
Salimos del pueblo a media mañana para ir a Huelva. Por el camino entre risas y bromas Rosa va contando anécdotas de cuando era joven y recorría esa carretera para ir a trabajar y para ir a las fiestas de los pueblos; se acuerda de su familia que vive en tal sitio, se acuerda de cuando fue la ultima vez que pasó por esa carretera, porque ella desde hace muchos años vive en Barcelona, hoy es una mujer que ronda los setenta años, hoy viene de vacaciones a su pueblo y desanda los caminos que recorrió para llegar a ser primero, una mujer migrante, porque tuvo que dejar su pueblo y su familia a los catorce años para irse a servir como ella dice. Después se convirtió en esposa, luego en madre y hoy es una abuela cariñosa y llena de ilusión con ganas de disfrutar la vida.
A medida que avanzamos por la carretera Rosa va atenta a un sitio, nos cuenta que por ahí está la casa donde la llevaban en invierno a servir. De pronto entre los pinos se ve la casa y ella dice ¡ahí está la casa! ¡es esa! Y la señala. Yo solo veo una casa como muchas más, en color blanca y verde la típica casa de campo. Pero Rosa ve más, ve su vida, ve sus recuerdos, ve la explotación laboral, los abusos, los malos tratos que recibieron ella y su hermana cuando las llevaban a servir a esa casa. Su esposo en un acto de cariño le pregunta ¿la quemamos?
Rosa al igual que muchas mujeres, mas bien al igual que muchas niñas, salieron de sus pueblos a servir, salieron por la necesidad, porque la pobreza; esa de la que ya no se habla en España, las obligó a dejar a sus familias y buscar una manera de ayudar y de buscar una vida mejor. Muchas niñas mujeres eran llevadas a las casas de los señoritos a servir, muchas se fueron a Barcelona, Madrid, Bilbao y Sevilla.
Hoy en día ya no se dice servir, hoy ese trabajo está reconocido, aunque aún faltan derechos por obtener. Hoy son trabajadoras del hogar y los cuidados, gracias a la lucha de ellas mismas hoy tienen derechos que las mujeres como Rosa nunca tuvieron. Sin embargo, cuando escucho su historia no puedo dejar de pensar que a estas niñas mujeres que salieron a trabajar y sostuvieron el trabajo de cuidados en las ciudades, nunca se les ha reconocido su trabajo. Estas mujeres abrieron el camino para que las que vinieron tras ellas tuvieran acceso a estudiar y tener un mejor puesto de trabajo. Estas niñas mujeres sostuvieron la carga familiar que llevaban sus madres y abuelas, lo hicieron con el poco sueldo que recibían y que como en el caso de Rosa y su hermana María como veremos a continuación entregaban todo a su madre para que sostuviera su hogar.
María la hermana de Rosa fue la primera en irse a servir al ser la mayor, cuando se fue apenas había cumplido los trece años, ella fue la que después se llevaría a Rosa para trabajar en la misma casa donde ella servía. En su relato se puede ver la explotación laboral, el abuso de poder y la humillación que vivían día a día.
María: «mira es que de eso no me gusta hablar, pero eran malas personas… es que solo de acordarme se me pone la piel de gallina…acordarme de eso para mí es un trauma… entonces no había fregona y fregábamos de rodillas. ¿tu sabes lo que era aquello? Nos hacían bañarnos en la pila de afuera y dormíamos en el patio en una cosa chiquinina que había, el miedo que pasaba yo ahí con las ratas andando por arriba. Eso sí, yo no puedo decir que me negaban la comida, porque de eso si había, había mucha comida.
Rosa: La mayoría de las chicas se iban a servir, yo nada más salir del colegio empecé a trabajar, tendría yo doce años, cuidaba los niños de un médico que vivía aquí. Luego me fui con mi hermana… Cuando le pregunto a Lola qué si podía hacer todo con la edad que tenía, me contestan las dos: y si no podía, tenía que hacer un poder, ahí no podías decir no puedo.
Me siguen contando que el tiempo que libraban lo aprovechaban para dar un paseo. Descansábamos tres horas el domingo y nos íbamos a dar un paseo… algunas decían de ir al cine, pero nosotras nos guardábamos el dinero para cuando veníamos a ver a mamá le traíamos de todo, lo gastábamos en comida y lo poco que quedaba se lo dábamos, porque aquí tampoco tenían.
