El salvaje en el matadero

La mañana del 29 de agosto del año 1911 podría haber sido una cualquiera en la remota y venida a menos aldea de Oroville, California, pero no lo fue. Al amanecer, alertados por los ladridos de sus perros, los propietarios de un matadero local encontraron a un hombre malnutrido, medio desnudo y aterrado apoyado sobre la valla de su finca. Apenas se sostenía en pie. Tenía la piel tostada y rasgos inconfundibles: era uno de los odiados indios, un salvaje.

En las postrimerías de la fiebre del oro en el valle de Sacramento, lo habitual habría sido que lo mataran de un disparo bajo la máxima de la época: «el único indio bueno es el indio muerto». Por suerte para la Historia, los lugareños retuvieron al extraño y llamaron al sheriff de la zona, un tal J.B. Webber. Con buen criterio, el sheriff lo retuvo en el calabozo para protegerlo de la creciente multitud que se acercaba a ver al «salvaje»: se pensaba que los últimos de la zona habían sido exterminados hacía cuarenta años.

Los periódicos locales se hicieron eco del hallazgo, y los rumores llegaron a oídos del profesor Alfred Kroeber y su ayudante, Thomas Waterman, antropólogos de la cercana Universidad de California, Berkeley. Conscientes del trauma y el peligro que la situación podía suponer para el nativo, Waterman tomó un tren a Oroville ese mismo día. Su única arma: dos vocabularios de yana, la cultura a la que presuponían que el indio podía pertenecer.

El primer contacto entre Waterman y el nativo fue difícil. El antropólogo recitó palabras en yana sin cesar, pero no fue hasta la «s» cuando los ojos del indio se iluminaron y reconoció: siwini, pino amarillo. Waterman repitió la palabra; el nativo corrigió su pronunciación. Levantado el primer, aun precario puente, se sucedieron otras palabras exitosas. Waterman confirmó la sospecha de Kroeber: este hombre salvaje era uno de los Yahi, la tribu yana más sureña, que se creía desaparecida. Habían necesitado tanto esfuerzo para comunicarse porque su dialecto difería notablemente del yana conocido.

Entonces, el nativo preguntó:

I ne ma Yahi? —«¿Eres indio?»

Ähä —respondió Waterman: «sí».

Era obvio que el antropólogo era un hombre blanco, pero ni la pregunta ni la respuesta eran triviales. Waterman se estaba declarando como aliado —un amigo. Por primera vez el nativo, cuya único conocimiento del hombre blanco es que era numeroso, implacable y asesino, se relajó. Durante las siguientes horas, Waterman prosiguió su diálogo y escribió a Kroeber, en San Francisco. El indio hablaba con voz clara y, ahora, en abundancia y con excitación; pero no por alegría, como Waterman supuso en ese momento, sino por histeria: llevaba tres años sin intercambiar una palabra con nadie. Su pelo corto, quemado, era una muestra de luto.

En pocas horas, el sheriff se convenció de que el nativo no estaba loco ni era peligroso. Pero, ¿qué podían hacer con él? Se sucedieron las llamadas entre Oroville y San Francisco. En poco tiempo, el nuevo hogar del hombre salvaje quedó decidido: el Museo de Antropología de la universidad de California, en San Francisco. Allí, pensaban Kroeber y Waterman, podrían protegerlo del mundo moderno.

Fue Alfred Kroeber quien lo bautizó: Ishi. Repetidas veces preguntaron al nativo su nombre, y repetidas veces él se negó a responder. Según las costumbres de su pueblo, un Yahi no debe decir su propio nombre: es un amigo quien debe hacerlo por él, y siempre con precaución y respeto.

Pero ya no quedaban otros Yahi. Ishi era el último de los suyos; ya nunca nadie podría decir su nombre. En el idioma yahi, ishi significa «persona». Durante los siguientes cinco años, los antropólogos de San Francisco pudieron conocer más de su historia, su tragedia y su soledad. Como recordarían tiempo después con orgullo y nostalgia, pudieron hacer algo más —pudieron declararse amigos de Ishi.

Pero, ¿quién era este misterioso nativo, este «hombre de la Edad de Piedra»? Para saberlo, debemos conocer primero su vida antes de Oroville; y lo extremo, radical y desesperado de su última marcha hasta caer exhausto sobre la valla del matadero.

