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Hace unas semanas me enteré de que la plataforma audiovisual Filmin va a sacar a la luz uno de los secretos mejor guardados de la televisión de los 90: la serie Doctor en Alaska. Será el 7 de febrero y podrán verse todos los capítulos de la serie desde ese día. Remasterizada y sin esperas. A cascoporro que dirían Muchachada Nui. Cada usuario de Filmín podrá verla a su antojo, uno, dos, tres o diez capítulos por día. Como son relativamente cortos, la mayoría se pegarán un empacho de la serie y la vomitarán luego en las RRSS (como se hace con todas). Y de estos empachos surgirán varios clanes: los que no la entiendan y la tachen de pretenciosa, porque es una serie cargada de simbología y de referencias literarias y filosóficas, los que se sientan estafados y se aburran, ya que en la serie no hay móviles, ni violencia, ni sexo explícito y los que digan, simplemente, “pues no es para tanto” y continúen con otra de zombies.

Pero habrá una digna minoría que prefiera ver un capítulo por día o por semana (como teníamos que hacer en los 90) y en lugar de empacharse sin asimilar nada, sea bendecida por la poesía y la sencillez de Doctor en Alaska. Por su magia natural. Una digna minoría que no será más lista ni más buena que los clanes empachados, pero que tendrá la suerte de dejar su alma para siempre en Cicely. Posiblemente el único lugar en el que merezca la pena vivir hoy en día. Si existiera.

A esta digna minoría va dirigida esta homilía que han tenido a bien permitirme publicar en Anthropologies, porque ¿a quién no le gustaría vivir en un lugar a años luz del postureo de las RRSS, de los grandes tumultos navideños, del fascismo más cateto y de la miseria moral más abyecta? Cierto es que en Cicely vive un tipo que simboliza el patriotismo americano más rancio: es racista, homófobo y con una idea de la mujer al más puro estilo Arturo Pérez-Reverte, sin embargo, no domina el mensaje global de la serie. Tiene un papel en la trama porque estas ideas existen en la sociedad y obviarlas sería demasiada fantasía, incluso para una serie en la que se despliega cierto realismo mágico. Sin embargo, es la forma en la que cada personaje reacciona ante el depositario de estas ideas lo que resulta original.

Hay capítulos que en dos escenas te dan una lección de historia, de filosofía, de feminismo…pero lo mejor de la serie son sus personajes y lo que cada uno aporta a esa idea global de entendimiento y bonhomía que sirve de hilo argumental en paralelo al del choque cultural. Un choque que empieza y acaba en Joel Fleischman, el doctor neoyorquino que sirve de motor para toda la trama y alrededor del que surge el coro de personajes: Maggie O’connell, Chris Stevens, Ruth-Anne Miller, Maurice Minnifield, Holling Vincoueur, Shelly Tambo, Ed Chigliak…

Todos, absolutamente todos, están bien dibujados y resultan a la vez complejos y tremendamente simples. Llegados de otras tierras, huyendo de vidas insalubres o de tragedias familiares, se instalan en Cicely para empezar de nuevo junto a las tribus nativas de la zona. Se mezclan tradiciones sin conflicto, se aceptan las diferencias del otro y se bebe café malo en el Brick, ese lugar de encuentro cuya parte superior alberga el nido de amor de Shelly y Holling. Una pareja que sí podría suponer una mácula en la serie, porque la diferencia de edad es terrible y nos hace volver a lo de siempre: hombres viejos con mujeres jóvenes. Sin embargo, la forma de tratar esta relación difiere de cómo se trata habitualmente y la comicidad que aporta la diferencia de edad resulta más tierna que sórdida.

No sé si hay espacio hoy día para una serie como Doctor en Alaska, porque las generaciones que la vimos en los 90 no son las generaciones de ahora. En cualquier caso, espero que estos nuevos aires de diversidad ayuden y una digna minoría se permita un tiempo para conocer y amar a Cicely.

Ya me enteraré por las puñeteras redes sociales. O no.

Susana R. Sousa

Susana R. Sousa

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