Un día recibimos una carta. En esa carta un simple mensaje: no eres hijo de tus padres. Nada en el mundo cambiaría. Tú seguirías estando en el mismo local, seguirías teniendo el pelo castaño, los ojos verdes y la piel blanca. Seguirías midiendo 1,75m, calzando el 44, vistiendo el 42.  Sin embargo, ya no serías el mismo. El problema es la identidad. Dice Alejandra Pizarnik que “nada más hay de intenso que el terror de perder la identidad”.

En general, nuestra existencia se basa en una identidad construida. Somos españoles, portugueses, colombianos, somos el hijo de Paqui, la hija de Jorge, el nieto de Ramón. Sin embargo, se dice también que somos los descendientes de los conquistadores del Atlántico, de los conquistadores de la Amazonia, somos los descendientes de los grandes Césares, de los Reyes Visigodos. Efectivamente, son diversos los ejemplos históricos de como una “identidad” ayuda a modelar toda una población, construyendo fortalezas, campos de concentración, partidos políticos y, con particular frecuencia, la pertenencia a una determinada “identidad” o a otra puede dictar una sentencia de muerte. El error en toda esta “identidad” es estar basada en herencias, descendencias, en una biología que, hasta hace bien poco, nadie entendía.

La “biología” de la identidad

Aunque pueda no ser siempre determinante, en general, somos lo que está escrito en nuestros genes. En cada célula humana existe un libro de instrucciones, sin el cual no existe la vida: el DNA.

Tal como el nombre indica, el DNA nuclear está situado en la caja fuerte de la célula – el núcleo, una estructura muy pequeña, que protege este tipo de información genética. Este DNA, que en momentos se organiza en cromosomas, es el libro de instrucciones de todo el organismo, indicando a toda la maquinaria celular que tipo de proteína tiene que formar, cómo y cuándo. Al final, es todo este baile sincronizado entre instrucciones, proteínas y aminoácidos que dan forma al ser humano. Por otro lado, es en este libro de instrucciones en el que reside parte de nuestra ancestralidad. La información se va transmitiendo a lo largo de centenas de generaciones, siendo las porciones cromosómicas que cada individuo recibe un reflejo de sus antepasados, tanto por vía materna como paterna. No está del todo determinado que porcentaje de nuestros antepasados transportamos en nuestro DNA, sin embargo, por muy singular que sea, se refleja de tal forma que nos permite identificar y situar a los individuos sin dificultad en una familia, o como descendiente de alguien en concreto.

Por otro lado, en este DNA nuclear existe un tipo de información muy particular que solo la mitad de la población mundial es portadora: el cromosoma Y. Es, efectivamente, un cromosoma sexual, transmitido de varones para sus descendientes también varones. La particularidad de este cromosoma, muy a parte de determinar el sexo de cada individuo, es el hecho de ser casi el mismo desde hace decenas de generaciones. O centenas. Con otras palabras, este cromosoma prácticamente no cambia.

Si por un lado tenemos el cromosoma Y como un hilo de todo el linaje masculino, es en otro orgánulo celular que vamos a encontrar el otro hilo conductor de nuestra ancestralidad, de esta vez, materna: la mitocondria.

Con una historia muy particular y por si sola digna de todo tipo de estudios, la mitocondria se piensa que sería, en el inicio de la vida en la Tierra, una simple bacteria. Milenios después, es una parte crucial de la célula, siendo la responsable por la producción de energía celular, uno de los motivos por los que, ahora mismo, estamos vivos. Dado su interesante posible origen independiente, lo cierto es que este orgánulo tiene un DNA propio, prácticamente independiente del DNA nuclear. Aunque se piensa que la mitocondria no podría vivir ahora mismo sola, la verdad es que tiene su propio libro de instrucciones: el DNA mitocondrial. Una de las características fundamentales de este material genético es el hecho de que nunca se organiza en cromosomas, ya que tiene un tamaño relativamente pequeño y ser circular. En este caso concreto, nos centraremos en la pequeña porción llamada “D-loop”, ya que es aquí donde se encuentra toda la información guardada relativa a nuestro linaje ancestral materno.  Al contrario de lo que sucede con el cromosoma Y, la mitocondria se transmite de madres para todos sus descendientes, sean hijas o hijos, ya que este orgánulo está presente en el óvulo durante la fecundación. De esta forma, tanto mujeres como hombres son portadores de un linaje materno que puede remontar a siglos, o incluso milenios, pasados. Efectivamente, igual que el cromosoma Y, el DNA mitocondrial apenas se altera, manteniéndose la información genética prácticamente inalterada durante generaciones.