El Genocidio de California

La invasión y exterminio de los nativos de California es tan sólo el último —y, comparativamente, breve— episodio de la historia de unos pueblos que habitaron y vivieron con plenitud en la región durante miles de años. Hogar de una portentosa diversidad cultural, California acogió en su seno cientos de pueblos diferenciados que hablaban en torno a 100 lenguas distintas.

Entre ellos, los Yana habitaban las colinas cercanas al monte Lassen, en el norte de California y dominando el fértil valle de Sacramento. Su lengua pertenecía a la hipotética familia lingüística Hokan, propuesta por Alfred Kroeber. Sus vecinos más cercanos, pobladores sedentarios de las tierras bajas, eran los Maidu y los Wintun, quienes temían a los Yana, famosos por su fiereza guerrera. Como numerosos pueblos de las colinas en todo el mundo, los Yana habían sido desplazados de las cuencas más fértiles por invasiones de otros pueblos. La supervivencia en una región más parca en recursos, como suele ser una franja montañosa, llevó a los Yana a adoptar un estilo de vida tenaz, industrioso y austero. Para cuando los colonos europeos llegaran a California, los Yana ya arrastraban una larga historia de resistencia a la adversidad y mucha experiencia en las tácticas del sigilo y la sorpresa, que salvarían al grupo de Ishi cuando se acercara el fin.

La vida entre los Yana oscilaba cíclicamente con las estaciones; unos ritmos que Ishi solo pudo conocer en su niñez, y que recordaba con una dolorosa nostalgia. Con la llegada de la primavera, los salmones anegaban los arroyos y el trébol teñía de verde las quebradas, y la gente abandonaba los refugios de invierno. El invierno era la época del hambre y la escasez; de los salmones no se tiraban ni las espinas, que eran secadas, molidas en los morteros y consumidas. Mientras los hombres pescaban y cazaban, las mujeres llenaban sus cestos de todo aquello que podían recolectar; en especial bellotas en verano, la base de la dieta Yana. Es conveniente recordar que, en las sociedades cazadoras recolectoras, el mayor aporte calórico no proviene de la caza sino de la recolección, que llevaban a cabo mayoritariamente mujeres.

La primavera y el verano eran los momentos de mayor efervescencia comunitaria. Vecinos de pueblos cercanos se reunían para intercambiar comida y regalos y celebrar ceremonias comunales, compartir noticias y cotilleos, y establecer alianzas. Durante los días más calurosos, los Yana abandonaban sus residencias y subían al monte Lassen, donde dormían al raso frente a las estrellas, compartiendo el conocimiento arcano y las historias transmitidas durante generaciones.

Con las primeras lluvias frías, este ambiente de sociabilidad era suspendido y cada banda volvía a sus casas a la vera de los arroyos. El frío creciente marcaba el tiempo de la labor familiar: se reparaban las casas y las herramientas como cuerdas, arcos, carcajes, flechas o lanzas. Era, además, el tiempo para la cestería. El invierno traía consigo la iniciación en la madurez de los adolescentes. Bajo una lluvia suave y la oscuridad creciente, en la intimidad del silencio alrededor del fuego del hogar, se contaban las viejas historias del origen del mundo y del ser humano, del Coyote, el Oso, el Ciervo y el Zorro.

Por fin, el trébol asomaba sobre la tierra, y el ciclo de vida se reanudaba. Los hombres de las colinas emergían de sus refugios con hambre de salmón y bellota. Así perduró, variable pero adaptativa, su forma de vida durante más de mil años. La llegada de los europeos, primero hispanos y después anglosajones, trajo su fin.

Por lo que se conoce, las injerencias españolas y mexicanas debilitaron a la población californiana, pero esta se mantuvo fuerte hasta bien entrado el siglo XIX, cuando todo cambió. El 24 de enero de 1848, el carpintero James Marshall vio estrellas que bajaban por el río Sacramento: innumerables pepitas de oro fluyendo hacia el mar.

