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20 de septiembre de 2021. Estamos en pleno especial sobre genocidios. Se publica un artículo cuya finalidad no es describir el genocidio armenio en sí mismo sino, como nos indica su título, trata de darnos unas instrucciones para negar un genocidio, un asunto delicado en el que países como Estados Unidos, Israel, España y la propia Turquía, la perpetradora del gran crimen –usemos el término del Nobel de la Paz, Barack Obama, para evitar considerarlo un genocidio–, se niegan a llamar a los acontecimientos por su nombre. En la foto de portada que se publica en redes podemos ver un grupo de refugiados armenios, tirados en el suelo, derrotados por el hambre y el cansancio por los eternos traslados que sufrieron. En algunos cuerpos se pueden ver la marca de las costillas. 

El primer aviso nos llegó por Instagram, cuando retiraron una storie por “infringir las normas de desnudos”. Según parecía, no era algo novedoso que retiraran publicaciones sobre el genocidio armenio, sino que en YouTube se habían borrado vídeos que se referían al gran crimen. Después llegó la notificación de Facebook, donde retiraron la publicación por incumplir las normas de la comunidad, un primer “tirón de orejas” que nos advertía de las restricciones que podríamos tener si volvíamos a faltar a las normas.

24 de noviembre de 2021. Han pasado dos meses desde que nos censuraran por primera vez y se publica un artículo, a simple vista inofensivo y necesario: No chismorren. Va bene?. Su título hace referencia a Cesare Pavese, a su último reproche a la sociedad antes de quitarse la vida en un hotel de Turín porque, como afirma el autor del artículo, “el suicida no es ajeno a la sociedad, es la sociedad misma, como lo somos todos” y, también, “el que se mata a sí mismo lo que pretende no es tanto quitarse de en medio él, sino deshacerse de todos los demás”. De nuevo, un asunto delicado en una sociedad cada vez más llena de tabúes, no importa el motivo, pero el suicidio tiende a eludirse, a no tratarse con la gravedad que requiere, incluso se enmascara detrás de eufemismos o se justifica con la salud mental, sin valorar las causas sociales que pueden conducir a alguien a quitarse la vida. La imagen de portada es una fotografía artística, una chica con la cabeza inclinada, con el cuello atado por una cuerda final. Quizás la cuerda sea impuesta desde fuera o, al menos, un símbolo de las causas sociales que pueden llevar a alguien a acabar con su vida, de acabar con todo(s).

En esta ocasión, Facebook no tardó en reaccionar. Apenas se publica el artículo y llega una notificación con un historial de infracciones, un nuevo “tirón de orejas” ligado a la restricción del administrador de publicar, tanto en la página de Anthropologies como en su cuenta personal, porque se han infringido las normas comunitarias

En esas normas comunitarias leemos que “la empresa Facebook reconoce la importancia de que sea un lugar en el que la gente pueda comunicarse libremente”, por eso han desarrollado “unas normas que sirven como guía acerca de lo que está permitido y lo que no en Facebook”. Un título, en grande, nos informa de su compromiso con la libertad de expresión y, en el cuerpo de texto, reitera que Facebook es una red social que pretende crear un espacio de debate donde se puedan tratar abiertamente todo tipo de temas, incluso si los demás no están de acuerdo o lo consideran inapropiado, valorando previamente cada publicación porque, como ellos saben bien, Internet abre la posibilidad a que se comentan cada vez más abusos. En fin, después de toda la perorata de la libertad de expresión, de su compromiso con la diversidad de opiniones y el respeto a creencias y condiciones, Facebook nos dice que, “si limitamos la expresión, lo hacemos para proteger uno o más de los siguientes valores”, entre los que se encuentran la autenticidad, la seguridad, la privacidad y la dignidad. Algunos de los contenidos que pueden violar estos valores son violencia, fraudes, estafas, explotación sexual, acoso, spam, desnudos… y suicidio y autolesiones.

¿Dónde situamos los artículos que han “abusado de la libertad de expresión”? Suicidio está claro, el genocidio podría incluirse en violencia, también en desnudos como nos alertaba Instagram, aunque cabría preguntarse hasta qué punto resulta ofensivo o hiriente a la sensibilidad de algunas personas una imagen histórica de un genocidio de hace un siglo, o qué daño puede provocar un artículo que hace una reflexión social del suicidio, en un momento en que la tasa, desgraciadamente, ha aumentado. En esas mismas normas comunitarias se hace alusión a que hay contenidos que, por mucho que falten a sus normas, permiten su publicación por tener interés periodístico o para el público. 

En televisión contamos con todos los tipos de violencia posible. No obstante, hay ciertos temas que siguen formando parte del tabú social más amplio. El suicidio forma parte de ello. En cierto modo, eso proviene de nuestra tradición occidental cristiana. El suicidio es visto como un atentado, no contra el humano, sino contra el mismísimo Dios. Solo él da y quita la vida. El suicidio es visto como algo más que degradante, como algo prohibido o silenciado.

