del s. XIX y a lo largo del XX, mientras que también nos encontramos otros estereotipos manidos, como la figura del héroe masculino de la épica –cazador y belicoso (el cual explicaremos más tarde)– o del simio asesino que señalábamos previamente.

Existe una intencionalidad taciturna que parte desde la superioridad racial y de la civilización frente a la barbarie, lo comúnmente conocido como primitivo, todo en pos de la justificación del comportamiento humano en el contexto histórico y social contemporáneo; o para que se entienda: busca la legitimación –a través de la ciencia–del statu quo de una elite interesada que asegura la violencia y la opresión como algo inherente a la humanidad, del mismo modo que Stephen Jay Gould criticaba los supuestos de esta caterva de científicos. Asimismo, todo esto se materializa a raíz de la investigación científica alrededor, siempre, de un etnocentrismo occidental que en el s. XIX tuvo su máximo esplendor con el darwinismo social, el colonialismo y el posterior determinismo biológico y que actualmente conforman un sector marginal conocido como sociobiología, ligadas al pensamiento de la extrema derecha y los movimientos neonazis.

No obstante, no es la única línea de pensamiento: coexiste el mito de idealización, en este caso con la reminiscencia del supuesto hipotético «del buen salvaje» de Rousseau donde aseguraba que el ser humano es bueno por naturaleza y es la propia sociedad «civilizada» la que envilece. Esta misma percepción cuasi idealizadora también nos lleva mucho más atrás en el tiempo, específicamente a la mitología griega, a la leyenda de la aurea aetas (edad de oro) y que nos narra Hesíodo, y Ovidio después, aquel paraíso perdido que existió durante el gobierno de Cronos/Saturno donde convivieron dioses y «la dorada estirpe de hombres mortales» (Hesíodo, Trabajos y Días). Mientras duró la existencia de la raza áurea, en relación a aquel contexto histórico convulso muy presente en el Orbis Mundi grecolatino, Ovidio señala en su Metamorfosis que «no existía ni la recta trompeta ni el corvo cuerno de bronce, ni el casco ni la espada: las gentes vivían en el blando ocio, sin tener que recurrir a los soldados» (I, 89-150). Este mito trascenderá hacia la literatura universal en forma de tópico literario conocido como locus communis, de carácter bucólico y romántico, y que podríamos reducir, ya desde época antigua, a la máxima «todo pasado fue mejor» que a su vez canaliza el hastío de una consciencia colectiva sobre la percepción de la decadencia en la que la humanidad se está sumiendo. Esto nutre, en cierto modo, el pensamiento occidental y las ideologías socialistas (tanto al marxismo como, principalmente, al movimiento libertario –conocido también como socialismo utópico–) (García, A., 2016). Al respecto, Karl Marx plantearía la idea controvertida del comunismo primitivo como forma de entender la etapa económico-social natural de los grupos prehistóricos de cazadores-recolectores, lo que definiría un sistema igualitario, de propiedad común y cooperación.

Y bien, ¿qué dice la ciencia de todo esto? Desde luego, y sin caer en la idealización, este último bloque –algo más esperanzador– no está tan alejado de la realidad científica.

De la recolección y la caza a la agricultura y la ganadería. ¿El mayor error de la humanidad?

Como bien sabemos, llegada la revolución neolítica sobre el 10 mil a.C., la humanidad comenzó a domesticar plantas y animales; esto es, nació paulatinamente la agricultura y la ganadería. El mito del progreso, imposible de demostrar por la arqueología, nos sugiere que gracias a la agricultura y el sedentarismo que ésta conllevaba para la obtención del alimento y la creación de un excedente supuso mayor tiempo libre para la humanidad, lo que condujo al desarrollo artístico, “civilizado” y sanitario, a construir ciudades, luego las Pirámides y, por último, a navegar por el espacio. Sin embargo, no se habla del verdadero proceso e impacto negativo que, prácticamente hasta nuestros días (la revolución médica y las luchas sociales y obreras que han acortado relativamente la brecha de la desigualdad a partir del siglo XIX) ha coexistido con nosotros: desigualdades sociales y sexuales, hambrunas, nuevas enfermedades, caída de la esperanza de vida, la división de clases en campesinado y élites aristocráticas, propiedad privada, guerras…

Muchos autores son ya los que tachan la agricultura de «mayor error de la raza humana» como Jared Diamond o Yuval Noah Harari frente al modo de vida recolector-cazador. Pero, aparte de lo ya citado, ¿por qué?

