La Prehistoria fue la época en la que, gracias a la evolución cognitiva, se forjó a fuego lento nuestra conducta. ¿Cómo han influido las emociones en este proceso? Para su localización, solo podemos aplicar métodos indirectos. Ya sea analizando las conductas que estén directamente relacionadas con las emociones, o aquellas para cuya realización sea necesaria alguna manifestación emocional.  Por ello, vamos a poner como ejemplo aquellas conductas en las que sea necesaria la empatía para su realización.

La empatía se podría definir como la capacidad que tenemos de ponernos en el lugar de alguien y comprender lo que siente o piensa. Esto te permite conocer los sentimientos de otra persona, incluso sentir lo que el otro está sintiendo, llevando al individuo a responder compasivamente a los problemas que le aquejan. Sabemos que durante la Prehistoria las comunidades cuidaban de todos sus miembros, incluidos los más débiles y menos productivos. Personas con limitaciones físicas muy severas fueron alimentadas, cuidadas, abrigadas e incluso transportadas de un asentamiento a otro. Algunos vestigios arqueológicos nos cuentan historias llenas de luz, compasión y ternura. Nos abre una ventana al lado más amable de una sociedad que vivía en un entorno despiadado, pero cuya empatía y generosidad provocaron que sobrevivieran con mayor facilidad en ese mundo.

Comenzamos con la historia de Nandy (Shanidar I, Kurdistán iraquí), un neandertal que vivió hace unos 40.000 años con graves lesiones. Sus huesos fueron hallados en 1957 y fue posible documentar que había sufrido severas lesiones a lo largo de su vida. Pero un reciente estudio publicado por Plos Once por el equipo del profesor de Antropología de la Universidad de Washington, Erik Trinkaus, Shanidar I presenta una numerosa colección de patologías. Padecía parálisis en una pierna y un brazo, era sordo y ciego de un ojo. Seguramente Nandy fue agredido por un congénere, o sufrió un accidente de caza a una edad temprana dejándole lisiado de por vida.  Aun así, los restos nos cuentan que vivió hasta pasados los 40, lo que necesariamente implica la cooperación y los cuidados por parte del grupo neandertal con el que convivió.

Trikanus ha declarado que “su sordera lo habría hecho presa fácil de los omnipresentes carnívoros de su entorno y dependía de otros miembros de su grupo social para sobrevivir”:

Igualmente, otro neandertal conocido como “El viejo”, fue descubierto en 1908 en el yacimiento de La Chapelle aux Saints. Encontraron los restos cuidadosamente enterrados de un varón de entre 25 y 40 años que vivió hace entre 60.000 y 50.000 años. Investigaciones posteriores revelaron que “El viejo” tuvo muchos achaques antes de morir. Sufría de la falta de varios dientes y de una enfermedad periodontal grave que le impediría comer con normalidad, a lo que se sumaba una artritis mandibular, osteoartritis en algunas vértebras y en los hombros, una fractura costal y un problema degenerativo en el pie derecho. Además, sufría una degeneración aguda en la cadera derecha, una patología grave que sin duda le produciría mucho dolor.

Con todas estas dolencias, su papel dentro de la comunidad se vería mermado, pero esto no significó que los suyos lo abandonaran. De hecho, fue cuidado hasta su muerte, siendo muy probable que le tuvieran que masticar la comida para poder alimentarse. ¿Podemos imaginar a aquella tribu cargando con “El viejo” de un campamento a otro, o eligiendo los alimentos cuidadosamente para su dolorida boca? Esta actitud compasiva hacia los enfermos y heridos demuestra que los neandertales sentían emociones. Puede que fueran emociones más simples que las nuestras o puede que tuvieran sentimientos que nosotros no tenemos.

Según el estudio tradicional de la psicología podemos distinguir seis emociones básicas: alegría, miedo, asco, ira, sorpresa y tristeza. ¿Cuáles de estas emociones sentían nuestros ancestros? ¿Podrían tener una emoción más compleja como enamorarse? Dados los vestigios arqueológicos parece que sentían miedo, enojo, alegría y felicidad con seguridad, pero también emociones más complejas como culpa o compasión. Aunque, con las investigaciones actuales, no es posible saber a ciencia cierta si los neandertales lloraban a sus muertos, se enamoraban o se conmovían al tener en brazos a su bebé, los registros fósiles si nos muestran que fue una especie compleja y sofisticada.

Como ejemplo de nuestra especie, encontramos a Romito 2.  En 1963, el arqueólogo Paolo Graziosi descubrió en una gruta en la parte sur de los Apeninos (Italia) un enterramiento doble donde parecía que el cuerpo más grande abrazaba al más pequeño. Años más tarde, se determinó que era un joven de unos veinte años con una anómala enfermedad. Vivió hace 12.000 años y padecía displasia acromesomélica, una extraña enfermedad que causaba que sus extremidades fueran más cortas de lo normal y no superara los 1, 20 metros de altura. A pesar de que seguramente no pudiera cazar, ni recolectar frutos, no fue abandonado. Murió con 20 años con todas sus necesidades cubiertas y recibió un entierro igual de digno que el resto de miembros de la comunidad.

El aislamiento de la cueva de Romito pudo ocasionar algunos casos de endogamia. Esta enfermedad es un trastorno autosómico recesivo de origen genético, por lo que es muy probable que los padres se lo transmitieran, aunque ellos no estuvieran afectados por dicha enfermedad. Se baraja la posibilidad, a espera de un análisis de ADN, de que el individuo que abraza a Romito fuera la madre del joven.

Debió recibir cuidados especiales en su infancia para asegurarse de que no se quedara atrás y los análisis indican que recibió la misma dieta rica en carne, a pesar de no poder contribuir directamente a conseguirla. Además, su entierro muestra el mismo respeto expresado al resto de los enterrados en la gruta. Esto sugiere que todos los miembros eran valorados y pone de relieve una sociedad en la que debían ofrecer asistencia a quién lo necesitara de forma habitual.

Estos ejemplos, no son los únicos asombrosos instantes fosilizados en el tiempo, sino que hay otras evidencias de generosidad y compasión hacia los miembros más afectados de la tribu por problemas de salud. Así pues, nos llega un mensaje desde las Prehistoria en el que nos pone cara a cara con lo que somos, mostrando rasgos de humanidad tanto en nuestra especie como en otras especies de homónimos ya extintas. Esto nos produce una extraña sensación de asombro y reconocimiento al mismo tiempo, poniendo de manifiesto que la supervivencia fue posible gracias a la generosidad, ternura y cariño del grupo.

Victoria Alonso Yanes

Imagen portada: https://sites.google.com/site/caeremoniahistorica/1-prehistoria/orghanizacion

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