Dios es el tiempo

En una reveladora escena de Dark, la popular serie de Netflix, se alcanza la siguiente conclusión: «Gott ist Zeit»; es decir, «Dios es el tiempo». Y este dios que carece de voluntad propia, que no es sino una ley física, es inmisericorde. El tiempo, afirma el personaje, se nos escapa de las manos desde el momento en que nacemos como el contenido de un reloj de arena. Es el opresor definitivo, y no hay otra opción que declararle la guerra.

Quizá estas reflexiones expliquen en parte el éxito del serial alemán, cuyo tema central son las implicaciones existenciales del tiempo sobre el ser humano. Y es que hoy en día, en el seno de nuestra sociedad global, el tiempo es nuestra segunda sombra: nos acompaña allí donde vayamos y constantemente nos recuerda su presencia. Como un tirano invisible guía nuestros actos y nos empuja a una carrera infinita que estamos condenados a perder: trenes de alta velocidad, aeronaves hipersónicas, conexión 5G, fast learning, superordenadores. Más rápido, más rápido… Nuestros sueños colectivos se proyectan sobre las estrellas, e imaginamos naves espaciales más veloces que la luz. Nuestra obsesión por aprovechar cada aliento y cada instante nos convierte en plataformas multitarea, y compartimos nuestra comida con el mundo al mismo tiempo que comemos… El problema es que, distraídos por la dispersión de objetivos, no somos capaces de disfrutar ninguna de las dos, porque en secreto sólo pensamos en Tiempo, que nos sonríe con burla mientras escuchamos las agujas del reloj: tic, tac, tic, tac. Sabemos que el tirano ha ganado, pero no podemos rebelarnos. Porque tenemos que trabajar duro, y no hay tiempo que perder.

En nuestra sociedad el tiempo se pierde, y también se gana. Con gran perspicacia, el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson mostraron cómo, en el pensamiento occidental, concebimos el tiempo como una forma de dinero. El tiempo se tiene, se gasta, se invierte y se ahorra, se utiliza y es cuantitativo: puede sobrar o puede faltar. Como el tiempo es dinero, es valioso. Pero asumir esta metáfora tiene otras implicaciones más oscuras: el tiempo se convierte en capital, una mercancía sujeta a las leyes del mercado. Y, por supuesto, su uso irá ligado a la desigualdad: habrá personas que dispongan de una gran cantidad de tiempo, y muchísimas más que carezcan de él.

¿Es universal esta forma de concebir el tiempo? ¿De dónde viene? ¿Es posible que existan, o hayan existido, otras miradas a la faz del tiempo?

Cualquier antropólogo coincidiría en que nuestras ideas sobre el paso del tiempo no fueron universales hasta, al menos, la Revolución Industrial y la colonización, si bien estaban ya muy extendidas por toda clase de culturas. Y lo estaban, curiosamente, en todas las sociedades agrarias, cuya economía estaba organizada hacia la producción.

Un extraño caso de amnesia

Algunos antropólogos se han hecho estas mismas preguntas acerca del tiempo, y han buscado respuestas como mejor saben: con las herramientas de su disciplina. Y cuando han analizado las perspectivas temporales y la memoria histórica de determinadas culturas cazadoras-recolectoras igualitarias, como los bosquimanos San del Kalahari o los Hazda de Tanzania, se han asombrado ante lo que les pareció un fenómeno generalizado de amnesia.

En su década de trabajo de campo entre los San G/wikhoe del Kalahari central, el australiano George Silberbauer tuvo ocasión de compartir con los bosquimanos la aparición del cometa Ikeya-Seki en el cielo de 1965. Los G/wikhoe, atemorizados, se preguntaban si la espectacular luz los mataría. Esto extrañó a Silberbauer. El desierto ofrece muchas de las mejores vistas de la cúpula celeste en nuestro planeta, y los San observaban las estrellas y los cuerpos celestes con atención. Es decir, no podía ser la primera vez que vieran un fenómeno como ese. Seguramente, meditaba el antropólogo, habría recuerdos del cometa Halley en las historias orales, cuya estela se había visto durante meses, tan solo cincuenta y cinco años atrás, con una intensidad muchísimo mayor que el Ikeya-Seki. O, ¿qué pasaba con todas estrellas fugaces que se podían ver a lo largo del año? Algún recuerdo tendría que haber… Pero Silberbauer se equivocaba. No había registros orales sobre cometas ni otros eventos astronómicos específicos. Los G/wikhoe identificaron la nueva aparición como un heraldo de desastres, se encogieron de hombros, y continuaron con sus vidas. No había nada que pudieran hacer al respecto.

