Dolores (sostenido)

Tuvieron que pasar algunos años para que completara mi escala personal, que había dado por concluida. Después de que Silvia me forzara a dar por terminada la búsqueda, no de la mejor manera, había dejado de tener importancia para mí el más allá del sexo. La separación y las giras aumentaron mis posibilidades respecto de las mujeres del mundo. No era la culpa un paso necesario para mí, ni el secreto. Pero, a la vez, todo quedaba en eso, en una gimnasia higiénica que a veces ni siquiera me entusiasmaba. No quiero decir que padeciera un castigo, ni que me disgustara conocer a una mujer nueva; nadie me creería. Pero nunca iba más allá.

A Dolores la extrañaba, pero sin morir en ello.

Me había mudado de casa y de barrio, menos por gusto que forzado por nuestras decisiones, que habían sido inapelables, y que, en su caso, era comprensible. Si una mujer sintiese lo que un hombre siente al descubrirse traicionado por la persona a quien ama y en quien confía, cualquier acto de reparación le sería justificado. Pero no ha de ser así; ellas suelen ser más sensibles que los varones. Y más apasionadas.

Después de catorce meses de viajar sin volver a mi nueva casa, que apenas si había vivido, volví.

Retomé algunos de los viejos hábitos, sólo aquellos de los que disfrutaba, terminé lo que hasta ahora sigue siendo mi capolavoro, la unión de las siete melodías amorosas de mi memoria, volcadas sobre un pentagrama, que armonicé y titulé Variaciones sobre el mismo tema, y acepté una cátedra de música barroca en una universidad pública. Unos meses más tarde, había conseguido mi nueva estabilidad de cuarentón avanzado.

La manera que tiene el otoño de presentarse en mi ciudad es amarilla. Las personas y las cosas comienzan a palidecer por los extremos, hacia el centro. El viento llena de remolinos las avenidas, hojas secas y envoltorios de galletitas. El ambiente comienza a ser menos acogedor, y llama a volver a buscar un refugio.

En estas circunstancias me encontré con Loli. Venía protegiéndose del viento frío con el cuello del abrigo vuelto hacia arriba, lo sujetaba con las dos manos, para que no se colara. Siempre lo hizo así. Se había dejado crecer el pelo, que era una maraña indescifrable perdiendo contra el viento. No me vio, ocupada como estaba en defenderse de los elementos, y me habría cruzado si no la hubiera interrumpido en su denuedo.

  • Viento en proa, toda vuela…

Hizo bien en no escuchar la perfecta estupidez que le había dicho. Igual quise que no se fuera.

  • Loli!

Dejó de caminar, y enseguida se giró, como si hubiera reconocido mi voz.

  • Hola, vos por acá? –me dijo, mientras se acercaba a saludarme con un beso-, ¿cómo estás?

Ahora el viento le daba de espaldas, y su pelo me buscaba desesperadamente.

  • Bien, muy bien, vengo de hacer un trámite por acá cerca, algo de derechos de autor ¿y vos?
  • Voy para casa, que me estoy muriendo de frío –me contó-, esta mañana salí con la cabeza húmeda, y me destemplé.
  • Te tenés que cuidar…contame, cómo estás, qué hacés, qué es de tu vida…
  • Estoy bien, encontré un trabajo, no es mi sueño, pero me pagan, encontré mi independencia, sabés?
  • Che, pará. ¿Por qué no tomamos un café y charlamos, que acá hace un frío bárbaro?

No dudó en aceptar, debió alegrarla el que nos hayamos encontrado.

Caminamos juntos, llegamos al café justo en el momento que empezaba a llover.

  • Nos salvamos raspando. Se largó.

Durante las dos horas que llovió, como si fuera la última vez, no se nos agotaron los temas ni las ganas de seguir conversando. Nos pusimos al día de peripecias generales, ella estaba sola, como yo, trabajaba, como yo, y estaba buscando su equilibrio, según me aseguró. Estábamos bien.

Uno de los dos se dio cuenta de que había parado de llover, y el último sol de la tarde aparecía entre dos negruras de agua.

  • Aprovechemos para salir.
  • De acuerdo. Vamos a casa.
  • Mejor a la tuya.

La mía la conservaba como un bastión del derecho al desorden; alguien cuidaba de que estuviera limpia, pero los papeles seguían en estado de rebelión permanente. Me diría que no había cambiado nada en todos estos años, y yo le diría que en algunas cosas sí.

  • Qué linda casa! la elegiste vos solo? –preguntó cuando entramos.
  • Sí, bueno, la compré por una inmobiliaria…
  • Ya, me imagino, está muy bien.
  • Me alegro de que te guste.
  • Veo que no cambiaste nada en estos años, todos los papeles por el medio, desparramados.
  • En algunas cosas sí que cambié.

No estoy seguro de que haya escuchado lo que dije.

