¿Te has preguntado alguna vez para qué sirve la Historia? ¿Qué se esconde detrás de su discurso, de su construcción como ciencia? Alejandro Ferreiro te lo cuenta.

Muchas veces he tenido que enfrentarme a esta pregunta sin saber qué responder, dado que mi vinculación a ella comenzó por una afinidad de tipo emocional, por así decirlo. Simplemente, me parecía más interesante que otras ciencias. Me gustaba más oír hablar de tratados de Utrecht, revoluciones o sistemas de irrigación egipcios que de arcosenos, campos magnéticos o disoluciones químicas. Pero lo cierto es que no encontraba en mi interior una explicación convincente de por qué la historia podía ser tan importante como las matemáticas o la física. Con logaritmos, derivadas y matrices se construían puentes o teléfonos móviles, y con la química se desarrollaban vacunas que nos libraban de la tuberculosis o fertilizantes que triplicaban las cosechas. Con la historia, en cambio, te tenías que conformar con ser el que más sabía sobre Carlomagno de tu calle. Con los años, más que fechas y nombres, he entendido la función de la historia, pero la sensación de soledad permanece, porque no me veo capaz de explicarla en cuatro palabras cuando alguien me pregunta. Las razones son dos: por un lado, no es fácil desde el punto de vista, digamos, técnico (hay que sacar a pasear algunos conceptos filosóficos de digestión pesada); por otro lado, aunque yo fuera capaz de explicarlo sin cometer demasiados errores y mi interlocutor lo entendiera, quizá no estaría dispuesto a creerme. Pero, en este caso, teniendo tiempo para pensar y un poco de espacio para explayarme, quiero defender las ideas que un día me enseñaron y que casi nadie conoce, y exponerlas de la forma más sencilla posible.

Responder a la pregunta ¿para qué sirve la historia? es relativamente sencillo si antes se ha respondido a otra todavía peor: ¿qué es la historia? Por lo que yo sé, la historia es un discurso. Un discurso que está enraizado dentro de otro gran discurso mayor, que es la ciencia. Los discursos, básicamente, son formas de ver la realidad y de imponer verdades; son sistemas de significados. Mejor dicho, son sistemas complejos de significados que sirven de base para nuevos discursos y significados posteriores. Estos discursos/sistemas de significados se construyen combinando los distintos elementos de la realidad que están a nuestro alcance para darles un sentido de causa-efecto, que es la forma en que mejor comprendemos los seres humanos la pluralidad de sucesos que ocurren a nuestro alrededor y en los que decidimos fijar nuestra atención.

Un ejemplo: En un lugar X y en una época Y, una serie de años secos arruinan las cosechas. Si esto ocurre en Cuenca en 2012, el discurso hegemónico que existe en esa sociedad y en ese tiempo para explicar los fenómenos de la realidad material –en este caso, las ciencias naturales–, dirá que la sequía es resultado del cambio climático, del calentamiento global, procesos meteorológicos medibles y comprobables, resultado de la contaminación y otros factores que producen trastornos en los ciclos habituales de lluvias, etc. En cambio, si la sequía hubiese azotado los campos de Cuenca durante la primavera de 1165, el discurso hegemónico explicativo de la realidad de aquel tiempo –el discurso, digamos, religioso– habría explicado la tragedia de manera bien distinta, posiblemente como un resultado de la ira de Dios por los pecados de los hombres, etcétera. Poco habría importado que alguien pretendiese demostrarle al labriego conquense del siglo XII los fundamentos meteorológicos de la sequía. En primer lugar porque no entendería ni una palabra y además porque, en el caso improbable de que consiguiésemos entendernos, su mente siempre encontraría una causa última de los fenómenos en la Divina Providencia. No estaría dispuesto a creer porque nuestra explicación no tiene encaje posible en el discurso (teológico) dominante. Demoler todas las estructuras cognoscitivas por las que nos explicamos el mundo y sustituirlas por otras completamente distintas es una dolorosa empresa que casi nadie está dispuesto a llevar a cabo.

