Es bastante habitual que el público en general observe determinados rituales, símbolos y sus comportamientos como un espectáculo atractivo, o no, y que no se pregunte mucho más sobre las razones o imbricaciones con otros aspectos que conforman ese grupo en concreto, que le otorgan sentido y que van más allá de la simple contemplación o degustación de esa rareza, de esa tradición. Así mismo también es bastante habitual la apelación, cada vez mayor, de tradiciones, costumbres, comidas, rituales, y en definitiva de toda suerte de manifestaciones que se consideran únicas, antiguas (eso es muy importante) e identificativas de un determinado lugar o de una determinada sociedad, grupo, o zona geográfica. Y tan habitual es, tan generalizada está esta forma de mostrar determinados aspectos de una vida pretendidamente ancestral que incluso en la vieja Europa; fuente del imperialismo, de la colonización, de la occidentalización del mundo, de la globalización y además sin indígenas de por medio a los cuales estudiar, se vuelve la vista hacia ese espacio que hay entre las grandes ciudades, en los márgenes de las autopistas, o lo que es aún más aventurero, allí donde solo llegan las carreteras de doble sentido.

El fenómeno no es nuevo, aunque no lo creamos. La Etnología alemana (en un principio la denominación “Antropología” como tal estaba reservada a la que hoy en día conocemos como Antropología Física o Forense) volvió su mirada a la vida rural como contrapunto a la sociedad urbana de la revolución industrial y en plena efervescencia de cambios. El imaginario colectivo quería ver en ella todas aquellas virtudes y estabilidad que, pretendidamente, se habían perdido con el fin del Antiguo Régimen y la desaparición de los usos y costumbres “tradicionales”. Por supuesto estamos hablando de los términos “Volskunde” (Etnología, con una marcada faceta de folclore de los pueblos europeos) y “Völkerkunde” (que se podría asociar a la Antropología Social y Cultural actual), en el caso de Volskunde hoy en día tiene la denominación oficial de “Europäische Ethnologie o Kulturwissenschaft”.

Quizá lo que es nuevo hoy en día es la forma en la que desde diferentes ámbitos de comunicación se vende, y digo bien, se vende, aunque no siempre de forma directa, el concepto tradicional, rústico y alternativo de todo aquello que puede acabar en una estancia de turismo rural y/o una escapada puntual para degustar una tradición, sea ésta la que sea.

España, que hasta las décadas de 1950 y 1960 del pasado siglo fue un país eminentemente agrícola no tuvo que volver la mirada al mundo rural, al menos no de forma generalizada, simplemente vivía en él. No fue hasta prácticamente la última década del siglo XX que no se empezó, en diferentes lugares de la geografía nacional y de forma más o menos generalizada, a intentar registrar y recoger todo tipo de manifestaciones culturales: idiomas, dialectos, modismos del habla, léxico, música y sus instrumentos tradicionales, rituales, gastronomía, usos agrícolas, forestales, ganaderos y un largo etcétera de comportamientos que simplemente habían caído en el olvido por el desuso y el abandono del medio. Es muy importante poner en perspectiva que ha experimentado desde la época del “Desarrollismo” un cambio sociológico drástico que ha convertido y concentrado la población en algunas ciudades y sus conurbaciones. La España urbana, ahora, mira a las zonas rurales como a finales del siglo XIX lo empezaron a hacer los etnólogos alemanes.

También es importante hacer hincapié en la enorme paradoja que se produce en este país de grandes contrastes poblacionales. Para ello baste señalar y recalcar la diferencia existente en el crecimiento imparable de las zonas que fueron industriales y que ahora albergan, además, las empresas más punteras en última tecnología y los servicios de todo tipo: salud, ocio, educacional, administrativos y nuevas tendencias del mercado globalizado, con el enorme vacío de las zonas intermedias entre éstas.

