Andrew se sentía extraño, no recordaba cuando se había acostado, pero le parecía haber dormido una eternidad… apenas sentía sus pies y sus piernas le hormigueaban, le pesaban los brazos y el calor sofocante que apreciaba hacía que su cuerpo se negase a activar. Abrió los ojos despacio, primero uno… solo un poco, con miedo a que la claridad le molestase, pero la seguridad de la penumbra hizo que el segundo parpado se animase a acompañar al primero. Vaya si era intensa la oscuridad… ¿era cierto que sus ojos estaban abiertos? Dudo un instante… pero el intenso calor comenzaba a ser agobiante y no le dejaba pensar con claridad.

Lentamente sus dedos lograron estirarse y percibió con ellos que se encontraba sobre una superficie dura y rugosa. El siguiente paso habitual es incorporarse… despacio elevó su cabeza unos centímetros, aún se sentía extrañamente adormilado y sus movimientos eran muy pausados. Para su sorpresa, topó sobre él con algo también áspero, comenzaba a ponerse nervioso… ¿era madera? Casi inconscientemente su cuerpo comenzó a registrar el espacio mediante movimientos convulsos y rápidos, ¿era una caja? El nerviosismo permutó rápidamente en miedo. Por primera vez desde que despertó, intento emitir sonidos, al principio leves susurros que se convirtieron en gritos desesperados al cabo de los minutos para volver tornarse balbuceos tras varias horas hasta exhalar el suspiro final.

Catalepsia, derivado del término griego κατάληψις, que se puede traducir de forma literal como “sorpresa o sorprender”. No está considerado como una enfermedad en sí misma, sino que realmente se trata de un síntoma que otros trastornos psicológicos o síndromes pueden provocar. El cuerpo se paraliza, la respiración y el latido del corazón se ralentiza tanto que se hacen inapreciables, no se presentan signos de vida. En cuanto a la consciencia, se han encontrado casos que afirman escuchar y sentirlo todo mientras que otros atestiguan una abstracción total de los sentidos. Los casos más antiguos que se conocen datan de varios siglos atrás.

Este raro estado ha provocado durante siglos la llamado tapefobia o miedo a ser enterrado vivo. Y es que fueron muchos los ataúdes abiertos con posterioridad en los que se observaron marcas interiores como arañazos, golpes… y un cadáver con uñas rotas y moretones manos, rodillas y pies.

Muchas mentes ocurrentes se aprovecharon de este terror. Idearon sistemas utilizados por los más pudientes (o más asustados), y que prevenían de la terrible idea de ser enterrados vivos:

  • Sepulturas con tapas corredizas y escalas por donde se podía acceder al exterior si se el fallecido no era tal.
  • Diseños de puertas de acero programadas para abrirse determinadas horas cada día, por donde aprovechar a salir si se necesitaba.
  • Féretros con tubos de respiración por si dado el caso el no-muerto despertaba.

  • Una campana cuyo cabo se escondía bajo tierra hasta el mismo ataúd, desde donde el cataléptico podía hacerla sonar y de esta forma avisar de que aún no había llegado su hora y se encontraba vivo.

  • Ataúd con tal amplitud que era posible tener un lugar con comida, una radio para dar aviso e incluso mantenerse en posición de sentado.
  • Pequeñas bóvedas con apertura interior desde donde podían escapar ellos mismos si lo necesitaban

  • Alarmas, estimuladores cardiacos, teléfonos y linternas… todo ello dentro del sarcófago.

  • Otra idea válida era la de instalar una ventana hacía la tumba, por donde ser observado durante unos días hasta que se asegurasen de que no se iba a levantar de su descanso eterno.

Uno de los ritos más conocidos que ha llegado hasta nuestra época es el velatorio. Su origen se encuentra en las etapas medievales, y aunque hoy en día está cayendo en desuso, su razón de ser radica en este mismo miedo a sufrir catalepsia. El cuerpo del difunto se “vela”, es decir, se observa y vigila, durante algunos días, para descartar que pueda estar sufriendo este mal.

Hoy en día siguen existiendo casos de catalepsia, no es algo del pasado, pero los médicos actuales conocen más del cuadro clínico de quien lo sufre, por lo cual es improbable que suceda, ¿o no…?

Verónica Muro Asensio

Imagen de portada: https://www.elperiodico.com/

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