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Puedes leer la primera parte aquí

¿Qué pretendo?

El propósito de esta investigación es la realización de un estudio que, desde un punto de vista antropológico, mediante la indagación teórica, la observación participante y las narrativas de los propios informantes, ponga luz sobre las motivaciones que llevan a amplios sectores de la sociedad dominicana a actuar en base a criterios y prejuicios étnico-raciales. Así mismo, entender por qué los discursos, representaciones y prácticas no son coincidentes; empezando por la paradoja del convencimiento popular de que en República Dominicana no hay racismo. Otros objetivos de la investigación hacen referencia a discernir el porqué del alejamiento de la sociedad dominicana de su herencia africana en términos de pertenencia, y con todo, comprender la causa de este desinterés generalizado en las cuestiones de discriminación racial.

La investigación ofrece resultados que pueden contribuir a la comprensión y visibilización de un agravio social que abarca multitud de ramas en la cotidianidad dominicana. Así pues, planteo la difusión de una herramienta que participe en el desarrollo de un sentimiento de pertenencia en positivo hacia la cuna africana, y que sea capaz de aportar su granito de arena para revertir una manifiesta tendencia al ofuscamiento racial tan proclive en esta región caribeña.


¿Qué me cuestiono?

El racismo sistémico en la República Dominicana es el resultado de los procesos históricos de la región; ya sean estos políticos, económicos, culturales o migratorios. Son procesos que han ido conformando el actual panorama identitario, el cual deriva en un sesgo sobre la diversidad humana del país (Cassá, 1983; Mateo, 2018; Moya, 2008). Se trata de una desviación que aleja a la población de su ascendencia africana, al tiempo que anima a mirarse y resaltar aquellos nexos que los unen a la ex-metrópoli, por pequeños que sean. Son unas tesis identitarias promovidas de manera deliberada desde las propias instituciones nacionales. La falta de inversión en un sistema educativo, que se cuenta entre los peores del mundo, facilita la distorsión de la historia implicando un desarraigo hacia cualquier vínculo posible con el continente africano.

Es bien sabido que la mejor manera de manipular la historia es mediante la introducción de pasajes verídicos mezclados con lo que se quiere enaltecer, pero que no tiene por qué ser cierto, pues esto hace más difícil determinar la línea entre lo que es verdadero y lo que es engañoso o simplemente inexacto. De esta manera se ha conseguido «formar» una sociedad que, en gran medida, se considera una especie de «raza» multiétnica determinada por, tal y como aprenden en las escuelas, blancos, taínos y negros. La falta de rigor en este aprendizaje de base implica que cada uno opte por aproximarse étnicamente a aquella banda a la que cree que se debe sentir más orgulloso y, sobre todo, aquella que se aleje más de la ascendencia africana. ¿Y cómo no hacerlo? ¿Como no querer aproximarse al fenotipo de la oligarquía que ha marcado el pasado y continúa marcando el presente del país? Después de casi 180 años de independencia de la República Dominicana, no ha habido cambios al respecto, y el país sigue en manos de las élites, descendientes directas de aquellos primeros europeos que se repartieron la isla sin tener en cuenta el resto de la población.

En base a estas controversias, me pregunto si a la sociedad dominicana le genera alguna inquietud al respecto de esta historia institucional. También me interesa aprehender si existe algún tipo de cuestionamiento por parte de los dominicanos en cuanto a la «identidad dominicana» promovida desde las instituciones y centros educativos.

Raza y racismo en República Dominicana

En el transcurso de la investigación, he podido aprehender una sociedad llena de contradicciones en cuanto a la cuestión racial en el país. Si bien es cierto que percibo unos discursos conciliadores, por parte de la mayoría de mis informantes, en referencia a las diferencias fenotípicas, y que sólo se radicalizan cuando estas diferencias incorporan «Haití» dentro de sus argumentos; no menos cierto es que estos discursos benévolos, casi condescendientes hacia las personas de piel más oscura, no se ajustan a la práctica cotidiana de gran parte de la población.

A través de mis observaciones, ya sea mediante la propia experiencia adquirida en mi dilatada trayectoria en el país; o bien durante la intensa observación participante, enmarcada en el presente trabajo etnográfico, he podido evidenciar que el racismo forma parte de la idiosincrasia dominicana; muchas veces inconsciente, sí, pero racismo, al fin y al cabo.

La confusión preponderante hacia el concepto de «raza«, implica que, en líneas generales, no se sepa diferenciar entre la intensa xenofobia que sienten hacia el pueblo haitiano, y el racismo estructural imperante en su sociedad. Preeminentemente, para mis informantes, la cuestión racial está circunscrita de manera monotemática a la migración haitiana, y a ciertos episodios bélicos históricos entre República Dominicana y Haití, que han creado un miedo desmesurado hacia la comunidad vecina en el imaginario dominicano; obviando que en su país también existe la discriminación racial entre los propios dominicanos.