La dieta, desde luego, es una de las principales protagonistas de ello, ya que, con la llegada de la agricultura y gracias a los estudios de paleopatología, sabemos que la salud mermó al cambiar cantidad por calidad, como aseguran Mark N. Cohen y George. J. Armelagos en su Paleopathology at the Origins of Agriculture (2013).

Tenemos que sopesar que durante millones de años, nuestra familia homínida se ha dedicado a la recolección y a la caza. Llegados a este punto, y a través de la proposición que hace Margarita Sánchez Romero, profesora titular del Departamento de Prehistoria y Arqueología en la Universidad de Granada, recogida por Rodrigo Villalobos y Fermín Grodira en su artículo (2018), «hay que hablar de sociedades recolectoras-cazadoras, no cazadoras-recolectoras, ya que el 90% de la dieta venía de la recolección». Escribíamos hace tiempo en El oculto mesolítico japonés: la era Jōmon cómo esta sociedad recolectora-cazadora-pescadora tenía un “calendario” de subsistencia, donde la caza quedaba relegada a regiones marítimas y al frío, tanto estacional como geográfico (algo que nos demuestra la etnografía actual con los inuits, más conocidos con el término despectivo esquimales). Pero esta sobredimensión de la caza –que también quisimos dejar patente en el artículo del mesolítico japonés– frente a otras maneras de obtención del alimento no es el único mito en rededor de la cinegética: el machismo propio de siglos pasados, principalmente del s. XIX, que reconocía la caza, no sólo como actividad de hombres, sino también como actividad fundamental por encima de la crianza. Esto ha llevado al imaginario colectivo a excluir a la mujer de las labores más allá del hogar, inclusive a desdeñarlas, y que queda constancia de forma preponderada, todavía a día de hoy, en imágenes y reproducciones como por ejemplo las que señalábamos de las escenas cotidianas prehistóricas del museo de Niigata.

En definitiva, nuestros antepasados nómadas tenían una dieta bastante más variada, al contrario de la nutrición pobre de los agricultores primitivos, pues las calorías que se obtenían eran de mala calidad basadas en carbohidratos (trigo, arroz y maíz) las cuales, a su vez, podían fallar de un año para otro, generando hambruna, desnutrición y, en consecuencia, enfermedades. Estas últimas se propagarían de manera epidémica por el hacinamiento de personas y animales en asentamientos de gran extensión impulsadas por la insalubridad, mientras que las comunidades pequeñas no se verían extendidas y no habría un efecto dominó entre diferentes grupos; esto no quita que hubiese una probabilidad alta de morir por infecciones o enfermedades contagiosas, aunque ya existiera entre estos grupos prehistóricos nómadas una medicina rudimentaria basada en remedios naturales aprehendidos a través de la cultura oral.

Estos datos se ven evidenciados, como citábamos líneas más arriba, gracias al estudio paleopatológico de los esqueletos de nuestros ancestros. En ellos, y gracias al análisis comparativo, podemos percibir una disminución de calidad y esperanza de vida. Surgen, entonces, las caries y el desgaste dental a raíz de la mala alimentación; por otro lado, la estatura mengua, de modo que los recolectores-cazadores de finales de la Era del Hielo comprendían una talla de 1’75 cm para el hombre y 1’65 cm para la mujer y que se mantendrá en una élite posterior bien alimentada –como puede verse en los Círculos de tumbas micénicos, mientras que el campesinado verá reducida su estatura hasta 15 cm. En lo que respecta a la esperanza de vida, si bien estaba muy presente la elevada mortalidad infantil entre los grupos de recolectores-cazadores, una vez rebasados los quince años, era muy común llegar a edades avanzadas de entre 70 y 75 años como señala Margarita Sánchez, a diferencia de la mayoría trabajadora a partir del neolítico.

Y bien, ¿cuántas horas trabajas? Sí, has leído bien. ¿Tienes un contrato de jornada completa, de 40 horas? ¿Haces extras? ¿De obra? ¿Jornada parcial que apenas te proporciona un salario digno para pagar los bienes básicos? ¿Has trabajado jornadas de más de 10 horas? Después de trabajar, ¿cuántas horas le has dedicado al cuidado de una persona dependiente, la crianza y otras labores del hogar? ¿Has sentido el estrés y, por ende, te han dado ataques de ansiedad y depresiones? Con estas preguntas no quiero hacerte sentir mal, sino que comparemos juntos la realidad actual y el supuesto mito del progreso con la jornada laboral de un recolector-cazador. Desde el punto de vista científico y arqueológico, es difícil rastrear este tipo de datos –por no reducirlo a imposibilidad– del estudio prehistórico, por lo que el posicionamiento más certero nos acompaña desde el estudio etnográfico de los grupos que actualmente sobreviven en este modelo económico desde hace eones. Así tenemos ejemplos en los que los Bosquimanos o !Kung del Kalahari y los Hadza de Tanzania emplean de 12 a 20 horas a la obtención de comida, reseña Jared Diamond, lo que les permite disfrutar su tiempo libre al ocio, a las relaciones interpersonales o a dormir, a diferencia de sus vecinos agricultores-ganaderos. Hay que destacar que, desde el Neolítico, los agricultores y ganaderos fueron desplazando a los recolectores-cazadores por el dominio de las tierras más fértiles en las que prosperar; de ahí que, a día de hoy, los grupos que conservan este modo de vida, llamados por la etnografía racista occidental “infancia primitiva”, viven en ecosistemas bastante hostiles, tales como selvas y desiertos. Como bien señalan Villalobos y Grodira «es probable que medios con más recursos naturales hubieran permitido una existencia todavía más cómoda».

