Hace cosa de un mes tuve la oportunidad de ver el reportaje “Algunos jueces buenos” de Lasexta Columna, en el que se hablaba de varios jueces que osaron hacer su trabajo y por ello fueron apartados de sus casos. Digo que osaron hacer tal cosa porque los testimonios de estos profesionales me revelaron que, en este país, tratar de hacer justicia es una cuestión de osadía. Aquel reportaje me impactó sobremanera, en concreto el caso de Santiago Torres, quien se dejó la salud en su afán por cumplir con el cometido que se le había asignado como juez. Y es que para Torres, “el juez que, ante la corrupción, mira hacia otro lado, es un delincuente”. Mantener su postura le salió caro: amenazas, un estado de ansiedad constante, varios infartos y un profundo desengaño con la Justicia. Tras varios años ejerciendo, finalmente renunció a su cargo en el verano del presente año, dedicándose actualmente a la abogacía.

El reportaje me dejó una amarga desazón. Que la ley no es igual para todos no es ninguna sorpresa; de hecho se trata de un punto de vista que tienen en común muchos ciudadanos de a pie. Pero comprobar que los jueces, los únicos con poder para que la ley se aplique de manera imparcial, comparten esta perspectiva, me resulta desolador. Porque si un juez pierde la fe en la justicia, ¿qué esperanza nos queda al resto?

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Vivimos en una sociedad en la que nuestras instituciones son organismos vivos, organismos que evolucionan, se mueven, interactúan y, ante todo, cumplen una función. Todos y cada uno de ellos. Así, la función del sistema judicial es garantizar la correcta aplicación de la ley, para lo que lo ideal sería una interpretación libre de cualquier tipo de mecanismo de coacción, ya sea por parte de individuos o instituciones. Sin embargo, la realidad es otra: bien es sabido que los jueces son a menudo presionados por partes interesadas en que se abandone la premisa de neutralidad que debería caracterizar a un juez. Y es que los jueces son, ante todo, personas, y como tales pueden verse influenciados por la posibilidad de sacar un beneficio a cambio de una sentencia poco ética, o pueden ceder ante el miedo a que sus propias vidas o las de sus seres queridos peligren si continúan con un procedimiento poco conveniente para alguna de las partes implicadas.

Dejar la Justicia en manos de los jueces y confiar en que harán su trabajo lo mejor posible es una cuestión de fe para todos, aunque para unos más que para otros. Por ello es tan grave que los propios jueces evidencien la existencia de una corrupción ante la que no son inmunes. Creer nunca es fácil, pero con tales argumentos, lo es menos todavía. Y se convierte en una misión casi imposible cuando esa corrupción les arrebata la fe a los magistrados. Así pues, a los ciudadanos normales y corrientes, a los que nada tenemos que ver con el poder judicial, no nos queda otra que intentar creer en la justicia y en quienes la representan. Pero nuestra tarea, como la de los jueces que se resisten a las presiones de quienes defienden su beneficio particular por encima de la equidad, no es nada sencilla. Seguiremos encontrando obstáculos en nuestro camino, porque siempre habrá interesados en que perdamos toda esperanza y aceptemos que en nuestra sociedad no hay lugar para la fe que profesamos. Porque en España no interesa que haya personas osadas. Y es que en nuestro país, no ya hacer justicia, sino creer en ella, es una cuestión de osadía.

María Valhallen

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One thought on “Cuestión de osadía”

  1. Muy buen aporte, muchas gracias. Saber esta información no me hace más feliz, si no más bien lo contrario, pero creo que es importante darse cuenta de que efectivamente la justicia en este país no es justa. Ya no es una cuestión de sospecha, si no una realidad. De nuevo muchas gracias.

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