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El parentesco, como campo de estudio dentro de la antropología, ha ido pendulando desde la más absoluta centralidad al total desprestigio. Siendo así, el sentido común nos empuja a creer que al menos, aunque no lo terminemos de identificar o estar seguros de cómo llamarlo, algo hay y que es importante para nosotros. Desde que Schneider formulara su despiadada crítica defendiendo que eso que llamamos parentesco, como sistema de organización social, solo está en la mente del antropólogo, han sido muchas las que, atendiendo esta crítica, han contribuido a identificar las formas de relacionalidad que nos vinculan y obligan, que nos hacen sentir formar parte de algo y que no encontramos mejor manera de llamarlas.

David Schneider acertó al atacar el etnocentrismo desde el que sus colegas trataban de explicar la organización social de otros pueblos tomando como patrón la propia. Pero el tiempo ha demostrado que, si bien su enmienda ha sido útil para despiojarnos de estos sesgos, no ha sido ni mucho menos definitiva. Creo que de la misma manera en que Geertz nos animaba respecto a la religión, a abandonar el propósito de definirla y empezar a buscarla, igualmente deberíamos hacer con el parentesco. Si fue útil dejar de confundir religiosidad con las instituciones a las que se asocia, como la iglesia católica, quizá debamos hacer lo mismo no asimilando el parentesco a la familia nuclear. Más allá del vínculo emocional que nos una con nuestras madres e hijos, la relación que mantengamos con ellos sólo podrá considerarse parentesco si es reconocida por la propia comunidad como parte del sistema de organización social. Debe haber un orden y una jerarquía que nos distinga a cada uno y nos ordene en el conjunto.

Lewis H. Morgan distinguió dos formas de organización social, una más primitiva, la gens, fratría y tribu, donde las comunidades se gobiernan por medio de la identificación del lugar que ocupa cada miembro respecto a cualquier otro y dentro del conjunto, es decir, parentesco, y la sociedad política que gobierna a las personas a través de relaciones territoriales: pueblos, estados, distritos, etc. A esta última pertenecerían nuestras sociedades “modernas”. Leído a día de hoy es difícil justificar el  momento en que la creciente complejidad de un sistema basado en relaciones de parentesco deviene inevitablemente en una sociedad política. Lo que vengo a defender es que en ningún momento sucedió, que con esa artificiosa distinción, Morgan ocultó bajo el manto de la ideología del evolucionismo social, el que sigue siendo el modo en que organizamos nuestras sociedades. Toda política se basa en relaciones de parentesco, es el parentesco en acción. Lo mismo da el caciquismo, el patronazgo o la democracia parlamentaria.

Se debate y vota la ley sobre la reforma laboral en el congreso. Se lamenta la ministra de trabajo que se discuta casi sobre cualquier cosa menos del contenido. Teniendo razón en este punto, de lo que no se percata es que, aunque así lo crea, tampoco ella lo está haciendo y nunca lo ha hecho. La confusión viene porque el contenido de la ley es la posición de su familia, y las alianzas de esta, dentro del conflicto. La reforma laboral se ha sustanciado desde, y contra, grupos de parentesco. A nadie le extrañaría que un Partido Popular en el gobierno hubiera presentado, defendido y sacada adelante con el apoyo de Vox esta misma reforma laboral. Sólo hubiera hecho falta enmascarar la propuesta con otra retórica. De igual manera a Esquerra Republicana, en otro momento, le hubieran parecido pequeños peajes a pagar lo que hoy escenifica como líneas rojas, líneas rojas que la actual ministra hubiera sin duda compartido si llega a ser la derecha quien defendiera la ley. Una misma creencia puede llevar al devoto a la beligerancia xenófoba o a dejarse la vida socorriendo a los demás. Lo mismo sucede con la ideología, esta no nos empuja a una determinada acción, solo trata de justificarla.

