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En los últimos años (y no tan últimos) parece que la educación no para de cambiar. El nuevo mandamiento educativo es la innovación. El sistema impone: «No importa cómo innoves, pero innova». La educación que se ha venido dando desde hace siglos parece que ya no sirve de nada, ahora para dar clases tienes que dominar las nuevas tecnologías (te obligan a hacer unas encuestas sobre competencia digital, incluso), registrar digitalmente todos los resultados de cada alumno en un cuaderno digital (cuya única innovación respecto a un cuaderno normal, por cierto, es que se rellena en una pantalla), y utilizar plataformas digitales para mandar las tareas, porque, al parecer, es demasiado pedir que lo apunten los alumnos cuando se lo dices en clase.

El nuevo paradigma tecnológico se impone, a veces incluso en contra del sentido común. Se da el caso de profesores que no saben qué nota tendrán sus alumnos en el trimestre hasta que no se la dice de forma automática su querido y amado cuaderno digital. Un despropósito. Y mientras sufrimos este sinsentido tecnológico y nos quejamos de que los alumnos no quieren estudiar y se pasan todo el día con el móvil, les pedimos que todo su aprendizaje vaya mediatizado a ese mismo móvil. «Las tareas las tenéis en Classroom, las comunicaciones por Gmail, las notas las tenéis a través de iPasen…». El chiste se cuenta solo.

Pero, os preguntaréis: entre tanto despropósito, habrá algo que destaque, ¿no? Por supuesto, para eso están los maravillosos premios (varios) del profesorado, los amados tops en los que se clasifican a «los mejores profesores de…». Resulta que esos tops están plagados de profes modernos y adaptados a las nuevas situaciones, de profes que hacen cosas muy modernas y muy pintorescas, por ejemplo, dar las clases por Youtube. De nuevo, el chiste se cuenta solo, ¿verdad? Pues sí, resulta que, para entrar en esos listados de mejores profesores, el camino más sencillo es abrir un canal de Youtube (seguro que conocéis a alguno). Mientras nos quejamos de la adicción a las tecnologías que tienen los alumnos y de que su única aspiración es ser youtubers o influencers, nosotros nos dedicamos a demostrarles que incluso para triunfar en esto de ser profesor hay que ser un youtuber o un influencer.

Ojo, que no cuestiono ni critico el uso de las tecnologías para apoyar las clases, sino el uso de estas tecnologías para sustituir dichas clases.

Estos todopoderosos profesores youtubers están felices de acaparar toda la atención de los medios de comunicación, y, no contentos con su propia contradicción, se permiten hablar desde su podio al resto de profesores, mediocres anclados en las viejas prácticas de dar clase y esas cosas extrañas que se hacían antiguamente, para predicarles su Nuevo Testamento Educativo: «Estáis a tiempo, oh pecadores de la educación, arrepentíos de dar clases analógicas y seréis perdonados. Cuando llegue el día de la evaluación final del profesorado, el Todopoderoso Sistema Educativo tendrá piedad de aquellos que cumplan con su credo, de aquellos que se sometan a la Innovación, de aquellos que se sacrifiquen en pos del progreso».

Y yo, desde aquí, me pregunto: si los mejores profesores de España (y del mundo) están en Youtube, ¿por qué motivo seguimos abriendo las escuelas e institutos?

José A. Herrera

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