A lo largo de la carrera de Antropología Social y Cultural, han pasado por mi mesa de estudio manuales de todo tipo, están los que eran interesantes, esos de lo que uno se queda con ganas de que no terminen nunca; también están esos manuales tan densos en los que uno literalmente ofrece su alma al tutor, con el fin de aprobar la asignatura. Asignaturas que por otra parte uno se pregunta, ¿de qué me sirven? Como aquella que me costó tres matrículas aprobar y que terminé odiando y borrando de mi mente. Entre esos manuales encontramos algunos que son auténticas guías para hacer trabajo de campo, como El Taller del Etnógrafo, de Rada. Y qué decir de esas etnografías, que entran en los temarios. Algunas son maravillosas, otras un tanto desconcertantes.

Luego están las jornadas de antropología, asistí a un en especial que no olvidaré, sobre todo porque cometí el error de sentarme junto al señor decano de la Complutense y solté una que otra maravillosa frase de esas que a veces digo sin pensar. Pero también, porque uno de los ponentes, presentó un trabajo en el cual su etnografía se desarrollaba en torno a la figura fósil de una tortuga.

Salí pensando ¿qué es lo que pasa por la mente de los antropólogos? Una tortuga, da para hacer una etnografía, que por otro lado era sencilla y hermosa. De las ponencias de ese día que más me gustaron. Junto con la comida que compartí con el señor decano, el cual me dijo: usted tiene que leer mucha etnografía.

Pues bien, como sabemos existe la antropología de sillón y la de campo y, por supuesto, la combinación de la dos. Los trabajos que realizamos al hacer el grado son incipientes en comparación a lo que es verdaderamente en trabajo antropológico. Los manuales nos dan las pautas, pero no nos preparan para enfrentar los conflictos que se desarrollan a lo largo del trabajo.

Hay un antropólogo que escribió sus experiencias en el trabajo de campo, seguramente habrá más de este, pero yo solo he leído El antropólogo Inocente, de Nigel Barley, es un libro bastante divertido.

Pues bien, a continuación, quiero relatar mi experiencia como aprendiz de antropología, en el intento de hacer trabajo de campo.

Viajé a México el pasado mes de octubre (2019) con la intención de visitar a mi familia y de paso asistir a la fiesta de los muertos en una comunidad.

Yo viví en la comunidad hace muchos años y estuve asistiendo a todas fiestas de la comunidad y de las comunidades vecinas. Tenía yo 13 años y conservo algunas notas de ese tiempo. Creo que desde entonces quise ser antropóloga. Aunque por algunas cuestiones de entorno cultural y socioeconómico (los términos que se pueden usar en antropología) empecé a estudiar antropología hace relativamente poco tiempo.

Pues bien, yo tenía idealizada aquella etapa de mi vida y quería volver a vivir la experiencia de estar en una fiesta de muertos. Claro está, han pasado más de veinte años y aquello ha cambiado. Y después de asistir a la fiesta, empiezo a dudar de mis propios recuerdos.

Como ya había comentado a algunos compañeros que iba a ir, en la comunidad me esperaban. El primer error en cuanto llegué fue no poder decir que no al alojamiento que me ofrecía mi prima. Y es que otra familia había preparado una habitación para mí, cosa que no supe hasta que al otro día fui a visitar a esa familia y me dijeron que habían trabajado para preparar la habitación. Prometí que después de visitar otra comunidad en la que me quedaría unos días, me quedaría con ellos. (Al final no me quede con ellos)

Llegó el día en que se pone la primera ofrenda y yo quería visitar a las casas y ver los altares. Esta familia con la cual no me quedé, me llevaron a la casa de la abuela, vi como puso la ofrenda y a continuación empezamos a platicar. Fue una velada hermosa. Me contaron muchas historias.  El momento incómodo fue cuando, me preguntaron por mi vida personal, y se sorprendieron porque no tengo hijos. La abuela me dijo que había un curandero que podía curarme para quedar embarazada. Se lo agradecí mucho.

Al regresar a casa, llegó el momento de ir a dormir, pues bien, me aseguraron que de noche no hacía frio y me dieron una manta, tengo que decir que tuve que dormir a ras de colchón y con el forro polar puesto, en realidad dormí poco. Además del frio, aquella habitación estaba tan oscura que, si ponía mi mano frente a mi cara, no la veía. La dueña de casa de dejo una veladora por si no quería dormir a oscuras. La veladora tenía solo el fondo del vaso con cera, no duro ni diez minutos.