María y Rosa tienen un recuerdo que comparten, la humillación era más que el trabajo. María; nos ponían aquellos uniformes azules con delantal blanco y el cuello así… Rosa: a mí me daba vergüenza que me viera la gente con el uniforme y así me llevaban ellos, me acuerdo una vez que me llevaron a Jaén y yo no me bajé del coche porque me daba vergüenza que me vieran con el uniforme…aquí uno se sentía rebajada, teníamos que decirles señoritas, señoritos. nos miraban menos.
La historia de Rosa Y María es la historia de muchas mujeres niñas que fueron trabajadoras del hogar. El nombre del pueblo no lo he puesto porque perfectamente puede ser muchos pueblos, estas mujeres niñas siguieron trabajando, algunas hasta formar una familia, algunas después de criar a sus hijos los primeros años, algunas como cabeza de familia, otras como apoyo a la economía del hogar. Rosa y María siguieron trabajando, Rosa se fue a Barcelona donde también fue trabajadora del hogar, la diferencia como ella lo dice más que el sueldo era el trato…ahí en Barcelona estuve bien, me pagaban quince mil pesetas, mientras que en Huelva me daban mil quinientas, en Barcelona me trataban bien, no me ponía uniforme, yo salía los viernes en la tarde y entraba el lunes, aunque ahí vivía, pero tenía mi tiempo libre y en las tardes cuando terminaba mi trabajo yo me ponía a ver la televisión y coser, ellos no me decían nada. María también formó una familia, tuvo más trabajos en el sector de la limpieza, pero al llegar a la edad de jubilarse se encontró con que la habían engañado, la empresa donde trabajaba de limpiadora la había dado de alta por menos horas de las que trabajaba y no pudo completar los años para jubilarse. Esto me recuerda a la conversación con otras mujeres de pueblo que también fueron trabajadoras del hogar y nunca les hicieron contrato, ellas hablaban de la jubilación de sus esposos, de la pensión de viudedad que cobran otras que como ellas fueron trabajadoras del hogar y nunca llegaran a jubilarse.

Rosa pudo completar los años para la jubilación gracias los últimos años que trabajó como limpiadora en un colegio. Cuando empezó el trámite se dio cuenta que no aparecían por ningún lado todos esos años que estuvo trabajando como empleada del hogar, es como si no hubiera trabajado, no existe un registro, solo le queda su historia para comprobar que trabajó desde los doce años y un cuerpo con dolores en las articulaciones de tanto limpiar casas.
La falta de derechos laborales no solo repercute en la jubilación, sino que ha traído consigo una serie de desigualdades y precariedad para las mujeres que fueron trabajadoras del hogar y que nunca cotizaron. Aparte del desgaste físico, las enfermedades provocadas por los movimientos continuos y repetitivos, estas mujeres hoy tienen que depender de la pensión de su marido o la ayuda de sus hijos, en algunos casos la pensión mínima que no les da para tener una vida digna. El estado poco ha hecho en darles un reconocimiento, ellas sostuvieron la vida de sus pueblos, apoyaron en la economía de sus familias mediante las remesas, gracias a estas mujeres la vida en los pueblos mejoró, ellas con su trabajo no solo cuidaron en los hogares donde trabajaban, lo que permitió que otras mujeres tuvieran acceso a otro tipo de trabajo o de formación académica, también cuidaron de que sus familias que se quedaron en el pueblo tuvieran una mejor calidad de vida.
Las mujeres rurales, aquellas niñas mujeres no supieron lo que era el feminismo, ni la liberación de las mujeres, no supieron que otras luchaban por ocupar puestos de trabajo igual que los hombres. Ellas no sabían esto porque trabajaron desde pequeñas. El feminismo y el Estado tiene una deuda histórica con todas aquellas mujeres que trabajaron desde niñas, la deuda de cuidados no se pagara hasta que se reconozca el trabajo que estas mujeres hicieron para sostener la vida. El reconocimiento y la importancia del trabajo de cuidados llegara cuando una mujer pudiendo decidir trabajar en cualquier sector decida trabajar como empleada del hogar. Y eso solo se logrará con el reconocimiento de la importancia del trabajo de cuidados, y con la conquista de todos los derechos laborales que como trabajadoras deben tener.
Para todas las mujeres que fueron trabajadoras del hogar, que con sus cuidados han sostenido la vida.
Aracely S. Cruz
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