Dos veces en mi vida había oído hablar de Sendero Luminoso antes de ir a vivir a Perú, incluso me atrevería a decir que alguna menos había oído hablar del expresidente Fujimori o de Vladimiro Montesinos, si no había oído hablar de ellos, de la historia del Perú y de lo que ello conlleva, mucho menos podría entender ciertos lugares y determinadas personas, que, con un corazón enorme, me atrevería a decir también que de piedra. Personas, una sociedad entera, marcada por el miedo y la desconfianza, por el autoritarismo continuo y por las desapariciones constantes. Una sociedad, que a día de hoy, habiendo pasado no muchos años, se sigue viendo el miedo en sus miradas. Suena muy novelesco todo esto, pero ni pintándolo de color de rosa se podrá tapar las injusticias y tristezas que se pudieron vivir. Yo no puedo más que contar un poco de dónde venía esta guerra, que ya lo hice en el artículo anterior, centrarme en determinadas personas que en mis estudios sobre aquella época me han marcado e intentar empatizar con todo lo vivido.

Estas historias las escuché de una mujer, a la que llamaré Rosa que estuvo metida varios años en el grupo Sendero, y no fue por voluntad propia, si no por circunstancias de la vida. Aun así, ella los llamaba compañeros, los tucos como me decían otros. Nunca será defendible el terrorismo, la dominación mediante el miedo ni la imposición bajo ningún concepto. Lo que yo he transcrito al papel, no se siente de la misma manera que estando cara a cara, mirada con mirada, ni siquiera se pueden comprender de la misma manera las expresiones ni el tono de voz, pero aun así mediante ella, quiero dar voz a las tantísimas personas que sufrieron aquella época, no solo dominadas por un grupo terrorista formado por el presidente Gonzalo, si no aquellas dominada por el miedo y por el terror ejercido por parte de los militares y el Estado. Es una historia sin fin, y dentro de mi corta estancia en el país, pues dos años no dan para mucho, he intentado adentrarme en la dificultad que supone comprender el conflicto, en comprender ambos “bandos” e intentar ser totalmente objetiva, por lo menos dentro de mis posibilidades.

 Este artículo, si es que puede llamarse artículo, no tiene una base científica, posiblemente sí, más humana. Simplemente lo hago en honor a la sociedad peruana, la que, pese a todas las dificultades, siguen luchando día a día.

Y CON ESTO ÚLTIMO DIRÉ SIEMPRE: ¡VIVA EL PERÚ, CARAJO!

Por Rosa, por los millones de personas que desgraciadamente se vieron involucrados en el conflicto, por los “nadies”.

Rosa, con la que pude compartir muchos momentos en Huamanga, Ayacucho, me contó:

“Bueno, Querobamba es la capital de la provincia de Sucre, pertenece al departamento de Ayacucho. He trabajo allá durante cuatro años, 1989,1990,1991 y 1992, cuatro años he estado. Me han nombrado como auxiliar de educación, he vivido el terrorismo en carne propia, lo he visto, he estado allí y lo he palpado, he estado en tres incursiones en Sendero. La primera incursión ha sido cuando yo llegué a los tres meses “no más”, cuando yo llegué a trabajar, era una zona muy abandonada, toda la gente había salido por el terrorismo, había salido de Querobamba a diferentes lugares la gente y poquísima gente había, había bastantes casas abandonadas. Había poquísima gente trabajando y entonces en los colegios también poquísimos alumnos porque la mayoría se habían migrado por el terrorismo, y entonces yo había estado en una incursión. Había una casa del maestro, que le decían que era así como una quinta, con cuartitos pequeñitos donde vivían los profesores, entonces esos nos habían dado a nosotros, como éramos foráneos nos habían dado para poder habitar ahí, entonces ahí vivíamos todos los profesores. Entonces un día hemos estado todos descansando y eran como las dos de la mañana y alguien nos toca la puerta del cuarto que estábamos viviendo, yo vivía con una compañera de trabajo en el mismo cuarto. Y era un hombre con pasamontañas y nos da este…bastante trucha, y nos dice: -¡frían! Por favor frían, necesito para llevar porque mi gente se muere de hambre.-

Entonces nosotras no sabíamos qué contestarle, mi compañera como ya tenía tiempo trabajando allí me dijo: -No, hay que recibirle, no más.-

Entonces normal, le recibimos, hemos frito la trucha y él se la llevó.

