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Seatle, 1931. Una estudiante de 18 años escribe un ensayo titulado ‘Dios muere’ que es premiado por la revista The Scholastic. El ensayo, en general, es un ejercicio que requiere de cierta capacidad de reflexión y de crítica, de lecturas previas y de conocimiento del lenguaje. En este caso, además, se trató de una declaración de intenciones y un signo que hizo destacar a la estudiante de la comunidad en la que se había educado. En él aparecían manifiestas unas ideas que no eran propias ni de su edad ni mucho menos de su género, por lo que fue una distinción que le provocó más perjuicios que simpatías.

De sobra es conocido que la religión, como institución social, es poderosa hasta el punto de que la ofensa a los sentimientos religiosos crea monstruos que campan a sus anchas por cualquier tipo de sociedad. Me refiero a los que se ofenden. Una estudiante escribe un ensayo tras leer a Nietzsche y a otros filósofos en el que reflexiona sobre la muerte de sus sentimientos religiosos (que es lo que es Dios, al fin y al cabo). A partir de este ensayo, esta estudiante se convierte en la chica mala del High School y se queda sola. A ella no le importó hasta el punto de no retractarse de sus palabras, pero tal situación la hizo sentir muy triste, según contó años después, convertida ya en una estrella de Hollywood.

El nombre de esta estudiante era Frances Farmer y, sí, un poco después del escándalo de este ensayo y otro por un viaje a Rusia que ganó por sus suscripciones al periódico Voice of Action (de ideología comunista), se convirtió en una estrella de Hollywood. Sin embargo, su nombre no reconocido como el de otras actrices, a pesar de haber participado en un buen racimo de películas, obras de teatro y de haber trabajado en televisión. Es una incógnita la razón por la cual unas actrices son encumbradas a la categoría mitos y otras no, o quizás la incógnita no lo sea tanto si nos adentramos en su biografía.

Frances Farmer tenía 18 años y era una estudiante brillante cuando escribió el ensayo que la convirtió en la freak de la escuela y del barrio. También era bellísima, característica que no sería reseñable si no fuera una mujer ni sería peligrosa si solo hubiera sido bellísima. Pero una mujer, aunque sea guapa, no es solo guapa. No es solo imagen, a veces ni siquiera es lo que su imagen refleja. Un rostro perfecto, angelical, felino, de mujer fatal o de Lolita descarriada. Siempre hay adjetivos de sobra para referirse al físico de una mujer, ¿por qué no? ¿A quién le importa?

La autobiografía de Frances Farmer no está traducida al castellano y en inglés está descatalogada, aunque se puede encontrar de segunda mano en algunas librerías norteamericanas. El título que Farmer eligió para contar su historia fue «Will there really be a morning?», es también el de un poema de Emily Dickinson, una mujer que destacó desde niña por su complejidad intelectual y que con 30 años decidió vivir de espaldas al mundo al sentirse incomprendida. Frances Farmer no vivió de espaldas al mundo, sino muy de frente, tan de frente que llegaron a quitarle sus derechos civiles.  En 1944, fue declarada oficialmente ‘loca’ y confinada en un hospital psiquiátrico de Washington donde, además de electroshock, fue violada en reiteradas ocasiones. Esto sucedió cuando ya era una mujer adulta, algo que recuerda al reciente caso de la cantante Britney Spears, tutelada por su padre durante 13 años. Britney Spears acaba de librarse de esa tutela y va a poder demandar a su padre, un final que pinta feliz y que no se parece al final que tuvo Frances Farmer.

¿Por qué fue recluida en un centro psiquiátrico y estuvo tutelada por su madre gran parte de su edad adulta? Bueno, Frances nunca fue la mujer que Hollywood quería, ni la hija abnegada que vivió para cumplir los sueños de una madre aspirante a estrella. La ilusión de Frances era hacer teatro en Broadway, obras de carácter social y político, interpretar personajes complejos, comprometidos, papeles que nada tenían que ver con el rol que Hollywood tenía reservado para las mujeres.

Aun así, cedió al cine pensando que le serviría de plataforma para trabajar como actriz de teatro en Nueva York. Pero no fue así, Hollywood se la tragó. Cuando firmó su contrato con la Paramount, la obligaron, como a tantas otras actrices de la época, a cambiar su imagen, porque era bellísima, pero nunca es suficiente. Entre otras aberraciones, la obligaron a tomar anfetaminas para adelgazar y para disminuir la sensación de sueño y cansancio, de tal forma que pudiera trabajar a destajo. Algunos de los efectos, a largo plazo, de la anfetamina, además de la adicción crónica, son: delirium, trastorno de ansiedad, trastorno del sueño, episodios de psicosis, trastorno sexual, trastorno del estado de ánimo. Así que, no solo cambiaron su imagen externa, también su personalidad. La convirtieron en una persona inestable con serios problemas mentales que los centros en los que estuvo recluida no hicieron más que aumentar.

Ella misma lo contó en el programa This is your life: “Mi vida es muy parecida a cualquier otra persona que ingresa en una institución pública. No tienen medios para la atención psiquiátrica individual, solo hay determinadas camas disponibles. Me ponía en la fila con quince o veinte chicas como yo que estaban allí por una razón u otra y recibíamos inyecciones o baños de hidroterapia o un tratamiento de descarga eléctrica. Se suponía que esto relajaría las tensiones y nos mantendría en silencio, y así fue. No culpo en absoluto al hospital, creo que hicieron todo en su poder para cuidar de la enorme cantidad de personas que tenían, pero realmente no creo que me haya ayudado mucho«.

En ‘Frances’, la película protagonizada por Jessica Lange basada en su autobiografía, aparecen solo un par de escenas sobre las violaciones que sufrió la actriz y el resto de pacientes del centro. Algo, por otra parte, muy habitual en la época. Son escenas que dejan una sensación de impotencia y de tristeza terribles, sobre todo porque son la ventana a una realidad que fue y que, de algún modo, sigue siendo. Quizás por eso me gusta imaginar a la Frances que volverá como fuego para quemar a los embusteros, esa a la que Nirvana dedicó uno de sus temas más emblemáticos de su álbum ‘In Utero’ de 1993. Una especie de venganza sobre Seattle y sobre aquellos que fueron partícipes de su desgracia.

Susana R. Sousa

Mitad persona, mitad animal

Frances Farmer Will have her revenge on Seattle

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