Dicen que hay que conocer el pasado para comprender el presente, y en el caso de la diversidad sexual, esta frase hecha se vuelve especialmente cierta. Y es que, aunque el homoerotismo ha existido siempre, el concepto de ‘homosexualidad’ no nació hasta la segunda mitad del siglo diecinueve. Y como veremos, el contexto psiquiátrico y criminológico en que se acuña esta palabra asentará unos estereotipos de las personas LGBTIQ+ que llegan hasta nuestros días.

Nos situamos en la segunda mitad del siglo diecinueve, momento en que la entonces conocida como ‘sodomía’ es considerada un delito en la mayor parte de los estados occidentales y sus colonias. Un delito castigado con penas de entre cinco y diez años, incluso a veces con cadena perpetua. La excepción la conforman algunos estados -Francia, España, Bélgica, Luxemburgo, Países Bajos, Portugal, Italia, Baviera, México, Guatemala, Brasil y Argentina- que siguen el Código Penal francés de 1810, según el cual un delito debe por definición perjudicar a una tercera persona (Noir, 2010, p.131). Así que lo ocurrido en un contexto íntimo, sin que haya nadie más claramente perjudicadx, no es constitutivo de delito.

En el caso español en concreto, se adopta este modelo penal francés en 1822, momento a partir del cual dejan de castigarse los comportamientos homoeróticos que hasta entonces sí eran punibles. No obstante, la mayoría de autorxs sostienen que lxs homosexuales del siglo diecinueve padecen otras formas de persecución, tanto social como jurídica, a través de la aplicación de otros párrafos del derecho penal, que no mencionan explícitamente la sodomía pero que son convenientemente manipulados y aplicados por jueces que no dejan de estar imbuidos por la creencia social dominante: el comportamiento homosexual, aunque no criminal, es inmoral (Altmann, 2006, p.193). A priori, parece ser que el homoerotismo, como cualquier otra libertad o ‘rareza’ sexual, es intensamente reprimido en la segunda mitad del siglo diecinueve.

El filósofo, psicólogo, sociólogo e historiador francés Michel Foucault se atreve en 1970 a rechazar esta ‘hipótesis represiva’ que tradicionalmente había retratado la era victoriana como una época de restricción y limitación de la sexualidad, la cual no sería liberada hasta la aparición del psicoanálisis, con su interés por la expresión del deseo sexual y con su oferta de ‘ayuda’ para corregir la desviación. En lugar de aceptar esta imagen del siglo diecinueve, tan asentada en el imaginario colectivo y en la literatura científica, el autor defiende que en realidad fue un momento de gran proliferación de conversaciones, debates y discursos sobre la sexualidad (Spargo, 2013, pp.19-20), si bien no se trata de discursos neutros, objetivos ni libres de juicios y prejuicios.

El psicoanálisis tiene, en su nacimiento, la particularidad de construir un vínculo entre sexualidad y salud psicoemocional, incitando a lxs pacientes a narrar sus experiencias y anhelos sexuales de un modo determinado: la ‘scientia sexualis’, es decir, la confesión de una verdad oculta, pecaminosa, enfermiza. Pero esta verdad no es descubierta por los terapeutas, sino que es relatada y elaborada por unxs pacientes que, para ser ayudadxs, intentan adaptarla a los parámetros exigidos por el discurso psicoanalítico. Terapeutas y pacientes generan así un saber sobre la sexualidad altamente mediatizado por un formato y un contexto social particulares: el modelo de la confesión, que la época de la Ilustración y la razón había adaptado de la Iglesia. Puede concluirse que esta ‘scientia sexualis’ sirve para que los doctores inculquen normas sociales y morales que sus pacientes asimilan (Spargo, 2013, pp.23-25), y en lo relativo a la sexualidad, podemos imaginar qué deseos y comportamientos serían considerados perversos…

De cualquier modo, preocuparse por regular y ‘normalizar’ la vida erótica de la ciudadanía no constituye una innovación del siglo diecinueve: pueden rastrearse códigos y dictámenes desde el helenismo clásico. Es más: según el sociólogo, historiador y activista galés Jeffrey Weeks, el mundo occidental cristiano ha encontrado siempre en la sexualidad una fuente de angustia y conflicto moral, y la herencia de este dualismo espíritu-carne se manifiesta tanto en el repudio y el pudor hacia la corporalidad, como en la obsesiva preocupación por el cuerpo y el placer (Weeks, 1998, p.64). Sin embargo, siguiendo al autor, esta exagerada obsesión moral y el acento que en los siglos dieciocho y diecinueve se pone sobre el objeto del deseo -es decir, la importancia atribuida a con quién practicamos sexo, en lugar del tipo de prácticas en sí- es el último gran hito en la historia de la sexualidad en Occidente. De hecho, hoy día seguimos definiéndonos afectiva y sexualmente en base a nuestro género y al género de quien nos atrae, en lugar de en base a nuestras prácticas, roles, edad o cualquier otro elemento.