Claro en mi tierra yo he visto Sendero, o sea, he visto incursiones pero nunca me había relacionado así con ellos.

Mi relación de más fue allá en Querobamba, verlos y conversar con ellos.

De ahí, bueno al principio tuve un poco de miedo, pero era mi misma realidad que tenía que estar yo ahí porque yo había salido de mi pueblo a buscar nuevo rumbos, y ya bueno, pues tenía que estar en Sucre, y entonces allí me quedé y tenía ganas de regresarme pero no pude. Seguía trabajando, entonces había un policía que le decían “Mil amores”, bien malo era. Tenías siempre que saludarle, si no le saludabas te metía al calabozo y te soltaba la manguera con agua por no haberle saludado no más. Entonces yo cuando lo veía a ese hombre me daba miedo y ya me preparaba, ya, una cuadra antes: -buenos días, buenos días- y le saludaba.

Y entonces él decía: -mujer hermosa que llega a Querobamba, mi mujer.- O sea él era dueño de ahí ¿no?

Entonces llegó una señorita muy bonita, de ojos verdes, una gringa parecía, con la venta de platos, platitos, cucharitas, jarritos. Y nadie sabía que ella era la jefa de “los compañeros”, no sabíamos. Entonces ya normal, ella vendía en una esquinita. Entonces este….era bien bonita, entonces el policía le echó ojo a ella. Entonces agarra, y el policía se enamoró de ella y entonces empezaron a salir. Bueno la primera semana ella estaba vendiendo, la segunda semana ya no vendió, ya. Ya con el policía andaban jaladitos de la mano.

Ya en Querobamba trabajamos hasta la una, y a las doce del mediodía ya corre viento, y uno no puede salir mucho a la calle, pero a veces salíamos a jugar volley a la plaza. Entonces agarra y ya venían a jugar volley con la chica. La chica también venía ella con la chompa del policía y con el gorro del policía y bueno, él se la llevó a la comisaría con él a vivir a ella. Entonces ella le preguntaba, según nosotros conversábamos con otros policías, había policías buenos y también policías malos. Entonces agarra y les preguntábamos ¿no? Y entonces dicen que le decía: – mi amor, ¿y si vienen los compañeros y nos atacan? ¿En qué te puedo apoyar yo?- ella le preguntaba.

Y ella ya se había paseado toda la comisaría, sabía dónde estaban los armamentos, todo, todo sabía ella. Entonces agarra y ya pues, estuvo, estuvo casi dos meses ella ahí. Entonces a Querobamba una sola vez al mes entraban autobuses, una sola vez al mes. Entonces le dijo: -¿sabes qué mi amor? Ya estoy aquí dos meses contigo, voy a ir a traer a mi mamá para que te pueda conocer. Yo voy y regreso-

Entonces la chica se va y después de quince días hubo un enfrentamiento en Querobamba y ella estaba montada en un caballo y gritaba y decía: -mil amores, mi amor, ven, acércate hazme el amor, acércate. – Es que estaba mareada, es que ellos nunca entran sanos a una incursión, siempre entran animaditos.

Ella volvió con todo el grupo a cobrarse toda la venganza, con todo el grupo. Y por eso ella gritaba encima del caballo, buscándole a Mil amores. Y ella le ha herido en la pierna a Mil Amores con su arma. Entonces él se había arrastrado y se ha entrado en el río. Ahí ha escapado, porque han muerto seis policías. Y el capitán se ha escondido en la iglesia detrás del manto de la virgen y no le han pillado a él.

Y Mil amores se ha escondido, y la chica y los compañeros lo han hecho pampita el puesto de la policía, toditito, ha sacado todo el armamento y han llevado en burros.

