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El hallazgo de un esqueleto femenino de 9000 años de antigüedad enterrado con un equipo de caza mayor en la cordillera de los Andes de Perú ha puesto en jaque una de las ideas más antiguas atribuidas a los antiguos cazadores-recolectores: que los hombres cazaban y las mujeres recolectaban.

El estudio de la prehistoria se comenzó a desarrollar en la segunda mitad del siglo XIX. Uno de los errores que los investigadores hemos cometido en múltiples ocasiones es la de estudiar, en este caso, a las mujeres de la prehistoria a través de la identidad de las mujeres modernas occidentales. Les atribuimos el mismo modo de percibir el mundo y las relaciones, cambiando solo las condiciones materiales o socio-económicas.

Sin embargo, la identidad es muy diferente dependiendo del contexto en el que hayas crecido. Esto significa que las personas del Paleolítico Superior debían ser muy distintas, con una modelación de sus afectos y capacidades cognitivas diferentes a las nuestras. En ese sentido, no hay un concepto contemporáneo del yo, para ellos tiene un significado más colectivo dentro del núcleo de la relación con otras personas y con la naturaleza, a la que tratan como sujeto y no como objeto.

Con todo esto nos preguntamos: ¿Había desigualdad de género en la prehistoria? Parece ser que no debió haber opresión, injusticia o desigualdad. La complementariedad de funciones debió formar parte del sistema económico, social y psíquico de los grupos sociales y por ello la mujer debió sentirse tan necesaria y participativa como los hombres, en un mundo en el que tampoco ocupaban funciones especializadas, ni diversas.

Es posible que las diferencias de movilidad causadas por la dependencia de los bebés durante el primer año de vida, condicionara de forma mínima a la madre suponiendo una menor racionalización del mundo y por tanto una diferencia de identidad entre hombres y mujeres. Pero esto no está basado en la maternidad en sí misma, sino en la diferencia de movilidad que implica. Esto más tarde se traducirá en las posiciones de poder a finales del Neolítico.

Los estudios recientes sobre el trabajo de las mujeres en la Prehistoria (Allison, 1999; Gonzalez Mercén, 2000; Soler, 2006; Sánchez Romero, 2007 y 2008 y Hernando, 2008, entre otros muchos) nos muestran que, efectivamente, muchas de las actividades atribuidas a hombres (caza, pesca, conocimiento del territorio, capacidad organizativa, conocimiento de plantas y recursos…) pudieron ser realizadas por mujeres. Además, hay que tener en cuenta que las llamadas “actividades de mantenimiento” supuestamente realizadas por las mujeres no tenían una categoría inferior durante el Paleolítico.

Partiendo de esta base, el artículo publicado por la revista Science Advances “Female Hunters of the Early Americas”, firmado por el arqueólogo de la universidad de Californa, Randy Haas y su equipo de investigadores, concluye que la joven practicaba la caza mayor y formaba parte del grupo que perseguía a los ciervos y las vicuñas (animales esenciales en su dieta).

Aunque algunos científicos respaldan la idea de que posiblemente la caza mayor pudiera ser una actividad de participación igualitaria entre ambos sexos, otros como Robert L. Kelly, un antropólogo de la universidad de Wyoming sostiene que el análisis de otros entierros no les convencía de la idea de que la caza entre hombres y mujeres fuera algo equitativo.

Sin embargo, investigaciones recientes sugieren que la caza era en gran medida una actividad comunitaria. Necesitaba la participación de todas las personas capaces de manejar animales grandes. La caza mayor de renos o bisontes no dependía de la fuerza, ni de la habilidad, dependía del número: las técnicas usadas en el Pleistoceno consistían en empujar a los rebaños hacia los acantilados, saltos o trampas, o arrojar lanzas a las manadas, que no matarían directamente al animal, pero lo dejarían herido, siendo pisoteados o incapaces de seguir el ritmo de la manada. El arma elegida en ese momento- una lanza conocida como atlatl o propulsor- tenía poca precisión, lo que fomentaba una alta participación. Además, su uso era una habilidad enseñada desde la infancia. Del mismo modo, es muy posible que la crianza de los niños fuera un trabajo compartido por toda la tribu.

La tumba fue encontrada en un sitio llamado Wilamaya Patjxa en el distrito de Puno, al sur de Perú a una altitud de casi 4.000 metros. Ya anteriormente se encontraron artefactos en esta zona y en 2018 mientras excavaban un área de unos 37 metros cuadrados encontraron cinco entierros con los restos de seis personas (uno de ellos es la cazadora) y unos 20.000 artefactos.

La tumba de la cazadora fue especialmente llamativa ya que se encontraron junto al esqueleto puntas líticas para abatir animales de gran tamaño, un cuchillo y hojuelas para retirar los órganos internos, así como herramientas para raspar y curtir pieles. Encontraron además ocre, que aparte de usarlo como pigmento, servía para curar las pieles. A poca distancia había restos de tarucas (un venado andino) y vicuñas. Como bien afirman los investigadores, “los objetos que acompañan a las personas en la muerte tienden a ser los que los acompañaron en vida”. Por ello, en un principio el equipo pensaba que se trataba de un gran jefe, de un gran cazador. Sin embargo, sus huesos eran más ligeros de lo que se espera en un hombre y un estudio de las proteínas del esmalte dental, una técnica biomolecular relativamente nueva para identificar el sexo llamada análisis de la melogenina, demostró que en definitiva se trataba de una mujer.

El descubrimiento, considerado además el yacimiento de cazadores más antiguo de todo el continente americano, llevó a los científicos a preguntarse si la mujer de Wilamaya podría considerarse un patrón a seguir para otras mujeres cazadoras o si por el contrario supone la excepción a la regla. Así, los investigadores revisaron los registros publicados relativos a diferentes yacimientos del Pleistoceno Tardío y del Holoceno temprano en América del Norte y el Sur y encontraron 27 enterramientos asociados con armas de caza mayor, de los cuales 11 eran mujeres y 15 eran hombres. Así que, este estudio sostiene que la participación de las mujeres en la caza no era algo trivial. Ellas también cazaban. Al igual que, podemos sostener con certeza, que ellas también pintaban en las paredes de las cuevas.

Aun así, aunque el análisis estadístico muestra que entre el 30% y 50% de los cazadores de estas poblaciones eran mujeres, también contrasta fuertemente con las conclusiones sacadas de los yacimientos de cazadores-recolectores más recientes, e incluso con las de las primeras sociedades agrícolas donde la caza fue una actividad eminentemente de hombres.

Si bien este estudio responde a una vieja pregunta sobre igualdad de género en la división de trabajo, también plantea algunas nuevas. El equipo ahora tiene que investigar cómo se produjo esta división, cuáles fueron sus consecuencias y cómo cambiaron entre las distintas poblaciones de cazadores-recolectores de las Américas.

Victoria Alonso Yanes

Referencias

Hernando Gonzalo, A. (2005) “Mujeres y prehistoria. En torno a la cuestión del origen del patriarcado.” Departamento de Prehistoria. Universidad Complutense de Madrid. http://www.hechohistorico.com.ar/Trabajos/Estudios_de_la_Mujer/Bibliografia_Neuquen_Bariloche/arqueologia%20y%20genero/04Hernando.pdf

 

Hass. R., Watson, J., Buonasera, T, Southon J. et al.  (2020) “Female Hunters of the Early Americas”. Science Advances. Vol 6, no. 45. https://advances.sciencemag.org/content/6/45/eabd0310

 

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