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En el siguiente artículo pondremos todo nuestro conocimiento antropológico en el film estadounidense-sueco de Ari Aster, Midsommar, propuesta que vio la luz en 2019 bajo fondo de terror y que obtuvo numerosas críticas positivas tras su estreno.

Usar contextos culturales alternativos para estructurar una película no es nuevo. Podemos recordar a un jovencísimo George Lucas que, con sus vastas nociones sobre antropología y sociología, elaboró un universo (nunca mejor dicho) a través de toda la saga de Star Wars; un macrocosmos inspirado en la cultura oriental, pues siempre se ha dicho que los jedis eran homónimos a los samuráis del Japón feudal. Atuendos, lenguajes, etnias y tramas han formado un todo que rara vez se ha podido contemplar en las pantallas, creando una cultura nueva a partir del imaginario de su autor. No ocurre lo mismo con El Señor de los Anillos o Juego de Tronos, ya que juegan con la similitud de épocas medievales o comparativas con otras sociedades, ya sean místicas o reales.

Pero quizás el espectador no quiere ver en sus pantallas a marcianos ni a caballeros, sino que quiere ver lo que no puede ver, es decir, lo que le resulta exótico. Me viene a la mente la cinta de Ruggero Deodato que en 1980 causó un tremendo estupor en los cinéfilos: Holocausto Caníbal. Los espectadores del momento presenciaban una película de terror, pero bien podía ser un documental sobre las practicas rituales de recónditas comunidades que no tienen relación con el exterior.

Sin embargo, adentrarse en una comunidad cerrada y en comunión con la naturaleza no es nada fácil. No todos somos Castañeda. Pero el pasado año, se nos brindó la oportunidad de formar parte de una reducida congregación social de personas que, a través de su protagonista como sujeto de estudio, nos narran diversas facetas antropológicas que analizaremos a continuación.

Midsommar es una historia de transiciones. Dirigida por Ari Aster, esta producción de bajo presupuesto sumerge a los espectadores en un “paralenguaje”, en palabras de Levi-Strauss, que toma vida en la celebración del solsticio de verano en una pequeña aldea de Suecia. Si bien la película desvela un desenlace previsible desde el principio, lo interesante es viajar hacia la trama simbólica del festival y decodificar lo que se transmite sin palabras. El ritmo, no obstante, lo marcará la comunidad en la que los personajes se quieren adentrar.

Los ritos de paso de A. van Gennep servirán de base para interpretar el viaje de la protagonista, Dani, una joven que pierde a toda su familia y que ve cómo se tambalea la relación con su novio Christian. Ambos deciden ir con unos amigos a celebrar el solsticio de verano a una aldea sueca llamada Harga. Aquí, lo que pintaba como unas vacaciones idílicas, se convierte en una transición macabra que culmina con la agregación de la protagonista a un nuevo orden social. Todo un viaje marcado por la continua ingesta de drogas y por un duelo todavía no elaborado, que será clave para la implicación psicoafectiva de Dani en el ritual.

La secuencia de ritos que plantea Gennep se basa en el tránsito de una persona hacia una nueva etapa, estado o rol. Este tránsito está compuesto por tres ritos de paso: los ritos de separación; que simbolizan el apartamiento de la persona respecto a un punto o situación anterior; los ritos de margen, caracterizados por la ambigüedad de roles en la que aún no hay apropiación del espacio ni del estatus, y un tercer rito de agregación, en el que el sujeto consuma el cambio hacia un nuevo estatus o rol.

Entre el espacio ritual y el espacio corriente: el rito de separación

A Harga se llega de forma progresiva. La transición de Dani y su grupo hacia la comunidad está mediada por una experiencia alucinógena provocada por una droga. A partir de aquí, el mundo ordinario de Dani, saturado por la muerte de su familia y por una relación de pareja que no funciona, va quedando atrás para dejar paso a un nuevo escenario habilitado para celebrar el solsticio de verano.

