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Los anales de la Historia exhiben una gran cantidad de adaptación y algo peor –irracionalidad y violencia, placer en la destrucción de uno mismo y de los demás–, y cuestionar mi afirmación de que la Historia es el despliegue de las potencialidades humanas para la libertad, la conciencia de sí y la cooperación.

Murray Bookchin, Historia, Civilización y Progreso

 

La palabra colapso reverbera desde principios del s. XX con cada vez más fuerza. El alarmismo fruto de los episodios traumáticos vividos en los dos últimos siglos dentro de la sociedad Occidental ha acrecentado nuestra particular visión e interés por este fenómeno, con un especial bombardeo cultural distópico y una abundante producción científica al respecto. Pero, ¿qué entendemos realmente por colapso? Mediante la prolífica bibliografía en torno a dicha cuestión, analizaremos en dos artículos, con la mirada puesta en nuestro presente, el colapso y el fin de una de las primeras sociedades jerárquicas de la Península Ibérica: el Argar.

 

¿Y si mañana todo lo que conocemos se desmorona? La debacle está presente ad nauseam, todo el rato: salvas mediáticas, cultura del entretenimiento o artículos de divulgación como éste. Vivimos en una continua autopercepción del declive sistémico, político y, en líneas generales, humano. No es que seamos muy originales tampoco, claro; pregúntenselo, si no, a la cosmogonía hesíodoca donde ya se advierte, de manera recurrente, la decadencia humana mediante la metáfora con la última etapa de nuestra estirpe. Sin irnos tan lejos, en otro punto de esta famosa Edad del Hierro posdecadente, desde la acuñación del término distopía” por el político británico Stuart Mill en 1868, se ha sucedido una infinidad de ficciones –y no tan ficticias– sobre sociedades futuras que colapsan por un virus zombie o determinan una línea evolutiva de Occidente hacia universos cyberpunk de megacorporaciones sin escrúpulos que han acabado con todo ecosistema. Desde luego, tenemos ejemplos culturales a patadas: desde novelistas como H. G. Wells, a Huxley, Orwell, P. D. James o Ballard, guionistas de cómic como Robert Kirkman y, en el séptimo arte, con Fritz Lang, Ridley Scott, Alfonso Cuarón, George A. Romero y un inmenso et alii. Entre este tipo de bombardeos culturales nos encontramos con otras apuestas a futuros más cercanos, como la serie de El Colapso creada por el colectivo de cineastas Les Parasites, que transmite a la perfección desde un plano secuencia el relato pesimista y traumático de un posible colapso sistémico en Francia, es decir, en una de las arterias del mundo Occidental durante el supuesto desmoronamiento del sistema económico capitalista y neoliberal.

 

Si bien esta idea del colapso resuena como una diégesis cinematográfica en nuestro presente, sobre todo con los últimos episodios vividos en cuestión de los últimos años y en convivencia con la emergencia climática y la cultura de consumo, el colapso entre sociedades complejas humanas es extremadamente normal. Más allá de lo que nos deparará ese futuro cercano –del cual poco o nada podemos saber– en el que tanto nos recreamos y entre todas las inquietudes que pueda suscitarnos este tema, desde los albores de las sociedades complejas que dieron su pistoletazo de salida en la prehistoria reciente como el caso del Argar, pasando por la cultura minoica, el Imperio Romano o las crisis sufridas en la Groenlandia vikinga, los mayas, hasta Prusia o la desintegración de la URSS, ha habido una constante de colapso, desaparición y/o transformación-adaptación. El colapso, por ende, independientemente de las connotaciones negativas –muchas veces exageradas e incongruentes, producto de la industria cultural y mediática que se alimentan del pavor a lo desconocido y acaba por ser proyectado, no sólo a un futuro no vivido, sino también a los sucesos del pasado– son etapas que se abren a cambios, donde, análogamente al colapso sistémico, son igual o más habituales los procesos de resiliencia y adaptación. Con ello, los datos que nos proporciona la historia y la arqueología nos relatan fases en las cuales son comunes las descentralizaciones, reorganizaciones en comunidades más pequeñas que implican un mayor grado de apoyo mutuo –incluso mejoras de vida para una población ampliamente desposeída–, además de favorecer una relación más estable con el medio ambiente y la naturaleza que permite su regeneración, lo que comúnmente se han denominado “Edades Oscuras[1] y, al menos,  en etapas cronológicas como la protohistoria o la Historia Antigua. Obviamente, sin caer en infructuosas romantizaciones, también son momentos que, según la etapa exacta en la cual divaguemos, en nuestro caso asociada a sociedades preindustriales, dan lugar a la atomización de numerosas unidades políticas en las que las elites secundarias toman el testigo al adaptar los mecanismos de poder, donde los cultos e ideologías prosiguen su curso, prevaleciendo, mutando, perfeccionando sus mecanismos de control y adaptándose, poco a poco, a su nuevo mundo. El colapso deviene, en sí mismo, inevitable; no obstante, si bien nos hemos acostumbrado a la idea apocalíptica, este “final” se trataría sólo de un proceso adaptativo de tránsito.

