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Raquel Lara de la Fuente

Antropóloga

[email protected]

Este breve artículo tiene como fin poder visibilizar algunos aspectos importantes que tienen que ver con la salud mental en el ámbito de las vejeces.

Salud mental

La vejez como etapa vital, nos obliga a pensar la enfermedad, la incapacidad, la pérdida y la muerte como hechos inevitables. Puede ser que, por esta razón, no se le dé importancia a su observación y estudio, pues nos hace recordar que la mayoría de nosotros llegaremos a ella de una manera más o menos afortunada, en un mundo donde todos estos aspectos mentados, son rechazados sistemáticamente en nuestra sociedad.

No obstante, no sólo merece reconocimiento y observación por estar invisibilizada y estigmatizada, sino que, desde un punto de vista pragmático, debemos afrontar este fenómeno de cara al futuro en un contexto donde las pensiones están tocando su fin, la natalidad en las sociedades occidentales es decreciente, y las políticas públicas son del todo ineficientes en los cuidados y atención de nuestros mayores.

Me gustaría enfocar el tema hablando en plural, cambiando vejez, por vejeces. Si algo nos ha enseñado la interseccionalidad es que las circunstancias que atraviesan a cada persona son múltiples, diversas, y se subjetiviza de infinitas maneras, tantas maneras como personas.

Aunque son muchos los temas que se pueden problematizar son tres los que planteo como objeto de reflexión: la salud mental, el problema de las políticas públicas, y las vejeces del futuro. Este primer artículo se centrará en el primer tema: salud mental.

La salud mental en las vejeces

La salud mental supone uno de los pilares más importantes en nuestra vida, y uno de los más olvidados en la vejez. El deterioro físico, los problemas de salud, la discapacidad floreciente, son factores predominantes en esta etapa, e importantes para tener en cuenta en cómo estos determinan nuestro bienestar psíquico, y todos ellos tienen como nexo la negación de la vulnerabilidad. En las sociedades de capitalismo tardío, tal como apunta Asun Pié (2020), la vulnerabilidad nos conforma como seres humanos interdependientes que somos, y, sin embargo, la negamos sistemáticamente bajo el mito de la autosuficiencia. De esta manera, toparse con la vulnerabilidad, inevitablemente, supone un hecho de ruptura de lo conocido y de lo autopercibido hasta el momento en la vida de las personas, llevando a muchas personas que experimentan la vejez a sentir que son seres inútiles, no productivos y dependientes (como si estas dos últimas fueran necesariamente malas).

Otro aspecto importante en esta etapa vital marcada por el sesgo de nuestro contexto es la soledad no deseada. Las personas como seres sociales, y tal como apuntaba anteriormente, somos interdependientes, y por tanto necesitamos del cuidado de los otros, de la atención y la interrelación con los demás. Siendo esto definitorio de las personas, ¿en qué convertimos o cómo leemos a las personas que no tienen posibilidad de desarrollar este aspecto?

En este sentido, este fenómeno me resulta semejante al que autores como Cannon (1942) y más tarde Lèvi-Strauss (1992) hacen referencia para referirse a la importancia de lo social en los procesos de enfermedad mediante el ejemplo de la famosa Muerte por Vudú de las llamadas antes culturas primitivas. La muerte por Vudú ocurre cuando un miembro de la comunidad transgrede una norma social o por ser objeto de sortilegio, y como consecuencia éste está convencido de que va a morir ya que así es como se entiende en su sociedad este tipo de transgresiones. Por tanto, en los siguientes días, el sufrimiento es tal, que realmente el individuo muere. Este ejemplo ilustra la importancia de la pertenencia social como humanos y de nuestra cosmovisión como elemento determinante en nuestro cuerpo y nuestra salud. Llevado a nuestro contexto, nuestra sociedad condena la dependencia y la incapacidad/discapacidad (la vulnerabilidad, en definitiva) de manera que acabamos aislando a los colectivos que no entran en la lógica de la productividad. Simbólicamente, somos cómplices de la muerte social de estas personas, en este caso, de las personas que se encuentran en la vejez.

Un último elemento que influye enormemente en la manera en la que se trabaja con la salud mental en nuestro contexto es el modelo de salud basado en la biomedicina. Entendemos el modelo biomédico como el modelo hegemónico en las sociedades occidentales en el que las enfermedades no son entendidas como un todo, sino aisladas y tratadas como unidades aisladas del individuo que padece. Llevando esto al terreno de la salud mental, se vuelve aún más complejo entender el padecimiento psíquico, pues tal como apunta Ángel Martínez (2006) nos encontramos en un momento en el que existe un proceso predominante de fetichismo de la enfermedad, es decir, se lleva a cabo un proceso de reificación del padecimiento psíquico de las personas en el que el relato de estas es descontextualizado a favor de indicios que puedan ayudar a elaborar un diagnóstico con su posterior medicalización. En el caso de las personas del colectivo de la Tercera Edad, existen determinadas situaciones vitales inevitables que conducen al padecimiento psíquico, entre ellas las anteriormente planteadas (procesos de enfermedad, incapacidad, dependencia y soledad no deseada), entre otras. Estas situaciones son abarcadas por las instituciones de salud mediante la prescripción de medicamentos ansiolíticos y antidepresivos. De esta manera es fácil encontrarse con un gran número de personas que lleva años consumiendo estos medicamentos de forma crónica, y no debe olvidarse que los medicamentos pueden ser de ayuda en momentos críticos del padecimiento, pero nunca es una solución a largo plazo, pues sentirse solo o enfrentarse a la progresiva incapacidad física no es algo que el Orfidal pueda arreglar, es el tejido social el que lo puede arreglar, lo cual supone un problema de dimensiones mucho más amplias y de mayor dificultad.

En conclusión, este breve artículo tiene como fin poder visibilizar algunos aspectos importantes que tienen que ver con la salud mental en el ámbito de las vejeces, así como las fallas que se encuentran en el sistema a la hora de abordar dicha problemática y de la relevancia de nuestras creencias colectivas sobre la vulnerabilidad y los colectivos vulnerables y vulnerabilizados. También es importante pensar de forma que como sociedad estamos dejando de lado las vejeces cuando la mayoría de nosotros llegaremos a ella en un contexto que no parece que vaya a ser más favorable, en el que las pensiones, las redes de apoyo, las instituciones y la situación climática del futuro no estarán a nuestro favor.

Las futuras generaciones también somos los viejos del futuro.

Referencias

Martínez, Ángel (2006) La mercantilización de los estados de ánimo. El consumo de antidepresivos y las nuevas biopolíticas de las aflicciones. Política y sociedad, vol 43, Núm 3: 43-56.

Martínez, Ángel (2008) Antropología médica. Teorías sobre la cultura, el poder y la enfermedad. Anthropos.

Pié, Asun (2020) La insurrección de la vulnerabilidad. Para una pedagogía de los cuidados y la resistencia. Pedagogías UB. Universitat de Barcelona.

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