Desde que hemos tenido uso de razón, hemos conocido a los monstruos como unos seres decrépitos y despreciables… Los tiempos cambian, transformando la amorfa apariencia del engendro en algo más cercano, irreconocible y hasta invisible; de un virus, pasando por un ciudadano e incluso reflejándose en un presidente

Recuerdo en mi último año de carrera que la asignatura de Estética modal y arte fue de las más interesantes por su alto contenido filosófico aplicado a la situación social actual. El profesor Jordi Claramonte, además de ser un comunicador excepcional, diseccionó su particular teoría de la vida social de los monstruos (Claramonte, 2011) en una tarde de conferencia donde los asistentes, atentos de la lección magistral disfrutamos de su particular compañía tanto dentro del aula como fuera de ella.

La citada teoría era simple: vincular los monstruos más reconocidos del bestiario popular con situaciones históricas o sociales donde podían reconocerse la apariencia de estos. En el siguiente enlace se puede encontrar el artículo del propio Claramonte sobre esta temática:

https://revistascientificas.us.es/index.php/araucaria/article/view/1899/1778

Y es que, desde que somos pequeños, el arte de la estética nos muestra que los monstruos son criaturas deformes que, bajo un halo de misterio, solo existen para sembrar el caos y el miedo en la sociedad. Pintores como Goya quisieron plasmar el dolor y el terror en sus pinturas negras, o la angustia que trasmite Münch en “El grito”. Brujas, abominaciones, esperpentos o adefesios nos han mostrado la fealdad como sinónimo de terror, y que generación tras generación han ido creando monstruos sociales a través de estas historias.

El mundo de los videojuegos ha querido plasmar, de igual modo, los estereotipos mas abstractos en los personajes de sus títulos. Sagas como Silent Hill, The last of us, Outlast o Resident Evil han causado terror en los adolescentes, despertando en ellos un interés por lo oculto, lo esotérico y lo mórbido. La creatividad de esta industria ha recreado todo tipo de leyendas y mitologías, exaltando la labor de un protagonista que lidia contra ellas. El cine ha convertido a miles de almas perturbadas en auténticos protagonistas del terror: Freddy Krueger, Jason Burns o Michael Myers son una muestra de ello.

A lo largo de los años, la imagen del monstruo ha adquirido una apariencia más sofisticada; un aristócrata (como dice Claramonte) que tras una larga historia detrás, deja por el camino las riendas de la humanización y se transforma en un temido enemigo, pero siempre cerca de la humanidad.  Ejemplo de ello, se me ocurre la figura de Hannibal Lecter, los diversos vampiros que conforman en universo cinematográfico, a cada cual más guapo, o los asesinos que traman destruir el mundo y que poseen un capital gigantesco, como cualquier villano de una peli de acción de los 80.

Sin embargo, en la actualidad, la consideración que le estamos dando a la figura del monstruo ha cambiado muchísimo sobre aquellos personajes peculiares. No en vano, los caricaturistas dibujan con connotaciones jocosas la denuncia social que otros apenas se atreven a mostrar. Las mentes perturbadas han creado una diversidad heterogénea de villanos cercanos a las víctimas: Norman Bates como persona tratada sin afectividad por su pasado, un enemigo que se venga de sus enemigos como Saw, o uno de mis favoritos, maltratado por la sociedad: El Jocker de Joaquin Phoenix.

Desde hace unos meses, la abominación no la encontramos en seres humanos; El monstruo es microscópico, porta corona y lleva en su camino millones de contagiados y miles de muertos en su camino. Hemos olvidado a todos los ejemplos anteriores, que podríamos decir que son “personas” para etiquetar la monstruosidad en un virus que pulula a sus anchas, sin darnos cuenta, que quienes alimentan y multiplican el bicho… somos nosotros.

Mientras que nos adaptamos a esta “nueva normalidad” parece que ya le hemos perdido el miedo a ese invisible ser que nos ha tenido atemorizados desde marzo, y todavía hay “seres”, que no son conscientes del peligro que acarrea exponerse al ojo de Sauron que no es capaz de ver a través de mascarillas y medidas de seguridad

¿Es quizás el virus un monstruo, o lo son los irresponsables que siguen creyendo que no existe?

La estética del monstruo ha cambiado, ya que ahora emerge de nuestros actos. Esto no es nuevo, los monstruos también surgen de la violencia, del maltrato y de la irresponsabilidad… En palabras de Claramonte, nace un monstruo experiencial que es consciente de sus actos, y pierde los auténticos objetivos de la vida. Por ejemplo, un novio es novio porque desea hacer feliz a otras personas, pero recurriendo al maltrato, solo se consigue ser feliz uno mismo, reduciendo los objetivos de la pareja no solo a no vivir en tranquilidad, sino sin amor. El monstruo actúa a través de la violencia y convierte al agresor en un recipiente cargado de maldad… Así surge la estética de los monstruos.

Gracias a este símil, puedo argumentar que nosotros nos convertimos en esa clase de monstruos, cuya estética no tiene nada que ver con los decrépitos personajes que el arte ha querido plasmar. Parafraseando a Plauto: Homo homini lupus. Nos hemos convertido en los monstruos que tanto temíamos de pequeño. La estética ha cambiado y ahora podemos ser bellos por fuera… pero temibles por dentro, trayendo la desgracia a los que nos quieren, convirtiéndonos nosotros mismo en monstruos.

Monstruos hay a montones en nuestro reino. Por ello, solo me queda desearle muchísimas fuerzas a la caballería de verde armadura que lucha para que la ponzoña de la irresponsabilidad no se propague.

Daniel Pérez

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