Mucho antes de que las noticias fueran «virales», sus palabras contagiaron una auténtica fiebre de codicia en las atestadas ciudades norteamericanas desde el Medio Oeste hasta Nueva York. A las primeras decenas de colonos en el valle de Sacramento les siguieron cientos, y después miles, y después decenas de miles. Una gran multitud de personas, muchas violentas, pobres o desesperadas; o incluso criminales fugitivos. Algunos de ellos ya se habían enfrentado a los «pieles rojas» y, de hecho, fueron los colonos quienes enseñaron a los indios de California la costumbre de arrancar la cabellera de sus víctimas, una tradición desconocida entre los nativos californianos. Los incidentes se sucedieron rápido; después vinieron las masacres.

Fue, en todos los sentidos, una lucha desigual. El hombre blanco traía la ventaja de las armas, el número y las enfermedades; y estaba determinado a ocupar las nuevas tierras aunque ello implicara exterminar hasta el último indio. Esta palabra, «exterminio», era utilizada repetidas veces, en especial tras un robo de ganado o un asesinato; como también la de «limpieza», pues los salvajes eran una plaga que debía ser erradicada. Se vivía en un estado de paranoia permanente, y cualquier agresión india era respondida con «expediciones» que solían terminar con la masacre de aldeas enteras, incluidos ancianos, mujeres y niños. Una paranoia que recuerda lóbregamente a la de los colonos contemporáneos de Israel en Palestina, y su respuesta ante los ataques terroristas.

Se estima que la población nativa de California superaba los 300.000 habitantes en torno a 1800. A principios de 1900 no quedaban más de 20.000, una destrucción de más del 90%. Debe entenderse la magnitud de la tragedia más allá de las cifras: es un genocidio más brutal que el judío durante la II Guerra Mundial. Comunidades enteras desaparecieron en cuestión de décadas, sin dejar más rastro que los esqueletos blanqueados al sol, las casas vacías y las herramientas abandonadas.

En el caso de los Yana, se estima que había unos 3.000 antes de la fiebre del oro, de los cuales unos 400 eran Yahi, la sub-tribu de Ishi. Este número aparentemente pequeño no debe llevar a engaño: los Yana, como la mayoría de culturas californianas, mantuvieron una población baja pero más o menos estable durante decenas de generaciones. Muchos no murieron por heridas de bala sino por pura inanición, despojados de sus tradicionales territorios de caza y recolección, incapaces de llevarse a la boca más que lo poco que pudieran robar. Para mediados del siglo XIX, la mayoría de los Yana había desaparecido o se había doblegado al ímpetu europeo, trasladados a reservas. Muchos de estos últimos morirían durante el camino o bien de hambre en sus nuevos hogares, que apenas conocían y que debían compartir con otros nativos que ya los habitaban. Ya sólo quedaban los recios Yahi, concentrados entre el Arroyo de los Venados (Deer Creek) y el Arroyo del Molino (Mill Creek), afluentes del río Sacramento.

La destrucción de los Yahi fue consumada en el plazo de dos décadas, entre 1850 y 1871. A partir de 1857, los nativos comenzaron a realizar incursiones en los asentamientos, incapaces de sobrevivir de sus reducidos territorios por más tiempo. Para el 1859, los colonos clamaban por su eliminación física, ya fuera por desplazamiento a las reservas o por aniquilación. La década de los 60 fue dura para los Yahi, y coincide con el probable nacimiento de Ishi en torno a 1861-62. Fueron años de ocultación, en los que los Yahi —cuya forma de vida ya había sido una de resistencia mucho antes de la fiebre del oro— pretendieron resistir por la vía del sigilo: desaparecer en las colinas, en silencio, sin ser vistos.

Su empeño fue extraordinario; pero, al final, no pudieron sobreponerse a la marea.

Varios colonos, experimentados cazadores de indios, asumieron el liderazgo para enfrentar el «problema». En 1865, Robert Anderson lideró dos incursiones que se saldaron con la muerte de 70 personas. Anderson conocía la costumbre de los Yahi de reunirse en grandes cantidades en verano, y la aprovechó para causar el mayor daño posible. El 6 de agosto de 1866, diecisiete colonos encontraron y atacaron una aldea Yahi al amanecer, matando a cuarenta personas. Se cuenta que un niño y una mujer sobrevivieron y lograron escapar. Tiempo después, Ishi confirmaría la historia: eran su madre y él. Su padre murió en el ataque. En 1867, cuarenta y cinco más fueron perseguidos hasta una cueva al norte del Arroyo del Molino. Allí fueron masacrados a tiros.

