En la comunidad campesina de Zaragoza, Naranjos (México), la vida sigue marcada por las festividades. Apenas empieza el año, la vida de las personas en la comunidad van tomando forma, según las festividades, también para aquellos que viven fuera de su comunidad, las fechas importantes, marcan el regreso al rancho. Gracias a los y al trabajo de unos chicos que crearon una página en las redes sociales, cada vez son más los que se interesan por su comunidad. En días de fiesta, la comunidad se llena de medios de comunicación aquellos que durante mucho tiempo están fuera, muchos llegan con sus hijos que nacieron en otra ciudad, con sus parejas, que son de otra ciudad; los padres y los abuelos esperan con alegría la llegada de estos y disfrutan la fiesta con ellos. La gente que vive fuera se reúne y cuenta las historias, los recuerdos de su niñez durante las fiestas.

Juan vive en la Ciudad de México, se fue a los 14 años de su comunidad, en parte a buscar una mejor vida económica, para ayudar a sus padres, pero también, porque eso es lo que se espera de los jóvenes.

La tierra ya no da como antes; me dijo el abuelo Juan cuando estuve en Zaragoza. Antes los muchachos se quedaban porque se podía vivir, pero ahora todos se van.

Juan olvidó por mucho tiempo sus costumbres, aunque las vivía, no les daba la suficiente importancia. El día que su abuelo muere y él no puede ir (está lejos trabajando) se da cuenta de que no puede ser que las tradiciones mueran con los abuelos y decide hacer algo. Actualmente es parte de un colectivo de poemas en lengua Tenek, que es la lengua de la comunidad, también escribe poemas y pensamientos; sus vivencias como dice él. En ellos habla de cosas cotidianas de la comunidad, de sus recuerdos, de las danzas y da voz a los abuelos; como dice Juan tenemos que cuidarlos, ellos poseen las tradiciones y la sabiduría de la comunidad. También tiene un proyecto de música en lengua Tenek, donde usa los sones de las danzas, danzas en las que participa cada año. Su objetivo es no dejar que las tradiciones y lengua de su comunidad se pierdan.

Para nosotros la preparación del día de muertos empieza desde el 29 de julio, en este día recuerdo que mis padres me llevaban caminando a comprar el puerco, los guajolotes y las gallinas que se empezaban a engordar para la fiesta grande de la Huasteca; el día de muertos.

Recuerdo que mi madre y mi abuelita compraban las servilletas para irlas bordando, las utilizaban para tapar los tamales de la ofrenda y adornar el altar.

La primera ofrenda el 29 de septiembre, que para nosotros es el día de maíz, esta ofrenda es muy importante para nosotros porque se da las gracias a la tierra por las cosechas, en esta fiesta se cortan los primeros elotes y se hacen todos los alimentos que son derivados del maíz; tamales, atoles alfajores, pemoles, chamitles, en esta primera ofrenda la nostalgia siempre nos acompaña porque la jarana y el violín suenan por primera vez en el año, se te enchina la piel.

Con los nortes (viento y lluvia que llega del norte) de ya casi octubre, las máscaras se desempolvan y el olor a copal hace que por un momento llegue la tristeza recordando a Tus seres queridos que descansan bajo la tierra.

Para el 18 de octubre es a segunda ofrenda, en esta fecha se cortan los plátanos y los elotes que el norte tiró. Los plátanos se cuelgan para que madures y los elotes que ya son mazorcas se guardan para preparar los alimentos de la ofrenda mayor.

Día de muertos para nosotros es nuestra mayor fiesta, mucho más importante que Navidad. Recuerdo como mi papá a unos días del 1 y 2 de noviembre agarraba costales y me subía al caballo para ir a la entrada del pueblo y esperar que pasara el camión repartidor de refrescos y comprar para poner en la ofrenda. En aquellos tiempos no había tiendas, no había luz; pero eran días muy esperados y en las ofrendas se ponía lo mejor para esperar a nuestros seres queridos.

Al final de octubre mi madre me llevaba a la milpa a cortar los pipianes, los frijoles y calabazas, que serían convertidos en tamales. Era muy emocionante correr entre las matas de flor de muerto, me gustaba mucho que se me quedara impregnada en la ropa el olor de esa flor tan especial.

Junto a mi padre iba a cortar las hojas de los plátanos para los tamales y de paso aprovechábamos para ir por los otates y las palmillas con las que hacíamos el altar.

Octubre con sabor a mandarina y olor a flor de muerto; me recuerda a el aire frío y me veo con un palo atravesando las hojas de plátano y caminando descalzo atravesando un arroyo para llegar a mi casa y ver a mi madre raspando el pipian (calabaza) y los guajolotes que, con mayor razón no llegaban a casa pues sabían que el día de muertos estaba cerca. También en mi mente está el recuerdo y se me dibuja automáticamente una sonrisa, cuando hacíamos los panes de muerto, cada familia hace sus panes, yo era el encargado de ponerle la puchita al pan de monito, ese olor del pan recién salido del horno de barro y su sabor con un café de olla es lo mejor de toda mi vida.

Armar el arco para el altar, también es muy bonito, ir poniendo la palmilla sobre el otate e ir amarrándolo con la palma y metiendo la flor de muerto para darle color, es muy emocionante, hasta llegar el toque final que es colgarle las frutas.

Los últimos días de octubre mi madre y mis hermanas no descansaban, desde muy de madrugada se despertaban a matar gallinas para los tamales y el Bolim. A mí me tocaba juntar (prender) la lumbre en el fogón, para cuando los tamales estén listos en la cazuela, la lumbre ya los estuviera esperando.

El curar los tamales con chile pikin cuando hay una embarazada en la familia, es una tradición muy huasteca, también atizar a los tamales para que se cosan bien es algo muy místico y misterioso, cuando no lo hace la embarazada o alguien que está enojado los tamales simplemente no se cuecen.

Llega el gran día. Recuerdo cuando apenas podía ver por encima de la mesa, el pan, los plátanos enormes, naranjas, mandarinas y limas que cuelgan del arco; tamalotes que dentro tienen un pollo entero (Bolim), cañas, conserva de calabaza, mole, café, chocolate, aguardiente para mi abuelo y las velas iluminando todo eso.

De repente aparece mi madre con un copalero y empieza alrededor de la mesa a hablar en huasteco invitando a nuestros seres queridos que se sienten a comer, con todo lo que con mucho amor les hemos puesto sobre la mesa y que todo el año esperábamos este día para compartir juntos los alimentos. Los ojos de mi madre se nublan y me dice que me vaya a hacer el caminito con los pétalos de flor de muerto que sobraron de lo que adornamos el altar.

Mi mamá no me dejaba sentarme en la mesa del altar o estar cerquita de él. Me decía: quítate no ves que primero los difuntos. Después de un par de horas me decía: ahora sí, puedes sentarte y comer lo que tú quieras.

Es algo místico destapar un tamal y que el aroma traiga tantos recuerdos, saborearlo y sentir y creer que estas compartiendo la mesa con personas de tu familia que no conociste.

Aracely S. Cruz

Juan De La Cruz Hernández (Maska)

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