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Pablo Martínez Tobía

Pablo Martínez Tobía

El estudio comparativo de los calendarios de los diferentes desarrollos culturales es tan fascinante como complejo. Nuestra idea de tiempo abstracto, racionalizado, cuantitativo es una más, sobre la que se sostiene el modo de vida que llevamos, pero no la única. Hay pueblos cuyo paso del tiempo está atado a rituales, lugares o cosas. Lo malo de las cosas impensables es que, por supuesto, no podemos pensarlas y por tanto son invisibles.

—Bueno, ¿qué diablos se propone hacer tu querido amigo, el doctor Bradley, y sus protectores? ¿Robar once días? ¿Es posible tal cosa?

—No, papá. Por una ley del Parlamento, el 2 de septiembre seguirá siendo, como siempre, el 2 de septiembre, pero el día siguiente será el 14 de septiembre, y a partir de entonces los días serán consecutivos, como antes.

Con este diálogo, puesto boca de Charles Mason y su padre, en la genial Mason y Dixon, Thomas Pynchon, además de seguir enseñándonos la naturaleza de la relación familiar que ambos mantienen, nos muestra, a través de un hecho histórico, el cambio oficial en la Inglaterra de 1752 del calendario juliano por el gregoriano, la tensión entre una representación del mundo cualitativa y otra joven, abstracta y racionalista abriéndose paso desde la ciencia ilustrada. Continúa Mason.

—Podemos llamar los días como queramos, el día George, el día Charles, adjudicarles números. Lo importante es que todo el mundo sepa con claridad cómo hay que llamarlos

—Sí, hijo, pero ¿qué se ha hecho de los once días? ¿Lo sabes tú siquiera? ¿Me estás diciendo que han… volado?

La conversación continúa de forma condescendiente por parte del hijo hacia el padre. Postura que la mayoría de los lectores también habremos tomado al leerla. Una persona mayor, incapaz de entender algo que para nosotros es obvio y que insiste, tras llamar tonto a su hijo, en sospechar de las autoridades: qué habrán hecho con esos días que han robado.

Estamos acostumbrados a pensar en los calendarios de la misma manera en que Charles Mason, como astrónomo, hace. El tiempo discurrido es contabilizado en referencia a la regularidad astronómica y clasificado. Todo acontecimiento puede ser situado en esa tabla abstracta: año, día, hora… Tenemos tan naturalizado esta forma de medir el tiempo que apenas caemos en que también es convencional. De la misma manera en que el padre de Mason tenía naturalizada una forma cualitativa de medir el tiempo. El estudio comparativo de los calendarios de los diferentes desarrollos culturales es tan fascinante como complejo. Y nos dejan testimonio de la diversidad de conceptualizaciones que el ser humano tiene acerca del tiempo.

Nuestra idea de tiempo abstracto, racionalizado, cuantitativo es una más, sobre la que se sostiene el modo de vida que llevamos, pero no la única. Hay pueblos cuyo paso del tiempo está atado a rituales, lugares o cosas, al modo del cronotopo de Bajtin, y para los que resulta absurdo decir que la primavera empieza un día determinado, cada año el mismo, cuando todo el mundo sabe que empieza cuando empieza y no antes ni después. El padre de Mason no era un idiota, aunque el gamberrismo literario de Pynchon nos invite a pensarlo. Estos desajustes los vivimos generación tras generación. Nuestros hijos, tarde o temprano, también serán condescendientes con nosotros. Para el padre de Mason, el tiempo, como para muchas sociedades campesinas, va irremediablemente unido a algo que sucede, si le quitan días le quitan vida. El tiempo racionalizado aritméticamente y abstraído de la vida, tan obvio para su hijo, es, para él, impensable.

Para Pierre Bourdieu «En lo impensable de una época está todo lo que uno no puede pensar por falta de inclinación ética o política que predisponga a tenerlo en cuenta o en consideración, pero también que no puede pensar por falta de instrumentos mentales, a saber, problemáticas, conceptos, métodos, técnicas». Esta idea de lo impensable de Bourdieu es el pivote donde se articula Una historia impensable: la revolución haitiana como un no-evento en la que Michel-Rolph Trouillot argumenta cómo para las sociedades y élites occidentales fue impensable que la revolución haitiana pudiera haberse producido. No tenían la inclinación ética, política, o los instrumentos conceptuales para ni siquiera albergar la posibilidad de que los esclavos negros tuvieran la capacidad de organizarse, planificar una revolución y sostenerla en el tiempo hasta su consecución final. Sus prejuicios supremacistas ilustrados invisibilizaron los claros indicios que advertían lo que podría llegar a ocurrir, lo ignoraron cuando estaba ocurriendo e incluso continuaron negándolo cuando ya había ocurrido. Trouillot nos cuenta que las potencias occidentales actuaban como si no hubiera sucedido, lo que motivó, entre otras cosas, el temprano aislamiento de Haití como nación. Incluso cuando los historiadores han abordado este acontecimiento, hasta bien entrado el S.XX, deslizaban la sospecha de la imposibilidad del triunfo revolucionario sin la participación de una potencia mundial que lo hubiera planificado y financiado. Todo menos que unos esclavos negros lo hubieran conseguido por sí mismos: impensable.

