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“Leemos mal el mundo, y después decimos que nos engaña”

Rabindranath Tagore

Son las 9:45 de la mañana de un dos de mayo de 1904. Rudi entra en el café Brandernburgstrasse de Berlín. Pide dos vasos de leche, algo de comer y el “Abandonado, abandonado, abandonado estoy” de Koschatt.

Se sienta en una de las mesas. Saca del bolsillo un sobre de cianuro potásico. A los dos minutos cae desplomado. Veintidós años tenía.

El mismo dos de mayo, pero de 1902. Hans. Está remando en Chesapeake (EEUU). Decide desaparecer sin dejar rastro. Veinticinco años.

Kurt. La I Guerra Mundial le ha pillado en norteamérica. El gobierno de los EEUU ha retirado los visados a los ciudadanos austriacos. Está el mundo como para encima ponerle las cosas fáciles al enemigo. No puede hacer otra cosa que llevar a cabo una frenética actividad en campañas publicitarias a favor de su bando. La presión familiar para que entre en combate y haga algo más que dedicarse a pegar cartelitos es intensa. Se dedica a mover los hilos de la influencia que le otorga el apellido y logra regresar a Europa. Regresa al ejército. Entra en combate. Le ordenan sacrificar su batallón. Desobedece. El miedo a ser sometido a un consejo de guerra le hace pegarse un tiro con cuarenta años de edad.

Estas tres muertes parecen tener el único nexo en común de ser suicidios, sin mayor conexión aparente. Excepto por un pequeño detalle: eran hermanos.

Un palacio y un piano en Viena

Nuestra historia comienza en el palacio Aleegasse, propiedad de Karl Wittgenstein, un empresario siderúrgico. Aunque tal vez definirle así sea quedarse un poco corto: controla el monopolio del hierro. Es uno de los tipos más ricos del mundo.

Sus padres son judíos, pero no han tardado en convertirse al protestantismo con el objetivo de integrarse en las élites vienesas. El famoso violinista Joseph Joachim es primo hermano de ellos. Karl ha tenido nueve hijos y los ha bautizado a todos como católicos, algún capricho había que darle a la abuela materna.

En el salón familiar toca Brahms después de la cena, Mahler acude a tomar café, y la presencia de Strauss es tan habitual que ya forma parte del entorno. Pero esto no acaba aquí: las sillas del palacio han soportado tan ilustres posaderas como las de Freud, Rank o Carl Jung.

Si se casa Gretl, por ejemplo, Gustav Klimt le regala su retrato de bodas y hasta se le perdona que los Goya hayan acabado en el almacén porque según su gusto desentonan con la decoración.

En este ambiente, intelectual y artístico, el patriarca Karl, había decidido, debido a las propias inclinaciones del muchacho, que el menor de todos, Ludwig, sería el hijo “útil” de la familia. El que estaría destinado a perpetuar el imperio. Aún no lo sabe, pero no se imagina de qué manera el destino está dispuesto a mostrarle su lado más burlón.

Ludwig antes de acabar con todo

Aún no ha llega la IGM (de la segunda ni se sospecha) y el pequeño Ludwig ya ha ido a la misma escuela del que sería el gran protagonista de la gran contienda del siglo XX: Adolf Hitler.

Pese a que aún se pone en duda esta teoría, han sido algunos los que han visto en nuestro Wittgenstein al niño judío del que se habla en el “Mein Kampf”.

Posteriormente, siguiendo el designio familiar, estudia ingeniería.

En este momento ya pesan dos losas sobre él: el suicidio de sus dos hermanos mayores (y aún faltaría otro, como ya hemos visto). Esto hace que haga de esta huida del suicidio su modus vivendi. Cargó sobre sus hombros el romper con este estigma familiar, algo que, dicho sea de paso, a punto estuvo de no lograr en numerosas ocasiones.

La otra, también compartida con sus hermanos, sería la de una homosexualidad que le atormenta y que no asume.

Así llega a Manchester, cuna de la ingeniería aeronáutica, y es donde se interesa por la filosofía de las matemáticas y se pone en contacto con Bertrand Russell.

La ingeniería desaparecería para siempre, la filosofía se quedaría para acompañarle hasta el final de sus días.

De Noruega a las trincheras

La relación con Russell es intensa, tormentosa e instructiva a partes iguales. No ha leído a los clásicos, absolutamente a ninguno, y ya anhela, al menos en su sentido metafórico, cortarles la cabeza.

