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Ante la proximidad del largo periodo electoral, este artículo trata de reflexionar sobre la democracia parlamentaria y los procesos electorales como un sistema simbólico-ritual que lo aleja de la pretensión ideológica “occidental” por verlo como un sistema racional e instrumental de toma de decisiones.

Siempre ha existido dentro de la comunidad creyente cierto discurso de censura contra la jerarquía eclesiástica. Aunque parezca contradictorio, esta crítica ritual posee la función homeostática de salvaguardar los principios fundamentales de la fe y a la propia iglesia, de la que todos forman parte, evitando que se corrompa por culpa de las poco edificantes, cuando no delictivas, conductas de sus ministros. Recuerdo de niño a un catequista aconsejarnos “No os alejéis de Dios, pero mantened la distancia con los curas”. Después él mismo mantenía una excelente relación con casi todos los sacerdotes y monjes de aquella congregación franciscana. Acusaciones más o menos veladas de avaricia y lujuria por parte de los feligreses a su párroco son comunes, aunque vayan acompañadas de alguna justificación. Al fin y al cabo “también son humanos”. El creyente puede así separar su devoción, la práctica religiosa y la función sacerdotal de “los pecadillos del obispo”. No es difícil escuchar “creo en Dios, pero no en los curas” o “creo en Dios a mi manera”. Lo simbólico no es poderoso porque posea un significado inequívoco e inalterable, al contrario, lo es porque puede significar cosas distintas para gente distinta pero que, en la ritualidad, paradójicamente, se crea el espejismo de ser compartido. Esa indeterminación y capacidad de adaptación es su garantía de perdurabilidad. Todos los feligreses frente al altar crean un Dios “a su manera”, bondadoso o terrible, pero al hacerlo juntos, al rezar los mismos salmos a la misma figura policromada, se crea la ilusión de un Dios para todos. Lo mismo ocurre con una bandera, un paisaje o la democracia parlamentaria.

La democracia parlamentaria y las elecciones son por tanto un sistema simbólicoritual más que un sistema político racionalizado para la toma de decisiones. Y con esto no estoy defendiendo que todo es teatro, una ilusión que en nada afecta al ciudadano común más que como distracción carnavalesca. “Las elecciones son acontecimientos que confunden de un modo muy íntimo e intencionado las identificaciones de gran número de personas, con sus efectos sobre la conducta efectiva de un número más bien pequeño de personas”. Jonathan Spencer, en su trabajo sobre La democracia como sistema cultural, nos dice que el ritual electoral está constituido ideológicamente para que “la gente ordinaria se recuerde a sí misma que, aunque haya indicios de lo contrario (y son muchos y variados), son ellos mismos quienes están a cargo de su propio destino”. Así, la democracia representativa, como sistema simbólico, actúa en ese doble sentido. Por un lado, al participar en las elecciones el votante cree compartir su creencia democrática con quienes acuden al ritual electoral y, al mismo tiempo, el voto emitido pretende ser una oración a ese Dios “a su manera” que aspira a que los representantes que resulten elegidos tomarán por sí mismos las mismas decisiones que tomarían si nos consultasen. La democracia parlamentaria proveerá.

“Votamos a quien tomará las decisiones, pero las tomará según su criterio y necesidades sin tener en cuenta el nuestro; aunque él finja hacerlo y nosotros creérnoslo.”

En un artículo anterior defendí que la política, sin importar el grado de complejidad de la sociedad en la que se desarrolle y en lo que se refiere a la toma efectiva de decisiones, es siempre el parentesco en acción; tomado el parentesco en sentido amplio. También apunté que las elecciones, tanto votar como los propios periodos electorales (precampaña, campaña) son fenómenos devocionales interesantes pero que poco tenían que ver con la política, tan sólo porque convencionalmente así lo asumimos. Lo que llamamos democracia representativa no es tanto un sistema de organización política como un sistema simbólico de valores morales articulado socialmente en un calendario pautado de rituales. La política, en cambio, se construye a través de vínculos entre personas, familias o facciones; mediante formas de parentesco. Y estos vínculos podrán sustentarse en el afecto, la deuda, el compromiso o incluso la extorsión. Todo en la política es coyuntural y casi imposible de domesticar mediante una planificación racionalista guiada desde abstracciones ideológicas. Pero de esto ya hablé en el otro artículo. Sin desdecirme creo que cometí una simplificación. No puedo desligar el sistema simbólico de “las cosas de comer”. Como dice Spencer, las elecciones están pensadas precisamente para provocar esa confusión. Votamos a quien tomará las decisiones, pero las tomará según su criterio y necesidades sin tener en cuenta el nuestro; aunque él finja hacerlo y nosotros creérnoslo.

