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Francis Fukuyama escribió en 1992 “El Fin de la Historia y el último hombre” allí manejaba la tesis de que la historia entendida como la lucha entre dos sistemas socioeconómicos que combaten por imponerse había llegado a su fin, tras la caída del bloque soviético, el capitalismo había vencido y solo quedaba encontrar una fórmula que hiciera sostenible el sistema de manera global, humanizarlo y que se viera beneficiado por él la mayoría de la población mundial.

En 2024 el capitalismo copa la totalidad del territorio mundial donde, incluso, los países, (mal)denominados comunistas han entrado en la órbita del libre mercado de una u otra forma. Desde que en los años ochenta Reagan y Thacther comenzaran el desmantelamiento de lo que se conoció como el “Estado del Bienestar”, la corriente económica del capitalismo más salvaje, el neoliberalismo, se ha impuesto y a duras penas se mantienen los servicios públicos a los que accedían la mayoría de la clase trabajadora.

La clase trabajadora ha perdido su identidad, y actualmente la mayoría de aquellos que viven gracias a la venta de su fuerza de trabajo, se autodenomina “clase media”, un concepto difuso en el que cabe todo aquel que no se encuentra en los márgenes de la sociedad. El espectro ideológico ha girado hacia el margen derecho de tal forma que los aquellos que defiendes políticas Keynesianas son “acusados” de “comunistas”.

Un número significativo de personas se manifiestan desencantadas con la política y los partidos políticos han sido tomados por “políticos profesionales” que lejos de trabajar por una sociedad mejor, tienen como objetivo medrar en el sistema y en las estructuras de su propio partido.

La satisfacción inmediata de necesidades superfluas se consiguen a través de “likes” en las redes sociales, mostramos intimidades con personas que no nos conocen y a las que no les importamos, vamos de compras de sin salir de casa, Google nos recomienda qué visitar cuando hacemos un viaje, instalamos aplicaciones en nuestros teléfonos móviles que analizan nuestras rutinas con el único objetivo de vendernos aquellas cosas que queremos, y solo tenemos que echar un vistazo al móvil para darnos cuenta que tenemos razón en todo aquello en lo que creemos.

Las luchas sociales se han difuminado y marginalizado, todos los movimientos (feminismo, LGTBIQ, ecologismo, antirracismo…) independientemente de sus objetivos, mantienen una corriente en la que se han adaptado al sistema socioeconómico, buscan adaptarse a un sistema en el que, con casi toda seguridad, nacen las raíces de lo que quieren erradicar, sin generar las sinergias necesarias entre colectivos, buscando insertarse en el sistema en vez de derrocarlo.

Miles de personas huyen de las guerras provocadas para tener el control sobre el mercado de minerales, agua, bosques… tan necesarios para mantener un sistema extractivo como el capitalista y del mismo modo, la mitad de la población tiene problemas de obesidad mientras la otra mitad muere literalmente de hambre.

Los filósofos actuales, realizan análisis extraordinarios sobre la sociedad actual, ponen el foco en los problemas generados por el consumismo, la degradación del planeta, las carencias básicas de una parte importante de los ciudadanos… pero ninguno expone alternativas de cambio. ¡Hasta las personas que se dedican a cuestionar la realidad han aceptado el capitalismo como la única vía posible!

La pregunta que deberíamos responder ¿queda alguien a quien todo esto le siga importando?

“Ningún “orden” soportaría el que los oprimidos empezasen a decir ¿por qué?” Paulo Freire

 

Manuel Carmona

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