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Hace un par de días viví, no sin asombro, cómo alguien amenazaba con tirarse desde un cuarto piso. No tardaron demasiado en hacer acto de presencia policía, bomberos y un sin fin de transeúntes que habían decidido levantar el pie del acelerador (para esto sí) de sus ajetreadas vidas para así presenciar en primera persona qué era lo que se estaba cociendo allí.

 

El suceso no tardó en despersonalizarse según se iba convirtiendo en palabrería. No era un ser humano encarnado haciendo público (tal vez por desesperación) uno de los hechos más trascendentes de la existencia: el de mantenernos vivos, y eso sin leer a Camus, y la decisión de hacerlo (o no). Un ser humano enfrentándose a sus demonios, el cómo lo hizo tal vez merezca otro debate que haga correr ríos de tinta. Un ser humano haciendo realidad (y poniendo ante las narices de los vecinos) aquello de lo que se habla en la tele, que supone ya entre los jóvenes causa de muerte más frecuente por encima de los accidentes de tráfico. No era un ser humano digno de compasión, empatía, condescendencia… Como pocos le conocen en el vecindario (a saber, inmigrante en piso de alquiler) lo convirtieron en espectáculo.

 

Algunos comentarios se iban deslizando por aquellos que decidían volver a lo suyo y se iban alejando del lugar. «si hubiera querido tirarse ya lo hubiera hecho», «tan solo está llamando la atención», «menuda está organizando la panchita, si es que no tienen vergüenza».

 

En nuestras frenéticas vidas parecemos ser capaces de dejar de ver a nuestros amigos y familiares más cercanos amparándonos en la falta de tiempo, pero somos capaces de dejar de hacer lo que haga falta para presenciar un espectáculo de estas características. Curiosa la escala de valores que genera la inmediatez.

 

El «being there» (eso que tanto nos suena a las antropólogas) también hace lo propio: cómo voy a perder la oportunidad de presenciar en primera persona (sin mancharse uno demasiado las manos, claro está) aquello de lo que todo el mundo hablará en los días posteriores. Aunque no durante demasiado tiempo: es bien sabido que el espectáculo es un asunto profundamente efímero y que tendremos que poner a lo que suponemos por realidad a trabajar para generarnos nuevos sucesos dignos de farándula.

 

Recuerdo un capítulo de los Simpsons en el que las figuras publicitarias cobraban vida y el modo de acabar con ellas era dejar de mirarlas (supongo que a estas alturas nadie me acusará de spoiler). En este caso las figuras se dedicaban a destrozar Springfield. Nuestra ciudad, nuestros barrios, probablemente tengan la misma configuración física indistintamente de que nos pongamos a observar el espectáculo o no, pero para poder hacer una justa medida de la realidad, incluso vivir la vida alejando de ella todo aquello que no sea vida (acordándome de Thoureau), sea necesario dejar de mirar el espectáculo.

 

Feliz miércoles.

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