Agotamos las palabras y los temas un par de horas más tarde. Era el momento de que se quedara a cenar, o de que pusiera una razón o una excusa para irse. Pero se quedó. Me pidió hablar por teléfono, no sé a quién habrá llamado, porque me retiré discretamente a la cocina, para inspeccionar el estado de ocupación de la despensa, a menudo habitada por el eco. Cuando volví dijo:

  • Me quedo.
  • Lo sabía –dije, sin pensar que a estas alturas Loli estaba doctorada en mi.
  • Así que ya lo sabías? –preguntó con intención.
  • Bueno –me reacomodé- tenía una idea y muchas ganas de que te quedaras.

Avancé hasta donde estaba sentada, y me incliné hasta quedar de rodillas frente a ella. La besé porque el mundo no iba a seguir mientras no la besara.

  • Vos tenés claro que no voy a volver, ¿no?
  • Claro que sí, mi amor –dije, tratando de asimilar el golpe sin que se notara.
  • Porque no vamos a volver, corazón; tenemos que vivir hacia adelante.

El único punto que podía quedar por aclarar, ya no molestaba. No quedaban obstáculos.

  • Vení acá.

El saber popular asegura que no hay sexo como el que se da entre divorciados, pasado el tiempo de la separación. Suscribo ahora junto al saber popular. Volver a hacer el amor con Loli después de tantos años, fue como recuperar la ternura, como vencer a la muerte, como comprobar que las cosas que verdaderamente importan, nunca se pierden.

Supe de qué precisa manera desabrochar su blusa, y lo que había olvidado era lo nuevo. Descubrí otras formas de Dolores, no las de la última rutina, ni las de los primeros meses. La sensación que tuve en ese momento fue que Loli se había alcanzado a sí misma, y que lo quería compartir conmigo.

Creo que fue esa nueva voluntad de mujer, en sazón y diferente y recuperada, lo que disparó mi deseo hasta el punto de llegar a desconocerme. No sólo la redescubrí a ella, también otra versión de mí mismo. Nuevo y conocido, el cuerpo de esa mujer, o tal vez ese cuerpo de la mujer, fue como una casa a la que regresaba, después de un viaje, después de una vida larga y azarosa, una vida de Ulises para piano. Los viejos estímulos, mis dedos rodeando sus pezones, la boca en peregrinación hacia el sur de agua, sin llegar nunca, casi nunca, seguían produciendo aquellos estremecimientos que daban sentido al paso del tiempo, ahora más intensos que antes, más importantes.

Primero fue el reencuentro, hola cómo estás, bien, muy bien, y vos?; segundo, la nostalgia, te acordás de aquello, era así lo nuestro ¿no?; tercero, la verdad, mirá en lo que me transformé, yo siempre quise eso, sí, ahora sí, recién ahora soy capaz de ver que mis Variaciones estaban incompletas.

Comprenderán el alarde quienes estén más cerca de los cincuenta que de los cuarenta.

Entendimos los dos, juntos, y cada uno de los dos, que el amor verdadero es para siempre, si sabemos establecer la frecuencia correcta.

En algún momento del reencuentro nos dimos cuenta de que estábamos colmados, completos.

Se vistió como nunca se había vestido, mirándome a los ojos demudados. Así, sin quererlo, deshizo mis antiguos y arraigados prejuicios estéticos acerca de una mujer desdesnudándose, quitándose el desnudo. El arte femenino, tal vez el más poderoso de los que andan por la tierra, me presentaba su cúspide, como un regalo.

Cuando terminó de hacerlo, sin haber apartado su mirada de mis ojos, volví a desearla. Se lo dije.

  • Cómo lo hacés?
  • ¿Qué cosa? –preguntó.
  • Eso, hacer que te desee de esta manera.

Sonrió hacia arriba, como si hubiera descubierto un secreto que no debía. Pensó unos segundos antes de decirme:

  • El deseo nunca se concreta, mi amor –sentenció-, eso sería matarlo. Sólo vive si sabemos mantenerle el futuro encendido, como un fogón que fuéramos a usar, sin que sepamos cuándo.
  • ¿Futuro? –pregunté entre aterrado y feliz-, vos sabés bien que no vamos a volver.
  • Y vos también.

No supe si la confirmación me alegraba. Mis sentimientos seguían siendo tan poco llevaderos como cuando colgamos los teléfonos, y yo estaba en Budapest. Tuve la necesidad urgente de creer que no sería en ese momento cuando se cerrara mi historia con Loli.

  • Pero podemos encontrarnos alguna vez a tomar algo –dije sin restos de pena-, un café, por ejemplo.

Volvió a sonreír, ahora dueña de la situación y de cada una de sus palabras.

  • No faltará oportunidad.

Volvió a besarme, con un beso de despedida larga, prolongado hasta dónde ella quiso.

Y se fue.

Fernando Blasco

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