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Todo sistema económico se sostiene en un sistema cosmológico: se articula sobre una cosmovisión que describe la estructura y el sentido de lo sagrado – por ende, del deseo -, y con ello dinamiza los procesos de producción y consumo, así como los dispositivos de poder a través de los cuales opera, en tanto define la posición del sujeto, del anthropos, frente a sí mismo y frente a lo que le rodea: frente al cosmos. La comprensión del (des)orden contemporáneo, el (des)orden capitalista, pasa por el análisis de una cosmología tal.

El cosmos es la realidad que se presupone como aquella en la que se existe, el mundo o sustancia que precede y subyace a la existencia y el devenir de cualquier otro ser. “Este cosmos, el mismo para todos – dice Heráclito –, no lo hizo ningún dios ni ningún hombre, sino que siempre fue, es y será fuego eterno, que se enciende según medida y se extingue según medida.

Con la idea del “fuego eterno” Heráclito caracteriza al cosmos, pero esa noción puede sustituirse por cualquier otra, sin sacrificar en la cita las claves de lo que es el cosmos: precede a todo, y aun cuando se le conciba en constante transformación, posee cierta estabilidad: “se enciende según medida y se extingue según medida.” De ahí que la respuesta del fuego externo y la de dichas medidas que da Heráclito funde todo su aparato filosófico.

Se entiende así, por ejemplo, la relevancia de la caracterización del Brahman y la transformación de Narmada, la madre-diosa de la tierra, en una vaca que alimentará a los seres de la tierra; la relación que plantea la mitología griega entre el tiempo y lo inevitable-necesario en el origen del mundo con el matrimonio entre Chronos y Ananké, o el por qué la teoría de cuerdas y la idea del big-bang hacen a la física invocar a la filosofía o incluso a la religión (valga mencionar que la física no termina – ni podrá hacerlo – de articular una cosmología sin dicha invocación).

Me permito hacer una acotación para establecer algo que es fundamental y que desarrollaré en otros textos, pero que aquí me limito a mencionar: toda cosmología (λόγος) y su forma narrativa como mitología, como elemento efectivamente estructurante de las relaciones entre el sujeto y su entorno, está enraizada en el ámbito del mito, de lo estético y lo noético (μυθος, αισθητικός y νους). Esto explica el por qué la cosmología como discurso no es como tal el primer nivel estructurante, sino la vía de acceso hermenéutico al fondo pre-lógico que lo sostiene, a aquello que instaura el sentido de lo que ha de dar sentido, que hace de una mitología algo más que una narración: un discurso estructurante del (des)orden social. Lo mítico de un mito, entonces, es el fundamento pre-lógico de lo mitológico, y aquí y en cualquier otro texto no puede sino ser rozado, insinuado en sus contornos al nivel de lo que ya no es, al nivel de lo lógico.

Analizar la cosmología y cualquier elemento dentro de un mito como texto es practicar una especie de autopsia al mythos que murió al tornarse mitología; hay, sin embargo, que identificar el cadáver, practicar con cuidado la disección, e interpretar los hallazgos como vestigio de lo vivo.

Fin de paréntesis. En pocas palabras el cosmos está integrado por uno o varios elementos relacionados de manera estable pero dinámica: la cosmología describe (logos como pronunciar, discurrir sobre) esos elementos, su valor y los principios generales de relación para el sostenimiento del cosmos y los entes que lo habitan – incluyendo el ser humano. La cosmología es siempre, en este sentido, una economía.

La palabra “economía” tiene su origen en el griego oikonomia (οίκονομία), formado por las palabras oikos (οίκος), que refiere a “hogar” o “casa”, y nomos (νόμος), norma o ley, de la raíz indoeuropea *nem-, que alude a contar, distribuir, asignar, etc. Oikonomia significaba, así, la administración de “el hogar”, del espacio en el que se habita, de los elementos que lo integran y de cuya gestión depende la supervivencia. Una precisión etimológica más revela el sentido hacia donde es posible apuntar el análisis: en el origen de la palabra oikos está la raíz *weik, que alude a algo más amplio: la sede del clan (ahí encuentra su raíz, por ejemplo, la palabra villa).