Marcha con un amigo a Noruega, un poco de turismo no le vendría mal, sin embargo, sólo regresa uno de los dos. Nuestro protagonista se queda en una cabaña, 150 kilómetros en el interior de un fiordo al que sólo se puede acceder desde el ya de por sí remoto pueblo de Skjolden. En este aislamiento únicamente pretende hacer una cosa: lógica. Se ha vuelto completamente loco, y lo hace durante dos años.

De hecho, de su retiro sólo podría sacarle un acontecimiento de grandes dimensiones. Y es lo que sucede; la I Guerra Mundial ha estallado.

El periodo más constructivo de su vida: la IGM

Decide alistarse como soldado raso, más por sentido del deber que por convicción, pudiendo haber entrado como oficial, a pesar del riesgo que ello entraña. Le esperan las tan temidas trincheras.

Es en esta contienda en la que su hermano, pianista de fama mundial, pierde su brazo y Ravel compone únicamente para que él pueda ejecutarla el “Concierto para piano para la mano izquierda”.

Ludwig, por su parte, comienza a escribir en estas trincheras. Le acontece otro episodio que cambiaría el rumbo de su vida. En una ocasión entra en una tienda y se hace con el único ejemplar que allí encuentra. Se trata del “Evangelio abreviado” de Tolstoi. El hijo del rey del mundo está decidido a vivir como un asceta en lo sucesivo.

De ahí es enviado al frente italiano, donde es hecho prisionero. En la mochila no lleva mucha cosa, pero en un cuaderno lleva aquello por lo que pasaría a la historia: una primera versión del “Tractatus”. Durante su cautiverio italiano termina de darle forma. La que conocemos hoy día.

No se lo ha dicho a nadie, pero este periodo no sólo ha sido el más constructivo, también el más destructivo. Se ha pasado toda la guerra al borde del suicidio ¡Qué paradoja para el mayor de los deconstructivistas!

Después de la guerra

Con el fin de la guerra le llega otro regalo más suculento: una herencia familiar. Las ideas de Tolstoi han calado hondo en él y regala su fortuna a los poetas Rilke y Trakl. Sus hermanas le quieren matar.

También surge otro problema; ahora tiene que buscarse alguna ocupación. Pues su principal labor, la de terminar de una vez por todas con la filosofía, considera que ya está hecha con el “Tractatus”.

Vuelve a Austria. Se plantea recluirse en un monasterio. Los monjes le resultan profundamente antipáticos. Se queda como jardinero.

Y vuelve a llegar una nueva herencia. Es más rico de lo que era anteriormente. Le dice a su abogado que lo regale todo. Su abogado cree que se trata de una broma.

Le aburre el monasterio. Se marcha a la aldea más remota de la Baja Austria; Trattenbach. Allí se hace maestro de escuela. La perspectiva de tener a Wittgenstein como maestro rural puede ser alentadora, incluso ilusionante, pero la realidad resulta catastrófica. Al lugar ha llegado el Wittgenstein más rancio.

Influido por la visión tolstoiana adquirida se dedica a decir continuamente a los alumnos cómo han de vivir. Los padres pronto empiezan a hartarse de él: lo último que necesitan es que llegue un forastero de la gran ciudad a decirles cómo tienen que vivir sus vidas en aquel rincón del mundo. No acude a la iglesia los domingos, y hace ostentación de ello, lo que les molesta aún más. Sus métodos didácticos tampoco son muy bien vistos. Básicamente tiene a todo el mundo hasta los cojones.

En un momento dado golpea a uno de sus alumnos. Los campesinos tienen la excusa perfecta para deshacerse de tan molesto profesor y tanta gloria lleves como paz dejas.

De ahí se marcha a Irlanda. Al oeste de Irlanda. A una cabaña. Se dedica únicamente a pensar y a dar de comer a las gaviotas.

Final

La salud se le empieza a poner fea. No sólo está decidido a romper con todo sino también consigo mismo: reniega del “Tractatus”. Dice de él, como dijera de todo cuanto era anterior a él, que no vale para nada. Que es una mierda de dimensiones épicas, hablando mal y pronto.

Se le detecta un cáncer de próstata. Marcha a Cambridge donde reside su médico de confianza. Se niega a tratar el cáncer de próstata que le acompaña.

Y así llegamos hasta el 29 de abril. Año 1951. Llama a la esposa del doctor Bevan, en cuya cama del cuarto de invitados se encuentra. Le dice, justo antes de perder la conciencia y que el cáncer lograse lo que no había logrado Wittgenstein consigo mismo:

Dígales a todos que he tenido una vida maravillosa”

Y en ello estamos.

Rubén Blasco

Referencias

www.wikipedia.org

“Wittgenstein en 90 minutos” de Pul Strathern

www.lavanguardia.com

“La familia Wittgenstein” de Alexander Waugh

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