Este modo de vida conduce a un sistema mucho más igualitario inequívocamente. La supervivencia de un grupo depende del intercambio recíproco, donde «cuanto mayor sea el índice de riesgo, tanto más se comparte», como señalan Richard Gould y Marvin Harris. A diferencia del sistema capitalista y del trueque, este «intercambio recíproco no se especifica cuánto o qué exactamente se espera recibir a cambio ni cuándo se espera conseguirlo». De este modo tenemos testimonios de Roben Dentan con los Semais de Malasia central y de Richard Lee con los !Kung donde resulta ofensivo demostrar agradecimiento porque implica haber calculado el valor de lo dado y lo recibido. Lee observó durante su estudio a la población bosquimana, cómo hombres y mujeres regresaban a casa después de un día de recolecta y caza y lo compartían todo con todos, incluido compañeros que se habían quedado durante el día descansando o arreglando sus herramientas en el poblado, de modo que al día siguiente serían estos últimos los encargados de estos roles en un juego de reciprocidad e igualdad en el que las tareas no siguen un patrón sexista.

Todos estos grupos que hemos nombrado con anterioridad han sido tratados en el ensayo de Hierarchy in the forest por Christopher Boehm, los cuales «se rigen de forma asamblearia, crean coaliciones contra los déspotas e incluso aplican mecanismos culturales antimeritocráticos para prevenir la aparición de potenciales explotadores» (Villalobos y Grodira, 2018). No hay, desde una perspectiva arqueológica, mucha diferencia con algunos de los asentamientos de agricultores primitivos del Neolítico: gracias al estudio habitacional, se han identificado edificios asamblearios donde la comunidad, sin una diferencia jerárquica notable ni tan siquiera en el tamaño de las viviendas, tomarían las decisiones, como es el ejemplo de los poblados del Jōmon con las casas de planta de herradura en Japón o de Jerf el Ahmar con los edificios de plantas circulares en Siria.

Aparte, los cazadores-recolectores, ya desde época inmemoriales, no desechaban a personas con discapacidades físicas o mentales, lo que implica, aún más, la importancia del cuidado y la empatía en la cohesión de estos grupos. Como bien señalan las compañeras Marta y Amaia en su artículo Qué nos hace ser lo que somos, Benjamina, una niña de Homo heidelbergensis de 8 años de edad descubierta en la Sima de los Huesos en Atapuerca, nació con una malformación craneal lo que ocasionó un retraso físico y mental. Aparte, encontramos más individuos en otras situaciones de dependencia, porque, como puntualizábamos más arriba, era común que se llegara a edades avanzadas o que miembros del grupo hubieran tenido diversas lesiones invalidándoles en tareas duras del día a día. Muestra de ello son los restos del neanderthal encontrados en la cueva de Shanidar, en el Kurdistán iraquí.

Violencia y patriarcado

Independientemente de estar más próximos a una visión idílica del pasado, no significa que el mismo fuese un paraíso perdido, no. La violencia y el riesgo de un mundo hostil, donde el clima y otros depredadores convivían con nuestra especie, eran mayores, por lo que no estaba precisamente ausente en la vida de nuestros ancestros. A pesar de ello, cualquier tipo de violencia entre los nuestros era realmente anecdótica, sobre todo a lo largo del paleolítico y en los albores del neolítico; vincular esto como algo inherente a la naturaleza humana es, cuando menos, absurdo y reduccionista.