El siguiente día era el de más actividad en las ofrendas, se ofrendaba a todos los difuntos. El molino de la casa empezó a funcionar a las cinco de la mañana, yo estaba despierta, dado que tenía el horario cambiado y tenía frío. Fui a ver como molían el maíz, a esa hora ya había un buen grupo de mujeres esperando para moler y el pueblo olía a humo de los fogones de cada casa. Aproveché para pedir a algunas mujeres si podía ir a ver su altar, aceptaron muy contentas. El pueblo es pequeño y en ese momento todos sabían que yo había llegado desde España.

Llevé conmigo mi cámara de fotos, mi grabadora y todas las ilusiones que da saber, que pondrás en práctica aquello que dicen los manuales. Por el camino a la primera casa, saludé a las personas que conocía de hace años, pedí permiso para tomar algunas fotos. Recibí algunas respuestas como: mi altar no es bonito. Aun así, me dejaron hacer las fotos en todas las casas a donde fui.

En la primera casa llegué, estaba reunida la familia entera para poner el desayuno en el altar. Los acompañe y estuvimos platicando un rato. La ofrenda se deja un tiempo, el que considera oportuno la dueña de casa y después todos comen en el altar. Pues bien, a la aprendiza de antropóloga le dieron la taza que más bien parecía jarro, con chocolate, en verdad estaba esquisto, sino fuera porque soy intolerante a la lactosa, todo habría ido bien. No hubo manera de convencerlos que no podía tomármelo, cuando dije lo de la intolerancia, me aseguraron que esa leche no me haría mal, porque era recién ordeñada. Hay veces que se hacen cosas por ser aceptada en algún grupo, pues bien, yo, me tome aquella jarra de chocolate con leche recién ordeñada.

Ese día visité nueve casas, en todas me ofrecieron algo de comer, en todas comí como buena invitada y como forma de agradecer lo que ofrecen. En esta comunidad la dieta diaria es a base de frijoles, salsa de chile y tortillas de maíz, todo acompañado siempre de café. Así que estos días de fiesta, hacen un verdadero sacrificio económico para preparar lo que se ofrenda, también aplican el parentesco y compadrazgo para conseguir lo que se ocupara para ofrendar. La aprendiza de antropóloga no iba a menospreciar, lo que se le ofrecía.

Quiero decir que, pese a los incidentes mencionados, que ahora me parecen graciosos, ese día fue maravilloso, escuche muchas historias de vida, me dejaron invadir el espacio privado de su casa con todas mis preguntas, me dejaron participar no solo comiendo, sino sahumando la ofrenda a sus muertos, me mencionaron en su lengua, pidieron a sus muertos que me cuidaran y recordamos juntos la vida y la muerte de mi abuela. Entre la ofrenda de medio día y la de la tarde, una señora me dijo que, si quería, me acompañaba al cementerio. Se tiene la creencia de que no puedes ir sola.

Estando en el cementerio me contaron historias que la antropología cataloga como ritos de paso. Entonces entendí que las madrugadas dedicadas a estudiar han valido la pena. Entonces entendí, porqué la antropología cambia a quien la estudia, y entendí porque se puede usar el fósil de una tortuga para hacer una etnografía completa.

Los tres días que duró la fiesta fueron inolvidables. Mi intención era quedarme a la última ofrenda que se celebraría ocho días después. Entre tanto visité algunas comunidades. Una de las comunidades esta solo a siete kilómetros, yo podía ir caminando, sin embargo, me encontré con que nadie veía bien que una mujer fuera sola caminando a la otra comunidad. La única forma de salir de la comunidad es en las camionetas de carga, ya que no hay transporte público. Pues bien, el dueño de casa fue por la noche a hablar con el de la camioneta para que me guardara un sitio en la cabina. La camioneta salió a las siete de la mañana, y pese a que solo son siete kilómetros, tardó cuarenta minutos en llegar. En parte por el mal estado de la carretera y por el sobre peso que llevaba. Al subir a la camioneta encontré que, en un asiento para dos, íbamos cuatro, pero eso era lo de menos. Yo estaba ya dentro de la camioneta cuando llevaron a una mujer enferma, la llevaban a la ciudad más cercana. En la cabina de la camioneta iban solo señoras mayores así que yo me bajé para darle el lugar a la enferma, no bien lo acababa de hacer cuando se formó una discusión, no querían que yo dejara mi lugar, una señora muy mayor dijo que ella se iba atrás con los hombres, a lo que yo insistí en que yo podía hacerlo, a lo cual contestaron todas que no y que no. Terminé sentada en medio de la mujer enferma y otra señora dentro de la cabina, sintiéndome miserable y viendo de reojo como la señora mayor no podía subir a la parte de atrás.

