En el artículo de Michel Taussig (2013) “La ley de una tierra sin Ley”, el autor hace referencia al diario de campo en el que narra su estadía de dos semanas en un pueblo de Colombia, en el que había estado en tres períodos diferentes realizando trabajo de campo. El autor narra su experiencia en un pueblo cerca de Cali en el que la violencia se había materializado en diferentes grupos armados que se enfrentaban día a día, en una sociedad atemorizada a merced de los violentos.

El autor intenta explicar por qué las personas de este pueblo viven en esta violencia constante, que en algunos casos parece como si se tratara de una fascinación, como cuando describe al joven que es miembro de una pandilla, que ha incorporado unas formas y modales que le caracterizan y le ayudan a desenvolverse en ese contexto de violencia[1], con las que había logrado provocar admiración. El autor entra en una especie de “fascinación” en su descripción con la que intenta explicar este tipo de violencia. Pero no es fácil explicar las razones de esta violencia, ya que no es un tipo específico de violencia (no es sólo la violencia de los paramilitares, o la de la guerrilla, o de los narcos y de las pandillas), es una violencia con matices en la que no se sabe quiénes son “los buenos” y quienes son “los malos”, porque no están tan claro los límites.[2]

En su narrativa el autor utiliza el concepto de “shock” con el objetivo de mostrar el momento en el que sucedían episodios violentos, que de alguna manera aliviaban el “trauma” de la violencia que vivían las personas. Este “shock” es una especie de mecanismo de defensa para las personas que necesitaban una válvula de escape para el miedo y el terror que interiorizaban. Pero este “shock” no es sólo de los habitantes del pueblo en el que el autor realizaba su trabajo de campo, también es del autor, que utiliza la herramienta de la narrativa para transmitir emociones y sensaciones que le producían las escenas de violencia que presenciaba. Esto lo hace de tal forma, que expresa a través de su propio lenguaje de la violencia su propio “shock”, liberándose así del enorme peso que implicaba convivir con la violencia o simplemente de estar a la espera de que algo pase.

El autor utiliza también la categoría de “rosario” con el que cita a Walter Benjamin, que hace referencia al “tiempo de ahora” (Taussig, en Cañedo 2013:248). Este concepto indica el registro de lo observado, que una vez registrados (ya sea en un diario o vídeo) pasan a formar parte de un pasado inmediato, un pasado del ahora, de lo que acaba de pasar y ha sido registrado. Para Taussig no es un pasado estable, es un pasado al que se vuelve una y otra vez, una vivencia emotiva, un espacio para la reflexión que le ayuda a comprender lo que ha sucedido y de qué forma ha sucedido.

En todo momento el autor se posiciona como una persona más que sufre el terror y el miedo que provoca la violencia en las personas del entorno que observa. Describe al detalle las escenas y las emociones que le provocan, haciendo una representación de la violencia mediante el lenguaje escrito. Tal como indico anteriormente, este es el “shock” del escritor, que utiliza como mecanismo de defensa para liberarse de las capas miedo y horror que va acumulando a causa de la violencia latente en ese contexto y como forma de denuncia de esa violencia. Describe con tal precisión las emociones que les suscitan los hechos que observa que envuelve al lector y lo hace partícipe de estas emociones.

Taussig describe las diferentes interpretaciones de la violencia: se asesina para proteger y se asesina al que asesina a alguien que se supone es inocente y no debió ser asesinado, también se asesina para acometer actos de “limpieza” y se asesina porque hay un poder aún mayor que legitima el asesinato a quienes se revelan o se unen a los carteles de la droga, pero también se asesina para rebelarse frente a ese poder. En ese contexto el asesinato no está legalmente permitido, pero de alguna forma está legitimado. Este podría ser un dilema ético para el autor, que también pone de manifiesto cómo los jóvenes se llegan a empoderar mediante el uso de la violencia y la pertenencia a pandillas, cometiendo asesinatos.

