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Susana R. Sousa

Susana R. Sousa

La aporofobia es una realidad innegable y cotidiana y de esa realidad surge una necesidad que empieza por nombrarla y debería terminar por reconocerla y darle solución.

En una ocasión pasé cinco horas en Zurich un poco por casualidad y en el bus de regreso al aeropuerto escuché a una pareja de españoles: “Me ha gustado mucho, además, no se ve ni un pobre por la calle”. Un día antes, en Atenas, una pareja también española, mientras tomaba el café de sobremesa en un restaurante de Plaka (bajo el Acrópolis), compartía impresiones sobre el viaje y atendí a escuchar algo así como. “Es una ciudad muy bonita, pero deberían limpiarla un poco, hay muchos pobres por la calle. Da miedo”. En Venecia, unos años después, tras bajar del tren y quedarme obnubilada con la visión de los canales frente a la estación (prácticamente se podía saltar del tren a la góndola), escuché a un grupo de españoles que volvía: “Pues me dijeron que había mucha miseria, pero no he visto ningún vagabundo, pero muy caro todo ¿no?”. Y así podría seguir con casi todas las ciudades y países que he visitado en mi vida, y, por supuesto, con la ciudad en la que vivo en la que, además de una inmensa oferta cultural, tenemos cantidades ingentes de aporofobia. Una cosa no quita la otra.

Fue Adela Cortina en 1995 quien nombró por primera vez el rechazo al pobre con un término nuevo a raíz de un artículo publicado en El Mundo y titulado, precisamente, así “Aporofobia”. Un año después, el capítulo sexto de un libro de texto de 4º de la ESO titulado “Ética. La vida moral y la reflexión ética” incluía el término en su título “Aporofobia: el relegado es el pobre y el discapacitado”. El capítulo se acompañaba por un texto de Eduardo Galeano ya de sobra conocido: “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada. Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean. Que no hablan idiomas, sino dialectos. Que no hacen arte, sino artesanía. Que no practican cultura, sino folklore. Que no son seres humanos, sino recursos humanos. Que no tienen cara, sino brazos. Que no tienen nombre, sino número”.

El término que acuñó Cortina (Del gr. á-poros, pobre, y fobéo, espantarse), nombraba una realidad ante la que hasta entonces nos habíamos hecho las despistadas (esto no va conmigo, yo no soy así…) en el mejor de los casos. En el peor, no hace falta constatar que parte de la sociedad asume este odio al pobre como algo legítimo al identificar pobreza con delito. Eso que ahora se ha dado en llamar criminalizar la pobreza. Solo así es posible, criminalizando, que el sistema funcione y que todos se sometan a él, incluso aquellos a los que el sistema aplasta. Incluso los pobres. “La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa” dijo Albert Einstein. Gran parte de la sociedad se ha sentado a ver lo que pasa y lo que pasa ahora es que estamos sumidos en una espiral de odio y rechazo a nuestros semejantes que ya ni siquiera sabemos reconocer. Porque nos lo han vendido como un odio al diferente, para hacernos ajenos a ello, pero es un odio al igual. Es un odio a nosotras mismas. A nosotros mismos. Un rechazo momentáneo, por lo que tiene de intercambiable, a un grupo de individuos que se interponen en mi camino al éxito. El éxito que puede ser un trabajo de mierda o un Volkswagen de tres puertas. Pero es que claro, yo me lo curro y tengo derecho y el que está ahí pidiendo, pues oye, huele mal.

La aporofobia es una realidad “innegable y cotidiana” como bien apunta Adela Cortina en su ensayo “Aporofobia, el rechazo al pobre” y de esa realidad surge una necesidad que empieza por nombrarla y debería terminar por reconocerla, “buscar sus causas y proponer caminos para superarla”. A mí, particularmente, se me antoja una tarea titánica, empezando porque estamos instaurados en un sistema económico que choca frontalmente con preservar la vida en general y con el respeto al ser humano en particular. Un sistema que muchas personas defienden sin darse cuenta de lo que defienden gracias, en gran parte, a la falta de conciencia social. Por otro lado, abundan partidos políticos que apuestan por un discurso de odio (también al pobre) como seña de identidad y lo usan para ganar votos. El hecho de que ganen votos ya nos da una pista de donde estamos y quienes somos.

Dice Cortina en su ensayo “Es el pobre, el áporos, el que molesta, incluso el de la propia familia, porque se vive al pariente pobre como una vergüenza que no conviene airear, mientras que es un placer presumir del pariente triunfador, bien situado en el mudo académico, político, artístico o en el de los negocios”. Cuando esto se sufre en las propias carnes se entiende mucho mejor, pero no es indispensable. Escribió Albert Camus en “El hombre rebelde”: “Me decían que eran necesarios unos muertos para llegar a un mundo donde no se mataría”, pero las puertas (como las fronteras) siguen cerrándose para los mismos. El que no tiene nada que ofrecer no solo es invisible, sino que es deshumanizado para poder ser violentado, para que no afecte el abuso que se hace de él. Se le infantiliza y se le degrada y, en ocasiones, el odio se transforma en agresión. Desde Hatento (Observatorio de Delitos de Odio contra Personas sin Hogar) indican que el 47% de las personas sin hogar ha sufrido delitos de odio.

Amnistía Internacional dice “Es un escándalo de derechos humanos negar salud, educación y vivienda a las personas. Esto no se debe sólo a la falta de recursos, sino también a la negligencia y la discriminación. Los gobiernos no están dispuestos a hacer algo al respecto. Esta no es una lamentable realidad de la vida, sino un vergonzoso escándalo de derechos humanos”.

Conozco personas que son incapaces de ver una película u obra de teatro que retrate la crueldad de la miseria, “para pasarlo mal ya tengo la vida real y las noticias” suelen decir y están en lo cierto. No hace falta verla para saber que existe ni para actuar en consecuencia. O no siempre. Lo que sí hace falta es ser consciente de hasta qué punto rechazamos lo que nos han enseñado a rechazar para trabajar en dejar de hacerlo. Seguramente la pobreza es evitable, pero estamos a años luz de conseguirlo, porque la solución está en un reparto justo de la riqueza que a día de hoy sigue siendo la utopía suprema. Pero quizás sí podemos aprender a neutralizar nuestro rechazo al pobre, porque esa sería también una forma de solución, una forma de que se dieran las condiciones para un reparto justo de la vida digna.

Referencias

Cortina, A. (2017). Aporofobia, el rechazo al pobre. Un desafío para la democracia. Ed. Paidós.

https://hogarsi.org/hatento/

https://www.amnesty.org/en/

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