Meyer Fortes y Evans-Pritchard en Sistemas políticos africanos compilaron trabajos sobre los sistemas de parentesco de distintos pueblos, que ellos mismos y otros antropólogos realizaron. Lo que definieron como un sistema de linajes segmentario, trataba de explicar cómo era posible que pueblos que dominan grandes extensiones de territorio puedan organizarse sin un gobierno jerarquizado y además considerarse como una nación unificada frente a otras. Al “descubrir” los linajes segmentarios Evans-Pritchard resuelve el misterio, pero le faltó ir más allá. No sólo sacó a la luz el sistema de organización política de los nuer, sino que, a mi modo de ver, reveló la mejor manera de aproximarnos a la comprensión de las estructuras mediante las cuales nos gobernamos todas las sociedades humanas, sea cual sea su manifestación aparente: anárquica como la de los nuer o democrática parlamentaria como la nuestra. Creer que nuestros sistemas políticos se articulan mediante abstracciones racionales, mientras que los basados en el parentesco son cosas de salvajes, solo se sostiene gracias al artificio de nuestra vanidad etnocéntrica.

Nuestras acciones se determinan alineándonos siempre con quienes compartimos una imaginada sustancia de parentesco. Esa sustancia es fácil de reconocer cuando pensamos en el poder simbólico que otorgábamos a la sangre, a descender de un antepasado común, compartir alimento o haberse criado bebiendo leche materna de la misma mujer. Pero en nuestras sociedades tecnificadas y globalizadas, el parentesco lo puede transmitir un burócrata que da el visto bueno a una adopción o simplemente proclamar tu pertenencia a la hinchada de un equipo de fútbol. La conciencia de clase, la amistad tejida en la infancia o las creencias religiosas, también son segmentos del parentesco que funcionan por alianza y oposición, tensionados por el grado de vinculación y compromiso; sin olvidar la importancia que damos en occidente a la familia biológica. Aquí sería importante aclarar una cosa. El parentesco nunca tiene relación con la biología en sí misma, lo que reconoceríamos como una evidencia científica. La familia biológica es parentesco tanto en cuanto le damos un sentido simbólico y  este es usado por la comunidad de manera coercitiva.

Las relaciones de parentesco siempre irán de la mano del afecto emotivo, pero no son las emociones las que lo forman. El sistema se va construyendo desde la más trivial cotidianeidad. Resolviendo las necesidades que nos surgen en el día a día mostrando y haciendo uso de nuestro vínculo. Desde el mismo momento que, en vez de llamar al fontanero mejor y más barato, llamas a tu cuñado porque es tu cuñado, estás creando un sistema sociopolítico y económico basado en el parentesco.

Lo mismo da que si en vez de tu cuñado es un amigo o alguien que te ha recomendado la vecina del cuarto. Decidimos en función del grado de compromiso que entretejen nuestras relaciones interpersonales.

Para que el sistema funcione no hace falta siquiera conocernos uno a uno. Fácil de entender si pensamos en el concepto de Anderson de comunidad imaginada y lo forzamos para poder hablar de parentesco imaginado. ¿Cómo logramos entonces nuestra pretensión de encontrar el parentesco? Pongamos algún ejemplo. El parentesco, como decimos no es una emoción, aunque haya emoción. Tampoco una obligación moral autoimpuesta aunque la sientas como tal. Incluso cuando se elige, es siempre una coacción externa. Podrás sentirte padre o madre pero es el grupo el que te obliga a ejercer como tal. Imaginemos un matrimonio compuesto por un hombre y una mujer, los dos trabajan y tienen una hija. A no ser que estemos informados de ello, no sabemos si esa hija contiene información genética de los dos, de uno o de ninguno, pero en ellos reconocemos la forma básica de parentesco de las sociedades occidentales, la familia nuclear. Vemos aquí que, aunque no sepamos esa realidad, el modelo cultural que se impone es el de un presupuesto vínculo biológico. Aunque la hija se haya adoptado en un país distante y la pequeña muestre unas características fenotípicas claramente diferentes a las de su madre y padre, esa familia es obligada a actuar como si ese vínculo biológico existiera. La familia biológica es el modelo social a seguir, no es un hecho científico, es un símbolo. Seguimos con nuestro relato. Ambos trabajan como asalariados en distintas empresas. El compromiso con ellas va mucho más allá del mero intercambio de un servicio por un sueldo. Lo que en el segmento de la familia nuclear funcionaba como sustancia simbólica de parentesco, la sangre o la genética, en este otro lo es el capital. Tanto sus jefes como ellos comparten esa sustancia. Los salarios que reciben son una más de las inversiones que realizan sus jefes para conseguir aumentar su capital y aceptándolo asumen el compromiso que los emparenta. Hoy la niña se ha puesto enferma en el cole y alguien debe abandonar su puesto de trabajo para llevarla al pediatra. En este momento se pone a prueba la oposición segmentaria. Ante este conflicto ¿a qué segmento le será fiel ella? ¿Y él? Si les preguntamos, argumentarán que deciden entre los dos, según su disponibilidad, quien la acompaña. Pero lo que no reconocerán es quién, en ese conflicto, ha negociado forzado por su compromiso con el capital y quien alineándose con la sangre. Para saber el final de esta historia solo hace falta acudir a la consulta de un pediatra a las diez de la mañana. Pese a que la ideología occidental intente hacernos creer lo contrario, un matrimonio raramente forma una familia, es la alianza de familias distintas.