Decía el neuropsiquiatra Fritz Perls que los humanos somos mitad Hijos de Dios, mitad hijos de puta (sic). ¿Qué queremos afirmar con esto? Que necesitamos aceptar estas realidades y saber qué somos para entender y, en definitiva, sanar y transformar, al igual que concienciarnos sobre la cultura como si se tratara de un clúster holístico capaz de transformar la realidad del grupo humano en el que uno se ve integrado. Es, en cierto modo, una analogía con el estudio del pasado y las ciencias sociales como herramientas necesarias para comprender los sucesos y acercar, en consecuencia, un mundo mucho más justo y sostenible a nuestro presente.

Entre todos estos claroscuros, nos formulamos todas las preguntas posibles como solemos acostumbrar: ¿Qué es el colapso? ¿Por qué desaparecen la mayoría de sociedades urbanas? ¿Realmente hay una desaparición rupturista, o hablamos de transformación y continuismo, de declive “suave” a lo largo del tiempo? Pero, ¿por qué nos centramos en el colapso y no en lo que había después?

¿Caída o transformación? ¿Qué entendemos por colapso?

 

Entremos en materia… ¿Qué es lo primero que se te pasa por la cabeza cuando este término, “colapso”, hace acto de presencia? Quizá Los Hijos de los hombres (Niños del hombre para nuestras y nuestros lectores hispanoamericanos), The Walking Dead, supervivencia extrema, marabuntas caóticas y enfurecidas arrasando con las existencias de papel higiénico en el bazar de tu barrio o del supermercado más cercano… En fin, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis en su versión más posindustrial. Bromas aparte, el colapso responde a un concepto peyorativo cargado de connotación apocalíptica, muy dado de la mano a los procesos historiográficos contemporáneos en relación a otros elementos tales como el mito del progreso o el etnocentrismo que gira alrededor de la concepción sobre esta noción colapsista en nuestra sociedad occidental. Como bien apuntilla Carlos Taibo, «explicar lo que significa esta palabra [colapso] a muchos de los habitantes de los países del Sur resulta, en cambio, difícil, y ello en virtud de lo que en buena medida es una paradoja: esos seres humanos han vivido siempre en el colapso» (Taibo, 2017: 40).

¿Deberíamos, entonces, contestar a la pregunta sobre lo inevitable que resulta el colapso en las sociedades complejas-urbanas, o deberíamos reformular esta cuestión desde un prisma más objetivo –y quizá más esperanzador– que se focalice en el cómo se dan y qué les precede? Precisamente, a través de las definiciones de lo que entendemos por “colapso”, bajo esa retórica apocalíptica, hallamos el fin de unas estructuras sociopolíticas y económicas al mutar, reestructurarse o dar pie a nuevas formas de organización social y políticas ciertamente más horizontales pero, no por ello, más “involucionadas” o “simples” en tanto en cuanto menor coordinación grupal y tejido cultural, sino de una redistribución más equitativa y una mayor autogestión, resiliencia (McAnany y Yoffee, 2006: 10-11),  y subsistencia; en síntesis, una respuesta adaptativa para la supervivencia del grupo.