Otras sociedades, como por ejemplo la sociedad japonesa, ha desarrollado un concepto muy distinto del suicidio. El seppuku (mal llamado harakiri por algunos poco informados) era el ritual de suicidio en el Japón tradicional. Era visto como algo honorable, una alternativa al que no solo había perdido una guerra o un duelo, sino el honor. De este modo, la construcción social del objeto del “suicidio” no era visto como algo despreciable, sino como la última oportunidad de un humano de recuperar el honor perdido.

De ningún modo vemos que esto sea algo positivo, pero así podemos ver que la moral practicada (directa o indirectamente) por Facebook y otras redes sociales tienen un origen cristiano claro y directo.

El sexo y la muerte son los dos grandes tabúes de nuestra sociedad. Ni siquiera la globalización ha conseguido que estos dos conceptos pasen la barrera de la censura. El cuerpo humano sigue asustando, y sus infinitas posibilidades no caben en un tuit de 145 caracteres.

Retomando el tema de Japón. Este país tiene uno de los problemas más grandes de la actualidad: el suicidio juvenil. El estricto sistema educativo nipón y su afán por las notas más altas le ha costado la vida a miles de estudiantes al año. Septiembre es el mes más oscuro, ya que muchos deciden terminar con ella antes de empezar las clases por la horrible presión que se les impone. ¿Acaso no es un tema que merezca ser hablado? ¿Por qué debe quedarse en el resquicio de la sociedad, apartado del resto de temas relevantes? No mirar es la mejor forma de que todo siga igual.

Es entendible que las propias plataformas tengan controles para evitar grupos de suicidio (la tan comentada ballena azul) y demás material perjudicial. Pero no por ello debe censurarse a todo aquel que hable de un tema polémico. Indudablemente, Facebook tiene el poder de retirar de su plataforma lo que crea necesario. ¿Pero tiene la responsabilidad para ello? ¿No es Facebook hipócrita al retirar ciertos contenidos y no otros? ¿Sigue un mismo patrón moral para todos o solo para algunos?

Hay temas que nadie quiere hablar, pero que se deben hablar. Nadie quiere hablar de la violencia sexista. No obstante, si no se habla, se olvida. ¿O acaso se solucionan los problemas en silencio, sin debatir las posibles soluciones? La ausencia para algunos es más que un vacío.

El problema del suicidio es que, como otros tantos temas, solo son hablados en bajito por unas cuantas personas reunidas junto a una caja de madera.

También parece haber un tabú en la historia o, al menos, en aquellos episodios que ahora se nos antojan vergonzantes. Ya no sólo los genocidios, sino películas como Lo que el viento se llevó, censurada por HBO porque era racista, mostrando a los negros como personajes torpes e irresponsables en una visión idealizada de las plantaciones del sur de Estados Unidos, o la reciente censura de Bright Sheng, obligado a abandonar un seminario de música en la Universidad de Michigan por proyectar la versión de Otelo de 1965, protagonizada por Laurence Olivier caracterizado de negro, lo que despertó el malestar de sus alumnos por racista. Sólo por poner un par de ejemplos de adónde puede llegar el buenismo, la cultura de lo políticamente correcto en una sociedad que cada vez, con un menor sentido crítico, se infantiliza y prefiere evadir y “cancelar” todo aquello que le ofende o con lo que disiente, mientras se blanquean otras ideologías o eventos –tengamos presente la misa en honor a Franco en la Catedral de Granada– que, según parece, no infringen normas de convivencia. 

Lo ocurrido en Facebook e Instagram con nuestras publicaciones no es más que una extensión de esa “policía del pensamiento” que ideara George Orwell en su novela 1984, una tendencia que se ha visto incrementada en los últimos tiempos en defensa de una libertad de expresión cada vez más limitada, de una convivencia que, a veces, se vuelve asfixiante cuando se censuran publicaciones que chocan con los intereses políticos de algunos Estados, como ocurre con el genocidio armenio; con los sentimientos de algunos colectivos, como los casos mencionados de racismo en Lo que el viento se llevó u Otelo; o tabúes como hablar del suicidio, una realidad que, por mucho que se silencie, seguirá existiendo como un mal endémico de nuestra sociedad. Se nos permite hablar de temas que interesen, sí, pero de temas que no ofendan a un colectivo, un Estado, que no hiera sentimientos… Ahora nos enfrentamos a una restricción de Anthropologies en Facebook, de una posible retirada de la página si volvemos a infringir sus normas. Si estas son las consecuencias que tiene hablar de la realidad, quizás haya que arriesgarse a infringir las normas una vez más.

Equipo de Anthropologies

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One thought on “Libertad de expresión y otras formas de censura

  1. Me han censurado un grupo en Facebook por una cita falsa de Moliere… y también por noticias que según ellos no eran «del todo» ciertas. No entiendo verdaderamente cual es el criterio que emplean los «verificadores externos» como ellos los llaman. Páginas en donde a una parva de gente les pagan para que estén investigando en la red citas de Moliere?… una pesadilla posmoderna.
    Mi teoría es todo esto esta manejado por jóvenes, muy jóvenes y muy, muy incultos. La ignorancia es rancia amigos.
    Y, por debajo de la mesa se les cuelan enormes abusos. Personalmente he denunciado a una pagina de riñas de gallos y me han contestado que no incumplía las normas…
    Creo que Fb no está a la altura de algunos, de muchos, de sus participantes.
    Gracias, siempre, por la información

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