Hacemos balance de un año totalmente negro para la cultura española, donde muchas limitaciones nos han sido impuestas a causa del covid19 y para no poner en riesgo la salud de ningún ciudadano han obligado a cambiar nuestra conducta, nuestra vida y nuestra costumbre. Habíamos pasado de tener todo tipo de libertades culturales, a que estas sean redefinidas de una forma en la que el sujeto cultural ha sido eliminado.

Han pasado casi 7 meses desde que conocemos nuestra nueva y decrépita realidad, y si miramos los datos del virus, nos damos cuenta de que aún no sabemos nada de él. No sabemos cuándo bajará la curva de contagios, no sabemos identificar de forma prematura los síntomas, no sabemos ni siquiera si los niños podrán mantenerse sin riesgo en los colegios… ¿habrá una vacuna pronto? ¿Cuándo podremos recuperar la vida de antes, sin peligro y sin ser foco u objetivo de contagio?

Está siendo un año considerablemente negro para todos los sectores del país. La economía hace malabares por no caer, la sociedad sigue unas reglas para no enfermar y los políticos siguen empeñados en pelearse entre ellos sin buscar una solución que satisfaga a todos los ciudadanos. Sin embargo, un sector se ha visto claramente golpeado por la violencia de la pandemia, con la que habíamos convivido momento a momento y no pensábamos que, tras haber sido este sector arrebatado, íbamos a ser tan pobres; ha sido la parte que le corresponde a la cultura.

La cultura forma parte de la persona, de su idiosincrasia como ser social que se mueve en un entorno determinado. No hablo de cultura como acto eventual que organiza una localidad, sino cultura como acto social que convierte a la persona en sujeto y agente de las acciones que le rodean. Hablo de la rutina, de la costumbre, de la vida diaria…hablo de una reeducación al ser humano.

La persona ha tenido que modificar de forma considerable su cultura de la noche a la mañana, bajo una adaptación impuesta por las élites que le gobiernan: primero fue quedarse confinado, luego salir a unas horas determinadas y, por último, adoptar un modo de vida que le era inusual donde la mascarilla sería un complemente obligatorio en la vestimenta. Lo veíamos lejos y, absurdo hasta cierto punto, pero finalmente se ha implantado en nuestra vida como salvavidas… o incluso, ¿hay quien cree que solo se usa para salvarnos de las sanciones?

Hemos dejado de ser sujetos de nuestra cultura porque inmediatamente, nos hemos visto privados de nuestras costumbres, de nuestra vida social… de nuestra vida cultural. Hemos aprendido a saludar con el codo, pero recientes estudios afirman que saludar con el codo puede suponer contagios… ahora saludamos con la mano en el corazón como un gladiador que cada vez que sale a la calle se la juega entre leones. Entonces ¿sí somos sujetos culturales, pero no de nuestra comunidad sino del gobierno? ¿o quizás somos sujetos de las leyes y de los gobernantes?

Hemos dejado de sujetar nuestro arraigo, nuestra tradición por sobrevivir. Por sentirnos mejor como ser social pero peor como ser cultural. Hemos cancelado eventos por la seguridad de los nuestros, pero aún siguen saliendo incoherencias mundanas… ¿por qué un trabajador de una cadena de comida rápida, explotado y ajetreado, tiene que limpiar una mesa cada vez que comemos, pero un asesor de banco no puede hacerlo cada vez que sacamos dinero de un cajero? ¿o de un parquímetro de zona azul? ¿por qué limitamos el ocio hasta cierta hora, pero no se fomenta la participación ciudadana para que estos puedan dejar capital entre sus calles? ¿porque los artistas de este país tienen que ver reducidos sus bolos y espectáculos, pero se promueven las manifestaciones negacionistas? ¿Por qué los niños asisten al colegio y los gobernantes se siguen reuniendo por videoconferencia?

Alguien puede argumentar que el gobierno tiene una visión idílica de la recuperación tras los tres meses de confinamiento, pero no olvidemos que esa visión es tan platónica como diferenciadora, ya que la separación estratificada de las clases muestra su cara más invisible… Quien tiene dinero se mantiene y quien no tiene… pues se jode.

¿Es que acaso vivimos en un mito de la caverna constante, donde las élites nos quieren mostrar una realidad tergiversada? ¿vivimos en ignorancia ante un virus que solo unos pocos saben gestionar? Mientras nos quedamos en casa, pensando en no contagiarnos, nos vamos quedamos sin negocios, sin socialidad, sin cultura…Pero quizás la figura que vemos proyectada en la caverna es el coronavirus… ¿Qué le importará al gobierno que tu empresa quiebre o tu negocio cierre a la 1:00?… esa es la cultura que quieren imponernos, y no la cultura de promover que se conviva con el virus, pero con una repercusión para todos.

Aun así, el obrero, el currante, el padre de familia trabadora o la madre que lucha por mantener una casa siguen manteniendo su cultura. La cultura impuesta, y que no puede redirigir como se ha redirigido la tradición. La cultura de enseñarles a sus hijos a ser tolerantes y respetuosos con la seguridad; la cultura de respetar lo que los demás imponen; la cultura de llamar, preguntar por los demás; fomentar el amor y la empatía por los que son de su misma condición…

Las navidades están a la vuelta de la esquina… ¿cómo serán los reencuentros?, ¿cómo jugar con las ilusiones de los niños, si hemos procurado este tiempo que en el colegio no puedan disfrutar de la compañía y la cooperación educativa entre ellos mismos? ¿cómo serán las reuniones familiares bajo una limitada cifra? Nuestra adaptación en la dimensión emotiva puede ser extraordinaria, todo sea por la seguridad de todos y todas.

Éramos ricos, ricos socialmente y quizás ni lo sabíamos, pero ahora nos hemos visto privados de todo lo que nos convertía en un ser social. Teníamos una riqueza cultural avasallante, donde el español o en mi caso, el andaluz vivía la vida sin preocuparse de llegar a fin de mes o disfrutando de los beneficios que tiene tomarse una cerveza en buena compañía a pie de playa.

Y si al llegar hasta aquí, piensas que este texto es negacionista, estas muy equivocado. Este texto lo único que reclama es justicia e igualdad para todos. Justicia e igualdad para que no exista la estratificación… ahora que, llegado el invierno, no es justo ver como la calle se llena de cigarras mientras las hormigas malviven en sus casas.

Solo espero, que esta cultura impuesta pronto desaparezca, y podamos acudir al bar, besar, despedir, tocar y disfrutar de la vida… solo ahí, recuperaremos nuestra cultura para enseñársela a los que son sujetos de ella.

Daniel Pérez Madueño

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