Esta importancia se debe al creciente interés por delimitar ‘la normalidad’, eminentemente heterosexual, así como ‘la perversión’ sexual, todo ello en un ambiente intelectual en el que decidir lo que es moral o no, pasa de manos eclesiásticas a la educación, la medicina y la psicología. Emergen así nuevas identidades sexuales y la homosexualidad se convierte en una predisposición psíquica y social (Weeks, 1997, pp.72-74), de modo que la confesión de mantener relaciones homoeróticas obliga/conlleva asumir que ello forma parte de una verdad inherente a lxs sujetxs. Ya no hablamos de actos sodomíticos aislados -o reincidentes-, sino de una inclinación estable, que diferencia a quien la experimenta en su esencia, en todo su ser.

Es en este contexto cuando nace el término ‘homosexual’. Aunque existe cierto consenso en cuanto a la fecha -1869- en que fue pronunciado por primera vez en el ámbito médico, no está tan clara la fuente original: el médico húngaro Karl Benkert (Platero y Gómez, 2007, p.54), el psiquiatra alemán Karl Westphal (Jurado, 2014, p.17), la medicina y la criminología prusianas (Boivin, 2011, p.150)… Es más: anteriormente, ya el médico alemán Karl Heinrich Ulrichs había hablado de lxs ‘uranistas’, almas femeninas que residían en cuerpos masculinos y viceversa (Platero y Gómez, 2007, p.54), e incluso en 1825 Alexander Morrison había descrito la homosexualidad como desequilibrio mental parcial que inclina irrefrenablemente a realizar actos contra natura (Jurado, 2014, p.17).

Que la homosexualidad comenzase a entenderse como algo inherente, como algo interno que no se escoge, resultó crucial, porque las demandas despenalizadoras de la sodomía en Hungría y Alemania por parte de Karl Benkert y otrxs activistas del siglo decinueve como Heinrich Hössli, Karl Heinrich Ulrichs o Károly Mária Kertbeny (Noir, 2010, p.131) se apoyan en ese carácter innato e inmutable -y por tanto, natural- de la atracción homosexual: florece así el llamado ‘modelo médico de la homosexualidad’ (Platero y Gómez, 2007, p.54), alimentado por la obra de referencia del neurólogo Richard von Kraft-Ebing, para quien la homosexualidad constituye una psicopatología de la vida sexual (Jurado, 2014, p.17).

Lo homosexual no es entonces una identidad descubierta, sino más bien una categoría construida del conocimiento, que se forja en la década de 1870, momento a partir del cual quien incurriese en ella ya no confesaba un acto puntual vergonzoso, sino que se le calificaba -y se le seducía/convencía/presionaba para autodefinirse– como perteneciente a una especie, una condición determinada, una tipología humana, cuyo rasgo constitutivo reposa en el deseo erótico perverso, causado por lo que se vendría a conocer como ‘hermafroditismo del alma’. Y como tal, la homosexualidad es destinatarix y a la vez tema central de múltiples discursos y tecnologías, que la describirán como poco conveniente en un contexto económico de imparable industrialización, en el que es necesario velar por perpetuar el modelo de familia burguesa y reproductora de fuerza laboral (Spargo, 2013, pp.27-29).  En otras palabras: es necesario aumentar la mano de obra en las fábricas, de modo que hay que evitar que las personas se distraigan de la procreación, disfrutando de relaciones sexuales estériles e insanas.

La psicología y la medicina de la época vinculan la sexualidad al ser y a la naturaleza, de una forma novedosa y en ocasiones un tanto contradictoria. De hecho, y siguiendo al teórico queer catalán David Córdoba García, el mismísimo Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, fue bastante ambivalente en este sentido a lo largo de su obra. A principios del siglo veinte distinguió el instinto sexual animal, que tiene un código de desarrollo y acción muy preciso, de la pulsión sexual humana, que no tiene ni finalidad ni objeto -hombre o mujer- claramente determinados, de modo que la pulsión, que vendría a ser una perversión del instinto estrictamente natural, aleja la sexualidad del plano estrictamente biológico (Córdoba, 2007, p.28).