El dinamismo histórico en el devenir de las civilizaciones es una variable constante donde la ruptura, si acaso, puede percibirse a través de la arqueología, por ejemplo, en la “falta” de cultura material o el abandono de sitios con evidencias de destrucción. Esto no quiere decir que se “rompa”; contrario sensu, es el resultado de elementos discursivos en las retóricas de poder entre élites que sí ven en el término del declive el fin a sus privilegios; élites que, como estrategia, construyen esas retóricas apocalípticas  para afianzar sus estructuras mediante. ¿Miedo y control? ¡Qué novedad! Por tanto, debemos hablar de un continuismo en todas aquellas “sociedades complejas que colapsan”. Las muestras de ello, en ocasiones, son considerablemente nítidas: ya no sólo de la sociedad argárica –como abordaremos en el próximo artículo– sino en la complejidad y diversidad del hecho histórico que, en la Antigüedad mediterránea, se pone de manifiesto con las profundas transformaciones del Bronce Tardío en el Egeo, primeramente, en el tránsito de la Creta minoica a la hegemonía micénica y, de estos últimos, a los que serán sus herederos, los que comúnmente conocemos como griegos arcaicos, no sin antes pasar por una “Era Oscura” (Dickinson, 2000). Nos podemos acercar, también, a otros procesos que nos resultan más familiares, como las influencias helenísticas de Alejandro Magno que sirvieron como modelo para romanos y cartagineses por igual o, sin ir más lejos, a través del Imperio Romano de Occidente al ser utilizado como poderoso dechado tras su caída con una multitud de elementos que persisten mediante su legado espacio-temporal, con modelos clientelares –lo que se conocerá como vasallaje medieval– y arquetipos políticos, económicos y sociales que imitaron personajes como Carlomagno o las propias naciones modernas Europeas (Dietler, 2000) que hoy día siguen teniendo fuertes reminiscencias.

El colapso, en líneas generales, vendría a definirse como una serie de procesos de diversa índole que lleva a la «disolución de sistemas sociales, económicos y políticos» (Delgado y Rosas, 2012: 15) con matices y claroscuros que señalábamos en las líneas superiores. Asimismo, igual de necesaria para contestar a nuestras preguntas es la definición de “sociedad compleja” que se responde, a través del significativo libro del antropólogo Joseph A. Tainter en su The Collapse of Complex Societies de 1988, como «término de connotación puramente estructural y relativo al tamaño de la sociedad en estudio, al número y distinción de sus partes, a la variedad de roles sociales especializados, al número de diferentes personalidades sociales y a la variedad de mecanismos existentes para organizar los elementos constituyentes de una sociedad en un todo coherente y funcional» (Delgado y Rosas, 2012: 16). Esta complejidad va incrementando según surgen mecanismos de diferenciación social más marcados, de mayor heterogeneidad (cultural, étnica, ideológica…), además de la construcción de una superestructura que responda a unos intereses y necesidades específicas resultantes y, sobre todo, a los intereses de las clases sociales dominantes y la administración que suelen adscribirse a modelos estatales e imperios que tienden a generar un desigual acceso a los recursos.

Para disponer de un valor aproximativo del porqué de los “colapsos” y posteriores “edades oscuras”, esto es, de transición y transformación (Middleton, 2012), debemos ser conscientes de la compleja relación entre diversas partes y elementos que actúan sobre la realidad del conjunto. Este conjunto muestra su declive en la fragmentación de los eslabones de diversa índole que conforman el todo sistémico, donde se encadenan sucesos aleatorios, a modo de dominó, de “catastróficas desdichas” que, sin la primacía de ninguno de sus factores, pueden deberse a componentes tecnológicos, políticos, sociales, ambientales, económicos, etc, que, teóricamente, dimanan “suaves”, casi imperceptibles. No nos cabe duda que, en el momento en el que se da ese proceso que comúnmente conocemos como “civilizatorio” o “sociedad compleja”, la aparición de herramientas políticas donde se refuerza la desigualdad social tiende a generar, casi de por sí, un colapso. La inversión de energía para mantener sistemas cada vez más jerárquicos, urbanos y desiguales para solventar los problemas que surgen en dichos núcleos, supondría ya desde sus inicios un modelo predestinado al fracaso ahí donde los ecos de la historia nos ponen de manifiesto la “brillantez” de los primeros años y su posterior e inevitable declive y “desaparición”. Sucede de este modo la respuesta más óptima de supervivencia, a saber, la adaptación mediante el final de aquello que no funciona. De este modo, tampoco debemos estancarnos en reduccionismos lineales tales como las reacciones exógenas que conforman, única y exclusivamente, las tesis invasionistas o los colapsos socio-ecológicos (Diamond, 2006). Y es que, para acceder a una visión más estimada de lo que pudo haber sido, no basta sólo con las miradas cuadriculadas de una única disciplina, sino que, junto a la arqueología o la antropología física/cultural, se deben combinar incluso la «modelización matemática y análisis estadístico para explicar los procesos dinámicos acaecidos en sistemas sociales y ecológicos» (Delgado y Rosas, 2012: 18). Independientemente, sin establecer estériles jerarquizaciones sobre la importancia de un factor u otro, hay que primar la interrelación entre todos ellos, como decíamos, para acercarnos, aunque sea intuitivamente, a lo que pudo ser vivido durante aquellos colapsos y sus consecuencias.

