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Puedes leer la primera parte aquí y la segunda parte aquí

¿Esperanza de cambio?

Hace casi tres décadas que camino por las calles de la República Dominicana, particularmente las de la ciudad de La Romana. Si bien en ellas he vivido innumerables situaciones atravesadas por el estigma racial y la xenofobia, en esta ocasión, la mirada antropológica ha marcado el devenir de la observación participante, incidiendo en unos comportamientos cotidianos que asimilan las prácticas racistas como algo completamente naturalizado, y lo que es peor, normalizado.

Lejos de aquel anecdótico bienestar inicial que me provocó años atrás el privilegio blanco, profiriendo un servilismo indigno hacia mi persona, el paso del tiempo me ha dado la oportunidad de deconstruir mi propia socialización, como paso previo imprescindible para entender cómo se articulan las posiciones de hegemonía y subalternidad en mi entorno. Pero para ser honesto, hay que decir que esta deconstrucción no ha hecho desaparecer por completo los prejuicios que llevo interiorizados e inculcados desde mi niñez, más sí los ha atenuado de manera incuestionable.

Ahora bien, y aquí llega el dilema; si una persona avezada en la materia, familiarizada en la provocación para argumentar en pro de un innegable activismo a favor de la lucha antirracista, incluso con un núcleo familiar racializado por la sociedad donde vive (yo), se sorprende a sí misma con actitudes involuntarias que contienen sesgos racializadores, aunque sean de la mal llamada «baja intensidad»; ¿cómo pretender favorecer un cambio social que elimine por completo las prácticas racistas? Pues justamente así, reconociendo estas desviaciones del comportamiento, para darnos cuenta de que todavía hay margen de mejora, y mucho camino por recorrer para llegar a un ansiado equilibrio, donde la equidad sea el paradigma de la convivencia humana. El racismo es una enfermedad de la sociedad, y como tal, el hecho de no querer reconocerlo no hará que desaparezca ni nos hará curar; hay que combatir.

Esta investigación nos muestra diversas situaciones de hegemonía y subalternidad. Algunas de ellas muy evidentes, como el racismo o la xenofobia institucional, el racismo cultural o bien el racismo aversivo. Otras formas, sin embargo, no son tan explícitas, pese a que pueden llegar a ser mucho más lacerantes. Un buen ejemplo lo tenemos cuando alguna de las informantes hace referencia al «sentirse orgullosa» por el hecho de tener la piel oscura. Este tipo de afirmaciones sacuden mi propio privilegio blanco, obligándome a reflexionar el porqué de este orgullo. ¿Qué necesidad debe tener una persona para sentirse orgullosa de su propio color de piel? La conclusión no deja mucho margen interpretativo; nosotros, fenotípicamente blancos, poseedores de una prerrogativa hegemónica incontestable, ni siquiera nos planteamos sentirnos orgullosos, o no, de nuestro color, porque en el fondo no tenemos ni sentimos esta necesidad, cuestión que nos sitúa de manera preponderante en un plano de superioridad involuntario (o no).

En la República Dominicana, hablar de racismo genera recelo; y no sólo por el hecho de no querer asumir esta problemática, sino que de manera casi automática te tachan de pro-haitiano. Esto hace que las personas que tienen interés en subvertir este agravio, aparte de ser muy minoritarias, se tengan que enfrentar a una casi segura acusación de antipatriotas. Gran parte de esta problemática empieza a gestarse desde las propias instituciones académicas. La educación oficial reglada que se imparte en las escuelas, en cuanto a los acontecimientos históricos particulares; las cuestiones raciales; o la incitación a un sentimiento de pertenencia «oficial»; es un daño a largo plazo, pues como proceso socializador institucional que es, implica que las personas, ya a corta edad, interioricen un determinado discurso que, en el mejor de los casos, tardará años en ser cuestionado por ellas mismas.

No obstante, hay dos elementos destacables que indican que no todo está perdido. Si bien es cierto que existe un sesgo entre discursos y práctica en la cuestión racial, así como en cuanto a la sociedad haitiana, este sesgo es bidireccional. ¿Y a qué me refiero con esta bidireccionalidad? Pues a que los sesgos los encontramos en lo que nos conduce a situaciones negativas, pero también en aquellas que derivan en comportamientos en positivo. Por un lado, el más evidente, refiere a la negación del racismo en un país donde las prácticas discriminatorias por cuestiones fenotípicas forman parte del paisaje diario. Por otra parte, la gran cantidad de discursos anti-haitianos, que quieren mostrar sociedades completamente diferentes e irreconciliables, y con costumbres antagónicas; pero que en absoluto coinciden con la práctica real, sobre todo en aquellas comunidades con un alto índice de población haitiana o haitiano-descendiente, pues las dos colectividades cohabitan y se interrelacionan de manera paradigmática. ¿Qué decir sino del caso de José Francisco Peña Gómez[1]? Tan cierto es que las altas esferas de poder le barraron el paso, como incuestionable es que millones de personas votaron por él a pesar de su ascendencia haitiana y su color de piel.

La leve tendencia a la mejora es un buen indicio de la posibilidad de cambio. Las muestras incipientes de apertura hacia la africanidad, a través de algunas expresiones culturales como la música o el baile, con una gente joven que sube con fuerza y ​​con menos prejuicios raciales, son la brecha necesaria para no desfallecer. Así mismo, el deleite que ha provocado en algunas personas esta investigación, incluso facilitándome información y contactos esenciales para poder documentarme de manera más precisa, me da un empuje vital para profundizar en la cuestión. La intención inicial de que esta investigación no quedara en vía muerta, parece que va tomando forma, y ​​deja la puerta abierta a continuar desde hoy mismo.

Joan López Alterachs

Antropólogo africasnista

[email protected]

 Bibliografia

Allende, I. (2009). La Isla Bajo el Mar. Barcelona: Plaza & Janes.

Bordieu, P. (2012). Intelectuales politica y poder. Buenos Aires: Coedición Eudeba.

Cassá, R. (1983). Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Alfa y Omega.

Fanon, F. (2009). Piel negra, máscares blancas. Madrid: Akal.

Hopenhayn, M. i Bello, A. (2001). Discriminación étnico-racial y xenofobia en América Latina y el Caribe. CEPAL, Naciones Unidas,  División de Desarrollo Social. Santiago de Chile, Maig de 2001.

Mateo, L. A. (2018). La afrodescendencia en la sociedad dominicana. Entre la blancofilia y la negrofobia (tesi doctoral). Universidad Complutense de Madrid, Madrid, Espanya.

Moya, F. (2010). Historia de la República Dominicana. SantoDomingo: Doce Calles.

Moya, F. (2008). Historia del Caribe. Azúcar y plantacions en el mundo atlántico. Santo Domingo: Ferilibro.

https://listindiario.com/editorial/2011/11/11/210567/deindioamulato (Consulta: 31/05/2021)

[1] José Francisco Peña Gómez (1937-1998) fue un abogado y político dominicano. Líder del Partido Revolucionario Dominicano tras la renuncia de Juan Bosch en 1973. Candidato tres veces a la presidencia de la República Dominicana (1990, 1994, 1996) y ex alcalde de Santo Domingo (1982-1986) (https://es.wikipedia.org/wiki/José_Francisco_Peña_Gómez 05/16/2021).

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