A pesar de ello, utilizar ‘lo natural’ como argumento y modelo a imitar ha sido un argumento muy utilizado en el discurso moral occidental; no es de extrañar entonces que el discurso médico-psiquiátrico de la sexualidad defienda la legitimidad de lo que entiende por ‘normal’ sobre el apoyo de la cientificidad, reclamando que la sexualidad pase a ser competencia y campo de estudio de las ciencias naturales -y no de las ciencias sociales o humanas-. Es por ello por lo que incluso en la actualidad concebimos la sexualidad como último reducto natural y presocial (Córdoba, 2007, pp.24-25), y concretamente desde finales del siglo diecinueve, como una esencia interior que define a lxs individuxs: la perversión homosexual indica una personalidad determinada y diferenciable de las demás personas.

En la dicotomía homosexual-heterosexual, la medicina y la criminología definen la homosexualidad tomando como base el género: se entiende que los varones homosexuales padecen una anomalía genérica que les afemina, les insta a vestirse o actuar como mujeres, y a profesar los ‘deseos naturales’ de las mujeres hacia los varones. Esto guarda relación con la visión sesgada con que los primeros estudios abordaron las relaciones sexoeróticas entre varones: al igual que en la sexualidad heterosexual -único referente válido posible-, debía existir un elemento activo/macho y otro pasivo/afeminado, siendo concebido como heterosexual el individuo activo que mantiene una hexis corporal masculina: el penetrador anal (Boivin, 2011, p.150). ¿Nos suena de algo este cliché?

Pues sí, es en el siglo diecinueve cuando se crea esta representación afeminada del varón homosexual: el ‘invertido’. Y es un retrato de tal fuerza, que se mantendrá muy presente en el modelo médico-psicoanalítico de la homosexualidad, siendo -como ya anunciábamos- interiorizado y compartido por la propia comunidad: sin ir más lejos, el mencionado Magnus Hirschfeld, sexólogo y militante homosexual de la época, popularizó este estereotipo. La feminización del homosexual se asienta en Europa desde finales del siglo diecinueve, llegando a cruzar el charco para que lxs antropólogxs estadounidenses la apliquen para comprender las relaciones homosexuales entre lxs nativxs de México, territorio que en las primeras décadas del siglo veinte también incorporará a sus discursos médico y criminalístico (Boivin, 2011, pp.150-151) esta idea del varón homosexual feminoide.

Salmacis Ávila

Referencias

Altmann, Werner (2006). “Vicio repugnante en lo social, aberración en lo sexual, perversión en lo psicológico y defecto en lo endocrino. Un ensayo bibliográfico sobre la homosexualidad y los homosexuales bajo la dictadura franquista”, Revista Iberoamericana, Vol. Nº. 22, (pp.193-210). Consultar http://www.jstor.org/stable/41676241.

Boivin, Renaud René (2011). “De la ambigüedad del clóset a la cultura del gueto gay: género y homosexualidad en París, Madrid y México”, Revista La ventana, Vol. Nº. 34, (pp.146-190). Consultar http://www.revistascientificas.udg.mx/index.php/LV/article/view/825/781.

Córdoba García, David (2007). “Teoría queer: reflexiones sobre sexo, sexualidad e identidad. Hacia una politización de la sexualidad”, en Córdoba, David, Sáez, Javier y Vidarte, Paco editores: Teoría Queer. Políticas Bolleras, Maricas, Trans, Mestizas, Ed. EGALES, Madrid.

Jurado Marín, Lucas (2014). Identidad: represión hacia los homosexuales en el franquismo, Ed. La Calle, Málaga.

Noir, Raúl Andrés (2010). “Sobre el movimiento LGHBT (Lésbico-Gay-Homosexual-Bisexual-Transgénero)”, Revista Electrónica de Psicología Política, Vol. Nº 22, (pp.128-140).  Consultar http://www.psicopol.unsl.edu.ar/abril2010_Nota8.pdf.

Platero Méndez, Raquel y Gómez Ceto, Emilio (2007). Herramientas para combatir el bullying homofóbico, Ed. Talasa, Madrid.

Spargo, Tamsin (2013). Foucault y la teoría queer, Ed. Gedisa, Barcelona.

Weeks, Jeffrey (1998). “La invención de la sexualidad”, en Weeks, Jeffrey (editor): Sexualidad, Ed. Paidós-UNAM, Barcelona (pp.55-87). Consultar http://www.dgespe.sep.gob.mx/sites/default/files/genero/PDF/LECTURAS/S_01_04_La%20invenci%C3%B3n%20de%20la%20sexualidad.pdf.

Imágenes

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