De modo similar, cuanto James Suzman se interesó por la historia reciente de los Ju/’hoansi (o !Kung del sur), se dio de bruces contra un frustrante muro de ambigüedad. Su mejor informante fue /Engn!au, un viejo y enjuto bosquimano cuya mayor diversión era contar historias de los «Primeros Tiempos», leyendas de eras remotas en las que los humanos y los animales se mezclaban libremente y G//aua, el dios traicionero, campaba a sus anchas por el mundo mientras disfrutaba violando las normas sociales de los Ju/’hoansi. /Engn!au también disfrutaba hablando de los «Viejos Tiempos», cuando su pueblo aún vivía de la caza y la recolección, hasta que los Boers y los Herero «vinieron con armas de fuego y ganado». Pero por mucho que insistió, Suzman no consiguió relatos de eventos específicos ni personajes relevantes. No encontró historias de famosos cazadores ni asesinatos, romances o guerras; tampoco remembranzas de eventos climáticos significativos como terribles sequías o grandes lluvias.

Estos fenómenos de amnesia «cósmica» desconcertaron a los antropólogos. Silberbauer nunca había dudado de la inteligencia o la memoria de los San pues había sido testigo de ella: sus habilidades lógicas, inductivas y deductivas, sus capacidades de abstracción, su extraordinaria percepción espacial o su conocimiento del terreno. Además, en los tiempos de su trabajo de campo estos pueblos todavía no habían sufrido la calamitosa destrucción de su modo de vida que caracterizaría las décadas siguientes, y que puede conllevar una pérdida de la memoria histórica. ¿Entonces, a qué se debía esta amnesia colectiva? Tenía que existir una explicación.

Fue James Woodburn quien dio con una persuasiva respuesta. En su interés por relacionar cultura y ecología, Woodburn comenzó a trabajar con los Hazda de Tanzania, cazadores-recolectores igualitarios como los San, con la intención de comprender cómo estos pueblos se ganaban la vida. Y comprendió que el tiempo no tiene tanto que ver con la memoria como con la acción.

El desarrollo de la agricultura o cómo las cosas se pusieron difíciles

Cuando estudió la economía de los Hazda, Woodburn llegó a conclusiones parecidas a Richard Lee, cuyos trabajos sobre los !Kung llevarían a postular la famosa teoría de la «afluencia primitiva», según la cual los cazadores-recolectores igualitarios no sólo no libraban una batalla penosa y constante contra la naturaleza por su supervivencia, sino todo lo contrario: empleaban una cantidad muchísimo menor de tiempo en asegurarse el sustento que sus homólogos agricultores, no más de 15-20 horas semanales de caza o recolección sin excesivo esfuerzo, y dedicaban el resto del tiempo a descansar, socializar o participar en eventos comunitarios, como danzas o intercambios de regalos. Esto les permitía consumir una media de 2300 kilocalorías diarias: salvo cambios estacionales bruscos, no eran un pueblo hambriento. Y no solo esto, sino que realizaban escasa planificación económica a medio o largo plazo y jamás ahorraban comida para el futuro. Entonces, se preguntaba Woodburn, ¿cómo lo hacían? ¿Cómo era posible? Al fin y al cabo los occidentales, con todo su desarrollo tecnológico y científico, consideran la jornada de 40 horas semanales como un logro extraordinario de su historia reciente. La afluencia —el estado en el que todas nuestras necesidades están resueltas—, por tanto, tiene que ser una cosa seria y difícil, propia de utopías: un proyecto para el futuro. Pero allí estaban aquellos «primitivos» con sus herramientas de madera, piedra y hueso, plácidamente dormidos a la sombra de un baobab tras una jornada de caza de un par de horas.

Woodburn comprendió que la clave se encontraba en la manera de gestionar los recursos, y encontró una diferencia fundamental entre nuestras sociedades y aquellas centradas en sus necesidades inmediatas, como los bosquimanos del Kalahari. Bautizó las primeras como delayed-return economies o «economías de retorno retardado», y las segundas como immediate-return economies, «economías de retorno inmediato».

En las economías de retorno retardado —desde las primeras civilizaciones agrícolas de Egipto y Mesopotamia hasta nuestras sociedades industriales modernas, así como las culturas cazadoras-recolectoras del Ártico—, el objetivo principal del trabajo es satisfacer necesidades futuras. Un agricultor planta una semilla que germinará y crecerá en los meses siguientes. Un joven estudia una carrera para encontrar mejores oportunidades laborales. Un trabajador recibe su salario a final de mes, que ahorrará para pagar determinadas deudas o financiar una pensión para su vejez. Nuestro pensamiento prioriza el futuro porque es el futuro quien proveerá.