Para Taussig la violencia en ese país es un mal que tiene su base en las desigualdades socio económicas que sufren las personas desde décadas anteriores, no lo justifica ni lo legitima, (incluso experimenta el miedo en su propia piel), pero entiende que hay muchas razones detrás que el simple hecho de ser violentos. Observa que para algunos es la forma de estar seguros, o de empoderarse, es una forma de repudio a todo lo que representa el poder que está detrás de toda esa violencia, que reproduce aún más violencia. Este dilema se hace presente todo el tiempo en su narrativa a través de los cuestionamientos que plantea en torno a la violencia y quienes la ejercen.

Por su parte, Perea Restrepo (2016) pone de manifiesto “la limpieza social” en Colombia, haciendo referencia al “exterminio social” de grupos de jóvenes considerados “hampones” o delincuentes altamente peligrosos y prescindibles, desde la perspectiva de grupos de poder, que consideran que hay que limpiar la sociedad de esos indeseables. El autor indica que son agrupaciones ocultas, que eliminan a “otras personas en estado de completa indefensión”, por lo general jóvenes. Les asesinan “sin mediar palabra alguna donde les encuentran”, con la única intención de exterminarlos. Indica que quienes comenten estos actos tan atroces, se justifican diciendo que se trata de “de remover la inmundicia y la suciedad” de las calles y la sociedad en general (Perea Restrepo, 2016:15).

De todo lo que relata el autor, lo más estremecedor es que las personas asesinadas se les impone una etiqueta, indicando que son “los que habilitan las calles o quienes realizan un oficio sexual”, los que delinquen o son jóvenes pandilleros. Para el autor esta forma de estigmatización despoja de toda dignidad a las víctimas, reduciéndolas a un mal del que hay que deshacerse. Unos asesinatos legitimados, ya que para quienes tienen el poder o el control social, todo lo que no se corresponda con un supuesto orden establecidos (por grupos de poder) debe ser eliminado. (Perea Restrepo, 2016:16).

El autor expresa que esta “mal llamada limpieza social”, no es más que una forma más de exterminio social de grupos estigmatizados y considerados peligrosos, que se les considera “depositarios del mal” y se condena a una muerte violenta. Esta limpieza social se llevó a cabo en varias localidades de Colombia (así como en Bogotá) en los barrios más pobres y deprimidos de este país. Personas (en su mayoría jóvenes) desplazadas, bajo custodia, pertenecientes a pandillas, o a minorías étnicas, o jóvenes con adicciones a psicotrópicos, o con diversas orientaciones sexuales, o trabajadores/as sexuales. Estas personas han vivido siempre en una extrema pobreza, sin recursos de ningún tipo, sintiendo que tienen pocas oportunidades de futuro y que ven en la delincuencia o la economía ilegal clandestina su único medio de subsistencia (Perea Restrepo, 2016:18-28).

Con esto no intento justificar ni aprobar la delincuencia (ni la violencia) sólo ver las razones que hay detrás de la decisión de muchos/as jóvenes de insertarse en estas formas de subsistencia, insistiendo en la necesidad de poner en marcha recursos que eviten que se accedan a estas formas de economía ilegal, de auto destrucción y violencia.

Al igual que lo que narra Taussig en su diario de campo, Perea Restrepo habla de una mezcla de miedo, terror, silencio, aprobación e impunidad en los barrios donde se llevaban a cabo el exterminio social.  Miedo de las personas que les asesinaban sus familiares (que además eran desplazados ya que sufrían constantes amenazas); aprobación por parte de quienes representaban la autoridad y el poder, que influenciaban discursos de aprobación de muchos/as de los/as vecinos/as en los barrios; silencio por parte de quienes habían presenciado (o sabían) de estos asesinatos, por miedo a las represalias. Esto había hecho difícil que se pudieran reconstruir las historias y los horrores cometidos, lo que también dificultaba que se hiciera justicia.

Tal como expresa el autor, los aparatos de poder también eran cómplices silenciosos de estos exterminios, ya que no se pusieron en marcha políticas públicas para resolver esta situación; no se elaboraron programas de gobierno que contemplaran la atención a grupos menos favorecidos, que evitaran estos actos tan atroces (nunca se hablaba de estos aniquilamientos); no se redactaban leyes que garantizaran la dignidad humana de estos jóvenes y no se incluía el tema en las campañas políticas. Tampoco se mostraba ningún interés por parte de las autoridades gubernamentales de los departamentos y municipios, a pesar de los 3.696 casos registrados con grandes dificultades entre los años 1988 y 2013 (Perea Restrepo, 2016:20).