Como bien nos indican los registros arqueológicos y paleontológicos, incluso etnográficos, estas agresiones dependerían también de muchos factores a tener en cuenta que complejizan aún más la escena, pero para nada recurrentes o normalizadas. Los conflictos de carácter interpersonal no se descartan, pudiendo llegar al extremo, incluso con gerontocidios e infanticidios como ocurre entre los inuits, o los casos de homicidios entre individuos !Kung –un dato curioso es que son todos del género masculino los que cometen estos actos, igual que entre los yanomamis–; sin embargo, esta violencia casual se ve prácticamente eclipsada por la necesidad de cooperación entre los reducidos grupos de recolectores-cazadores y los primeros agricultores donde la generosidad y la igualdad es la norma, como nos demuestra la etnografía y los registros materiales de ciudades como Çatal Hüyük. Pero, bueno, ya sabéis: «en todas las casas cuecen habas».

El momento clave será a partir de una avanzada sedentarización y la progresiva complejidad socioeconómica del Neolítico la que establecerá una jerarquización de carácter patriarcal que traerá como consecuencia una violencia estructural e intergrupal generalizada a partir de la Edad de los Metales. Según Almudena Hernando, esta diferencia de roles –apenas existente en la prehistoria debida la complementariedad de funciones de los cazadores recolectores y en el plano mental– fomentada por la jerarquización social se verá «vinculada con las diferencias de movilidad entre ambos», puesto que  «los hombres fueron generando una identidad un poco más individualizada que las mujeres, lo que se traduce en la aparición de las posiciones de poder al final del Neolítico». A esta dominación del territorio, las plantas y los animales se sumarán a la de la propia especie a consecuencia del despunte tecnológico y artesanal, generando una estratificación social en consonancia con grandes extensiones de población y con cada vez más marcados elementos defensivos, lo que sellará una hoja de ruta en el devenir humano.

Las primeras pruebas de violencia premeditada las encontraríamos en matanzas como la de Talheim (± 5000 a.C.) y San Juan ante Portam Latinam (3300 – 3000 a.C.), o en ciudades con elementos defensivos, como murallas y puestos de vigías de Los Millares.

La humanidad como concepto de humanidad

Como hemos podido observar a lo largo de todo el artículo, ha habido una dicotomía mítica alrededor de la especie humana: aquella popularizada por un sector interesado en vendernos una humanidad a través de la prehistoria como antónimo de humanidad para así justificar unos procesos de dominancia elitista, frente a una visión más marginal, romantizada e idealizadora donde la cooperación, la paz y la empatía eran norma. Obviamente, como científico de lo humano, hay que saber manejar con responsabilidad los datos; los procesos de la existencia van más allá de un simple maniqueísmo, por lo que nos movemos en una escala continua de grises. Aquí reside entonces cómo entendemos el curso histórico de los acontecimientos y su capacidad transformadora del presente y el futuro. El género Homo, siendo ésta un compendio de especies, se puede identificar como una dualidad de naturaleza y cultura que, durante millones de años, ha demostrado con tesón una supervivencia basada en la cooperación, la igualdad y la reciprocidad de forma mayoritaria, a pesar y sopesando los claroscuros.

Si el ser humano prehistórico es la forma verdadera de la naturaleza del ser, o el ser en la naturaleza, quedaría bastante claro que humanidad es sinónimo de humanidad.

Álex Negro

Referencias

Bailón, F. (2011): «El deshielo humano. Los inuit: cazar para comer o vivir para cazar», XII Congreso de Antropología. Lugares, tiempos y memorias. La antropología ibérica en el siglo XXI, Universidad de León, León.

Cruz, R. (2017): «El origen del Estado y la desigualdad social: la Revolución Neolítica», Palimsestos: revista de arqueología y antropología anarquista, Argentina.

Diamond, J. (traducción por Zapata, J. L.) (1987): «El peor error en la historia de la raza humana», Discover, pp. 64-66.

García, A. (2016): El mito grecolatino de la Edad de Oro y su reminiscencia en el pensamiento anarquista: el alfa y el omega de la utopía, Universidad Autónoma de Madrid, Madrid.

García, A. (2018): «El oculto mesolítico japonés: la era Jōmon», Anthropologies.

Harris, M. (1985): Jefes, cabecillas y abusones, Ed. Digital Casc.

Hernando, A. (2005): «Mujeres y Prehistoria. En torno a la cuestión del origen del patriarcado», Arqueología y género, Universidad de Granada, Granada.

Martínez, C. (2017): «¿Violencia y patriarcado en el paleolítico? Otro relato sesgado», Mujeres con ciencia.

Morris, B. (2014): Anthropology, Ecology and Anarchism: A Brian Morris Reader, PM Press, USA

Villalobos, R. (2017): «El poder en la Prehistoria. ¿Déspotas o comunidades?» ,Las gafas de Childe 

Villalobos, R., y Grodira, F. (2018): «Menos trabajo y más cooperación: la Prehistoria no fue tan miserable como nos la contaron», Magnet.

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