Estos sesgos éticos, políticos o conceptuales que nos ciegan ante la posibilidad de lo posible, nos atrapan incluso en los ámbitos que presumen por su rigurosidad y método. Lo hemos visto en Haití con la historiografía, pero se dan en cualquier disciplina del conocimiento. Fue Sally Linton la que deshizo la maraña de prejuicios machistas, dentro de la paleo-antropología, que hacían impensable que la mujer pudiera tener un papel decisivo en la evolución social y biológica de los homínidos hasta la aparición del homo sapiens. Unos científicos socializados en una cultura donde la mujer ocupa un lugar subalterno sólo podían imaginar que dicha evolución debió darse gracias a las actividades consideradas propiamente masculinas, afirmación hoy también muy discutida, como la caza. Según ellos, la caza organizada necesita de tal complejidad social para la planificación y ayuda mutua que la consideraron como causa esencial para nuestro proceso evolutivo hacia el homo sapiens. Linton poco a poco va desmontando esta posibilidad y argumenta que es la necesidad de atención y cuidado de las crías, cada vez más alargada en el tiempo, la que va forjando y haciendo cada vez más complejos, generación tras generación, los vínculos sociales entre madres y crías, y entre las propias crías, lo que fue construyendo ese proceso evolutivo. No es por tanto la caza organizada, naturalizada como masculina, la que nos hizo evolucionar, sino que esta fue posible gracias a haber evolucionado.

Lo impensable no es consecuencia de la ignorancia. Al contrario, esos sesgos éticos, políticos o conceptuales cubren con un manto de invisibilidad lo que tenemos delante de nuestras narices y perfectamente accesible a nuestro escrutinio. Los astrónomos al principio del Siglo XX sostenían que la Vía Láctea era todo el universo, y aunque estaban equivocados, no era impensable que aparecieran nuevos datos y pruebas, tal y como sucedió, que probaran que era inmensamente mayor. No es la falta de datos, son las categorías prejuiciadas que usamos para interpretar lo que sabemos.

En 2007 Amelia Baggs publica en Youtube “in my language”. Baggs fue una pionera en el activismo autista y militante LGTB (se consideraba no-binaria). Era autista no hablante y considerade desde niñe completamente incapaz de articular un pensamiento mínimamente complejo. En la primera parte del vídeo nos enseña a través de sus stimming (movimientos repetitivos que realizan en menor o mayor medida todas las personas autistas) la manera en que aprehendía y se comunicaba con su entorno, es decir, lo que consideraba su verdadero lenguaje. En la segunda parte, escribiendo y a través de la voz de la computadora nos traduce sus pensamientos. Posee un discurso profundamente político acerca de las ideas equivocadas que tiene la sociedad sobre las personas autistas. Elle reconoce que “cualquiera que me vea por la calle jamás pensaría que yo he escrito esto”. Y así fue. Terapeutas y profesionales de la salud mental salieron en tropel a denunciar lo que consideraban que debía ser un fraude. Para ellos era impensable que una persona como Baggs pudiera ser capaz de escribir algo parecido.

Ese mismo año se publica en Japón “La razón por la que salto”. Un niño de trece años diagnosticado con autismo severo a los cinco, Naoki Higashida, publica un libro donde trata de explicar cómo percibe y siente el mundo una persona autista. Procura de hacernos comprender, entre otras cosas, lo que supone querer comunicar algo, no conseguir hacer que tu cuerpo lo transmita y que todos, profesores, terapeutas, incluso tu propia familia, terminen convencidos de que no te enteras y que no eres capaz de nada. Con Higashida, de nuevo, la primera reacción fue de incredulidad. Incluso muchos bienintencionados profesionales que viven a diario con personas autistas actúan como si desconocieran que no existe una relación directa entre autismo y discapacidad intelectual. Que muchas de las dificultades de comunicación se deben a formas de apraxia. No son ni más ni menos inteligentes que el resto. Algunas podrán llegar a tener una carrera académica, como de hecho sucede, y otras ser trabajadoras competentes en cualquier ámbito laboral, exactamente igual que las no-autistas. Hay que esforzarse en encontrar los apoyos con los que puedan, cada una de ellas, conseguir comunicarse. Al menos no dejar de intentarlo.

Lo malo de las cosas impensables es que, por supuesto, no podemos pensarlas y por tanto son invisibles. Ahora mismo, alrededor de nosotros, hay realidades inaccesibles porque no tenemos una inclinación ética, política o un aparataje conceptual que nos ayude a desvelarlas. Por eso debemos estar atentos y ser sensibles a quienes nos muestran caminos que en principio puedan parecernos absurdos o extravagantes. Tal vez ya entiendan cosas que nosotros todavía no somos capaces ni de ver; como atrapados y lamentando todas las cosas que no pudimos hacer, ni decir entre el 2 y el 14 de septiembre de 1752.

Referencias

Bourdieu, Pierre (1980): Le sens pratique, Minuit, Paris.

Linton, Sally (1979): La mujer recolectora: sesgos machistas en antropología. Olivia Harris y Kate Young, Antropología y feminismo, Anagrama, Barcelona, 1979.

Pynchon, Thomas (2015): Mason y Dixon. Tusquets editores, Barcelona.

Trouillot M-R (1995): Silencing the past. Power an the Production of History. Bacon Press, Boston, en Antropología Política, Montserrat Cañedo y Aurora Espinosa (2011). Edicions Bellaterra, Barcelona.

Velasco Maíllo, Honorio; Sama, Sara (2020): Cuerpo y espacio. Símbolos y metáforas, representación y expresividad en las culturas. Editorial Universitaria Ramón Areces, Madrid

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