No es casualidad que esta forma de pensar sea generalizada. Desde los primeros siglos del Neolítico, un agricultor debía conseguir que el trigo, maíz o sorgo de su campo produjera cosechas estables y abundantes. Esa simple realidad implica un cambio extraordinario en la manera de relacionarse con y de pensar el ambiente. Tal y como indica James Suzman, mientras que un cazador-recolector encuentra algo, el agricultor debe producirlo. Para el bosquimano, el ambiente producirá esté en él o no: es autónomamente productivo. Pero los agricultores y todos los pueblos sedentarios deben moldear el ambiente para satisfacer sus necesidades. Su objetivo no es aprovechar lo que él mismo proporciona, que no es suficiente para una comunidad tan numerosa y rígida, sino controlarlo. El control —la eficiencia, la monitorización, la especialización— se convierte así en un eje fundamental del pensamiento.

El problema es que todos los sistemas sedentarios de producción, primitivos o industriales, se encuentran sujetos a un ciclo interminable del que no pueden escapar por su propia naturaleza. En palabras de Suzman, deben llegar a acuerdos con el ambiente para que este produzca. Y la moneda fundamental de ese acuerdo es el trabajo. A través del trabajo, el agricultor consigue una cosecha exitosa. Si trabaja mucho, la cosecha será aún mejor. El trabajo duro se convierte así en otro pilar importante del sistema ideológico: el bosquimano echándose la siesta era un vago a ojos de los colonos neerlandeses. Pero, por mucho que el agricultor trabaje, hay elementos que escapan de su control. Una sequía o una plaga —o los dioses, o los demonios— arruinarán su cosecha. Esto tiene dos consecuencias inevitables. Por un lado, la angustia y el miedo pasan a formar parte integral de un pensamiento proyectado hacia expectativas futuras: ¿será un buen año? ¿Lloverá lo suficiente? ¿Aprobaré mis exámenes? ¿Tendré un buen día en el trabajo? ¿Llegaré a fin de mes? En busca de causas y agentes que expliquen su fracaso, además, el agricultor encontrará fantasmas, espíritus y entes malignos en el medio natural que conspiran contra sus esfuerzos. La segunda conclusión es que ejercer un control creciente y exhaustivo será el objetivo principal del desarrollo humano, y en especial de la ciencia y la tecnología: presas, riego artificial, vegetales resistentes a plagas o a sequías; pero también smartphones, tabletas, cámaras de seguridad, aplicaciones para controlar el ritmo cardíaco o el número de pasos…

Por el contrario, los cazadores-recolectores igualitarios se limitaban a obtener el alimento que necesitaban cada día, y lo consumían de manera inmediata. Al situar sus principales necesidades productivas en el presente, su mente también se encontraba en el presente. Esto no quiere decir que los bosquimanos, por ejemplo, no realizaran actividades proyectadas hacia el futuro: tallar un arco es un buen ejemplo. Pero no se preocupaban demasiado por lo que ocurriría al día siguiente, aunque pudieran experimentar años de gran escasez: al final, el ambiente proveería. Además, su conocimiento del medio natural les permitía aprovechar con enorme efectividad todas las fuentes alimentarias disponibles en las distintas estaciones. Si el ambiente no proveía durante malos años, murmurarían contrariados mientras consumían las raíces y otros alimentos menos apetecibles para tiempos de escasez. Lo cierto es que su estrategia les fue bastante bien: la civilización cazadora-recolectora del sur de África es, en términos temporales, la más exitosa de la humanidad: al menos 150.000 años de presencia continuada. Sólo la colonización ha sido capaz de ponerle fin.

El aprovechamiento inmediato de los recursos, aunque pueda parecer antieconómico al lector sedentario, presenta otras ventajas bien conocidas entre los antropólogos. De cazadores-recolectores como los San se ha afirmado que mantienen un igualitarismo feroz en el que no solo no existen clases sociales ni desigualdad económica, sino que se lucha activamente contra ella; y no se permite precisamente porque no se acumulan recursos. Los alimentos se reparten de la manera más justa posible y se consumen de inmediato, jamás se guardan para más tarde. Cualquier cazador o recolector que lo hiciera sería catalogado inmediatamente como un avaricioso desmedido y se ganaría el rechazo de toda la comunidad; y en un ambiente como el Kalahari, nadie puede sobrevivir por sí solo. Otras fuentes de desigualdad como el prestigio se combaten con estrategias como el insulto de la carne. El resultado es una sociedad despreocupada y fundamentalmente igualitaria incluso en el eje del género: aunque los hombres se dedican casi siempre a la caza y las mujeres a la recolección, la importancia económica de esta última es tal —el aporte nutricional mayoritario suele provenir de la recolección y no de la caza— que nadie se atrevería a cuestionar el derecho de la voz femenina a participar en la resolución de problemas comunitarios. Así, no sorprende que estas sociedades fascinaran al príncipe anarquista ruso Piotr Kropotkin, cuya experiencia en el sur de África le llevaría a proponer la ayuda mutua como la adaptación más importante y exitosa de la evolución humana.

