Dijo Audre Lorde que una debería cambiar de religión si esta no apoya su voluntad de vivir. Si eleváramos sus palabras a máxima universal se podría deducir que una persona tendría que decantarse por una religión que le permita vivir y no por una que oprima. Parece de una lógica aplastante, pero no es tan sencillo porque la voluntad de vivir y la libertad (que desconozco si a estas alturas son sinónimos, ciertamente) están condicionadas por variables que nos comen los pies. La lógica aplastante no está hecha para la boca del asno, supongo. La estadística, que no es verdad ni mentira, niega la lógica y según el informe Jóvenes españoles 2026 de la Fundación SM, el porcentaje de jóvenes que consideran la religión muy importante ha aumentado 16 puntos en 5 años. El informe se ha basado en 1662 entrevistas a residentes de entre 15 y 29 años, garantizando un margen de error de apenas el 2,4%.
De toda la vida es conocido que las personas no sabemos elegir y que incluso aquello que creemos que elegimos desde la libertad está condicionado. No descubro el plomo con esto, pero es el quiz de la cuestión de la religión, como lo es de otras tantas elecciones que tomamos en la vida. Eso no significa que tengamos que dejar de tomar decisiones porque, total estamos condicionadas y vamos a elegir mal o vamos a elegir lo que quieren otros que elijamos sin ser conscientes, o siéndolo (que es peor). No, no se trata de eso, porque además la vida es elección desde que una despierta por la mañana hasta que se acuesta 24/7. Elecciones y dudas. Si no qué aburrimiento, dirán algunos ¿no?

La conclusión a la que podría llegar al final de este artículo es que es imposible elegir bien nadie nunca y, al mismo tiempo, es posible pensar que lo que elegimos es lo correcto, porque es lo que hemos elegido y ya está. Para qué darle más vueltas, ¿no? seamos un poco hedonistas.
Como aún no he llegado al final del artículo, sigamos dándole vueltas.
Pensemos en la Alemania del siglo XVII y en señores privilegiados que tuvieron la posibilidad de ocupar su tiempo en estudiar filosofía, matemáticas, historia, ingeniería y lengua, por poner un ejemplo. Pensemos en un señor en concreto que con 8 años ya leía en latín porque su padre tenía una biblioteca que ríete tú de la de Alejandría, que inició sus estudios universitarios a los 15 y que a los 17 ya era todo un licenciado. Al poco se convierte en diplomático y viaja con el príncipe de Maguncia (que no Zamunda) a París y Londres donde conoce a otros señores privilegiados y brillantes como él. Este señor podría llamarse, no sé, Leibniz y pudo decir que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que la libertad debe estar exenta de coacción, pero esto no conlleva a obtener todo lo que se desea. Es decir, y según el señor L, el ser humano está facultado para elegir lo mejor, pero eso no significa que elija de forma necesaria (como sí lo hace Dios), es decir, que puede que no elija de forma correcta. Este señor que nunca tuvo que lavar su ropa en una pila ni hacerse el desayuno para salir pitando a trabajar, cargaba de contradicciones el concepto de libertad porque podía. Tenía tiempo y dinero para darle vuelta a las ideas y pasarse horas debatiendo consigo mismo y otros señores de su ralea sobre lo humano y lo divino. Por eso su concepto de libertad es mucho más acertado de lo que parece, aunque esté sesgado por sus circunstancias.
Si bien es cierto que todo concepto se construye sobre un sesgo, por mucha trascendencia que queramos otorgarle, no debemos bañarnos en el lodazal de lo circunstancial como si fuera una poza de aguas claras. Pero, ojo, tampoco debemos aislar los significados de las palabras del contexto social y usarlas solo para describir lugares o situaciones a las que no estamos invitadas como humanas. Es decir, ni manosearlas ni meterlas en una jaula de oro.
Pero no me voy a liar con el lenguaje, porque aquí hemos venido a hablar de por qué hay un repunte de la práctica religiosa entre los menores de 25 años (según el informe ‘Laicidad en cifras’ de la Fundació Ferrer i Guardia) Y no solo eso, según este informe la población no religiosa se mantiene en un 40% después de experimentar una subida en los años anteriores. Este repunte del fervor religioso ¿es una moda o es algo que ha venido para quedarse? Con la reciente visita del Papa a España la pregunta tiene más sentido que nunca y el periodismo patrio se ha lanzado a especular y a hacer comparaciones odiosas. Un ejemplo es el artículo de la periodista Mar Michel Montes para RTVE Noticias en el que aborda la relación de Bad Bunny con la religión y se tira en plancha a buscar las similitudes entre el “cantante” y el Papa. La más notoria (si bien, la única) es su defensa de los migrantes y la reivindicación del amor frente al odio, algo que a ambos les ha constado la enemistad con Trump y con la ultra derecha mundial. O eso parece. Resulta curioso que las religiones sean las máximas exponentes de la represión humana y, sin embargo, que el principal representante de una de ellas sea alabado cual adalid del sentido común.
Pero todo no es religión institucional, también hay un repunte de lo que la periodista Marta Sader llama “espiritualidad líquida” que no es otra cosa que las pseudociencias, aunque este fenómeno ya lleva años en la cima. Más que un repunte yo lo llamaría tendencia al alza que ha aumentado con el avance de las redes sociales. Ya hablamos en Antrhoplogies sobre las pseudociencias y el magufismo en otros artículos, así que no me voy a extender en estas cuestiones. En última instancia, lejos de ser más humanos y racionales, más cooperativos y comunitarios, la tendencia es abrazar cualquier disciplina que esté en el lado contrario a la humanidad y la razón y, a ser posible, que nos grite a la cara que somos únicos y especiales. En este caso, podría parecer que no hay opresión, como sí puede haberla en las creencias oficiales, que hay más libertad, que una misma pone las reglas, sin embargo, no es así. Las reglas no las pones tú, porque esta nueva espiritualidad (que, en realidad, es más vieja que el hilo negro) está condicionada por el capital. Hay una dependencia y una alienación que conectan directamente con el sistema capitalista y no hay nada menos libre que el capital. Esto nos lleva, de nuevo, a Audre Lorde : Las herramientas del amo nunca desmantelaron la casa del amo.
Susana R. Sousa