Con esto no pretendo decir que no puede conocerse nada realmente, y que todo depende de los esquemas mentales en que nos educa nuestra sociedad y que nos predisponen a entender la realidad de una forma u otra. Sé a ciencia cierta que si arrojo un jarrón por mi ventana se hará mil pedazos contra la acera, es un dato empírico. La recogida de datos puede abordarse racionalmente (o, al menos, con un empeño racional) y, sobre todo, con la voluntad de constatar honestamente todos los fenómenos que se produzcan, aun cuando puedan constituir contradicciones potenciales para la teoría que estemos defendiendo. Y aquí viene un punto importante: los datos pueden ser objetivos, pero no tiene por qué serlo necesariamente la explicación causa-efecto que damos de los mismos. De hecho, el relato que vertebra la sucesión de hechos objetivos es el que nosotros, dentro de las opciones que nos ofrece nuestro sistema cultural, elegimos; y lo elegimos siempre de manera subjetiva.

El campesino medieval no necesita conocer nada de ciencia meteorológica para saber que la ausencia de nubes en el cielo es mala señal y, en el hipotético caso de que oyera nuestra explicación científica de la sequía y la admitiese como cierta, pensaría que es Dios quién está al final de todos esos fenómenos. Conoce la relación causa-efecto de los fenómenos, no necesita de ningún discurso científico detrás que los avale porque ya tiene el suyo propio y, dentro de él, todo encaja. Su conocimiento es asumido por él mismo como verdadero, aunque no vista el traje de la ciencia. No sé si me explico. Incluso han llegado a rebatirse argumentos científicos aparentemente incontestables con otros igual de científicos e incontestables cuando ha existido un interés determinado en ello. La naturaleza de la lucha actual entre evolucionistas y creacionistas, por ejemplo, se fundamenta en estos mismos principios. Es una lucha por imponer una determinada relación de causalidad de unos fenómenos con respecto a otros, comprobados éstos y admitidos como ciertos. En palabras del filósofo Michel Foucault, se trata de la lucha por imponer un régimen de verdad determinado: existe un combate “por la verdad o, al menos, alrededor de la verdad”.

El poder y la verdad en Foucalt

Quiero decir con esto que lo objetivamente demostrable puede ser el dato, y éste generalmente es escaso y conduce a poco por sí solo. Y, desde luego, de nuestra elección depende tomarlo en cuenta o ignorarlo. Pero, ¿por qué existe un interés en imponer distintos regímenes de verdad? Porque el/los discurso/s que pretenden explicar la realidad, los que ensamblan esos datos en un determinado orden y con distinto nivel de importancia, no son absolutos y universales, sino contingentes –tienen un origen histórico y operan en un tiempo y un espacio determinados–. Y además, están sujetos a creencias, intereses o luchas de poder, tanto en su génesis como en su desarrollo. Aportan información sobre el contexto social en el que fueron producidos (y de las relaciones de poder imperantes en ese momento) y, a su vez, constituyen una fuente de poder. Sin embargo, siempre se pretenden como definitivos, atemporales, universales e inocuos.

Un ejemplo palmario lo encontramos en la Alemania nazi, cuando la ciencia de aquel país, desde la medicina a la arqueología, utilizando las más modernas técnicas, demostraba –así lo entendieron muchos- la superioridad de la raza aria sobre todas las demás aduciendo principalmente razones genéticas o culturales. Hubo quien creyó estas tesis (al fin y al cabo, ¿quién podía pensar que la ciencia moderna, situada al margen de lo opinable y guiada únicamente por el noble espíritu de búsqueda de la Verdad, estuviera equivocada o influida por intereses espurios?). Otros, en cambio, decidieron rechazarlas; no iletrados, sino personas instaladas en la fe absoluta en el desarrollo científico-técnico que no podían admitir, ética y políticamente, tales resultados. El hecho demuestra que hasta los datos más aparentemente incontestables pueden ser objeto –y, de hecho, lo son y lo han sido siempre– de lucha dialéctica, dependiendo de las consecuencias políticas, éticas, sociales o económicas que tengan y a quién afecten. En este sentido, la historia es un discurso científico más y, como tal, históricamente contingente. Su saber es incompleto y puede estar dirigido por causas a veces menos nobles que la simple búsqueda de la verdad, está atravesada por otros discursos –científicos, políticos, morales o religiosos– que condicionan su deriva y sus resultados no son inocentes, sino que tienen consecuencias.

Alejandro Ferreiro

Referencias

Foucault, M.: El orden del discurso, Buenos Aires, Tusquets, 1992.

Fernández Martínez, V. M.: Una arqueología crítica. Ciencia, ética y política en la construcción del pasado, Barcelona, Crítica, 2006.

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