Linajes puros

Uno de los puntos más negros de la Historia humana reciente fue, sin duda, los experimentos genéticos llevados a cabo en distintos campos de concentración durante el siglo XX. Buscaban, entre otras cosas, la “raza pura”. No sabían ciertamente que absolutamente todos los seres humanos tienen, por lo menos, un linaje “puro”.

En el caso de las mujeres, debido a la presencia de su DNA mitocondrial heredado por vía materna, y en el caso de los hombres, tanto por el DNA mitocondrial como por el cromosoma Y, cada ser humano es la representación de un ancestro tan antiguo que puede remontar a varios miles de años de antigüedad. De hecho, son por eso designados en genética como “marcadores de linaje”. Son un tipo de información heredada por una sola vía, o materna o paterna. Por otro lado, no existe la posibilidad de “mezcla” de linajes, ya que el DNA mitocondrial en la célula se encuentra solamente con copias iguales a la suya, no existiendo DNA mitocondrial paterno. Lo mismo ocurre con el cromosoma Y en los hombres. Así, por ejemplo, todos los individuos de una misma familia por vía materna (hermanos, madre, abuela materna, sobrina por vía materna, etc) son descendientes de un mismo ancestro que, hace varios miles de años, ha originado la mitocondria que ahora mismo reside en sus células. ¿Cuántos miles de años? Depende. Hay linajes recientes, como los linajes de las poblaciones amerindias, así como linajes muy antiguos, como los linajes africanos. Esta antigüedad se aplica a ambos marcadores de linaje. Aunque el linaje más antiguo de cromosoma Y no tiene la misma antigüedad que el linaje más antiguo mitocondrial, el origen de ambos, es África: la Eva mitocondrial y el Adán cromosómico.

Los dos conceptos hacen alusión a ideas popularmente conocidos como la primera mujer y el primer hombre que habitaron la Tierra. Sin embargo, el concepto biológico es distinto. En el caso mitocondrial, por ejemplo, no fue en absoluto la primera mujer, pero si la mujer cuyo DNA mitocondrial se ha transmitido hasta la actualidad. Lo más probable es que hayan coexistido diversas mujeres, pero solamente el DNA mitocondrial de una se ha podido transmitir a las generaciones siguientes. Esta idea se basa en la elevada tasa de igualdad entre todos los DNA mitocondriales. El mismo concepto se aplica al cromosoma Y y al posible Adán cromosómico.  Por otro lado, este es uno de los argumentos biológicos por el cual no existen razas humanas. Para la existencia de distintas razas sería necesario un porcentaje de diferencias genéticas entre los individuos mucho, mucho más elevado de lo que se observa cuando se comparan individuos nativos de los distintos continentes terrestres.

Por otro lado, si son marcadores de linaje, si se mantienen inalterados durante siglos, ¿cómo se han formado nuevos linajes? La respuesta más consensual es la “mutación”. Pueden ocurrir mutaciones (cambios genéticos en una posición concreta del DNA, tanto nuclear como mitocondrial) puntuales que “afecten” a un número muy reducido de descendientes. Sin embargo, con el paso del tiempo, si el número de individuos que exhibe esa nueva característica aumenta, se podrá considerar la presencia de un nuevo linaje.

¿Identidad o identidades?

Somos efectivamente portadores de linajes mucho más antiguos que la memoria humana. Si por un lado somos descendientes de grandes pensadores, filósofos y descubridores, lo somos también de perdedores de batallas, esclavos y genocidas. ¿Será, entonces, ese concepto de “hijo de”, “descendiente de” el más adecuado para moldar nuestra identidad como persona? Saber que somos descendientes de franceses, ¿nos cambiaría nuestra identidad como españoles? ¿Será la biología tan importante como para cambiar el concepto que tenemos de nuestra propia identidad? Por increíble que parezca, es la propia biología que insiste en unir lo que conceptos culturales, ideas y perjuicios exhortan en separar.

Cláudia Gomes

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