Al ser la democracia parlamentaria un sistema simbólico-ritual podemos concluir como hace Jonathan Spencer en su trabajo sobre las elecciones de 1984 en Sri Lanka: “siguiendo el ejemplo del trabajo reciente en la antropología del consumo según el cual se podría hablar de diferentes formas de capitalismo culturalmente contingentes, así también puede darse el caso de que la democracia tome diferentes formas en entornos culturales diferentes”. Parece una obviedad, pero no lo es. Al menos no lo parece si escuchamos lo que dicen los periodistas, políticos o politólogos cada día en los medios de comunicación. Hablan como si la democracia fuera igual en la Capital que en una ciudad de provincias o que en un pueblo de la sierra. Una fuerza universal, que, como Dios, es para todos igual. Lo mismo en Washington que en Sri Lanka. Spencer estudia precisamente qué sucede cuando occidente trata de “llevar” la democracia al mundo. Al llegar a Sri Lanka, Spencer, sintiéndose un poco culpable, se queja de la aparente idílica sociedad cingalesa. Un trabajo aburrido para el antropólogo. Pero la paz aparente explotó al llegar el periodo electoral. Los partidos políticos no estaban identificados con los clichés ideológicos de nuestros prejuicios occidentales. El partido de izquierda, el SLFP, estaba controlado por una familia de la casta superior, mientras el UNP, de centroderecha, se veía como el partido de la gente humilde. El primero se identificaba con la mayoría budista y el segundo con la minoría musulmana. No es este un artículo sobre historia así que tan sólo apuntaremos lo que todo el mundo sabe, las tensiones a lo largo de los periodos electorales y las acusaciones de fraude y manipulación tuvieron como terrible consecuencia final la revuelta y masacre tamil.

“Lo que la política ha hecho no ha sido más que proporcionar un lenguaje ritual en el que los aldeanos pueden expresar la misma clase de divisiones que existieron siempre.

Jonathan Spencer

Lo primero que uno puede pensar, nos dice Spencer, es que la introducción del sistema democrático representativo había volado por los aires los equilibrios de la política tradicional de una sociedad “idílica”. Las conclusiones de Spencer son otras: “…si la política de partidos no hubiera llegado a los pueblos, sus habitantes habrían tenido que inventarla. Lo que la política ha hecho no ha sido más que proporcionar un lenguaje ritual en el que los aldeanos pueden expresar la misma clase de divisiones que existieron siempre”. Y esto es lo fundamental. Probablemente las complejidades de la vida social urbana nos escondan esta realidad. En cambio, quienes viven en pueblos pequeños reconocen perfectamente como habituales las mismas contradicciones aparentes de la política de partidos de Sri Lanka. Si estudiamos en detalle los periodos electorales, cómo nos relacionamos y con quien, veremos que, en las propias familias, grupos de amigos o compañeros de trabajo la “fiesta” de la democracia provee de un sistema simbólico a nuestras cuitas cotidianas situándonos en un sitio u otro, en contra o a favor.

El domingo es el día sagrado y el colegio electoral un templo. Votaremos religiosamente en comunión con nuestros vecinos, familia y amigos. Y Cuando sepamos los resultados, si comienza a gobernar quien hayamos votado, todas las decisiones tomadas, si nos gustan, serán como nuestras, pero si no, ritualizaremos nuestra queja hacia esos curas avariciosos llenos de lujuria. Porque los políticos son todos iguales y nosotros creemos en la democracia, y mucho, pero a nuestra manera.

Pablo Martínez Tobía

Pablo Martínez Tobía

Referencias

 Spencer, Jonathan, (1994). La democracia como sistema cultural. Escenas de las elecciones de 1982 en Sri Lanka. Institute for Advanced Studies in Social Anthropology,  Gotemburgo. Traducción original de Francisco Cruces para la Revista de Antropología. Revista de Pensamiento Antropológico y Estudios Etnográficos nº7, 1994. En Montserrat Cañedo Rodríguez y Aurora Marquina Espinosa, (2011) Antropología política. Temas contemporáneos. Edicions Bellaterra, Barcelona.

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