Llevaba tiempo planeando aquella escapada (podría decirse que toda una vida). El destino que les aguardaba le hacía especial ilusión, ya no por el viaje en sí (aunque disfrutaba sobremanera yendo con su inseparable Paloma), sino por las obras de arte que la ciudad a visitar atesoraba y que desde niña miraba con los ojos muy abiertos en los libros de Historia del Arte que caían en sus manos.

Así, Alejandra cuidó con mimo cada detalle de los preparativos para que su salida no sufriera ningún contratiempo. Revisó los vuelos: Asturias-Madrid, Madrid-Roma (Fiumicino); las maletas; los neceseres; el calzado, las mochilas. Estaba todo en orden. Aguardó inquieta a que pasasen los dos días que faltaban para su partida. Los aprovechó, releyendo una y mil veces las notas de todo aquello que quería visitar, los itinerarios, horarios, etc.

Llegó el día. Despertó a Paloma con un beso de buenos días, le preparó el desayuno y aguardó nerviosa el momento de salir de casa hacia el aeropuerto avilesino. Embarcaron. En algo menos de una hora estaban en Madrid-Barajas Adolfo Suárez buscando la terminal hacia Fiumicino. Tenían escasa media hora para coger el vuelo.

Llegan a Roma. Alejandra, visiblemente emocionada, aprieta fuerte la mano de Paloma. Se miran. No hace falta decir más.

En el mismo aeropuerto toman un tren. Hay una parada cerca de donde se hospedan. Escogieron el hotel “Universo” por su ubicación. Está relativamente céntrico y les permitirá moverse a pie por la ciudad (a cinco minutos de la Basílica de Santa María la Mayor -una de las cuatro mayores de Roma-).

Pese a estar rendidas, dejan el equipaje en la habitación y salen a pasear un poco. Encuentran una pequeña iglesia (Santa María de la Victoria) y entran. Alejandra sonríe para sí pues sabe qué les espera dentro (una grata sorpresa aguarda a su mujer).

Desde que a Paloma le cayese en selectividad esta pieza (hace ya algunos años), siempre soñó con tenerla delante y apreciar cada detalle (la iluminación, esa mezcla de la piedra y el metal…)

No podía haber comenzado mejor su aventura romana.

Hacen una frugal merienda-cena y se van a descansar. Les esperan días de mucho trasiego.

Tras el desayuno, se dirigen a la obligada visita al Coliseo, Foro Romano y Monte Palatino.

Terminan la jornada muy cansadas. Dedican la tarde a pasear por las calles romanas, llegando a visitar la Plaza de España o la Navona, donde aprovechan para tomar un refrigerio.

Otra de las visitas obligadas es a las Galerías Borghese. Pidieron cita con antelación (así se lo habían recomendado desde España). Sin saber a ciencia cierta si lo habrían hecho bien, se acercan caminando hasta la villa. Agosto, las 10 de la mañana y el calor ya aprieta en la ciudad eterna. Consiguen entrar sin problema y, mientras charlan animadamente viendo cada una de las salas, Alex se queda petrificada delante de una talla de marmol ante la cual le embarga un sentimiento tal que entiende en ese preciso instante lo que es el síndrome de Stendhal. Está frente a “El rapto de Proserpina”. Sus ojos se han anegado sin poder hacer nada por remediarlo. Intenta calmarse. Respira hondo. Disfruta el momento.

Siempre admiró la perfección de Bernini, pero nunca pensó que llegara al extremo de ¡temer! que Plutón (Hades) se diera la vuelta y le fuera a decir algo (tal era la exquisitez de la escultura). ¿Y Cerbero? Aún hoy se estremece recordando la mirada del temible can.

Tras lo vivido, poco podía llamar su atención. Ni tan siquiera el “Apolo y Dafne” (también de Bernini), sito en la misma galería, que se había cansado de ver en sus libros de texto.

En sucesivos días, más visitas las llenaron de sorpresa y gozo. Ni que decir tiene, que entre éstas estaba la visita al Vaticano. Tremendo alarde de obras de arte. Llegó un punto, en que no sabían ni a dónde mirar. (Tema aparte merece esta excursión -quizá algún día vea la luz esta historia-).

Se acercaba el final del viaje. Con pesar, prepararon el equipaje, revisaron los billetes de avión y se dispusieron a tratar de descansar lo máximo posible para afrontar lo más enteras posibles el regreso a España.

Ya en casa, satisfechas con su andadura italiana, pasaron muchas de las noches de tertulia rememorando sus andanzas y prometiendo volver, no tardando mucho.

Puri Ramos

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