La entrada en la aldea no puede estar más simbolizada: una estructura con forma de sol separa el mundo profano del territorio sagrado. Al cruzarla, el escenario que vemos es casi idílico. Gente acogedora vestida con túnicas blancas y coronas de flores. Para colmo, viven en un paisaje de ensueño donde todo parece estar en armonía.

Estado de margen: las capas del entendimiento

En las escenas aparecen elementos que no terminan de encajar, pero que resultan ser las piezas de una jugada bien orquestada: un oso encerrado en una jaula, un tapiz con el dibujo de un hechizo de amor y una cabaña triangular de color amarillo que, si bien no sabemos qué significa, sí nos damos cuenta de que se ve demasiado amarillo para estar en un lugar donde hay muchas horas de luz.

A medida que transcurren los días en la aldea, junto con Dani y su grupo vamos atravesando varias capas para conocer a una comunidad de la que todavía somos observadores. Y una de esas capas es el idioma. La película alterna conversaciones en inglés y en sueco, levantando así una barrera emocional intencionada entre la comunidad y el grupo de amigos. Pero el idioma no es un problema para ser parte del festival.

Como plantea Levi-Strauss, un ritual se apoya en gestos y en la manipulación de objetos para evitar el uso de la palabra. Y el Midsommar no iba a ser menos. A través del baile, los espacios y la comensalidad (entre otros elementos), el festival se comunica con los personajes y los hace partícipes de la celebración sin usar la palabra, aunque la incorpore. Esta es la comunicación que predomina en la película.

Integración: El pastel de carne y la Reina de mayo

Si algo queda claro en la comunidad es que cada cosa tiene su lugar y cada persona su rol. A medida que el grupo de amigos se reduce, el ritual va desvelando el propósito por el que Dani y Cristian fueron invitados a Harga.

La escisión definitiva de la pareja, tanto simbólica como física, se produce con dos ritos de agregación. Por un lado, Dani se corona como reina de mayo después de ser la última en bailar alrededor del Midsommarstång, una cruz adornada con flores. Según una leyenda sueca, un demonio disfrazado de músico obligó a las aldeanas a bailar hasta morir. La última en quedar en pie se coronaría como la Reina de Mayo y tendría que bendecir la tierra y los alimentos. A partir de su coronación, la comunidad da la bienvenida oficial a Dani como una miembro más del grupo. La joven adquiere un rol que implica un comportamiento acorde con las normas que rigen la comunidad.

Por otro lado, la agregación de Cristian al ritual queda en el plano sexual. El personaje cae atrapado en un rito de apareamiento que comienza cuando una local deposita bajo su cama un amuleto, imitando un cuento tradicional. Para consumarlo, la joven prepara un pastel de carne con un pelo púbico en su interior y una bebida manchada con la sangre de su menstruación. A raíz de esto, Cristian es incitado y drogado para copular con ella, dado que la comunidad determina que son astrológicamente compatibles.

A lo largo de las secuencias que componen los ritos de paso, vemos cómo Dani sustituye progresivamente el vínculo con Christian por un vínculo nuevo con la comunidad, con quien encuentra la empatía y la comprensión que le faltaba.

Llegados a este punto, la película ha puesto en orden todos los elementos que debían ser parte del festival. Ahora nos toca a nosotros, los espectadores, hacernos varias preguntas:

¿Cómo habríamos actuado ante un festival de tal magnitud? ¿Seríamos capaces de tolerar prácticas rituales que implicaran sacrificios humanos? Y, para ser más concretos, ¿tomarían sentido estas prácticas si estamos pasando por un duelo y necesitamos ser parte de un todo que mitigue nuestro dolor?

Dejaremos que el lector reflexione y responda a su manera. Por lo pronto, nos quedamos con la satisfacción de haber profundizado en un teatro en clave simbólica, en una práctica codificada que ha puesto sobre la mesa una identidad común y de la que nos queda un sabor agridulce.

Judit Pérez Soler

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