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La violencia… ¿es biológica o cultural?

El ser humano lleva mucho tiempo preguntándose si la violencia es inherente a nuestra naturaleza humana, si existe una base biológica, instintiva o genética que nos predispone a la violencia. Sin embargo, la ciencia parece negar esta teoría.

En 1986 se celebró una reunión de la UNESCO en España (Sevilla), con motivo del Año Internacional de la Paz. Allí, diecinueve científicos procedentes de distintas partes del mundo (India, Finlandia, España, México, Estados Unidos, Kuwait, Reino Unido, Alemania, Rusia, Australia, Polonia y Kenya) pertenecientes a diferentes ramas de las ciencias como la Neurofisiología, Psicología, Etología, Psicología Social, Antropología Física, Psiquiatría, Bioquímica, Psicobiología, Comportamiento Animal, Antropología Biológica, Psicología Política o Sociología, entre otras, firmaron La Declaración sobre la violencia[1]  en la que refutaban a través de cinco argumentos teorías supuestamente científicas que justificaban la violencia y la guerra:

  1. Es científicamente incorrecta la idea de que hemos heredado de los animales la tendencia a hacer la guerra. La guerra es producto de la cultura y no de la biología, como demuestra el hecho de que hayan existido, a lo largo de la historia de la humanidad, grupos humanos pacíficos y otros no.
  2. Es científicamente incorrecto considerar que la guerra o cualquier comportamiento violento se encuentran genéticamente programados en nuestra naturaleza humana. La interacción de factores genéticos con las condiciones de crianza son las que determinan la personalidad.
  3. Es científicamente incorrecto decir que en la evolución humana ha habido una selección del comportamiento agresivo en mayor medida que otras conductas. En el estudio de distintas especies se ha comprobado que el estatus dentro del grupo se consigue con actitud de cooperación y con el cumplimiento de funciones sociales necesarias para la estructura del grupo.
  4. Es científicamente incorrecto que los humanos tengan un cerebro violento. Nada en nuestra neurofisiología nos obliga a reaccionar violentamente.
  5. Es científicamente incorrecto plantear que la guerra tiene su origen en el instinto o en cualquier otra motivación simple:

Así como las guerras nacen en la mente de los hombres, la paz comienza también en nuestras mentes. La misma especie que inventó la guerra es capaz de inventar la paz. La responsabilidad es de cada uno de nosotros.

La guerra, por tanto, es una invención social, una construcción cultural, no es intrínseca a la naturaleza humana ni tampoco inevitable.

Numerosas organizaciones internacionales firmaron esta Declaración.

Orígenes de la violencia en la infancia

La filósofa, psicóloga y socióloga Alice Miller[2] dedicó su vida a investigar el origen de la violencia y su relación con la infancia. Gracias a su trabajo descubrió que, durante los siglos XVIII y XIX, la pedagogía negra (Schwarze Pädagogik) que practicaban los educadores alemanes permitió formar súbditos obedientes y sumisos que obedecieran sin cuestionar nada. Fue el abono perfecto para el triunfo del nazismo en Alemania, mediante la manipulación inconsciente ejercida desde la infancia. Estas prácticas, que también se aplicaron en la familia, perpetuaron el modelo represor a través de la figura del padre, dando lugar, en muchos casos, a trastornos psicológicos, enfermedades mentales y neurosis obsesivas en los hijos, preparándolos, a través de la obediencia y la sumisión, a la aceptación de dictaduras políticas sin cuestionamiento crítico alguno.

Según Alice Miller, este modelo de sumisión y obediencia también es el caldo de cultivo ideal para que las sectas obtengan adeptos dispuestos a todo lo que el líder les pida, incluso el suicidio, que constituye la forma más extrema de silencio; y quizás podría explicar el auge del movimiento sectario en los últimos tiempos en Occidente.

El estudio de las consecuencias en la vida adulta del maltrato recibido en la infancia sigue siendo insuficiente. El maltrato en forma de violencia física o psicológica o en forma de explotación sexual se convierte, en la edad adulta, en una sustitución del alimento emocional y afectivo para evitar sentirse abandonado. La negación del sufrimiento en la infancia tiene consecuencias que no se limitan al entorno privado, sino que alcanza al ámbito social.

Alice Miller, a lo largo de toda su obra, expuso su convencimiento de que las investigaciones durante años no han profundizado en la infancia por el temor a que se cuestione el amor a los padres y a los recuerdos de la infancia, y, por tanto, a la idealización de esa época. Pero lo cierto es que nadie debe a sus padres la negación de sí mismo, no debería ser incompatible el amor hacia ellos con la fidelidad hacia uno mismo. En su opinión, aunque, durante un tiempo, sea necesario negar la verdad para salvarse y sobrevivir emocionalmente, mientras dura la situación de desamparo. Sin embargo, como adultos, debemos acercarnos a la realidad para liberarnos del autoengaño, para dejar de considerar normal o positivo un trato hiriente. Al mismo tiempo, es la manera de entender por qué nuestros padres lo hicieron, y así, poder aceptarlos y convertirlo en vivencias conscientes que nos permitan sentir empatía con nuestro propio destino.