Finalmente, en 1871, cuatro vaqueros atraparon y mataron a la última gran congregación de Yahis en la cueva de Kingsley: unas treinta personas. Muchos años más tarde, los cadáveres continuaban en la cueva. Que los Yahi, que consideraban terrorífica la perspectiva de negar un funeral apropiado —puesto que los fantasmas iracundos son fuente de maldiciones—, no acudieran a cremar a sus difuntos, es testimonio suficiente de su debilidad.

Eso fue todo. Tras la última masacre, desaparecieron. A ojos del mundo civilizado, para siempre. Los Yana en su conjunto, toda una cultura, se había desvanecido de la Tierra en apenas veinte años: un suspiro en el curso de la Historia.

Hubo cinco supervivientes, entre los que estaban Ishi, su madre y su hermana. Durante los siguientes cuarenta años, la banda de Ishi se retiraría al rincón más agreste y oculto del Arroyo de los Venados, que convertiría en su precario y silencioso hogar. Lo llamaron Wowunupo mu tetna, el Escondite del Oso Pardo, porque un oso grizzly había utilizado el sitio como cubil. Los esfuerzos de la pequeña tribu se centrarían desde entonces en desaparecer, ocultarse, pasar desapercibida. Cuando los antropólogos conocieron a Ishi comprobaron que era un experto cazador de los bosques, capaz de moverse sin despertar un solo ruido, conocedor de toda clase de ruidos con los que ganarse la confianza de sus presas.

No se conoce mucho sobre la vida de Ishi durante aquellos largos años, en los que se convertiría en un hombre adulto, silencioso y amable. En algún momento murió uno de ellos, y quedaron Ishi, su madre, su hermana y un hombre anciano. Con el inicio del nuevo siglo, los Yahi retomaron su viejo hábito de incursiones, incapaces de sobrevivir con el poco alimento que quedaba en las colinas. En 1908 Ishi fue avistado por un colono, y poco después una expedición encontró su escondite en lo profundo de la colina. Allí hallaron a la madre de Ishi, ya muy anciana, que había sido incapaz de escapar por sus agudos dolores de piernas. Los exploradores tomaron todo lo que pudieron como souvenirs y dejaron allí a la mujer; cuando uno de ellos, Apperson, fue presa de los remordimientos y volvió para disculparse y ofrecerle algo de comida, no la encontró por ninguna parte.

Los rumores alcanzaron a Alfred Kroeber y Thomas Waterman; en 1809, Waterman dirigió una búsqueda en las proximidades del arroyo con ayuda de Apperson, pero no encontró a ningún Yahi. A todas luces, aquellos extraños estaban muertos.

Ishi relataría después que el día de la incursión, su hermana y el anciano a su cargo huyeron en la dirección contraria a la suya, con la esperanza de despistar a los blancos. Nunca los volvió a ver. Los buscó por todas partes, pero no los encontró. Si alguien como Ishi, que conocía cada palmo de aquellas hondonadas, no era capaz de localizarlos, es que ya no estaban. Después supuso, y así lo relató a los antropólogos, que se habían ahogado al tratar de remontar el río a nado.

La madre de Ishi murió pocos días después de la incursión a Wowunupo. Y así, ya solo quedaba él; estaba solo. Permanecería en la más absoluta soledad desde noviembre del 1908 hasta su captura, el 29 de agosto de 1911. Abandonó el campamento y malvivió de lo que pudo en los rincones más salvajes del monte. Lo encontraron con el pelo corto y quemado: entre los Yahi, un signo inequívoco de luto.

Y por fin se abandonó a la derrota, y puso rumbo hacia la tierra de los blancos. Tenía unos 50 años. Estaba exhausto, se moría de hambre y no había nadie más; nadie con quien hablar, nadie con quien compartir. El hombre que creciera en el seno del pueblo que había convertido la resistencia en forma de vida ya no pudo más. Cuando fue encontrado desplomado sobre la valla del matadero, estaba preparado para morir.

Pero no murió. Por el contrario, fue acogido por los antropólogos de la Universidad de Berkeley, y su vida entre los blancos sería, aun breve, asombrosa. Ishi no lo sabía, pero estaba a punto de inaugurar una nueva tribu, cuyo inverosímil refugio sería el Museo de Antropología.

Miguel Tofiño Vian

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