Así que no es una metáfora (o no más de lo que lo es el uso de cualquier palabra) decir que la cosmología conlleva una economía. Los mitos del origen del cosmos son regularmente narraciones económicas: la nada primordial, la presencia de aquel o aquellos o aquellas que administran, y la relación de cosas, de entes que habrán de crearse y de responder a un orden basado en todos esos actos creadores-gestores, de lenguaje casi matemáticos, que producen el universo, dividen el cielo y la tierra, el día y la noche, distribuyen a los animales aquí y allá, asignan funciones, etc. Así en el Popol-Vuh:

“No había todavía un hombre, ni un animal, pájaros, peces, cangrejos, árboles, piedras, cuevas, barrancas, hierbas ni bosques […] Sólo el Creador, el Formador, Tepeu, Gucumatz, los Progenitores…” Luego el gran primer momento gestor: “dispusieron la creación y crecimiento de los árboles y los bejucos y el nacimiento de la vida y la creación del hombre […] ¡Que esta agua se retire y desocupe el espacio, que surja la tierra y que se afirme […]  hicieron a los animales pequeños del monte, los guardianes de todos los bosques, los genios de la montaña, los venados, los pájaros, leones, tigres, serpientes, culebras, cantiles […], les repartieron sus moradas a los venados y a las aves…”

Y el momento antropogénico, la creación del ser humano y sus responsabilidades en el sostenimiento del “hogar,” del cosmos, y por ende de sí mismo: “Ha llegado el tiempo del amanecer, de que se termine la obra y que aparezcan los que nos han de sustentar y nutrir, los hijos esclarecidos, los vasallos civilizados; que aparezca el hombre, la humanidad, sobre la superficie de la tierra.”

Antes del origen, narra también el poema nórdico la Völuspá, “no había ni arena ni mar, ni las frías olas, tierra no había, ni el alto cielo, sólo el vacío, abismo, tampoco había hierba.” Luego de crear la tierra, los dioses movilizan el aparato de producción: “ellos construyeron grandes templos y altares, hicieron las fraguas, forjaron las joyas, fraguaron tenazas, hicieron herramientas.”

Otro ejemplo, que en este caso parafraseo pues son miles los textos que lo refieren: al principio era el vacío, no había ni tiempo ni espacio, pues son estas las dimensiones básicas del universo, la malla en la que se despliega. Todo es nada, sólo un punto donde está contenido el potencial del universo, un punto que de pronto estalla – no se sabe aún el arcano secreto de las causas de dicha explosión – e inicia una cadena de acontecimientos, una primera causa y un primer efecto que habrá de ser causa de las causas subsecuentes, entes microscópicos que se unen y combinan y se atraen y repelen y forman cuerpos y dan forma a las estrellas y al sol y a las galaxias y los planetas, distribuyendo la materia y la energía a razón de normas escritas en el lenguaje universal de los números.

Y de entre todas las formas que son posibles en la relación entre materia y energía, surge un planeta en el que se formarán entes que habrán de ser llamados aves y caballos y papas y maíz y montañas y agua y árboles, entre los que habitaron después seres que serán llamados homínidos: todos desaparecerán salvo uno de su especie, el más apto, fuerte e inteligente: el homo sapiens. Es esta una cosmología que sonará familiar, y que fluctúa entre la noción del anthropos como un ente excepcional (homo deus, diría el popular Noah Harari) y el anthropos como una nimiedad insignificante en la historia y la operación del universo.

Más adelante habrán de analizarse los detalles de dicha mitología y la cosmología que funda. Antes de hacerlo – y para hacerlo como es debido – hay que andar el trayecto de las mitologías que en su evolución histórica la sostienen.

El Génesis – heredero de la mitología sumeria y babilónica (y en general de la tradición indoeuropea) no es distinto en su carácter económico. En él se encuentran – como en prácticamente todos los mitos entorno al origen del cosmos – los fundamentos de la economía como estructura de poder (en la forma habitual del término) dentro de los sistemas teocráticos, pero también características particulares de la cosmovisión capitalista.

En la evolución del cristianismo y en la división progresiva entre la teología política y la teología económica, además, se enraíza uno de los rasgos básicas del capitalismo como economía política (uso el término, en este momento, en su forma común, pero destacó que no hay economía que no sea política, pero el hecho de que exista la noción de “economía política” es ya sintomático de la división de la que se habla), como el motto del neoliberalismo contemporáneo: la no intervención del Estado en la economía. ¿Quién es el César al quien corresponde lo que es del César y el Dios a quien corresponde lo que es de Dios?