Por el contrario, negar, justificar o idealizar los errores de los padres lleva implícito aceptar la violencia sufrida como buena y, por tanto, desarrollar una actitud violenta contra otros más débiles o indefensos, como hacían ellos, o contra nosotros mismos: “la violencia que se ejerce sobre los niños es devuelta luego a la sociedad”.

Ella pensaba que la reproducción de la violencia se debe a que el maltrato en la infancia se conserva de modo permanente en el cerebro, a modo de marca indeleble, en forma de recuerdos inconscientes que impulsan, en la edad adulta, a asumir parte activa en la violencia sobre otros seres inocentes, desarrollando de esta forma lo que Miller llama “la compulsión a la repetición”. La clave, para ella, está en la información que, como adultos, debemos buscar, para revivir las causas surgidas en los primeros años de la vida, acceder a las emociones y así conseguir en la vida adulta expresar libremente los sentimientos y necesidades afectivas.

La violencia recibida en la infancia podrá manifestarse posteriormente contra uno mismo, en forma de enfermedades, conductas autodestructivas y drogadicción; o contra los demás: a través de conductas antisociales, agresividad con otros más débiles o delincuencia.

Para demostrarlo, Miller analizó la infancia de diversos personajes históricos, como Hitler, que fue duramente humillado (su padre no lo llamaba por su nombre, sino que le silbaba como al perro) y golpeado diariamente durante su infancia. Con menos de 4 años recibía palizas con un látigo y no se le permitía mostrar dolor ni llorar. Pero, además, no solo estaba prohibido odiar al padre, sino que, en la infancia, es cuestión de supervivencia alimentar la ilusión de tener un buen padre, por lo que los malos tratos permanecen ocultos idealizando la figura paterna. Sin embargo, el odio se abre paso en objetos sustitutivos. El modelo parental en toda Alemania era similar al de su hogar, por eso su odio se extendió tanto. En sus investigaciones, Miller no encontró ninguna figura destacada en el Tercer Reich que no hubiera tenido una educación rígida y severa: Rudolf Höss, Adolf Eichmann o Heinrich Himmler, entre otros. Que el odio se trasladara hacia los judíos también tenía que ver con su familia, ya que existen indicios de que su padre tenía raíces judías, lo que lo atormentó toda su vida por la vergüenza y rabia de ser hijo de judío y, además, bastardo. Eliminando al pueblo judío, Hitler se libraba también inconscientemente de su propio padre.

Miller expone que, a lo largo de la historia de la humanidad, este mecanismo de proyección ha estado en la base de la mayoría de las guerras de conquista, así como en la historia de las Cruzadas y la Inquisición.

Miller, en sus investigaciones, descubrió infancias traumáticas en todos los tiranos sin excepción. Y todos idealizaban a sus padres.

Este desplazamiento del odio sobre un chivo expiatorio explica que, en el Tercer Reich, por ejemplo, en lugar de usar a los judíos como mano de obra (tan necesaria en aquel momento de la guerra), los obligaran a realizar actividades improductivas que mostraran a los judíos sucios, inútiles y ridículos, como forma de hacer real la idea que sostenía el odio. El antisemitismo tampoco explica por sí solo el genocidio, que también podía haberse producido en la 1ª Guerra Mundial o en el resto de los países antisemitas.

Tampoco lo justifica la situación de paro y pobreza, ya que Hitler controló el paro con rapidez. Por esa razón, Alice Miller sabía que debían existir otros factores, que no se han tenido en cuenta antes, para explicar el Holocausto en Alemania. Y la razón oculta la encontró en el destructivo sistema de educación, generalizado en Alemania a principios del siglo XX, que constituyó un maltrato sistemático, minucioso y generalizado, que llegó a su auge en las dos generaciones que precedieron al ascenso al poder de Hitler y que debió ser decisivo para los acontecimientos posteriores.

Dentro de este sistema de educación estaban las teorías del doctor Daniel Gottlieb Moritz Schreber, difundidas durante el siglo XIX. Fue el creador de los jardines Schreber, que instruían a los padres sobre un modelo de educación desde el nacimiento que suponía una tortura de efectos prolongados. Se pedía a los padres el castigo físico al lactante para conseguir que no llorara ni chillara y que obedeciera con solo una mirada. Se les privaba de alimento y bebida sistemáticamente desde el primer día de vida, siendo atendidos solo cuando el adulto consideraba oportuno. De los dos hijos de este doctor, el primero se suicidó y el segundo desarrolló una personalidad psicótica.