Como ejemplo paradigmático… es posible que existan personas dentro de esa España actual y urbana que todavía no hayan oído hablar, leído o visto alguna noticia referente o referida a la “Serranía Celtibérica”. Si, en cambio, hablamos del concepto “España vaciada” es posible que el número de personas que sepan asociarlo al mundo rural despoblado y/o en las fases finales del periodo de despoblamiento, crezca. Por último, si a ese concepto más conocido, “España vaciada” le añadimos un dato más, la zona con menor densidad de población por kilómetro cuadrado de toda Europa, incluida Laponia, creo que podremos llegar a hacernos una idea aproximada de lo despoblado que puede llegar a estar. Así pues, se puede entender fácilmente que incluso dentro del territorio “vaciado” existen clases y/o niveles.

Es esa Serranía Celtibérica, también llamada “Laponia del sur de Europa”, el territorio más despoblado de toda la Unión Europea. Ese territorio comprende, y seguro que algunas provincias causan sorpresas: el interior de la provincia de Valencia y Castellón, las provincias de Cuenca, Teruel, Soria, Guadalajara, La Rioja, parte de la provincia de Zaragoza y parte de la de Burgos y Segovia. Grosso Modo, es un continuo del sistema montañoso Ibérico. Una tierra con no demasiados recursos naturales apetecibles en este momento, un clima duro, una orografía escarpada y que siempre ha sufrido un aislamiento importante respecto a las tierras cercanas con alguna variable de las citadas más benigna.

La paradoja cultural, porque lo es, se conforma en la actual mirada romántica, idealizada y cargada de ensoñación de las nuevas generaciones residentes en las ciudades, que cómo si de un imán se tratase devoran todo aquello que sus abuelos abandonaron y dejaron atrás, buscando una vida mejor. Lejos queda para ellos, acostumbrados a tener a su alcance recursos más que necesarios para satisfacer sus necesidades, la presión social propia de los núcleos pequeños de población, la estratificación fija y dura del poderoso local, los problemas derivados de una mala cosecha, de la muerte repentina de parte del ganado. Lejos quedan los aspectos básicos de la supervivencia, el reflejo simbólico de esa lucha, las solidaridades necesarias, la dependencia e inclusión total en el grupo o comunidad, las normas rígidas de convivencia.

Esos espacios rurales, cargados de pretendida sabiduría popular, remansos de paz y dónde la vida se antoja “natural”, ejercen un poder de atracción tal que el urbanita asume, paladea y añora sin haberlo vivido jamás y, por supuesto, sin molestarse en indagar en la trastienda social y cultural que realmente lo sustentaba. Busca esas tradiciones que les parecen exóticas, prueban comidas que antaño eran de pura supervivencia, se regodean con paisajes que, y esto puede extrañar un poco, tampoco son los que hubo en el tiempo en que los recursos materiales y forestales tenían otros usos más allá de los paisajísticos. En definitiva, comparan su vida cargada de enormes presiones, rutina, obligaciones, alta velocidad, masificaciones y cualquier otro aspecto que se pueda asociar a la negatividad del momento que les ha tocado vivir con la imagen idealizada que se forman y se les vende.

Quizá no sea más que una forma de evasión. Quizás alguien pueda verlo como un acto reflejo y de rebelión contra el sistema cultural capitalista y global que domina en este momento. O quizá no sea más que otra manifestación de la lucha continua entre “naturaleza” y “cultura” en la que estamos enfrascados desde siempre. El caso, es que ya sea porque el público así lo demanda, ya sea porque la visión de quién suministra los conceptos culturales así lo quiere, o ya sea por la suma de los dos, la imagen distorsionada de las culturas rurales que se le ofrece al gran público no es, ni de lejos, aquella que estuvo en vigor en su momento.

Carlos Marqués Lacalle

Carlos Marqués Lacalle

Imágenes

Portada: Imagen de Paul Brennan Pixabay

Mapa Serranía Celtibérica:

https://arainfo.org/wordpress/wp-content/uploads/2017/11/serrania.jpg

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