Para el autor el anonimato era uno de los principales rasgos de esta forma de exterminio social— que se podría catalogar de “juvenicidio” (Valenzuela, 2015)[3]— ya que ocultaba a quienes los realizaban: asesinaban y desaparecían, dejando tras de sí una secuela de cadáveres expuestos en las calles. “Convirtiendo el exterminio social en una modalidad de violencia cruzada por una enorme impunidad”. Perea Restrepo expresa que “la ausencia en la teoría y la práctica jurídica”, pone de manifiesto el mutismo del Estado en todo este horror impuesto a los grupos de jóvenes menos privilegiados, considerados indeseables (Perea Restrepo, 2016:21).

El autor indica que, a partir década de los noventa y desde distintas esferas (incluida la Academia) se prestó menos atención a la violencia urbana que se vivía en los barrios de las ciudades colombianas, a cambio de la atención que se comenzó a prestar a la guerrilla en las zonas rurales y las consecuencias directas de esta violencia en las ciudades. Esto trajo como consecuencia que los exterminios practicados a los jóvenes en los barrios menos privilegiados quedaran solapados tras la extrema violencia que desató la guerrilla entre los narcos, los paramilitares y la FARC (Fuerzas Armadas Revolucionaria de Colombia). Por supuesto, estos exterminios en las ciudades estaban conectados con los paramilitares (no funcionaban cada uno por su cuenta), pero los paramilitares tenían que “negociar su presencia” con las pandillas de las calles (por cuestiones de logística, acceso a armas, control, alianzas, etc.), mientras que la guerrilla se centró más en las zonas rurales y no estableció “contrapoderes” en las grandes ciudades. A pesar de que tanto la guerrilla como los paramilitares tenían intenciones de “urbanizar el conflicto”, está claro que la guerrilla tuvo una mayor intensidad en las zonas rurales (Perea Restrepo, 2016:25).

Aunque es bien cierto que los paramilitares también hicieron suya las prácticas de exterminio de jóvenes pandilleros (ya sea por enfrentamientos o por hacerse con el control de las pandillas), “la politización de la violencia urbana” no es la principal explicación de esta limpieza social, ya que se había iniciado entes de que se establecieran estas otras formas de violencia. (Perea Restrepo, 2016:26). La explicación respondía más bien a la decisión extrema de algunos representantes del poder, de eliminar a todo ciudadano que se alejara de lo que se entendiera como ciudadano ejemplar. Por supuesto, habiéndose desentendido el Estado de su parte de responsabilidad de proporcionar los recursos que evitaran que muchos/as jóvenes cayeran en la situación que los/as llevaba a ser etiquetados de delincuentes indeseables.

Perea Restrepo indica que, a pesar de que esta forma de exterminio social llegó a adjudicarse a vecinos/as de los barrios donde se llevaban a cabo, como una forma de tomarse la justicia en sus manos y limpiar el barrio de “hampones”, lo cierto es que había policías corruptos implicados, militares (y paramilitares) que, según algunas fuentes, recibían órdenes de ejecutar “desde las altas esferas del poder.” A partir del 2013, se constató que había policías corruptos que formaban parte de bandas criminales y utilizaban su posición para extorsionar, para el sicariato o para proporcionar armas a quienes se encargaban de las ejecuciones de estos jóvenes (Perea Restrepo, 2016:249).

Cuando el autor saca a la luz su libro (en 2016), aún no se había dado ningún pronunciamiento del Estado en contra de esta forma de exterminio social, lo que lo seguía haciendo de alguna forma partícipe de estos horrendos crímenes y legitimaba a quienes lo hayan cometido. Tampoco se habían establecido políticas sociales a favor de los grupos menos favorecidos, ni se habían creado leyes que castigaran a los actores materiales de este exterminio social.

Para concluir, me parece importante resaltar que el tema de el “exterminio social” de jóvenes o “juvenicidio”, lamentablemente es un tema amplio que abarca otros países (como México, Guatemala, El Salvador, etc.), pero no es posible contemplar en este formato. Es un tema pendiente de abordar en próximos artículos. De momento sólo he abordado el tema de la violencia y la limpieza social en Colombia, desde las narrativas de dos autores.