Si los cazadores-recolectores tenían una forma de vida tan adaptativa, podemos preguntarnos, ¿por qué surgió entonces la agricultura? ¿Será cierto eso de que al ser humano le gusta complicarse la vida? El relato tradicional encaja la Revolución Neolítica en el primer eslabón del «progreso» humano, un camino ascendente hacia formas de vivir cada vez más perfectas. Sin embargo, la evidencia científica parece indicar lo contrario: cuando se comparan los huesos fósiles de los últimos cazadores-recolectores de Mesopotamia y los primeros agricultores se observa cómo estos últimos son más delgados y frágiles, signo inequívoco de malnutrición. La transición neolítica trajo consigo las hambrunas, epidemias y trabajos penosos propios de la vida sedentaria, calamidades desconocidas hasta entonces por la humanidad —calamidades de las que se estén haciendo eco, quizá, los textos bíblicos, escritos por un pueblo en proceso de sedentarización.

Por lo que parece, la Revolución Neolítica no fue tanto una innovación positiva como una adaptación a un cambio climático que aniquiló la fauna y flora del hemisferio norte, la fauna y flora que los cazadores-recolectores habían conocido durante milenios. El término de la edad de hielo hace 12.000 años conllevó un calentamiento global de casi 5 grados centígrados, lo que dejó una Tierra mucho más cálida y húmeda. Esto implicó el colapso de un gran número de especies, en particular grandes mamíferos como los mamuts o los tigres dientes de sable, cambios que alteraron radicalmente todos los ecosistemas que habitaban. Con toda seguridad, los cazadores-recolectores de Europa y el Creciente Fértil se encontraron en situaciones de escasez que no habían conocido jamás. Enfrentados a la posibilidad muy real de su extinción, y como oportunistas que eran, en algún momento se percataron de la posibilidad de cultivar plantas silvestres que crecían en abundancia en el nuevo clima.

La rueda del Neolítico dio entonces su primera revolución; en su eterna voracidad por recursos y tierras, terminaría por aplastar a su paso a todos los cazadores-recolectores del planeta.

 

La faz de la tierra

Focalizar la atención en el presente puede tener consecuencias inesperadas. La amnesia que tanto desconcertó a los antropólogos tiene mucho que ver con la manera en que los bosquimanos interactuaban con su ambiente. Mientras que sus vecinos agricultores consideraban la naturaleza un objeto con voluntad propia, plagado de dioses, espíritus y leyendas, los San no tenían necesidad de sacralizar su alrededor hasta tal punto. Por el contrario, interactuaban de manera práctica con él. Las leyendas de los pueblos sedentarios proyectaban sus propios miedos y expectativas, y por eso hablaban de héroes salvadores, diluvios universales, fuentes de la juventud y jardines de frutos infinitos: los deseos proyectados de una sociedad precaria y angustiada en busca de salvación. Por el contrario, Silberbauer y Suzman encontraron esta amnesia porque los San no necesitaban mitos para hablar de abundancia: estaba allí, delante de sus ojos. Y porque, para empezar, como afirma Suzman, para ellos el ambiente no era una cosa con agencia, sino más bien un conjunto de relaciones entre multitud de seres diferentes con voluntad propia —plantas, insectos, animales, personas, espíritus, dioses y el clima— que interactúan entre ellos de manera constante en lo que los bosquimanos llaman la faz de la tierra: un espacio de convivencia común.

Y quizá nosotros, herederos del Neolítico, debamos desprendernos de los velos que nuestras propias sociedades ponen sobre nuestros ojos. Para liberarnos de la tiranía del tiempo, quizá la clave no sea mirar hacia el pasado o el futuro, sino hacia lo diferente.

Miguel Tofiño Vian

Referencias

James Suzman. Affluence without abundance: The Diseappearing World of the Bushmen. Bloomsbury USA (2017).

George Lakoff y Mark Johnson. Metáforas de la vida cotidiana. Ediciones Cátedra (2017).

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