Quizás más por necesidad que por ingenuidad, desde el comienzo de esta fea crisis he querido pensar que, en general, nos iba a hacer mejores: más conscientes de lo importante, de nuestra interdependencia, nos iba a alejar del individualismo en su faceta más nociva, nos iba a invitar a manejar más responsablemente el dinero, el consumo, a ser más afectuosos con las personas que conocemos y podamos conocer, nos iba a hacer más empáticos, etc.

He leído otras versiones alternativas a este punto de vista que dicen que la crisis no hace sino agudizar lo que somos: así la gente solidaria es más solidaria, la gente egoísta más egoísta, la gente cruel más cruel o simplemente sus niveles de solidaridad, egoísmo o crueldad quedan desnudos y más patentes.

Con la perspectiva del paso de las semanas, observándome a mí misma, a la gente que conozco y leyendo sobre actualidad, mi intuición es que la cosa va más bien entre ambas lecturas de la crisis acerca de nuestro crecimiento personal. Creo que la mayoría de las personas del planeta son, somos razonablemente buenas, de otra manera sería imposible que el mundo y las civilizaciones siguieran en pie teniendo en cuenta las atroces crueldades que se cometen y siempre se han cometido, pero no somos tipos puros, las personas no somos completamente buenas o completamente malas por lo general: tenemos nuestros matices, defectos, manías, prejuicios, odios injustos o no calibrados, etc en mayor o menor medida.

Mi tesis, en nada científica, pero muy intuitiva, se resume en lo siguiente: las personas corrientes, la mayoría, que son, somos buenas en general, pero también tenemos nuestro lado oscuro, en función de nuestro trabajo interno y circunstancias personales en esta fea crisis, podemos llegar a ser mejores, al menos en algunos aspectos: podemos ser más sensibles al sufrimiento ajeno, más coherentes, más responsables… pero también en otros aspectos podemos volvernos peores… el miedo tiene sus funciones positivas, pero como bien apuntaba La Guerra de las Galaxias también lleva a un lado oscuro: el miedo a perder nuestra salud, nuestra vida, nuestros seres queridos, nuestro bienestar en mayor o menor grado puede hacer aflorar más prejuicios, egoísmos, avaricias y hacer nacer suspicacias desmedidas. Puede hacer que nos descentremos y perdamos perspectiva de algunos valores importantes, aunque sea de sobra comprensible.

Por otro lado esa gente no tan honesta, no demasiado noble intentará sacar todo el partido- económico y en poder en sus diversas formas- que pueda de la situación sin dejar de dormir a pierna suelta por las noches. Sin preocuparse por el bienestar general, buscará timar, robar, engañar, mentir, usar verdades a medias con un tono siniestro y plantear problemas de difícil solución: En lo que respecta a la cifra de fallecidos y víctimas parece tan fácil que quede por debajo de la cifra real como que si se cuentan casos no confirmados se contabilicen varios casos que no lo son. Las culpas y errores están muy repartidos a nivel mundial y en las diversas ideologías, tanto entre la gente corriente como en la clase política. También es maniqueo, a mi parecer, no arrimarse por el bien común y solo ver la paja en el ojo ajeno en algunas decisiones y gestiones.

No hay tipos puros, nunca los hay, las mejores personas son mejorables- también moralmente- en algunos aspectos, los mejores políticos también mienten, hacen cosas mal y son negligentes en ocasiones, los mejores periodistas también a veces se exceden de tendenciosos y omiten datos e informaciones de valor conscientemente…. Pero yo creo que la mayoría de las personas razonablemente buenas de esta crisis, en lo que respecta al crecimiento personal, sacaremos más de bueno que de malo, a pesar de los posibles daños psicológicos, las tristezas y los miedos y pánicos, en general la sociedad, la humanidad, dentro de su dolor y su pérdida está creciendo.

Lo importante es que nuestra confusión y nuestro dolor no nos vuelvan demasiado frágiles… para evitar que las aves carroñeras de esta crisis- pido perdón a los animales, mucho más nobles y útiles- aumenten nuestro dolor, multipliquen nuestras penas y deterioren lo imprescindible en una buena convivencia. Descoronemos al virus y a la maldad de quienes quieren aprovecharlo desde el más puro y feo egoísmo en su beneficio personal.

No quisiera acabar el artículo sin aclarar que «hacer limpieza» no implica ni de lejos exterminar o torturar, como lo entendían los más crueles regímenes fascistas y comunistas, dictaduras de cualquier signo, sino intentar limpiar nuestro ambiente y el ambiente social de la influencia de las ideas, palabras y actitudes más dañinas, tanto las que parten de nosotros mismos en nuestros malos momentos, como las que parten de los demás, aunque estas nazcan- comprensiblemente- de nuestro y de su propio dolor.

Laura Ramos Aranda

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