Y nosotros estábamos escondidos en el techo de la casa, o sea, hay casas que son altas y otras bajitas y ahí a la sala bajita en el rincón nos íbamos con nuestras frazadas y nos escondíamos. Y ellos están correteando toda la plaza.

Y cuando vuelven a entrar los compañeros al día siguiente nadie anda en la calle, de miedo nadie sale. Tiene que salir una persona a eso de las once de la mañana a tocar la campana y recién sale la gente. Y ese día que tocaron la campana y salimos, ahí por primera vez he visto jugar a la ruleta rusa, por primera vez, nunca había visto. Claro que yo he visto la película La boca del lobo, y ahí también juegan la ruleta rusa ¿no?

Y ahí por primera vez yo he visto así.  Entre el capitán de la policía y Mil amores. Claro él también era policía pero vio que todos sus compañeros habían muerto. Entonces agarra y todo el puesto policial estaba quemado y todos los armamentos se lo han llevado. Claro, la compañera que estaba ahí era jefa de un grupo y ella se lo llevó todo lo que tenían ahí. Y el capitán salió furioso y para matarlo, y mil amores arrastrándose y lleno de sangre. Y el capitán lo quería matar a Mil Amores. Y había un policía que también estaba herido que le decía al capitán: – no te ensucies las manos, déjalo, hay que solamente hacer el informe-

Y entonces agarra y decía: – yo qué informe voy a hacer si yo he permitido que esa mujer entre a la comisaría a vivir.-

Bueno, esa es la primera experiencia que yo pasé en Sucre, ¿muy triste no?

Otra experiencia pasé cuando yo estaba trabajando ya dos años. El director de la UGEL (Unidad de gestión educativa) de Querobamba ya él se venía, ya, porque ya no podía más, porque los compañeros le presionaban bastante. Entonces ellos le presionaban bastante al director, porque había profesores fantasmas que eran compañeros, eran senderistas, y que nunca iban a trabajar, pero normal, cobraban su sueldo mensual. Y eso yo sabía, porque yo trabajaba ahí, y entonces él ya se había cansado. Y además él tenía su esposa pero tenía una amante en Querobamba, entonces por todas estas cosas le habían presionado y amenazado. Entonces él decidió dejar Sucre. Entonces él me decía: -Negra, me voy de Sucre, me voy, pero te pido que quiero sacar mis cosas sin que se entere mi pareja. Yo me voy con el cuento de crear el tecnológico de Soras y me voy y ya no regreso.-

Entonces nos fuimos a Soras, yo viajaba pues a acompañarle. Y nos encontramos con los compañeros que habían incursionado Pucquio y que ellos habían perdido y habían muerto varios compañeros y nos encontrábamos allá, en la repartición del cruce entre Valija y el Cusco, nos encontramos ahí y bueno, furiosos, se cobraron todo con nosotros, nos han pegado. Entonces lo querían matar al director, y el mucho, muchísimo ha rogado para que no lo maten. Y de ahí nos mandaron en la carretera cantar su himno, todo, cantábamos y la compañera era un alta, las mujeres eran más de carácter que los varones. Y ella llegó y me empuja y me dijo: -¡tú de acá a ocho días estás de vuelta por acá!-

Entonces le digo: – compañera pero yo estoy viajando- No me dio opción y me repitió que yo tenía que estar allá en ocho días presente. Porque el director se había comprometido a dar 36 pares de zapatillas.