Llegué a casa de un artesano para recoger unas máscaras de una danza: Los Negros. El artesano no estaba, yo le había dicho días antes que iría ese día. Por cierto, en esos pueblos la cobertura telefónica es muy escasa, uno puede terminar entre las tumbas o en medio de la iglesia buscando señal. Me dio las señas para llegar, me dijo, en la calle junto al campo deportivo en una casa que tiene plataneras en la entrada. Busqué el campo, lo vi, vi la calle y a continuación vi que, casi todas las casas tenían plataneras. Entonces probé en la primera, salieron los perros ladrando a continuación se les unieron los de la vecina y así sucesivamente. Eso ayudó a que la esposa del artesano se enterara de que yo había llegado. Los perros, me dijo: solo se alborotan cuando llega alguien extraño.

El artesano, no estaba en casa, había madrugado a fumigar la milpa. La esposa me recibió muy contenta y me interrogó cual detective, acerca de mi vida y de España en general. Le parecía maravilloso que habláramos el mismo español estando del otro lado del mundo, como dijo ella.

Esa mañana estaba muy nublada y estaba entrando lo que ellos llaman el norte, que es como una borrasca, con viento, frío y lluvia que, no para en días. En cuanto llegó el artesano, me enseñó su pequeño taller y algunas máscaras y bastones tenía hechos. La conversación se fue alargando y empezó a llover. Entonces me ofrecieron de almorzar (el almuerzo se acostumbra a tomar a las once de la mañana) como casi en la mayoría de los pueblos, los hombres comen primero y ya después los niños y mujeres. En este caso, la aprendiza de antropóloga comería con el artesano. El almuerzo consistió en enchiladas (tortillas de maíz con salsa de tomate) y en un poco de carne guisada. Casi al terminar el almuerzo, me preguntaron si me gustaba la carne de campo. A lo cual respondí que creía que sí. Entonces me dice aquí la provechamos, ahora que se está empezando a sembrar. Entonces pregunté que, cuál era la carne de campo, esta que se está comiendo, es de mapache me dijo. Por mi cabeza pasó Marvin Harris y su libro: Bueno Para Comer.

A causa de la lluvia, y del mapache guisado, se me pasaron las camionetas que iban al pueblo. Yo me quede sin saber cómo regresar, la única forma era caminando. En eso estaba cuando me alcanzó una camioneta de una familia que iba al pueblo y me llevaron. Esa noche soñé que yo intentaba trepar a una camioneta y un mapache tiraba de mi pie con sus pequeñas manos.

El último día de mi estancia, fui a la comunidad de Zaragoza, de la que ya anteriormente hice una publicación. Ahí un señor, el abuelo Juan, que apenas sabe leer y escribir, derribó con una pregunta lo que yo daba por bien aprendido.

¿Pero usted, qué estudia?

La respuesta y la conversación que surgió dan para escribir otro artículo.

Me permitieron estar en la curación de las máscaras y me invitaron a formar parte del ritual. Resumiendo, se trataba de dar vueltas a la ofrenda diciendo y agradeciendo estar ahí, para finalizar había que tomar aguardiente y escupirlo. La aprendiza de antropóloga se lo tragó dos veces y a la tercera logró escupirlo. Posteriormente subimos a un cerro y fue    verdaderamente maravilloso estar ahí compartiendo ese momento.

Tengo muchas anécdotas que contar, mi grabadora está llena de voces contando historias, de risas de niños que querían escuchar su voz. Mi cámara está llena de fotografías de altares, de mujeres que lavan maíz antes de las cinco de la mañana, de hombres que trabajan la tierra. Mi cámara está llena de rostros que luchan día a día por conservar sus tradiciones. Se niegan a que lo moderno, como ellos dicen, les arranque lo que les enseñaron sus padres. En mi grabadora hay preguntas, hay sonidos de música, como la de la Jarana de don José o el abuelo Juan.

En mi diario de campo hay anotaciones borrosas, por los días de lluvia, anotaciones rápidas, ideas, dibujos de niños que quisieron darme un recuerdo. En mi mente están todas las vivencias, cierro los ojos y los veo, puedo escuchar el sonido del pueblo al amanecer, puedo sentir el olor a leña, puedo escuchar la campana de la iglesia.

En mi corazón se quedaron todas las personas con las que conviví, todas aportaron algo a mi vida.

Quiero terminar diciendo que, el trabajo de campo es una de las experiencias más bonitas que he vivido. La antropología cambia la vida de quien la estudia, una y mil veces me volvería a embarcar en esta disciplina.

                                                                      Aracely S. Cruz

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