En el texto de Taussig, el autor pone de manifiesto una situación delicada y difícil de abordar, que plantea desde su experiencia en diferentes etapas y sus reflexiones en su diario de campo. Habla de una violencia cuyos límites están difusos y es difícil establecer quien la ejerce en su defensa o como forma de ataque, utilizando categorías de análisis que facilitan entender la posición desde la que observaba dicha violencia. El autor pone de manifiesto la existencia de una violencia estructural que produce pobreza y desigualdades, pero sobre todo produce mucha más violencia.

Por su parte, Perea Restrepo nos habla de “limpieza social” o “exterminio social” que han sufrido muchos jóvenes en Colombia, en un período que el autor pudo registrar y que va desde la primera noticia sobre “asesinatos de hampones” publicada en 1981, hasta la marcha ciudadana de mediados de abril de 2015, realizada en las calles de Ciudad Bolívar (Colombia), en el que había transcurrido más más de veinte años. (Perea Restrepo, 2016:243). Un extermino que se llevó a cabo en los barrios más deprimidos y abandonados por los gobiernos y la administración en Colombia.

Como indico anteriormente, esta situación no justifica la delincuencia, ni la violencia de ningún tipo, (esta no es la intención de los autores, ni la mía), pero ayuda a entender porqué estos jóvenes reproducen formas de violencia directa. Poner de manifiesto la violencia estructural que reciben (en forma de desigualdad y pobreza extrema) es también poner sobre la mesa las carencias y necesidades de muchos/as jóvenes, que no son atendidas, demostrando que el exterminio o la limpieza social no es la solución a los problemas de bandas o pandillas juveniles, ya sea en Colombia, México, Guatemala, El Salvador o cualquier otro país del mundo. Como antropóloga es mi deber poner de manifiesto la realidad de muchos /as jóvenes e insistir en la búsqueda de soluciones y alternativas que de alguna manera ayuden a estos/as jóvenes a salir de entornos delincuencia y violencia extrema.

Kattya Núñez Castillo

Referencias

Perea, C. M. (2016). Limpieza social una violencia mal nombrada. Bogotá: Centro Nacional de Memoria Histórica, Universidad Nacional de Colombia.

Valenzuela Arce, J. M. Coord. (2015). Juvenicidio. Ayotzinapa y la vida precaria en América Latina y España. Barcelona: Ned Ediciones; —Guadalajara: Iteso; Tijuana: El Colegio de la Frontera Norte, pp:11-15

Taussig. M. (2013). La ley de una tierra sin ley. En Cañedo, M. Coord. (2013) “Cosmopolíticas. Perspectivas Antropológicas”, Trotta, S.A., pp. 248

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[1] Estos modales y formas de comportamiento son los que Bourdieu (1990) ha descrito como “habitus”, ya que son una internalización inconsciente de pautas convenidas socialmente que le ayudan a desenvolverse en determinadas situaciones. (Bourdieu en Lewellen, 2003:250-254)

[2] El autor relata que, durante la visita de un amigo, tras su trabajo de campo, le comentó que en ese momento se podía andar libremente por las calles y había menos riesgos de que se produjeran robos, señaló que “la guerrilla sigue haciendo limpiezas” y los paramilitares continúan reclutando personas, pero al mismo tiempo se siguen produciendo asesinatos por discusiones banales y el cementerio está mucho más florido. Como puede observarse no hay un límite establecido en cuanto a la violencia, la bondad o maldad se entremezclan de forma que no se puede precisar quien está del lado de los buenos o quien está en el de los malos. (Taussig, 2013: 248)

[3] La categoría de “juvenicidio” es utilizada por J. M. Valenzuela (2012), para referirse al asesinato indiscriminado e impune de decenas de miles de jóvenes mexicanos, que se incrementa a partir del año 2012 con “la supuesta guerra” contra las drogas” del presidente Calderón. Para ampliar sobre el tema consultar: Valenzuela Arce, J.M. (2012). Sed de mal. Feminicidio, jóvenes y exclusión social. El COLEF-UNAI. México. (Valenzuela Arce, 2015:11).

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