Pero a eso llegaré más adelante. Del Génesis importan por ahora tres cosas: la centralidad del logos a través del gesto de nombrar como gesto de creación y apropiación; la relación del anthropos con la naturaleza, concebida desde el origen como  recurso para la satisfacción de la necesidad fundamental de la alimentación; y la aparición del deseo como distinto a la necesidad, del sujeto como fundado en la falta y articulado en la mirada del otro, y en ese desplazamiento, la creación del valor simbólico, de la mercancía como objeto del deseo y no sólo como satisfactor.

El logos como discurso y enunciación está en la base de la creación: Dios crea a través del decir y el nombrar: “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz…y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche…Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas…”, etc. En la relación del hombre con la naturaleza se presenta también ese poder en este caso no creador, pero sí de apropiación: “Jeohvá Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar…Y puso Adán nombre a toda bestia y ave de los cielos y a todo ganado del campo…

Ya desde el primer capítulo del Génesis queda clara la posición del anthropos dentro del cosmos, semejante mas no igual a Dios, pero superior y soberano sobre todo lo creado:

Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen […] Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla […] He aquí que os he dado toda planta que da semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que da semilla; os serán para comer. Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer. Y fue así.”

Luego, en el pacto que haría Dios con la humanidad tras destruir a todos los seres de la Tierra salvo a Noe y los tripulantes de su arca: “Bendijo Dios a Noé y a sus hijos, y les dijo: Fructificad y multiplicaos, y llenad la tierra. El temor y el miedo de vosotros estarán sobre todo animal de la tierra, y sobre toda ave de los cielos, en todo lo que se mueva sobre la tierra, y en todos los peces del mar; en vuestra mano son entregados. Todo lo que se mueve y vive, os será para mantenimiento: así como las legumbres y plantas verdes, os lo he dado todo.”

Pero no será ya sólo un tema de “mantenimiento”. El pasaje del fruto prohibido introduce la articulación del sujeto como sujeto en falta. El deseo del fruto prohibido no es sólo querer-necesitar consumir el fruto en su carácter de alimento, sino desear algo que no es el fruto per se. Hay una necesidad que va más allá de la necesidad homeostáticamente definida al nivel de lo puramente orgánico (el alimento), en la que el factor sensual, de seducción y de falta, hacen de la mercancía objeto de deseo: “y vio la mujer que el árbol era bueno para comer, y que era algo agradable a los ojos, y árbol codiciable para alcanzar la sabiduría.”

Es siguiendo el dictado del deseo que Eva y Adán consumen el fruto prohibido, y la insinuación de la falta como constitutiva del sujeto se confirmará en la introducción de la mirada del otro, la desnudez y la vergüenza: “entonces fueron abiertos los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos”. El movimiento va del otro a uno, el sujeto se dibuja frente a sí al descubrirse mirado por el otro.

La desnudez constituye por definición una falta, la falta radical desde la que se articula el sujeto, y es radical porque no se funda en una pérdida: Adán y Eva no fueron desnudados, no les fueron retiradas sus ropas, pues no existía siquiera la noción de ropa. No saben qué es aquello que falta, ni pueden llegar a saberlo, sólo viven la experiencia de su desnudez y actúan a razón de ella: se moviliza la demanda, se moviliza lo simbólico-imaginario y se moviliza la producción en el mundo: “entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”, Las hojas de higuera – esas hojas de higuera específicamente – ya son algo más que una hoja de higuera, responden a la falta, una falta que podrá simularse frente al otro, pero no frente a Dios, cuya mirada se volverá ya aterradora: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto, y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí.”

Del Génesis, así, se destacan por ahora elementos clave para la ulterior articulación de la cosmovisión capitalista: un antropocentrismo sustentando en la estructura Dios-hombre-bestia-naturaleza que legitima el sentido de propiedad y uso ilimitado de todo lo que existe para la satisfacción de necesidades y deseos movilizados desde un sujeto en falta que se vive frente a la mirada de Dios como vía única para su satisfacción total, la salvación como restitución de ese algo que falta para la plenitud de ser.

Carlos Gónzalez Morales

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