Análisis sobre la realidad de los menores usuarios de centros de protección de menores
Todos los menores usuarios de centros de protección cargan con una etiqueta por el mero hecho de estar tutelados por la administración. En muchas ocasiones —demasiadas—, esta etiqueta viene determinada por el tremendo desconocimiento que existe en torno al sistema de protección de menores.
La inmensa mayoría de los menores que son usuarios de estos recursos, en sus distintas tipologías, no dejan de ser víctimas de su entorno, su familia, sus circunstancias y los contextos en los que han crecido, etc.
Vivir en un centro de protección no es nada fácil para un niño que, separado de su familia por diferentes motivos, debe aprender a convivir con personas que están de paso y con las que es complicado establecer vínculos afectivos por miedo al abandono. Hay que tener en cuenta que su encuentro ha sido fruto del azar determinado por la administración y que, a lo largo de su vida, estas personas “desaparecerán” de la misma manera que “aparecerán” otras nuevas.
Un menor convive con otros menores (habitualmente los centros de protección suelen ser de 8 o 16 plazas) con edades que oscilan, generalmente, entre los 12 y los 17 años, y cada uno de ellos tiene una historia dramática detrás. Estas historias han creado una desconfianza hacia el “otro” como mecanismo de defensa, lo que genera un estado de alerta continua en el menor. Las relaciones de amistad que se crean se construyen como alianzas temporales dirigidas a la sensación de protección entre iguales.
Las relaciones que se establecen entre los menores y el equipo técnico-educativo suelen ser superficiales por diferentes motivos:
- La precariedad laboral en el sector hace que los equipos sean inestables y cambien habitualmente; el menor, conocedor de esta circunstancia, se priva de establecer relaciones duraderas que le causen dolor cuando se rompan.
- El menor suele recorrer varios tipos de centros a lo largo de su estancia en el sistema de protección de menores; en ese tiempo conoce a infinidad de profesionales, lo que impide tener un referente adulto fijo.
- Para generar apego hace falta tiempo y las relaciones que se establecen son limitadas en el tiempo, dificultando este vínculo.
- Por parte de los profesionales se procura mantener cierta distancia emocional para que el vínculo no dificulte las relaciones profesionales y, del mismo modo, no afecte a su vida personal.

Los centros de protección de menores son espacios multiculturales donde conviven menores de diferente origen, tanto cultural como nacional. Esta situación no suele generar ningún tipo de conflicto por esa causa, lo que nos ayuda a centrar la atención en una categoría como es la de “menor”.
Los menores suelen compartir una historia traumática, dificultades económicas familiares, entornos desfavorecidos socioeconómicamente, una baja cualificación académica de los progenitores y una baja importancia a la formación académica, lo que determina la percepción del mundo del menor tutelado.
Podría concluir diciendo que los menores usuarios de centros de protección son víctimas de su entorno de origen, de su historia y víctimas de un sistema que no pone los recursos suficientes para solucionarlo.
“El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto, quemará la aldea para sentir su calor”. — Proverbio africano.
Manuel Carmona Curtido
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