Miller también estudió las biografías de las personas que en épocas de terror constituyeron una excepción salvando a otros del exterminio y arriesgando sus vidas con ello. Las razones verdaderas de por qué algunas personas se arriesgaron y salvaron vidas humanas se expusieron en el libro The Altruistic Personality: Rescuers of Jews in Nazi Europe (Samuel y Pear), basado en el conocimiento empírico derivado de conversaciones con más de 400 testigos. La diferencia entre salvadores y verdugos se basaba en el tipo de educación y de trato que habían recibido de sus padres. Los salvadores explicaban que su educación se había basado en argumentos y no en castigos. Raramente habían sufrido castigos físicos. Sin embargo, los verdugos y cómplices relataban palizas en su infancia sin motivo o por una causa lejana en el tiempo. El castigo siempre se relacionaba con la furia de los padres, en forma de descargas afectivas incontroladas.

Por último, el exhaustivo estudio llevado a cabo por el filósofo Jonathan Glover, uno de los más célebres expertos mundiales en Bioética y director del Centro de Medicina Legal y Ética en el King’s College de Londres, en su impresionante libro Humanidad e inhumanidad, fruto de muchos años de trabajo, sobre las atrocidades cometidas en el siglo XX, muestra un análisis pormenorizado de las raíces de la naturaleza humana y de los diferentes factores que desencadenaron el Holocausto, así como otros episodios de la historia de la humanidad: las dos guerras mundiales, el nazismo, Hiroshima, la era de Stalin, Camboya, China, Yugoslavia o Ruanda, con el fin de prevenir que se repitan. En su amplio trabajo de investigación, Glover también considera que ejerció una gran influencia el tipo de educación y crianza en las personas que protagonizaron la mayoría de los episodios más cruentos del siglo XX. Todos los dictadores, debido a su infancia, desarrollaban violencia contra otros.

Por el contrario, quienes habían recibido atención y afecto en la infancia asumían la confianza en sí mismos, la capacidad de decisión y de mostrar comprensión y empatía hacia los demás. Todos ellos eran elementos comunes entre las personas que arriesgaron sus vidas para salvar a otros, “los salvadores” de los que habla Jonathan Glover. Uno de los más conocidos es Oskar Schindler, por la película La lista de Schindler, pero hubo otros: el campesino ucraniano Pavel Gerasimchik, el matrimonio Miep y Jan Giles, que mantuvieron con vida a los Frank, en el ático de la fábrica del padre de Ana Frank o Albert Göring, que usó su apellido para proteger a una familia. La institución israelí Yad Vashem tiene censados a más de 28.000 que arriesgaron sus vidas por desconocidos salvando a miles, como Paul Grüninger, Nicholas Winton, Irena Sendler, Arístides de Sousa Mendes, Ángel Sanz Briz, Varian Fry, Chiune Sempo Sugihara o Raoul Wallenberg. Estos son algunos de los nombres que todos deberíamos conocer y tendrían que estar en calles y plazas de todas las ciudades del mundo.

Actualmente, se ha demostrado que las capacidades que el cerebro desarrolle están en función de las experiencias de los tres primeros años de vida. En niños que han sufrido un grave trauma, se han constatado insuficiencias cognitivas y emocionales, coincidiendo con lesiones en zonas específicas del cerebro. También la neurobiología, a través de las investigaciones en los últimos años, ha confirmado que los traumas repetidos generan una gran secreción de hormonas de estrés, atacan al cerebro y destruyen sus neuronas. Pero durante mucho tiempo, en la literatura pedagógica, se asociaban las demostraciones de afecto y ternura como propias de monos, advirtiendo a los padres contra el peligro de malcriar a los hijos, puesto que los convertiría en débiles adultos. Por lo que generaciones enteras crecieron sin contacto físico ni cariño.

Por todo lo anterior, es irrefutable que la violencia no es innata, sino que se aprende. Es cultural, por tanto, y no biológica.

Cada cultura, a través de la infancia, moldea a los individuos en función de sus necesidades. No olvidar todo lo que ha sucedido en la historia de la humanidad es el único camino para prevenir que vuelva a suceder.

Solo la memoria puede salvarnos.

 

María José Garrido Mayo

María José Garrido Mayo

Referencias

[1] https://www.redalyc.org/pdf/805/80519211.pdf

[2] Algunos libros de Alice Miller son: Por tu propio bien. Raíces de la violencia en la educación del niño, El cuerpo nunca miente, El origen del odio.                 

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