Entonces el director también me dijo que yo tenía que regresar, te entrego los 36 pares de zapatillas y los llevas y yo le dije que no regresaba de que me iba a mi tierra. Dejo el magisterio y me voy a mi tierra. Y él me dijo que no hiciera eso, entonces yo esperé que llegara este día, no le conté a mi papá, no le conté a nadie nada. Entonces regresé ese día con los 36 pares de zapatillas para ir al lugar dónde me habían indicado para bajar en el carro. Entonces antes los policías también se vestían de civiles y cuando tú bajabas a ciertos lugares siempre te preguntaban que por qué bajabas a esas horas allá, que a qué ibas, todo te indagaban. Entonces yo me fui a un carro que eran los compadres que iban a Cusco, me subí y había un chofer, ya mayor, que le dije que me llevara hasta Jejaña. – ¿Y a qué se dedica?- me dice. Yo le dije que me dedicaba a la venta de carneros. –Ah ya señorita, suba usted, la voy a llevar.-

Ya hemos llegado a Jejaña, cuando le digo que no voy a bajar, que me lleve más allá. –Me voy a otra estancia- le digo. Y el viejito me miraba, pues. Entonces normal, me fui a esa estancia y ya llegaba el sitio indicado donde iba a bajar, donde me han dicho que tenía que bajar y le digo:

 – Señor pare usted, me voy a bajar

– pero señorita, ¿cómo usted va a bajar en esta parte tan solitaria? No hay nada de gente, no hay nada, no hay estancia.

Yo le dije que tenía que bajar y el viejito ya se imaginó y me dijo, que ya, que bajara. Salté del carro y después desapareció. Entonces yo agarrando el costal empecé a cargar y seguía caminando al sitio indicado, con las zapatillas al sitio indicado donde iba a encontrarme con esa compañera, ¿no? Yo pensaba, no está, en esa piedra grande lo voy a dejar porque no había nadie, según yo no había nadie, a medida que iba avanzando ella subía y me dice: -compañera, pensé que nos iba a fallar, pero usted está presente aquí. –

-Si, compañera, estoy aquí- le dije.

Y ella subía con una botella de anisado, antes se tomaba el anisado, ahora ya no hay, ya. Entonces agarra y subía, y me ofreció del anisado y yo pues, tomé un poquito, y le recibí un poquito. Entonces ella me dice:

-Qué bien compañera. Compañera, se quedará todavía con nosotros.

Entonces ella silbó y aparecieron toditos los compañeros del río. Todos estaban escondidos, salen todos y comenzaron a cambiar las zapatillas, toditos, ¿no?

Y ahí me invita para yo quedarme, yo le explico que no puedo quedarme y me dijo que entonces yo no me iba por la carretera porque por la carretera están los perros (la policía). Me preguntarían por qué estaba sola en la carretera, me iban a hacer mil preguntas, entonces no me dejaron ir por ahí. –Te vas puro río- me dijo.

-Te va a acompañar el compañero David.-

Entonces cuando apareció el compañero David, era un hombre que para mí había sufrido un accidente porque no tenía una mano, no tenía la oreja, solo tenía un huequito y toda la parte de la cara era arrugada. El me llevó y cuando me despedí me dijo que en cualquier momento nos íbamos a encontrar y que estábamos ahí.

Él me llevó puro río, pero el miedo era tan fuerte para mí, me imaginé tantas cosas. Bueno, que pase lo que tenga que pasar pensé. Yo le ganaba caminando a él y le dejaba lejos, entonces yo seguía caminando y el corriendo me alcanzó y me preguntó que por qué corría, que por qué me desesperaba, que él no me iba a hacer nada. Bueno, ya pues, me calmé un poco, pero siempre con temor. Tardamos muchas horas en llegar, era lejísimos.

Entonces él agarra y me dijo que él se quedaba acá y me dio indicaciones para volver. Crucé el mojadal y llegué al río y arriba había un restaurante que se llamaba Quejaña y ahí atendía una señora que se llamaba Paulina, y yo no sabía que Paulina también era jefa de un grupo. Yo no sabía, era mi amiga pero nunca lo imaginé. Cuando me senté en el restaurante empecé a llorar, ¿no? Tantas cosas que pasaron y sola. Me recordé de mi mamá, de mi papá. Entonces fue cuando Paulina me preguntó qué me pasaba y bueno, le comencé a contar y ella me dijo que por qué no le había dado las zapatillas a ella y ella se las habría hecho llegar. Ella era la que avisaba y recibía información de cuándo venían los policías. Y yo nunca imaginaba, pues ella tenía su restaurante y ya pues.