Por ello, entran en juego los diversos elementos que componen el catalizador del devenir que se han descuidado de facto y que varían en matices según qué comunidades humanas y episodios de éstas. Aspectos tales como los político-ideológicos, analizados siempre por los prismas decimonónicos, han sido abordados de manera meramente superficial para explicar la causalidad de estos fenómenos con una inefectiva equidistancia deontológica; no, sin embargo, es una contante, ya que el amplio abanico de las ciencias sociales actúa, cada vez más, como fuerza centrífuga que permite la decantación de los mecanismos de poder, lo que garantiza a su vez una abundancia de estudios que permiten averiguar todos estos interrogantes al ampliar las perspectivas. Cada aportación que nos dan las ciencias sociales son granos de arena que, al juntarse, puede ofrecernos una visión periférica del objeto de estudio más enlazada y rigurosa sobre la porción de una totalidad, en lugar de aquel rostro del pasado sesgado y despedazado por la falta de comunicación en la raigambre científica. No nos cabe la menor duda que para una mayor comprensión de estos fenómenos, debemos dirigirnos, desde el prisma arqueológico, a los primeros estadios de unidades políticas urbanas o protoestados. Al respecto, lidiaremos con el amanecer de las sociedades jerárquicas en el sudeste ibérico, a saber, el contexto de colapso del Argar durante la Edad de Bronce. Es, a nuestro juicio, clave, cuando menos, introducirnos ahí donde dio comienzo a todo lo que hoy somos; a las primeras muestras sociales de poder y desigualdad que, sin saberlo, acabaron por poner fin, de manera autodestructiva, su modelo político.

Álex García

Álex García

Referencias

Delgado, S. y Rosas, M. (2012): «De colapsos y continuidades. Una valoración conceptual de las sociedades en transición», Sostenible?, nº 13, pp. 13-29.

Diamond, J. (2006): Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen, Debate, Barcelona.

Dickinson, O. (2000): La Edad del Bronce Egea, ed. Akal, Madrid.

Dietler, M.: «The Archaeology of Colonization and the Colonization of Archaeology», Theorical Challenges from an Ancient Mediterranean Colonial Encounter, pp. 33-68.

Hernando, A. (1999): «Percepción de la realidad y prehistoria. Relación entre la construcción de la identidad y la complejidad socio-económica en los grupos humanos», Trabajos de Prehistoria nº 56, CSIC, pp. 19-35.

McAnany, P. A. y Yoffee, N. (2010): «Why we question collapse and study human resilience, ecological vulnerability, and the aftermath of Empire», Questioning Collapse, Cambridge University Press, New York, pp. 13-29.

Middleton, G. D. (2012): «Nothing Lasts Forever: Enviromental Discourses on the Collapse of Past Societies», Journal of Archaeological Research, Vol. 20, nº 3, Springer, pp. 257-307.

Roldán, J. M. (2011): Historia de Roma, ed. Universidad de Salamanca, Salamanca.

Shelmerdine, C. W. (2010): The Aegean Bronze Age, Cambridge University Press, New York.

Taibo, C. (2016): Colapso. Capitalismo terminal, transición ecosocial, ecofascismo, ed. Libros de Anarres, Buenos Aires.

Tainter, J.A. (1988): The Collapse of Complex Societies, Ed. University Cambridge Press, Cambridge.

 

[1] Objetivamente se ha utilizado este término para aquellos períodos arqueológicos con “escasos” registros de cultura material, motivado por la ausencia de escritura, una mayor simplificación en los artefactos o menor cantidad de asentamientos de carácter urbano con la consecuente despoblación y abandono de los mayores núcleos demográficos. Este concepto proyecta, en definitiva, la idea por parte de los teóricos donde la “desaparición” o “involución” de la complejidad técnica y especializada es directamente proporcional a una peor calidad de vida entre sus gentes (Middleton, 2012), lo que le otorga, sin lugar a dudas, un halo peyorativo.

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