Así actuaría la política en el ámbito doméstico-laboral, pero en otro nivel, ¿quiénes son y cuál es la función de las personas que tras unas elecciones ocupan su escaño o su sillón de concejal? ¿Qué es exactamente lo que elegimos en las urnas? Según lo que he defendido hasta ahora, elegimos tan solo a quienes administran lo que es de todos, guiados por sus propios compromisos de parentesco, que podrán beneficiarnos o no al resto, coyunturalmente y de forma marginal. Si realmente pocos de nosotros compartimos parentesco con aquellos a quien elegimos ¿por qué votamos a unos y no a otros? Ir a votar, aunque podamos relacionarlo tangencialmente con el parentesco, en realidad tiene mucho más que ver con lo ritual y la religiosidad popular. Es una acción devocional interesante, pero que poco tiene que ver con la política.

La posición política no surge de la reflexión racional acerca de los problemas de la ciudadanía para seguidamente abordarlos desde una perspectiva ideológica concreta, eso no pasa. Siempre nos situamos en el lugar que nos dejan las posiciones de quienes consideramos contrarios a nuestro grupo. Es como el juego de las sillas musicales. Las sillas son las que son y con la aparición del silencio, cada uno se sienta donde puede. La política es coyuntura y apenas deja espacio a la planificación. Es la que crea los problemas y la que los resuelve creando nuevos problemas, a favor de unos y en contra de otros. En el momento que escribo estas líneas, se va desarrollando el drama en el que el Partido Popular parece desgajado en dos, con Isabel Díaz Ayuso enfrentada a Pablo Casado. Si al lector de este artículo, como a mí, le aburren hasta el sopor la cantidad de análisis donde parece que todo el mundo cree tener la clave para la comprensión de la actualidad política, que no se preocupe, aquí no va a encontrar otro más. Lo usaré tan sólo a modo de ejemplo, ya que en este caso es palmaria la acción del parentesco. Pero no sólo por el poco ejemplar enriquecimiento económico del hermano de la presidenta. Si existe un coste político, aunque nos pese, este no va a ser causado por la intolerancia de la ciudadanía hacia la corrupción o hacia la torpeza en la gestión de una crisis de partido. Este se dará porque los grupos de parentesco a los que pertenecen se sientan debilitados por su actuación. Ni el caso de corrupción, ni el contexto en el que se dio (la mortal gestión de las residencias) serán los motivos por los que paguen el precio. De hecho, que Isabel Díaz Ayuso salga indemne de ambas, la convertirá en la más fuerte defensora de los intereses de parentesco. Si con esto, otras familias no son capaces de tumbarla, quien mejor que ella para representarles. Su fortaleza demuestra la de su familia.

El parentesco es el sistema de organización social del ser humano, y la política como decimos, es el parentesco en acción, tanto en Sudán del sur como en el Palacio de Westminster. Evans-Pritchard identificó la institución de los odios inveterados como la que mantiene unida la estructura de oposición segmentaria en los nuer, pero podríamos distinguir sin problema odios inveterados en una comunidad de vecinos o en la Calle Génova. Casi siempre permanecen latentes. Por eso son capaces de estructurar la sociedad, ocultos tras la cortesía y el interés. Pero al final, sangre obliga a sangre.

Pablo Martínez Tobía

Pablo Martínez Tobía

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