El otro enfrentamiento también que yo pasé fue cuando yo estaba en Querobamba, y yo más tenía miedo a los soldados que a los compañeros, a la policía. Les tenía más miedo. Entonces dónde yo vivía, en las tardes no tenía que hacer nada y me veía con una amiga que era enfermera, trabajaba en Poma, a 45 minutos de Querobamba. Entonces ella me dice que tenía miedo de dormir sola en Poma, que por qué no la acompañaba en las tardes. Y una noche estábamos durmiendo y tocan la puerta. Y gritaban y se quejaban, era un parto.

Abrimos la puerta y era un compañero con una compañera que estaba con dolores para dar a luz. Y el compañero nos pidió por favor que atendiéramos a la mujer. Entonces él se va desesperado y la chica se queda con nosotras. Hablaba palabras fuertes y nos decía que le sacáramos esa huevada, por favor, que la iban a dejar, se iban a ir sin ella. Y finalmente dio a luz a un varoncito bien flaquito. Y allí cocinábamos con el excremento de la llama, ¿no? Y entonces agarra y nos pide agua. Le calentamos agüita rapidito.  Cuando yo le dije que tendría que haber traído a su pareja ella me contestó: -¿A quién mierdas quieres que traiga?-

Entonces cuando volvimos de traer el agua ella ya no estaba, pero el bebé estaba. Ella ya no estaba. La sábana blanca que tenía la había partido en dos, se ha puesto un pedazo de sábana y ella corrió pero toda la pampa. Corría pues, de alma. Ella solo pensaba que la iban a dejar los compañeros y ella desesperada se fue y lo dejó al bebito. Nosotras conversamos con las autoridades y nos dijeron que debíamos cuidarlo, entonces mi amiga se quedó con el bebé. Pero el bebé murió porque no había biberón y le dábamos en gasita agüita de manzanilla y poquita leche que había pues. Y no nos acompañó mucho tiempo.

Otra fecha me llevaron los compañeros a dinamitar un puente. Nos llevaron a los profesores. Esa vez, por primera vez yo aprendí a preparar las bombitas caseras. Fuimos como doce, pero solo los solteros porque los que tenían hijos no. Y fuimos ahí y la bombita casera se preparaba con clavitos, y le echaban uria. Y solo con eso se voló el puente para que no se pudiera pasar.”

A Rosa, aparte de preguntarle algunas de sus experiencias con Sendero Luminoso, con los compañeros, le pregunté cuál era su opinión sobre el conflicto:

Bueno, la opinión mía es este…al principio sendero tuvo una buena propuesta de que lo iba a cambiar al Perú, tantas cosas, que iba a haber igualdad, todo. Pero para mí que hubo un fracaso por la manera de actuar fea, chocar con gente civil inocente. Y yo me he dado cuenta que en el sendero hay gente renegada, la mayoría han sido con problemas sociales. Y como digo, yo también he tenido mucho más miedo a los militares, sí.

A nosotros los compañeros no nos obligaban a nada, pero los policías sí. Nos trataban mal pues. Es que no podías viajar segura, porque a veces los policías se vestían de compañeros y no podías diferenciarlos. Y entonces no podías llamarles compañeros. Entonces nos dimos cuenta por los pies porque los compañeros utilizaban más los chapitos, las sandalias que se fabrican con rueda, y sus pies eran rajaditos así de los compañeros, y los de los policías eran limpiecitos, y ahí nos dábamos cuenta, ¿no? Si estaban muy limpiecitos al toque nos dábamos cuenta que no eran compañeros. Y así nosotros no les llamábamos compañeros porque si no nos amenazaban. Para no vernos en ese problema les decíamos señor, así no más.

Sendero Luminoso ha golpeado muy fuerte y mucha gente ha tratado de migrar a muchos lugares, ha muerto bastante cantidad de gente, pero  no solo por Sendero, sino por los dos. Yo nunca sufrí tanto con los compañeros como con el ejército, sí, con el ejército temblaba todita.”

Julia Sanz González

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