El planteamiento de las diferencias fenotípicas, en buena parte de las entrevistas, ha derivado en conversaciones que hablan de Haití y los haitianos, a pesar de que aún yo no hubiera introducido ningún elemento en torno a la cuestión haitiana. El asunto se vuelve aún más complejo cuando añado el término «afrodescendencia», pues aparte de que muchos de ellos no tienen muy claro el concepto, existe un cierto rechazo a atribuirse este calificativo, y quien lo hace, no lo hace precisamente de forma positiva «nosotros somos afrodescendientes, porque como tú comprenderás, somos de África, lamentando el caso«, dice un joven informante. Sin embargo, he percibido en las narrativas de algunos interlocutores, una tergiversación en el sentimiento de rechazo entre ambos países, culpando a los haitianos de lo que realmente exteriorizan los propios dominicanos, manifestando que los haitianos los toman como enemigos, cuestión que yo no he advertido en mis largos años de convivencia con las dos comunidades, pues las palabras de odio siempre las he sentido de manera unidireccional de los dominicanos hacia los haitianos y rara vez a la inversa.

Los discursos interiorizados no se corresponden a las vivencias reales de mis informantes, pues a pesar de predominar las palabras corrosivas hacia los haitianos, difícilmente encontramos experiencias personales negativas de cohabitación. Como muestra, el propio reconocimiento de que en las comunidades con un índice elevado de haitianos y dominico-haitianos, la convivencia con el pueblo dominicano es ejemplar, cuestión que contradice la supuesta conflictividad entre las dos sociedades. Parte de los discursos discriminatorios observados responden a un racismo etnocentrista, pues se presupone una eventual amenaza cultural por parte de un grupo humano diferente, los haitianos; y que éstos, deberían someterse a los comportamientos y costumbres del grupo dominante; los dominicanos.

En cualquiera de las conversaciones es fácil encontrar argumentos racializadores estereotipados, fruto de una educación y un imaginario popular capaz de transmitir miedo y desconfianza desde la infancia, incluso a personas con una alta formación académica, pero que han sufrido un adoctrinamiento contra la sociedad haitiana desde el seno de las propias familias.

La observación participante en la provincia de La Romana me muestra una sociedad acostumbrada a vivir en una pigmentocracia[1] que hace discriminación entre la propia comunidad negra, alimentando la idea de ser superior al no ser «tan negro» (Fanon, 2009). Es una obviedad que el racismo y la xenofobia frecuentemente se confunden, pero ciertamente, lo que sucede en la República Dominicana, es que se complementan.

No es difícil escuchar que en el país no hay racismo, sino clasismo, pero esto no deja de ser una paradoja, pues es obvio que la mayoría del capital es acaparado por una burguesía mayoritariamente blanca, implicando que las personas negras queden excluidas, a simple vista, y que nadie las perciba con la posibilidad de pertenecer a un estrato social que esté por encima de la clase media o media-baja.

Joan López Alterachs

Antropólogo africasnista

[email protected]

 

Bibliografia

Allende, I. (2009). La Isla Bajo el Mar. Barcelona: Plaza & Janes.

Bordieu, P. (2012). Intelectuales politica y poder. Buenos Aires: Coedición Eudeba.

Cassá, R. (1983). Historia social y económica de la República Dominicana. Santo Domingo: Alfa y Omega.

Fanon, F. (2009). Piel negra, máscares blancas. Madrid: Akal.

Hopenhayn, M. i Bello, A. (2001). Discriminación étnico-racial y xenofobia en América Latina y el Caribe. CEPAL, Naciones Unidas,  División de Desarrollo Social. Santiago de Chile, Maig de 2001.

Mateo, L. A. (2018). La afrodescendencia en la sociedad dominicana. Entre la blancofilia y la negrofobia (tesi doctoral). Universidad Complutense de Madrid, Madrid, Espanya.

Moya, F. (2010). Historia de la República Dominicana. SantoDomingo: Doce Calles.

Moya, F. (2008). Historia del Caribe. Azúcar y plantacions en el mundo atlántico. Santo Domingo: Ferilibro.

https://listindiario.com/editorial/2011/11/11/210567/deindioamulato (Consulta: 31/05/2021)

[1] Concepto que explica como la estratificación de la colonización española en América, estaba fundamentada, en buena parte, en el color de la piel y las jerarquías que se creaban a nivel de la estructura socio-racial.

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